lunes, 19 de octubre de 2026

El Louvre y la Europa de la promesa

 


 

El sábado y el domingo el Louvre cerró sus puertas. Los visitantes extranjeros y de la provincia francesa que habían acudido a la capital con la intención de ver las obras maestras del pasado se quedaron con las ganas. Esta pregunta es legítima: ¿Si hubiesen podido los manifestantes del sábado habrían vandalizado el museo?

 

¿Qué les dicen a muchos de ellos un Delacroix, un Rafael, un Goya? Pinturas de una burguesía, de una época y de un país de los que no saben nada. Quizá algunos las viesen como una mercancía cambiable y otros como un símbolo del poder que los oprime - su comportamiento está diciendo que se sienten víctimas - o, en todo caso, como hitos de un país extraño, que no ven como suyo.

 

En primer lugar, habría que distinguir entre manifestantes y vándalos. En segundo lugar, habría que preguntar qué mueve al segundo grupo. Están los años jóvenes de la adrenalina y la testosterona, la energía sobrante. Está, sin duda, el sentimiento de injusticia frente a la riqueza que unos pocos acumulan o al bienestar menguante de una clase media a la que no pertenecen, en contraste con la nada o poco que ellos poseen (Mira como arramblan con los objetos de las tiendas de lujo). Algunos hablan de los 'desposeídos de la tierra', pero no se puede desposeer a quien nada tiene.

 

Y están, por supuesto, las expectativas defraudadas: muchos acuden a la Europa de la promesa, la que ven en los reportajes, las fotografías, las series, la publicidad del 'dorado europeo'. Una información que no se procesa: bastaba con llegar a cualquier punto de América para encontrar minas y ciudades de oro y plata, todo estaba a mano.

 

Y por supuesto también están los años de formación: la familia, la escuela, la Iglesia o la mezquita, el ecosistema mediático. Tanto si eres un recién llegado (tu mochila cultural) o de segunda o tercera generación (la degradación irresistible del sistema educativo europeo).

 

Europa durante décadas ha estado mirando al pasado, exhibiendo en grandes y costosísimas exposiciones la grandeza de sus mitos. Museos, catedrales y tiendas chic. Y fútbol, mucho fútbol. El futuro de Europa estaba en el pasado, ¿sigue estando? Los ricos y de clase media de otras latitudes y los jóvenes de la promesa acudían como moscas al panal de rica miel. Las élites políticas y de los negocios querían a los primeros. En la retórica de la construcción de Europa los segundos aparecen como el sustento necesario de las pensiones de los avejentados europeos. 

 

Todo bajo el paraguas de la superioridad moral, las 'creencias de lujo', que según el psicólogo Rob Henderson sirven para otorgar estatus a las clases altas a bajo costo - que parte de la clase media asume - y que raramente aplican a sus propias vidas, pero cuyas consecuencias recaen inexorablemente sobre los desfavorecidos.

 

Francia, Europa tiene que proponerse como prioridad que los nuevos inmigrantes o los de segunda o tercera generación sientan como suyo el contrato social que los convierte en ciudadanos: educación, empleo y contribución mediante impuestos.

 


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