"Si nunca he escrito sobre mi madre, ni nunca me he
parado a pensar en ella, es porque para hacerlo hace falta extirparla de mi
padre. Lo que implica una operación delicada, que requiere una actitud
quirúrgica específica, una frialdad de pulso. Requiere lentitud y precisión, un
bisturí gramatical. Es decir, dirigir las palabras a las partes que aún no
están comprometidas. Identificarlas, aislarlas del resto y luego incidir, hacer
daño con nitidez".
Aunque
un mundo de introspección y análisis les separa, también la técnica, el estilo y
la ambición, mientras leo ambas novelas, primero Comerás flores y luego El
aniversario, no se me va de la cabeza, la idea de que estoy observando un
caso clínico. En ambas novelas, pues así se declaran, como novelas, sin pensar,
sin más información, que se trata de una reconstrucción autobiográfica, el
sujeto analizado es la propia narradora o narrador - quizá el autor -, aunque
quieran desviar la atención del lector hacia otra persona, el seductor en Comerás
flores, la madre sometida al patriarca en El aniversario, ambas con
la idea de fondo: revelar la violencia que anida en el amor: "mi padre
exigía amor a través de la violencia...".
Ambas
aparecen, pues, como casos clínicos. Un adulto rico y guapo, en la primera, que
es visto, o reflejado, desde la óptica del sujeto sometido por el narcisista;
una madre anulada por el patriarca familiar, en la segunda, que arrastra una
vida sin vida. Pero en ambas, sin embargo, lo que queda es la evidencia del
malestar de los narradores, la anulación a la que se ha visto sometida la
sufriente Marina, el desasosiego físico y moral que siente el innominado narrador
cada vez que visita o piensa en la casa desolada en la que viven sus
padres.
El
narrador de El aniversario, como de hecho en la narradora de Comerás
flores - que ve reflejadas sus emociones en su perra, en la amiga ...-,
aplastado por una atmósfera que le domina y anula, necesita ser visto como
objeto desde fuera, por eso acude a una vieja terapeuta de más de 80 años que
lo recibe en un viejo inmueble una vez a la semana. No saca gran cosa en claro
de la terapia, pues la vieja apenas responde con alguna frase fática a lo que
él le va contando. Al lector sí le sirve, al propio lector que es Andrea Bajani
cuando, diez después, escribe la novela para reflexionar sobre lo que pasó.
Bajani
escribe como si el ritmo de la frase, la sucesión de las palabras, su longitud,
su sonido, la cadencia de las sílabas, le ayudase a recomponer la persona que
fue, la que no podía verse en aquella atmósfera de opresión, la novela como
dispositivo pensante.
"Tras escuchar en su presencia una llamada
telefónica a sus padres le dice [la psicoterapeuta], lacónica, lapidaria, antes
de que suba al coche. «Me ha dejado escandalizada, el tono frívolo con el que
le hablaba a su padre y a su madre. Prepárese porque hemos llegado al meollo de
la cuestión». «Nos vemos el jueves»".
Una
escena, unas palabras que, en su aparente inconcreción, desvelan el tormento
que vivió en narrador y al que necesita volver para rescatarse.
De Comerás
flores ya he escrito en otro post. En El aniversario y la anterior El
libro de las casas Bajani somete la realidad a la lupa de la literatura.
Bajani sostiene que las novelas son un espejo en el que ha de verse reflejado
el lector. Por eso no importa tanto la fidelidad a los hechos - aunque alguno,
para mostrar la sordidez y la abyección, sí se narra: un golpe en la cabeza de
la madre, el lavarse los dientes con el agua del inodoro -, su sucesión, como
las atmósferas, la vaga descripción de los lugares y momentos - esos diez años
que han pasado, el aniversario - donde quedaron atrapadas las emociones hasta
convertirse en los sentimientos que todavía le perturban.
Cualquier
vida contada, mostrada en sus condiciones más extremas, interpela al lector,
puesto que siempre aparece algún elemento que lo confronta con su propia vida.
Cualquier vida sometida a una lupa de aumento no aguanta el escrutinio. Ambas
novelas están escritas en primera persona. Lucía Solla Sobral le pregunta a su
narradora, ¿Cómo pudiste? ¿Es que no veías las humillaciones a que te sometía?
Andrea Bajani escribe diez años después de haber huido de la casa desolada,
lejos, quizá en otro continente, para conjurar y hacer desaparecer la negra
nube que lo envolvió mientras vivió junto o cerca de sus padres.
El
narrador tras la huida se casó con la mujer a la que su padre había humillado.
Cuatro años después se divorcia. Se vuelve a casar y tiene un hijo. Un pequeño
de dos años en cuyo rostro, a través del retrovisor del coche en que lo lleva a
la guardería, ve el pasado que está conjurando:
"Mientras conduzco lo miro por el retrovisor, hablo
con él, contamos a la gente que vemos. De vez en cuando veo la cara de mi madre
en su cara, ese es el lugar donde me reúno con ella desde hace dos años. Por lo
general es un momento y luego desaparece. Y no hace daño, ni deja de
hacerlo".
Una gran novela.