Corre un airecillo fresco esta mañana después del amanecer. El pueblo de casas de madera se cierra en círculo con construcciones casi verticales que bajan de la montaña en la parte que queda libre de las terrazas. Para ir de las casas a los campos de arroz hay que subir por senderos estrechos cubiertos de losas de piedra o de madera, senderos que rodean el pueblo y ascienden hacia un monte lleno de abetos en la parte que no está ocupada por los bancales. Ahora mismo oigo el canto de pajarillos y veo los faroles rojos típicos de cualquier parte de China y la ondulación de verdes, desde los intensos de los abetos hasta los más suaves de las terrazas.
La niebla a girones ha ido cubriendo el paisaje mientras escribo. Soy el único sentado en una terraza junto a unos daneses que me dan los buenos días en italiano, esperando el desayuno. Hemos acomodado el ritmo del viaje al lugar; hoy no tenemos prisa. La niebla se retira y puedo hacer algunas fotografías húmedas, oscuras.
No mucho después, cuando ya tenemos la mochila al hombro, la niebla vuelve a cubrir, ahora ya densamente, el paisaje que ayer admirábamos. En una sala, dos mujeres Zhuang se recogen el pelo para hacerse el tocado típico del lugar, un moño con forma de sombrerero tubular. El grupo de daneses lo filman móvil en ristre. Las mujeres Zhuang se cortan el pelo, que se dejan crecer hasta los tobillos, dos veces en su vida, a los 18 años y cuando se casan. Dos tipos de tocado les diferencian, antes y después de casarse. Nunca tiran el pelo, lo utilizan para hacerse el moño.
Una lluvia fina nos despide. El paisaje es hermoso, más en las buenas fotografías, pero no tanto como para que, como dice Li, la guía, alguno quiera quedarse a vivir en lugar tan apartado.
En el largo recorrido en autobús desde Longji a Fenghuang, entrando en la región de Hunan, se suceden colinas boscosas y campos de arroz, ya no aterrazados sino dispuestos en parcelas planas. Las casas de madera han sido sustituidas por las de hormigón o ladrillo. Paisaje siempre verde, a menudo envuelto en niebla.
Fenghuang, o la "Ciudad del Fénix", en la provincia de Hunan, hogar de dos minorías, los Miao y los Tujia, a quienes se ve en los tenderetes callejeros, ha sido restaurada para devolverla a la época de las dinastías Ming y Qing. Las casas de madera de pino se reflejan en el agua esmeralda del río Tuo. Los originales puentes, cubiertos o de fantasía, los templos y callejas con locales de todo tipo hacen una ciudad atractiva para el turismo local.
El río es el alma de la ciudad. En su entorno hay restaurantes y bares con bonitas vistas, pero, sobre todo, locales de maquillaje y de préstamo de vestimentas. Es una locura lo de las jovencitas vestidas a la manera de las cortesanos. También abundan los salones para los masajes de pies.
Un escritor puso de moda Fenghuang con una novella romántica, La ciudad fronteriza, Shen Congwen (1934). Su protagonista, vestida de rojo vaporoso - en Hunan el color rojo es símbolo de suerte y felicidad -, situada en una plataforma en medio del río, recibe a pequeños botes que giran en torno para fotografiarla por el módico precio de 15 euros durante 20 minutos.
La madera oscura y húmeda, los farolillos rojos, el río, los puentes y los palafitos se ofrecen como el plató de una serie histórica sobre la China dinástica. Como en el imaginario popular Fenghuang ha quedado como el pueblo más fotogénico de China, las muchachas en flor revolotean como mariposas aturdidas en torno al río y a los focos de los fotógrafos profesionales o aficionados que se ofrecen para fijar su color.
A las muchachas, su edad temprana les hace guapas, sus atuendos dinásticos con abuso de los plateados no las mejora; los paneles de intensa luz con los que los fotógrafos iluminan su rostro hacen de las orillas del río un decorado ilusorio que alimenta sus fantasías.



















































