“¿Por qué vivimos tan dolorosamente nuestras ficciones? ¿Por qué sufrimos tanto por cosas que nosotros mismos nos hemos inventado?... He querido ser libre toda mi vida y no ha sido capaz de liberar ni el dedo meñique del pie”. Rachel Cusk
Tengo unos cuantos libros sobre la mesa que me me llaman con urgencia. Mi desgracia es que no puedo leerlos todos a la vez porque tras ellos vendrán otros iguales o mejores. Después de acabar con cierto alivio El hambre de Caparrós, y, luego, con cierta intensidad el muy largo Los vencejos de Aramburu, pues quería acabarlo en un tiempo determinado, queda uno exhausto y necesita un tiempo de relax. Así que ayer me dediqué a Taylor Swift. Pudiera parecer una vuelta a la adolescencia pero no creo: busco en los jóvenes cantantes el hálito de la poesía, que brota mejor en el desgobierno de los más jóvenes que en los aplanados viejos.
Cada uno me grita para que lo escoja primero. El Dante de Alessandro Barbero comienza con la viva descripción de la batalla entre Florencia y Arezzo en el Valle de Campaldino, en la que participó el autor de la Comedia, qué maravilla: los detalles, las fuentes que confronta, los pormenores de la época van levantando ante nuestros ojos una figura que no hemos olvidado en ocho siglos. En Segunda casa de Rachel Cusk cada frase parece necesaria, la verdad con la que la autora se desnuda y desnuda al lector agradecido. A la Jena de 1800, que Peter Neuman retrata en La república de los espíritus libres, querría uno llegar para compartir conversación con los hermanos Schlegel, con Hegel, Fichte y Schelling, con los poetas Novalis y Ludwig Tieck, con Madame de Staël, Carolina Schelling y Dorotea Schlegel o con los mismísimos Goethe y Schiller. Y poner el oído, al menos, si no sentarse a la mesa, en las conversaciones que tenían en el Londres de mediados del ochocientos los amigos que crearon la idea de ‘científico’: William Whewell, Charles Babbage, John Herschel y Richard Jones, que Laura J. Schneider narra en El club de los desayunos filosóficos. Sin olvidar meterme en la cabeza de Simone Weil, algo que llevo esperando un tiempo, empezando con Opresión y libertad, antes de entrar más seriamente en lo último de Eilenberger, El fuego de la libertad, sobre las cuatro filósofas más importantes, o que a él así le parecen, del siglo XX: Simone de Beauvoir, Simone Weil, Ayn Rand y Hannah Arendt. Todo un programa de lecturas.


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