lunes, 23 de febrero de 2026
Ensayos
viernes, 20 de febrero de 2026
Pelis locas
No reducimos la esfera de nuestro mundo a lo que nos gusta. Qué mundo sería ese si evitaramos a aquellos con quienes discrepamos, si no leyésemos los libros que no confirman nuestro modo de ver las cosas. Es más, de vez en cuando, sería saludable votar a aquellos partidos con quienes no estamos de acuerdo.
Acabo de ver dos películas que no me han gustado, que sabía que no me iban a gustar. La primera, Maspalomas, no me iba a gustar por su temática, viejos gays follando. De José Mari Goneaga había visto, entre otras, Loreak y me gustó mucho. Aborda temas incómodos. Los primeros quince minutos de Maspalomas son duros de ver, después la intensidad homoerótica amaina y se convierte en una reflexión sobre los sentimientos personales y la exposición de lo propio oculto ante los demás. Me he sentido muy incómodo viendo la película, pero reconozco que es una buena película y se merece unos cuantos premios cuando se repartan los Goya.
La hermanastra fea es una película noruega que actualiza el cuento de la Cenicienta. Aunque con un decorado decimonónico, le da la vuelta, intercambiando los papeles entre la fea y la guapa, para exponer las patologías de nuestra época. Entre el humor bestia y el terror muestra las boberías de las mujeres jóvenes para moldear su cuerpo atendiendo a las exigencias de la época y a las locuras del deseo. También he sentido durante la visión la necesidad de mandarla al cuerno. La película es torpe en la producción, la interpretación y todos lo demás aspectos. No me ha gustado. La intención de la película es buena, aunque la realización sea fallida.
Como decía, hay un deber moral de hacer cosas que no nos gustan. Formamos parte de una sociedad compleja. Para convivir con los distintos hay que comprenderlos, como esperamos que ellos hagan con nosotros.
Escribo con los dedos ateridos en un anden de la estación donde la helada todavía está presente. No sé si habrá en España una estación más expuesta al crudo invierno. Si te mueves a menudo entre ciudades, el tren es el mejor medio de transporte. Amas el tren, su funcionamiento actual es un desastre, pero no te queda más remedio que cogerlo, aunque los retrasos sean la norma.
miércoles, 18 de febrero de 2026
La vuelta de los autócratas
¿Han ejecutado a Luis?
¿Qué mundo es este? Ya no logro reconocerlo. Ya solo queda la carne,
(protesta Catalina al enterarse de la ejecución de Luis XVI en Francia)
Qué diferentes las dos series dedicadas a Catalina la
Grande y, sin embargo, concebidas con un año de diferencia. Una británica, otra
australiana. Una estrenada poco antes de la pandemia (octubre de 2019), la otra
durante la pandemia (diciembre de 2020). La primera narra los años de la
Catalina adulta (Helen Mirren), la emperatriz alemana que amplió el gran
imperio ruso hacia el sur en lucha con los otomanos (Crimea), de la mano de su
valido Potemkin. La australiana recrea los primeros años de Catalina (Elle
Fanning), su relación de amor odio con el zar Pedro III al que destrona. La
serie de la BBC se consume en cuatro episodios. La serie de Tony McNamara
(Netflix) necesita tres temporadas y 30 episodios. Helen Mirren es una gran
actriz, pero a su edad no son creíbles sus escarceos amorosos con jóvenes. En The
Great todo es espléndido, fabulosos decorados, grandes intérpretes,
ingeniosos guionistas.
Hay un mundo entre una Catalina y otra, entre una
serie y otra. A efectos históricos la primera y la segunda Catalina son dos
mujeres diferentes: la bisoña e idealista princesa alemana que llega a San
Petersburgo para poner en marcha las ideas ilustradas frente a la mujer madura,
en la cima de un imperio, que con mano de hierro gobierna una corte hostil. La
serie británica responde a los parámetros de las series históricas, a lo que se
esperaba de ellas. The Great es otra cosa, habla de este tiempo.
Algo ha ocurrido para que, en el transcurso de unos
pocos meses, de octubre de 2019 a diciembre de 2020, la concepción de un
episodio histórico, el mismo país - Rusia -, los mismos personajes - Catalina y
su corte -, haya cambiado tanto. Catalina la Grande es una ilustración
más o menos veraz de cómo eran los tiempos pasados, de cómo los imaginábamos
antes de 2020. The Great es una excusa para hablar de la condición
humana más allá de un momento concreto de la historia. Los artistas, los
creadores, son quienes mejor captan el cambio, elevan el dedo mojado para saber
por dónde sopla el viento de la historia.
En el siglo VI, Dionisio el Exiguo introdujo una nueva
numeración de los años, el 753 auc (Ab Urbe Condita) se convirtió en el
año 1 (como buen romano desconocía el 0) para imponer una cisura ideológica con
la era pagana, como si el tiempo anterior al nacimiento de Cristo no hubiese
existido. Sin cambiar la numeración de los años, en enero del 2020 entramos en
una nueva época, una frontera entre dos mundos. La pandemia puso a prueba la
resistencia de la población. Los gobernantes supieron hasta donde podían
llegar; vieron que la democracia y sus instituciones eran un tigre de papel.
Entramos en la era de los autócratas populistas.
El mundo ha cambiado sin que nos hayamos dado cuenta.
La política es un escenario y los políticos actores, el bien común no está
entre sus prioridades. No necesitan ciudadanos, sino consumidores voyeuristas,
como en la corte que aparece en The Great, no ciudadanos validando o
promoviendo leyes, sino televidentes cuya actividad se reduce a aplaudir o
mostrar su ira, con un vaso en la mano y un trozo de pizza atascado en el
esófago, delante de la pantalla, grande o pequeña. Autócratas que en estos años
han adquirido el arma más temible para reducir a la población a la
insignificancia, la IA. ¿Te imaginas un ejército de soldados robots? Da miedo. ¿Es así o seremos capaces de
sublevarnos?
martes, 17 de febrero de 2026
¿Ya nos ha dejado atrás?
Pensamos con nuestra memoria, todo lo que hemos ido acumulando, oyendo, leyendo, conversando, escribiendo, combinando todo ese material. Si alguna vez tenemos una idea que creemos original, no es más que un refinamiento de esa combinación. Los más originales de entre nosotros son los que han refinado mejor la combinatoria. La mayor parte de lo que hablábamos y escribimos es refrito, pensamiento convencional. Nos adaptamos a la corriente principal, a lo que piensa la mayoría, al marco que establecen quienes llevan la conversación pública. En ese sentido, somos robots biológicos en marcha.
¿Acaso
los robots digitales son diferentes de nosotros? Su procesado es parecido,
datos combinados del almacén de memoria de la humanidad. Los humanos, además de
memoria utilizamos atajos, una habilidad adquirida tras miles de años de
humanidad. Algo que están adquiriendo las máquinas más rápidamente. De hecho,
conversar con las máquinas puede ser ahora más enriquecedor que conversar con
un humano común. Responden a cuestiones exigentes, elaboran documentos que a un
humano le costaría mucho tiempo: relatos, ensayos científicos, videos, piezas
de arte y música, anticipan con eficiencia. Ya hay campos en los que son
superiores a los especialistas, a los profesionales en determinadas áreas. Hay
ramas del saber en las que la inteligencia humana ha sido sobrepasada. Nos
cuesta aceptarlo, la mayoría afirma que las máquinas no pueden ser más
inteligentes que nosotros, por miedo a ver diluida su condición de 'expertos',
o simplemente por sesgo, la creencia de que el hombre tiene un papel especial,
que estamos en la cima y nada puede arrebatarnos el principado.
Hay
algo quizá más preocupante. Una inteligencia artificial reservada y otra puesta
al alcance del común. No son solo las IAs de pago, que son la primera
restricción. Está la reservada a las grandes empresas, la reservada a las
propias tecnológicas creadoras de los sistemas de IA y por fin la que se
reservan las antiguamente llamadas agencias de inteligencia y los ejércitos más
poderosos para ponerla al servicio de las armas o directamente para hacer de la
IA un arma. No solo ese tipo de inteligencia artificial no está disponible,
sino que desconocemos el alcance de su poder. La distancia entre lo que
conocemos y podemos usar y lo reservado se amplía cada día. 'Totalitario' es un
adjetivo cuyo significado está cada día más cerca de convertirse en real.
Pensar en ello estremece.
Las
dos grandes preguntas no son tanto si podemos competir con las máquinas
inteligentes, sino, una, qué reserva el futuro a nuestra especie, si bastará la
evolución biológica para la supervivencia de la especie o tendremos que
combinarnos con alguna forma de IA, algo como un cíborg. Y dos, ¿cuánto de
desamparados estamos las gentes del común con respecto a quienes dominan
reservadamente la IA?
El nuestro [tiempo] es más radical de lo que imaginaban,
porque por primera vez en la historia, un puñado de empresas privadas controlan
no solo las ideas que circulan, sino la propia infraestructura cognitiva, y lo
hacen sin mandato democrático, con mínima transparencia y prácticamente sin
rendición de cuentas. A esto lo llamo dominación epistémica y sostengo que es
la mayor amenaza no teorizada para el autogobierno en el siglo XXI. (Eso
lo escribe Claude, una IA, en un ensayo académico)
¿Las
IAs nos dejaran atrás pronto o ya nos han dejado atrás?
lunes, 16 de febrero de 2026
La cena
Incomprensiblemente,
la cena tiene ocho candidaturas a los premios Goya del cine español. No
discuto las candidaturas a los actores principales. Todo lo demás me parece un
disparate. Para empezar las primeras escenas parecen hechas con IA, de mucha
peor calidad que las que se ven en páginas de Internet, por cierto. También la
piel que recubre la película, el rodaje digital, una imagen limpia
hiperrealista, resta 'realidad', verosimilitud a las escenas, desagradable de
ver en ocasiones. La producción es lamentable, pasable en escenas con pocos actores,
pésima cuando hay escenas colectivas, mal rodadas y mal interpretadas.
La idea de
la película, contratar a una serie de reclusos ‘rojos’, que están a punto de
ser fusilados para preparar una cena en el Palace de Madrid para los generales
victoriosos de la reciente guerra civil, con el Caudillo (‘culo de manteca’) a
la cabeza está bien, aunque no es del todo original. Se ve la intención de
imitar al gran Berlanga; he recordado La vaquilla, pero nada que ver. Se
queda en una simple idea con unos cuantos gags; creo que he contado tres, quizá
cuatro, que me han hecho realmente reír. No puedo comparar la
película con la obra de teatro de José Luis Alonso de Santos, no la he visto.
El casting
de actores no creo que haya sido el mejor del cine español, salvo Alberto San
Juan, que está magnífico (hasta donde yo llego, su mejor papel) y alguno más.
La caracterización del falangista es perfecta (espléndido Asier Etxeandia), también
Nora Hernández; los demás son risibles. La actuación de Mario Casas lamentable,
se le ve incómodo en su papel de teniente franquista gay, no por lo de
franquista, tampoco por lo de teniente; no se lo cree, parece que vaya a salir
corriendo en busca de otra película. Con todo, lo peor, como digo, es la piel
hiperrealista que recubre la película debido el rodaje digital y la
posproducción, con ayuda de IA, supongo: rodaje con cámaras digitales, edición,
color, efectos visuales. Las primeras escenas que recrean las calles madrileñas
de 1939 con precisión fotográfica resultan desagradables de ver, al menos para
mí, por el tufo a recreación. Si siguen por ahí se cargarán el cine.
Como no sea
por una deuda patriótica con el cine español, no entiendo la unanimidad de los
críticos. Una pena.
domingo, 15 de febrero de 2026
The Great
Hay dos instintos que hemos tenido que adiestrar desde
que el hombre entró en sociedad o para que el hombre conviviese con sus
congéneres. El poder y el sexo: el uso de los demás para el propio beneficio y
placer. Las sociedades humanas surgieron para regular esos instintos. Una
lectura atenta de la historia nos muestra cómo se han ido modificando las
costumbres, cómo se han creado leyes y constituciones para que los hombres
reprimiesen la violencia asociada a esos instintos. A día de hoy no los tenemos
del todo controlados, aunque nos esforzamos y debatimos sobre ello. Están a la
orden del día en la trifulca política. Para de algún modo exorcizarlos, lo
situamos en el escenario, unos metros por encima de nuestras cabezas, a
distancia de nuestras rutinas cotidianas. El pueblo se entretiene con las vidas
secretas de las monarquías o los chistes soeces sobre el sexo. De vez en cuando
se cortan cabezas como advertencia o se cortan lenguas (metáfora) por ser
demasiado explícitos.
Hay una serie, The Great, que toma estos temas
como fundamento. Lástima que no haya sido más comentada. Para mostrar los
instintos de poder y sexual en una versión poco civilizada o no del todo
civilizada busca el escenario de la Rusia de Catalina II, la Grande. Catalina
era una joven prusiana, con ideas ilustradas, que llegó a Rusia para desposarse
con Pedro III, el sucesor de Pedro el Grande. Los creadores han buscado ese
escenario para mostrar las dificultades del paso de la barbarie a la
civilización y cómo la buena voluntad no es suficiente.
En aquella Rusia absolutista, como en esta
totalitaria, el poder y el sexo se ejercían en toda crudeza. Quien tiene el
poder mata y folla sin contención. Nos divierte verlo convertido en ficción.
Los creadores en cada inicio de capítulo nos advierten de que lo que estamos
viendo es ficción, sin embargo, lo fundamental ocurrió y sigue ocurriendo.
Putin es un psicópata como lo era el Pedro III de la serie, como lo son la
mayor parte de esta generación de políticos en esta temporada histórica que
estamos viviendo.
La naturaleza humana - los instintos - es difícil de
domeñar. Lo que sucede en las alturas sucede también en la vida de la gente del
común: en todo grupo humano hay individuos que se imponen por la fuerza y que
aprovechar su poder para tener sexo, incluso con violencia. En los asuntos
difíciles, recurrimos a la ficción para sobrellevarlos: inventamos dioses y
paraísos para calmar nuestro temor a la muerte, ideologías utópicas para salvar
las desigualdades y nuestro sentido de justicia, códigos morales estrictos para
contener nuestra furia homicida y nuestro deseo sexual.
Incluso si no quieres reflexionar sobre el papel que
te ha tocado en el escenario del mundo, la serie te divertirá, te relajará,
tras una jornada en la que has ejercido, es posible que contra tu propia
voluntad, algún tipo de violencia o, lo más probable, la hayan ejercido sobre
ti.
jueves, 12 de febrero de 2026
Blue Moon
A la espera
de la Nouvelle Vague de Richard Linklater, Blue Moon, es una
miniatura. Un letrista de canciones, Lorenz Hart, ve cómo un competidor, Óscar
Hammersstein, asalta su trono y entra en depresión. Del primero casi todo el
mundo ha tarareado alguna vez su famosa Blue Moon. Del segundo, es
probable que hayas visto la película, versión del musical de éxito, ¡Oklahoma!
En ambas el músico era Richard Rogers. Linklater concibe la película como una
obra de teatro filmada en el bar donde Hart iba a celebrar sus éxitos y más
tarde a ahogar sus penas. Hart entre copa y copa habla y habla sin parar ante
quien tenga la amabilidad de escucharle, el camarero del local, un crítico
literario o la mujer del guardarropa. También ante una bella joven (Margaret
Qualley) a quien dirige amorosas cartas, aunque su instinto sexual vaya en otra
dirección.
Curiosamente,
estoy viendo una serie loca y desmadrada en la que Ethan Hawke, protagonista,
hace un papel en las antípodas, Verdades ocultas (The Lowdown), un
librero que se convierte en periodista investigador para destapar la corrupción
local de Tulsa.
La película
se sostiene sobre los escurridizos hombros y la estatura demediada de Ethan
Hawke. Lo digo porque, Linklater para estimular la vena compasiva del
espectador disminuye todo lo que puede la personalidad del letrista: compone el
plano para que aparezca diminuto en comparación con los demás (el 1,80 de Hawke
se convierte en no más de 1,50), lo estruja en un traje pequeño, viste su calva
impostada con mechones que van de lado a lado y pinta su rostro para
demacrarlo. Nunca habrás visto a un Ethan Hawke desfigurado de ese modo y con
una interpretación tan lejos de la imagen que tenemos del actor.
Califico de
miniatura Blue Moon (el director ha presentado la película como 'pieza
de cámara') porque se recrea en el momento desfalleciente de un hombre que ve
que se acaba el fervor del público. Rodgers y Hammersstein también van al bar a
celebrar el éxito de ¡Oklahoma!, donde encuentran a un pobre Hart
abatido.
Ethan Hawke
es el actor fetiche de Richard Linklater, el de la trilogía del amanecer,
atardecer y anochecer. Aquí le ha dado el papel de su vida. Richard Linklater
muestra cómo en Estados Unidos también se pueden hacer películas al modo
europeo.

