Ya todo el
mundo sabe que Los domingos ha sido la gran triunfadora de la última
edición de los premios Goya. Si yo hubiese tenido que ver en el asunto también
habría votado por dicha película. La vi sin perder ripio, emocionado cuando lo
tenía que estar y reflexivo cuando la película lo exigía. La dirección es
excelente, los actores magníficos y el guion tan inteligente como para promover
el debate. Si uno quiere ver una buena película con eso le basta.
Pero hay
algo más y mucho más importante. Todo aquel que haya visto la película con
serenidad se habrá dado cuenta de que la protagonista es la tía (qué buena
actriz Patricia López Arnaiz), que asiste tan incrédula como asustada a la
vocación que manifiesta su sobrina adolescente por dejar la vida secular para
enclaustrarse en un convento de monjas.
A lo largo
de la película están expuestas las diferentes actitudes que se pueden adoptar
ante tan dramática e inesperada decisión. El padre viudo, agobiado por los
escasos recursos para mantener a flote su familia de tres chicas, prefiere
rendirse a enfrentarse al problema que plantea su hija. La tía asume esa labor
ante la madre ausente, no sin contradicciones; ella misma tiene un problema
pendiente en la relación con su marido de quién no sabe si separarse o no. Este,
en relación con la adolescente, se muestra comprensivo y dialogante. La abuela
antepone el afecto al problema. Luego están las monjas y el cura, director
espiritual de la adolescente, algo esquematizados, dibujados con el habla propia
de los creyentes sin dudas, con frases fórmula que rechinan demasiado.
También la otra
protagonista está bien dibujada como adolescente. El amor a Dios que dice
sentir se mezcla con el amor por un muchacho; incluso cuando se confiesa con la
madre superiora no le dice la verdad del todo: había más que besos cuando fue
descubierta en su habitación con él. Su vocación religiosa es expresada,
igualmente, con frases formula.
Pero como
digo el personaje principal es la tía. Con ella se identifica la directora, como
también lo hace el espectador convencional en una sociedad secularizada.
Estamos dispuestos a comprender la 'enajenación temporal' que puede llevar a un
joven a adoptar posiciones radicales o a separarse del mundo, pero siempre con
la alerta encendida por el temor a la caída en sectas, a la sumisión a grupos que
esclavizan o ante cualquier tipo de adicciones. Muchos, sin embargo, mantienen
la reserva respecto a la conversión o práctica religiosa, especialmente si es el
cristianismo, como si nada tuviese que ver con el pensamiento sectario. La tía
es cualquiera de nosotros ante situaciones parecidas.
La directora, Alauda Ruiz de Azúa, expone con inteligencia el problema, sin embargo, en el último tramo de la película editorializa. Cuando la adolescente ingresa definitivamente en el convento la tía se da cuenta de que ha perdido la batalla, entonces toma una decisión radical, la de desconectarse de la familia, incluso va un notario para que la separación sea total. Es una opción extrema. Creo que la directora podría haberse ahorrado esa escena final. Nunca deberíamos romper los puentes, creo. Sé que es duro mantener esa pelea; debería permanecer el afecto.
Sobre los
actores y cómo nos decepcionan en las galas televisadas. Los actores son como
una horma que se moldea a placer. Cuánto mejor no saber nada de ellos como
personas para que florezcan en sus personajes.


