Si
uno únicamente atiende a lo que le dan las radios, las teles, las redes
sociales, la prensa - si alguien todavía la sigue -, su visión de las cosas
estará muy distorsionada. ¿Qué sucede en la vida privada? ¿Cómo viven las
personas que trabajan, las familias con hijos, las parejas, los solos? No me
refiero únicamente a la vida económica, de la cual todo el mundo puede tener
una idea: comprar o alquilar un piso, la cesta de la compra. Me refiero a la
vida de las emociones: construir una vida en pareja, tener hijos y educarlos,
separarse, vivir con el adolescente, atender a quien está perdiendo la cabeza.
De eso no suelen hablar los medios sino parcialmente. Las sociedades
avejentadas como la nuestra ven esos problemas desde lejos. Hay un
enmascaramiento, no sé si voluntario, de la vida real, para que en el tiempo
libre la gente se fije en cosas abstractas convertidas en memes que entretienen
a modo de ansiolíticos, pongamos Rusia contra Ucrania, el Agente Naranja,
Sánchez el Narciso, los destrozos del clima o el último partido de la
Champions.
La
vida real está llena de parejas que se acaban de separar, algunas con hijos y
las más sin ellos; de gente vulnerable que ha de alquilar un piso a un precio
que quizá no pueda pagar, un piso sin calefacción con bombona de butano, un
trabajo miserable con un sueldo miserable; con su contraparte, el que se queda
con la casa familiar y los niños. Una sociedad escindida a poco que uno meta la
nariz donde quizá no le llamen: quienes comen de restaurante cada día y quienes
han de prescindir de calefacción para llenar la cesta de la compra. Quienes
someten a los niños a un trasiego semanal, esta semana conmigo, la siguiente
contigo, y quienes acaban de adoptar un perro y ponen vídeos en YouTube para
adaptarse mutuamente.
El
enmascaramiento borra esos problemas del primer plano. A quien los padece en la
vida real, el médico o el psicólogo le envía a la farmacia. ¿Cuándo decimos ‘el
mundo está mal’, que es una frase que se repite, a qué nos referimos, a la
debilidad de Europa, al hundimiento de la socialdemocracia y del Estado del
bienestar, a la disputa por la hegemonía entre las potencias mundiales o al
estado de malestar de los individuos?
De
nada nos sirven los grandes diagnósticos sobre la realidad, porque están hechos
por y al servicio de la élite. Y las élites yerran en sus análisis porque se
han habituado a la ceguera, la realidad que ven y predican es la que conviene a
su posición, mantenerse en el poder, ayudar a los suyos.
