domingo, 29 de marzo de 2009

La duda (Doubt)

Hay autores que se exigen estar a la altura de las expectativas que generan, pero a los que les resulta difícil sobreponerse a ellas. En ese punto radica la separación entre los verdaderamente grandes - Clint Eastwood, por ejemplo- y los que se quedan a medio camino. Antes de La duda (Doubt) John Patrick Shanley era uno de esos guionistas a los que tienta la dirección, ahora quedará como un habilidoso guionista que convertido en director se deja llevar por el manierismo, la necesidad de dejar huella.

Porque manierista es esta película, con voluntad de impactar en el espectador, y probablemente en los críticos que se conforman con las apariencias. En un colegio religioso para niños de mediados de los sesenta, la comunidad cerrada que lo dirige tiene que hacer frente a los problemas típicos -el despuntar de una sexualidad conflictiva, el racismo larvado, la sospecha sobre comportamientos excéntricos. John Patrick Shanley sitúa el gran tema, un tema de actualidad, el abuso de niños en el interior de la comunidad católica americana, en el contexto de los años posteriores al asesinato de Kennedy. A un espectador actual, sin embargo, nada le dice el modo en que está presentado para comprender las revelaciones escandalosas de adultos de hoy que dicen haber sido vejados en su infancia, si esa era la intención. Pero si la película fuese una especie de arqueología de los sentimientos de entonces tampoco triunfa.

El interés dramático se centra en el choque de dos personalidades. Al teatralizar el tema, pierde verosimilitud y queda reducido a un anacrónico melodrama: la directora del colegio que convierte su sospecha en ataque directo, nada sutil, contra el párroco de la comunidad y la ineficaz, débil, defensa de éste que opta por huir, antes que plantar cara. Hemos visto muchas situaciones como esta en las obras del pasado, aunque más hábiles dialécticamente y más violentas en el choque de temperamentos.

El fracaso de esta película consiste en hacernos creer que nos es útil, pero no es así. En la actualidad, un tema como el planteado se sustanciaría con denuncias judiciales, informaciones en la prensa y oprobio público, ya fuere para el abusador o para quien propele acusaciones falsas. La sociedad no consiente que como entonces todo se resuelva en el interior de una comunidad cerrada. La instancia superior es hoy la ley, entonces podía ser la propia conciencia, el reglamento de una institución privada o el propio Dios como última apelación.

Quizá de esa debilidad provenga el manierismo. El autor echa mano de recursos efectistas que no añaden gran cosa a la sustancia dramática: el viento que zarandea a los personajes, trasunto de su conciencia atormentada, las luces y las sombras con las que juegan los personajes para mostrar o velar la culpa, las largas uñas del cura, para señalar su peculiaridad. Hasta el maquillaje y la vestimenta subrayan el carácter moral de los personajes. Demasiado evidente, demasiado visto.

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