¿Qué sucede si un chino encuentra una cartera en la calle? Una cuestión que cabe plantearse es si la cárcel en la que viven los chinos es solo geográfica – la ciudad, la región, el país - o también mental. Quizá sea una cuestión que ni se la planteen o no la mayoría o solo cuando hayan sobrepasado un umbral de supervivencia. Puede que una buena parte de la población se haya elevado hasta la 'clase media', aunque no disponga de tiempo libre. El tiempo libre es la condición que permite la introspección: preguntarse sobre el sentido de la vida y la conciencia de sí mismo.
En
China, la vida es aglomeración en grandes ciudades (casi el 70% es vida
urbana). Siguen las restricciones para mudarse a otra ciudad (hukou: el
registro familiar limita el acceso a servicios sociales). La vida es vigilada
con cámaras, policía y control social. Cada chino lleva incorporada en su
conducta la vigilancia. Así que si un chino encuentra una cartera en la calle
hace como que no la ve o la recoge y la entrega a la autoridad. Las puertas de
las viviendas, los cajones de los armarios, las mochilas, todo puede quedar
abierto sin problemas. Eso nos habla de seguridad, pero también de falta de
curiosidad.
La
pena de muerte sigue en vigor. Aunque el número de ejecuciones es secreto de
Estado, Amnistía Internacional las estima en miles cada año, superando la suma
de todos los demás países juntos.
Más
allá de la supervivencia y la seguridad otorgadas por el Estado chino, ¿existe
aquello que nos constituye como humanos, la condición que hemos alcanzado
gracias a la civilización: la libertad de conciencia, lo que hace de un hombre ‘hombre’?
He
visto un par de incidentes fuera de lugares de vigilancia, en una plaza y en el
interior del avión, de una agresividad inusitada, vocal y visual. En uno, dos
hombres discutían sobre si se podía o no elevar el volumen de un reproductor de
sonido para animar un baile. En la cabina del avión, otros dos discutían
largamente si se podía echar atrás el respaldo del asiento. Mientras duró el
viaje, cuando uno de los dos se levantaba dirigía al otro la mirada retadora.
El tono de las palabras era intenso, desabrido. Pero era la mirada fija,
prolongada y 'asesina', lo que me llamó la atención.
Y
otra cosa relativa a la vida interior. En nuestros países es común el flirteo
visual. Cazamos al vuelo miradas que retenemos o no. Es constante e indicativo
de la singularidad que atribuimos a los otros y a nosotros mismos. Reconocemos
vida propia en el otro, queremos que se nos distinga en la multitud. Sentimos
curiosidad. La impresión que uno tiene es que en China se da poco el flirteo
visual. Los hombres viven sumidos en la masa. Lo que les hace inhábiles para
resolver las pequeñas disputas, también para ver en el otro valores que le
distingan y le hagan atractivo.
Para
la mayoría no hay vacaciones, para unos porque dedican todo su tiempo a la
supervivencia, para otros porque están sumidos en una vida competitiva sin
lugar para el ocio. Sin ocio no hay vida propia.
Lo
que me lleva a pensar que, si China es una sociedad ordenada, lo es por la
vigilancia no por educación. Los chinos son disciplinados no por convicción o
formación, sino por imposición, por temor, una conducta no forjada por la
ejemplaridad y la educación sino amaestrada. Los chinos no son disciplinados,
sino que están disciplinados.





















































