Barcelona es una ciudad abierta, libre y moderna. Quizá la más tolerante de Europa. Admite las discrepancias ideológicas, las disputas intelectuales y políticas y las resuelve con el consenso social que le es propio. Está en la vanguardia de los derechos humanos. De que es así pueden dar fe los muchos inmigrantes que ha acogido a lo largo de su historia o las ayudas que ofrece a sociedad lejanas.
Tiene un gobierno de izquierdas -el GEC, dijo su anterior Presidente, Pasqual Maragall, Goven d'Esquera Catalanista-, que aplica políticas de sostenibilidad, cuidado del medio ambiente y solidaridad con los pueblos oprimidos. La sociedad lo apoya, haciendo causa común, por ejemplo, con los palestinos contra Israel, abrazando la causa iraquí frente al trinomio Aznar-Bush-Blair o contribuyendo con grandes manifestaciones y con sus votos a la caída del gobierno Aznar, tras el 11-M.
Esta sociedad abierta ha sido la primera en hacerse eco de la reciente campaña por una vida sin necesidad de Dios, prestando los lomos de los autobuses metropolitanos para ventilar el slogan "Probablement déu no existeix. Deixa de preocupar-te i gaudeix la vida", arrostrando la polémica con los obispos y los creyentes. Los barceloneses en general se sienten ufanos de su ciudad y felices de vivir en una sociedad tan abierta.
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La asociación por la tolerancia es una agrupación pequeña, minúscula, diría yo. Visto el éxito -el debate, la disputa intelectual- de la campaña de los autobuses, ha querido copiarla en favor de su propia campaña por una enseñanza bilingue. Que los padres puedan optar por el idioma de enseñanza de sus hijos. La empresa que gestiona la publicidad de los autobuses metropolitanos se la han denegado para no crear polémica.
miércoles, 18 de marzo de 2009
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