Hay lugares que visitamos para comprenderlos: qué sucedió para presentar la cara que vemos; o porque queremos imbuirnos del espíritu que su atmósfera exuda: si damos crédito a las atmósferas de espiritualidad o misterio que les suponemos; o porque queremos captar el tránsito humano que ha ido cambiando el lugar, añadiendo capas de humanidad.
Y luego está el fulgor del descubrimiento, la sorpresa que uno espera encontrar, el golpe en la cara de lo inesperado, que haga de este o cualquier viaje algo irrepetible, único, que nos enriquezca.Me ha
faltado en este viaje el factor humano. No he conectado con el turco. Está el
idioma tan diferente de la familia de nuestras lenguas, y eso que Atatürk
adoptó la grafía Latina. Está el híspido Estado, invisible para un occidental.
Y está la sospecha, quizá infundada, del carácter turco, esculpido por una
larga historia de cruces, en que una forma de estar en el mundo se ha impuesto
por la fuerza a las demás. No es que los turcos no sean amables y solícitos, lo
son, pero hay como una barrera de incomprensión.
Los
turcos no son del todo islámicos, como lo pueden ser los súbditos de Arabia
Saudí o los sometidos (islām - إِسْلَام - es «sumisión») a los ayatolas de
Irán, ni orientales del todo ni laicos del todo a la manera europea. Arrastran
el baldón de los genocidios griego y armenio, cometidos por un régimen que ya
no existe. Les costará liberarse como a Alemania de su agujero negro o como a
tantos otros pueblos que cargan con malas historias del pasado
Un
mediodía con problemas estomacales, me quedé solo en una plaza de Kayseri. Me
senté en un banco para pelar y comer una manzana. Una pareja de policías andaba
pidiendo a la gente que se identificara. Vino un joven, algo desarrapado, y se
sentó a mi lado. Poco después se fue y su lugar lo ocupó un hombre de mediana
edad. No sé si tenían ganas de hablar. Del segundo entendí que me preguntaba de
qué país era. La botella de agua que tenía yo sobre el banco se me cayó y el
hombre se apresuró a recogerla. No hubo más conversación. Un poco después la
pareja de policía se sentó en el banco de enfrente, a dos metros, como mucho.
No hablaban ni me miraban directamente. Un silencio incómodo que duró unos
minutos. Luego, se fueron. No hubo más. Me sentí observado oblicuamente como en
un planeta extraño. Quién diría hoy que esta ciudad fue engrandecida por
Pompeyo y San Basilio, a quienes se les concedido el título de Grandes.
Puede
que para el turista convencional Turquía sea Capadocia, uno de esos lugares que
el turismo degrada. No hay jóvenes en el hotel de Capadocia donde nos alojamos
o muy pocos. Una razón evidente es que los jóvenes trabajan. Otra que los
jóvenes no dedican mucho de tiempo a posar en el paisaje sino a vivir. Este
tipo de paisajes turísticos no favorece la autorreflexión, sino el posado, es
decir, lugares sin alma.
Sin
embargo, Turquía es otra cosa, algo más que el cruce histórico y de continentes
que es Estambul, algo más que el sustituto de las playas españolas en la costa
del Egeo o del Mediterráneo, frente a Chipre.
Esta
por supuesto el mundo que empezamos a descubrir de Gobleki Tepe, el misticismo
que desprende la danza de los derviches, la paleta de colores del atardecer,
cuando el sol rebota en las cumbres anatólicas, los elegantes y estilizados
minaretes, más elegantes en solitario que duplicados o cuadruplicados.
Y
está la coquetería de las mujeres que se desborda bajo el pañuelo de seda o con
estampados de flores y vivos colores - el uso de ropajes negros de punta a
punta choca igual que en Occidente o más -, más intenso y variado en el mujerío
kurdo, cosa que no sucede con la uniformidad inelegante de los hombres.
En
las variables demográficas, Turquía se parece cada vez más a Europa:
matrimonios tardíos, caída te la tasa de natalidad, aumento de la esperanza de
vida, envejecimiento, crisis a la vista de la sanidad y pensiones. También en
la sociología del consumo y entretenimiento. En lo que no se parece es en la
comida.







No hay comentarios:
Publicar un comentario