miércoles, 11 de febrero de 2026

El señor Wilder y yo (Fedora)

 

 


Cuando en 1978 Billy Wilder estrena su penúltima película, Fedora, los productores americanos ya se habían olvidado de él - tuvo que buscar financiación en Alemania - y lo que es peor también los distribuidores. Wilder para compensar buscó escenarios con glamur, entre ellos la isla de Corfú. La película se estrenó en el festival de Cannes y luego pasó por los cines sin gran entusiasmo. Los espectadores preferían las producciones de la nueva generación de directores: el joven Scorsese, los Padrinos de Coppola, el Tiburón de Spielberg o los Star Wars de George Lucas.

 

Fedora es un melodrama con toques hitchcockianos. Comienza impactante con una vieja actriz hollywoodiense arrojándose a las vías del tren para buscar a continuación las causas del suceso: una vieja actriz destrozada por un cirujano plástico incompetente, una hija atrapada en la fama de la madre, una serie de viejos personajes que viven de las rentas de la fama, actores, productores, en suma, Billy Wilder en su etapa final reflexiona sobre la vejez, la huidiza belleza y el hiriente olvido de Hollywood. Fedora, 28 años después, no deja de ser una nueva versión de Crepúsculo de los dioses, con el mismo William Holden, ahorra envejecido, cambiando a Gloria Swanson por una actriz alemana no muy conocida.

 

Los espectadores ya estaban en otra onda, impactados por el estreno reciente del Taxi Driver de Scorsese. Qué podían el glamur y la elegancia clásica de los avejentados William Holden y Henry Fonda contra el realismo sucio del joven Robert de Niro. Además, para melodramas hitchcockianos ahí estaban Carrie o Vestida para matar de Brian de Palma.

 


Si vuelvo a la Fedora de Wilder (a través de Stremio) es porque acabo de leer El señor Wilder y yo de Jonathan Coe, una novela ligera, impregnada del suave e irónico humor inglés, tan elegante como lo fueron las películas de Wilder. Una joven narradora inglesa crecida en Grecia nos cuenta el rodaje de la película. Contratada como traductora sigue al famoso director y a su gran amigo I.A.L. Diamond, guionista de muchas de sus películas. 

 

Coe, como Wilder, combina la comedia con el melodrama. La joven narradora aprende a situarse en el mundo mientras los dos amigos, el director y el guionista, se despiden de él. Desahuciado de Hollywood, Wilder vuelve a su vieja Europa, a los mejores lugares para rodar, el Mediterráneo, París, Munich, Londres, financiado por productores alemanes, de esa Alemania, recuerda, de la que tuvo que huir para salvar la vida, junto a tantos otros directores y guionistas con quienes dio forma al Hollywood clásico.  Wilder al concebir la película, planeaba una doble venganza contra los productores de Hollywood y contra la Alemania nazi que mató a su madre y que lo expulsó siendo un prometedor cineasta.

 

En la novela, como en la película, se hace presente la lucha entre ‘los barbudos’, como el director llama a los nuevos directores, y él mismo, representante de un mundo acabado, el realismo sucio de Taxi Driver frente a la dulce mirada de El bazar de las sorpresas de Ernest Lubitsch. Coe comenta que Wilder tenía un cartel en su oficina con la frase: "¿Cómo lo haría Lubitsch?", pues consideraba que esa película era el ejemplo de la perfección tal como él consideraba el cine.

 


martes, 10 de febrero de 2026

La vida en palabras

 

 


La naturaleza, ¿quién si no?, nos hace un regalo de tan incalculable valor que no paramos mientes en ello, si lo hiciésemos quedaríamos paralizados por el insoportable deber de gratitud. En algún momento nos damos cuenta de que la vida lleva incorporado un minutero, una cuenta atrás. Somos el cruce entre el ímpetu del choto saliendo del vientre de la madre y la caída solitaria de la oveja junto a un ribazo del camino hacia la noche oscura. 

 

En ese cruce de fuerzas vive el instante en que palpita la eternidad. La contradicción nos constituye, temporales y eternos, vitales y palabreros.

 

El recuerdo. Los dedos entrelazados por el camino embarrado cuando el día iba perdiendo humedad y el sol tímido cosía sus primeros pespuntes. Como el habla, como si imitase su balbuceo, ese decir sin nada que contar, pues en el propio decir está la dicha de estar juntos. El largo camino de concentración, el pueblo del aeropuerto a lo lejos, en el páramo, sin otra compañía que el zumbido del viento en nuestras capuchas o los buenos días musitados de un caminante que se nos cruza sin apenas levantar los ojos del suelo, el horno donde parece concentrarse toda la población dominical de la comarca a pesar del fabuloso precio del pan, las tortas y las magdalenas, la cantina del jubilado que se está llenando al salir de misa, el olor a avellana y el sabor a pasas de la magdalena partida junto al café largo, algo lechoso, la vuelta a casa por el arcén de la carretera huyendo del barro, recordando otras caminatas parecidas en lugares que recordamos antes de que, tras una loma, aparezcan las almenas del castillo, la estampa del pueblo. No comeremos en el restaurante que pensábamos porque febrero es mal mes para los restaurantes. Nos basta untar las zanahorias peladas y partidas en tacos en el humus y el guacamole, el vino rosado y las alitas de pollo, el café y la otra media magdalena de avellanas y pasas, antes de caer en la modorra y el éxtasis, el momento glorioso de la siesta. 

 

Balbuceos como digo, pues nada sustituye al instante que se vivió como eterno.



lunes, 9 de febrero de 2026

Vivir y no vivir


 

Inquieto agitado nervioso, en el andén de la vía 3, espero el AVE que tiene prevista su llegada a las 10:27. Esperaba tranquilo en el acceso a la vía 1 al control electrónico de equipaje hasta que, cuando quedan tres minutos para la salida, me dicen que vaya a la vía 3, donde no hay ningún tipo de control. Me doy cuenta de que hay trenes que tienen control y otros que no lo tienen. Al llegar al andén 3 veo que el tren viene con mucho retraso. Es el primer día de huelga de maquinistas.

 


La agitación insensata de la vida moderna, el estrés con el que convivimos desde hace un tiempo. Me di cuenta de esa circunstancia - la disparidad en la percepción del tiempo - viendo las fotografías, el sábado, de Catalá-Roca. El tiempo estaba detenido en ellas. No solo era él blanco y negro o la estaticidad de la fotografía, en la actitud de las personas que aparecen en ellas, la distinta percepción del tiempo. La manera de moverse, de relacionarse con las cosas, un modo pausado de estar que hemos perdido. Es imperceptible como vamos cambiando, cómo de distinto es el modo de estar de las distintas generaciones.




Parecida disparidad temporal experimento al ver la Numancia teatral de Cervantes. Cervantes pone el honor y la valentía de España en el alma de los numantinos dejando de vivir por propia voluntad antes que rendirse para ser esclavizados por Roma. No hay público hoy que pueda entender el arrojo de la propia vida para salvar el honor de la patria. La apelación de los numantinos al honor, su suicidio colectivo, se nos aparece como curiosidad. La única emoción que puede suscitar un espectáculo como este es la plasticidad, el juego de luces, colores y sombras, un hiperrealismo retórico en el teatro, o la referencia, no demasiado prolongada -se agradece -, de Gaza en Numancia. Nuestro tiempo no es el de Cervantes ni mucho menos el de Numancia. Puede que en algún momento vuelvan a emparejarse, pero ese momento no ha llegado.

 

Hay un modo de romper el estrago del estrés, el momento en que la conciencia coincide con la vida desnuda. Vivir sin más. ¿Se puede vivir sin adjetivaciones, desnudos de contexto? Se puede: la pasión amorosa, la conversación entre amigos, el trabajo entregado y responsable, si uno se aísla del contexto estresante. Otro modo es mediante el arte. El arte puro sin aditamentos coincide con la vida desnuda.

 


Un piano solo en una sala con buena sonoridad -es buena si uno no repara en ella. Primero el Liszt de Años de peregrinación, después el joven Brahms de la sonata número 3. Un intérprete sumido en el arte de la interpretación. La música es la más intemporal de las artes: se actualiza cada vez que un buen solista la ejecuta en el escenario. No hay músicas viejas o músicas nuevas sino las que hacen suyo el instante. La vida y su representación coinciden en un momento que puede ser extraordinario, cuando se libera la energía que permite que el mundo cobre sentido.

 

Durante la media hora larga que estoy en el andén, esperando, no se me va la agitación interior, mi cuerpo balanceándose de un lado para otro, mi mirada atraída por el trasiego atmosférico del resto de los humanos que como yo esperan. Un estrés que hemos incorporado a nuestra forma de estar en el mundo. Un no vivir.




jueves, 5 de febrero de 2026

Soledad tras desengaño

 

 


“Ibant obscuri sola sub nocte per umbram” (“Iban oscuros por las sombras bajo la noche solitaria”). Virgilio. La Eneida

 

Quizá proceda de Nietzsche la idea de la orfandad del hombre tras proclamar que Dios había muerto. Después de él otros presentaron la idea de forma más digerible, remontándola a la época clásica. Gustave Flaubert en una carta a una amiga escribió:

 

"Justo cuando los dioses habían dejado de existir y el Cristo todavía no había aparecido, hubo un momento único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que el hombre estuvo solo".

 

Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano la retoma para describir el periodo de transición que vive su héroe (siglo II d.C.). El extraordinario momento en que el hombre vivió a solas consigo, cuando los dioses habían muerto y el dios cristiano aún no había aparecido. Fue entonces cuando vivió y escribió el satírico Luciano de Samosata

 

Desde que Nietzsche proclamara la muerte de Dios las diversas tentativas para sustituirlo han ido fracasando una tras otra. Todas religiones menores, desde la ilustración liberal al socialismo, pasando por la peor de todas, el nacionalismo. Arrojado a sí mismo, el hombre ha experimentado la libertad como un castigo, la soledad absoluta. Las nuevas religiones, también llamadas ideologías,

 

«Encienden revoluciones, informan los códigos, guían los corazones perplejos durante algún tiempo; luego pierden su energía plasmante, se embota su capacidad de hostigar, desaparecen como fuerzas sociales». (En cita de Ortega y Gasset de 1910, ¡en tal fecha!, cuando esas ideologías comenzaban a extenderse por España).

 

La ilustración humanista creyó que el hombre sería capaz de crear su propia moral y asumir la responsabilidad correspondiente. A día de hoy, el panorama no puede ser más desolador. Qué tenemos en lugar de dioses. Mira a tu alrededor, todos los trofeos que te has ido regalando para enmascarar el gran hueco.

 

Vivimos el momento de Luciano de Samosata. De la utopía del Estado liberal y su hijastro el socialismo solo cabe hacer pullas, y burlas de sus fallidas promesas. Un cadáver que solo sirve para hacer chistes, proclamaba Luciano.

 

Luciano vivió ese momento único del siglo II dc. En su Diálogos de los dioses, satiriza a los dioses del Olimpo presentándolos como figuras ridículas, corruptas o, peor aún, inexistentes, quitándoles el aura de sagrados. Ya nadie cree seriamente en Zeus. Lo mismo sucede con nuestros diosecillos.

 

Sobre lo que está por venir, la utopía tecnológica y sus señuelos - terraformar Marte; los robots inteligentes esclavizados a nuestro servicio; la vida regalada sin necesidad de trabajar; la computación cuántica; la longevidad estirada - quién la querrá después de conseguirla. Una "superstición bárbara", diría Luciano cuando se refería en La muerte de Peregrino a los cristianos, de quienes se burla (pobres diablos, creen que son inmortales) tratándolos de gente ingenua y fácil de engañar. En Peregrino Proteo podríamos identificar a algunos de nuestros representantes por su vanidad extrema disfrazada de virtud.

 

Qué nos espera sino la búsqueda desesperada de algo en lo que creer (magos, profetas falsos, charlatanes) antes que soportar la soledad absoluta a la que se refería Yourcenar.


martes, 3 de febrero de 2026

Estado del malestar

 



Si uno únicamente atiende a lo que le dan las radios, las teles, las redes sociales, la prensa - si alguien todavía la sigue -, su visión de las cosas estará muy distorsionada. ¿Qué sucede en la vida privada? ¿Cómo viven las personas que trabajan, las familias con hijos, las parejas, los solos? No me refiero únicamente a la vida económica, de la cual todo el mundo puede tener una idea: comprar o alquilar un piso, la cesta de la compra. Me refiero a la vida de las emociones: construir una vida en pareja, tener hijos y educarlos, separarse, vivir con el adolescente, atender a quien está perdiendo la cabeza. De eso no suelen hablar los medios sino parcialmente. Las sociedades avejentadas como la nuestra ven esos problemas desde lejos. Hay un enmascaramiento, no sé si voluntario, de la vida real, para que en el tiempo libre la gente se fije en cosas abstractas convertidas en memes que entretienen a modo de ansiolíticos, pongamos Rusia contra Ucrania, el Agente Naranja, Sánchez el Narciso, los destrozos del clima o el último partido de la Champions.

 

La vida real está llena de parejas que se acaban de separar, algunas con hijos y las más sin ellos; de gente vulnerable que ha de alquilar un piso a un precio que quizá no pueda pagar, un piso sin calefacción con bombona de butano, un trabajo miserable con un sueldo miserable; con su contraparte, el que se queda con la casa familiar y los niños. Una sociedad escindida a poco que uno meta la nariz donde quizá no le llamen: quienes comen de restaurante cada día y quienes han de prescindir de calefacción para llenar la cesta de la compra. Quienes someten a los niños a un trasiego semanal, esta semana conmigo, la siguiente contigo, y quienes acaban de adoptar un perro y ponen vídeos en YouTube para adaptarse mutuamente. 

 

El enmascaramiento borra esos problemas del primer plano. A quien los padece en la vida real, el médico o el psicólogo le envía a la farmacia. ¿Cuándo decimos ‘el mundo está mal’, que es una frase que se repite, a qué nos referimos, a la debilidad de Europa, al hundimiento de la socialdemocracia y del Estado del bienestar, a la disputa por la hegemonía entre las potencias mundiales o al estado de malestar de los individuos?

 

De nada nos sirven los grandes diagnósticos sobre la realidad, porque están hechos por y al servicio de la élite. Y las élites yerran en sus análisis porque se han habituado a la ceguera, la realidad que ven y predican es la que conviene a su posición, mantenerse en el poder, ayudar a los suyos.

 


lunes, 2 de febrero de 2026

Escritura y lectura




Dos cosas sobre lectura y escritura. La primera sobre cómo un libro no está completo hasta que encuentra un buen lector. Es más, un buen lector amplia el significado de un libro más allá de lo que el escritor concibió. Pensemos en los clásicos, renovados generación tras generación gracias a los nuevos buenos lectores. Esto escribe Richard Flanagan:

 

 De las muchas ilusiones necesarias que permiten escribir a un escritor, dos son primordiales: una es la vanidad de creerse capaz de escribir un buen libro, y la otra, la presunción de que un buen libro caerá en manos de buenos lectores, de personas con intuición para reconocer lo que tiene de bueno. Pero, naturalmente, los buenos lectores son tan raros como los buenos escritores, puede que incluso más, y la mayoría de los libros encuentra, por consiguiente, solo lectores mediocres. Los escritores despotrican y alegan que se los malinterpreta, y los mediocres medran gracias a que son malinterpretados; algunos incluso acaban, así, por accidente, en el panteón de la grandeza, y la arcilla de mala calidad con la que han modelado su obra se reviste, para la eternidad, de la afortunada pátina de las lecturas inteligentes.

 

La segunda, sobre el potencial del libro electrónico.

 

Pero las palabras existen para entender el mundo y si el mundo las esquiva a diario, mañana siempre estarán condenadas interpretar de nuevo su danza enloquecida: las palabras anclan, el mundo echa a volar; las palabras dicen que algo es así, el mundo dice que no lo es. Y así, ejecutan un tango eterno, las palabras y el mundo, mientras los escritores son solo los zapatos de baile que se deslizan entre el bailarín y la pista.

 

Esto que dice Richard Flanagan vale también para el original y la traducción.

 

No entiendo cómo todavía los editores no editan los ebook con los dos textos, el original y la traducción, uno debajo del otro, de modo que, simplemente subrayando un párrafo, como cuando se guarda una nota, aparezca debajo el original. Una simple decisión técnica. Los ebooks no están desarrollando todo su potencial. No es solo tener debajo una capa con el texto original, también la posibilidad de ofrecer otras traducciones, al menos una generada por IA. Por supuesto, también referencias cruzadas, músicas e imágenes. Imagino un ebook futuro con todo aquello de lo que se valió el autor para crear su obra y aquello otro a lo que ha dado lugar, por ejemplo, ensayos interpretativos, documentales y películas asociadas. Cuánto puede ampliarse el significado de ese modo.

  

sábado, 31 de enero de 2026

¿Quién ama más tiempo?



En ese árbol de la ocurrencia continua que es Twitter, ahora X, uno, y otros después, soltaba que La pregunta 7 no le había gustado, que no le encontraba valor. Contaminados por los géneros: esto es una novela, esto es un ensayo, esto es un libro de aventuras, esto es un noir, el uno y los otros no podían apreciar la valía de lo que no se ciñe al género, ni por su singularidad tampoco a la corriente principal del momento. Flanagan tiene algo que decir, algo que le atañe personalmente, y quizá también a ti lector.


Cuenta Richard Flanagan que le diagnosticaron una enfermedad degenerativa con un corto periodo de vida por delante. En los próximos y finales 12 meses se verían afectadas sus capacidades cognitivas y su memoria. Entonces se puso con el libro que tenía en mente desde hacía tiempo. Urgido a ordenar el material que bullía en su cabeza, parte de una pregunta que había encontrado en un cuento de Chéjov, una pregunta capaz de organizar el relato y el sentido de su vida, pues qué es un relato sin un hilo que lo organice. En el caso de La pregunta 7 es tan frágil como la propia pregunta, un recurso en todo caso para empezar a contar lo que bulle dentro, lo que pugna por ser contado. ¿Quién ama más tiempo?, va preguntándose a lo largo del libro. Lo que el lector se encuentra es un híbrido entre novela y ensayo. 


Las obras memorables nos tocan no por su perfección, pues ni la Iliada, ni el Quijote, ni la Divina Comedia ofrecen un mecanismo comparable a un reloj sino porque nos presentan un espejo en el que reconocer nuestras debilidades, temores y deseos. Es en la imperfección de La pregunta 7 donde nos reconocemos. El hilo que gira, se desvía y vuelve a lo largo del relato del que tira Flanagan lleva de su amor por los libros a la composición urgente del suyo: HG Wells y Rebeca West vivieron una apasionada aventura amorosa que acabó en un libro del que el físico húngaro Leo Szilard tomó la idea de la posibilidad de la bomba que podía arrasar el mundo. La bomba que explotó sobre el cielo de Hiroshima acabó con la guerra en Japón, de modo que el padre de Flanagan, que se quebraba en un campo de trabajos forzados en Birmania, pudiese volver a casa y concebirlo, concebir a Richard Flanagan y así poder escribir el libro que estás leyendo.


El hilo va recorriendo la trama apretando aquí y allá para dar forma a las historias, unas con mayor intensidad que otras: la historia romántica y literaria de Wells y West (completamente incompatibles, pero perfectos el uno para el otro); el drama trágico del judío expulsado de Europa para contribuir en América a la construcción del arma más mortífera capaz de acabar con la locura del nacionalsocialismo; las vidas acabadas o rotas, convertidas en estadística mortal - millones -, consecuencia del horror de la guerra, que solo alcanzan a tocar el corazón gracias a la magia del arte novelístico cuando se singularizan en la vida y muerte del padre de Flanagan en el campo japonés del Ferrocarril de la muerte y, finalmente, en la desnaturalizada Tasmania.


Los episodios se despliegan sobre la urdimbre vital de Flanagan el hijo. Intuimos al escritor y al hombre preguntándose cuánto amor había en Wells y en West; cuánto dolor en la conciencia de Szilatd por haber creado al monstruo capaz de acabar con la humanidad; cuánto en el silencio familiar del padre tras lo ocurrido en el ferrocarril, cuánto en el padre y la madre del narrador cuando les deja a la puerta de una residencia tras pedirle que les acojiese en su casa; en el silencio tasmano tras el genocidio británico: los aborígenes casi desaparecidos como la propia antigua selva.


¿Quién ama durante más tiempo? Una urdimbre que finalmente se desvela en episodio de la trama cuando el narrador en el último movimiento despliega el tapiz que contiene su entera vida: cuenta su primera muerte, el joven Flanagan atrapado en un kayak en medio de la corriente del río Franklin, enlazando así con el diagnóstico fatal que ha dado origen al tejido del relato. La trama son los cuentos que nos contamos, la urdimbre, la vida...


"...toda escritura está atrapada en los tiempos verbales, mientras que la vida no lo está. La vida siempre está ocurriendo y ha ocurrido y ocurrirá, y la única manera de escribir que acaso tenga algún valor es la que confunde el tiempo y está fuera del tiempo, la que nada con él y vuela con él y bucea con él hasta las profundidades, buscando la respuesta a una pregunta insistente: ¿Quién ama más tiempo?"

 

"Sin el beso de Rebecca West, H.G. Wells no se habría refugiado en Suiza para escribir un libro en el que todo arde, y, sin el libro de H.G. Wells, Leo Szilard nunca habría concebido una reacción nuclear en cadena, y sin concebir una reacción nuclear en cadena, nunca habría conocido el terror, y si no hubiera conocido el terror, nunca habría persuadido a Einstein para que presionara a Roosevelt y si Einstein no hubiera presionado a Roosevelt, no habría habido Proyecto Manhattan y sin Proyecto Manhattan, no hay ninguna palanca de la que Thomas Ferebee pueda tirar a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945 a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima, no hay ninguna bomba sobre Hiroshima y ninguna bomba sobre Nagasaki, y cien mil o ciento sesenta mil o doscientas mil personas viven y mi padre muere. Puede que la poesía no sea capaz de activar nada , pero una novela destruyó Hiroshima y sin Hiroshima yo no existo y estas palabras se borran por sí solas y yo con ellas".