El
sábado y el domingo el Louvre cerró sus puertas. Los visitantes extranjeros y
de la provincia francesa que habían acudido a la capital con la intención de
ver las obras maestras del pasado se quedaron con las ganas. Esta pregunta es
legítima: ¿Si hubiesen podido los manifestantes del sábado habrían vandalizado
el museo?
¿Qué
les dicen a muchos de ellos un Delacroix, un Rafael, un Goya? Pinturas de una
burguesía, de una época y de un país de los que no saben nada. Quizá algunos
las viesen como una mercancía cambiable y otros como un símbolo del poder que
los oprime - su comportamiento está diciendo que se sienten víctimas - o, en
todo caso, como hitos de un país extraño, que no ven como suyo.
En
primer lugar, habría que distinguir entre manifestantes y vándalos. En segundo
lugar, habría que preguntar qué mueve al segundo grupo. Están los años jóvenes
de la adrenalina y la testosterona, la energía sobrante. Está, sin duda, el
sentimiento de injusticia frente a la riqueza que unos pocos acumulan o al
bienestar menguante de una clase media a la que no pertenecen, en contraste con
la nada o poco que ellos poseen (Mira como arramblan con los objetos de las tiendas
de lujo). Algunos hablan de los 'desposeídos de la tierra', pero no se puede
desposeer a quien nada tiene.
Y
están, por supuesto, las expectativas defraudadas: muchos acuden a la Europa de
la promesa, la que ven en los reportajes, las fotografías, las series, la
publicidad del 'dorado europeo'. Una información que no se procesa: bastaba con
llegar a cualquier punto de América para encontrar minas y ciudades de oro y
plata, todo estaba a mano.
Y por
supuesto también están los años de formación: la familia, la escuela, la
Iglesia o la mezquita, el ecosistema mediático. Tanto si eres un recién llegado
(tu mochila cultural) o de segunda o tercera generación (la degradación
irresistible del sistema educativo europeo).
Europa
durante décadas ha estado mirando al pasado, exhibiendo en grandes y
costosísimas exposiciones la grandeza de sus mitos. Museos, catedrales y
tiendas chic. Y fútbol, mucho fútbol. El futuro de Europa estaba en el pasado,
¿sigue estando? Los ricos y de clase media de otras latitudes y los jóvenes de
la promesa acudían como moscas al panal de rica miel. Las élites políticas y de
los negocios querían a los primeros. En la retórica de la construcción de
Europa los segundos aparecen como el sustento necesario de las pensiones de los
avejentados europeos.
Todo
bajo el paraguas de la superioridad moral, las 'creencias de lujo', que según
el psicólogo Rob Henderson sirven para otorgar estatus a las clases altas a
bajo costo - que parte de la clase media asume - y que raramente aplican a sus
propias vidas, pero cuyas consecuencias recaen inexorablemente sobre los
desfavorecidos.
Francia,
Europa tiene que proponerse como prioridad que los nuevos inmigrantes o los de
segunda o tercera generación sientan como suyo el contrato social que los
convierte en ciudadanos: educación, empleo y contribución mediante impuestos.






