Tendemos
a creer que los grandes avances de la humanidad son fruto de la inteligencia de
un solo hombre. Ahí están Newton o Einstein o Lavoisier. A poco que uno mire en
la historia de cualquier campo de la ciencia, de la tecnología o del saber,
verá que hay un seguido de inteligencias, que la humanidad es un cerebro
distribuido, más que el cerebro de tal o cual el cerebro del Sapiens. Se van
juntando o derivando una suma de hallazgos que llevan a un momento disruptivo
en la humanidad, parece que una mente única enciende un interruptor que da
lugar a un salto filosófico, tecnológico o científico, pero si se mira el
detalle se ve la confluencia de muchos procesos o mentes que se conectan para
llegar, por ejemplo, a la mecánica cuántica o al estallido de la inteligencia
artificial.
Lo
mismo sucede con nuestro cerebro. No hay un elemento, un dispositivo que toma
decisiones sabiendo lo que hace, sino una suma de neuronas que se conectan con
otras respondiendo a impulsos que hacen que hagamos cosas sin que una
conciencia controle lo que está sucediendo. A menudo los procesos racionales,
tener una meta, diseñar un programa, invertir energías para llegar a un
objetivo se muestran irrealizables o frustrantes porque se suele llegar a ellos
por el camino más inesperado, pero que, sin embargo, estaba ahí delante de
nuestros ojos sin que nos diésemos cuenta.
Cómo
llegó Cantor a la idea de los infinitos, que había infinitos más grandes
que otros y a la teoría de conjuntos. Cómo
se ha producido la revolución en IA, tan distinta de lo que Google había
programado con su inicial Deep Blue. Atrás han quedado Intel, Microsoft, IBM y
han aparecido empresas totalmente nuevas, gente que ha salido de sus
departamentos para crear estructuras diferentes, más acertadas.
Cuando
decimos Galileo, cuando decimos Newton, decimos que ahí confluyeron una serie
de estructuras neuronales (sociales) que iban dirigiendo la época hasta fundar
la ciencia moderna o la mecánica clásica (así lo comprendieron quienes crearon las
sociedades científicas: un trabajo colectivo); el castellano medieval culminó
en el Quijote, los dramas isabelinos en Shakespeare, la filosofía griega en Platón
y Aristóteles. Del mismo modo, nos sorprende un acto del heroísmo propio o la
generosidad inesperada que no podíamos sospechar de nosotros mismos. Así como
hay mil mentes expandiendo a la humanidad, hay mil cerebros en nuestra mente,
no hay un yo que nos gobierne, salvo liderazgos temporales impuestos por la
fuerza - a veces basados en razón - que a menudo son un paso atrás en la
gloriosa historia de la humanidad.


