martes, 21 de julio de 2026

Forofismo y potlatch

 


 

Hay algo peor que las celebraciones deportivas. Qué bochorno ver y oír lo que dicen y hacen los protagonistas y la bobería con que les observan y aplauden los espectadores envueltos en las banderas de club o de la nación. Todo alentado, y preparado con muy poca imaginación, por los medios publicitarios de información y entretenimiento. Los creadores de clips, los guionistas y productores de la cosa televisiva con que inmovilizan diariamente a la población, aunque no siempre contratan a los más capaces, en estas grandes y ocasionales celebraciones, lo único que hacen es poner la cámara y los micrófonos delante para captar la nadería. 

 

Pero como digo hay algo peor. He ocupado parte de mi tiempo ayer y hoy en ver una serie de clips de la hispanosfera (algunos de la anglosfera) para pulsar el estado emocional. Me ha llamado la atención esto: muchos argentinos, no sé cuántos, se han endeudado para ver los partidos de la selección. Y no hablan de argentinos ricos, sino de humildes argentinos cuyas condiciones de vida no son las mejores, que endeudan hasta sus familiares para lograr su capricho. El viaje, la estancia, las entradas son carísimas. Se habla de miles de euros. Incluso en algún caso se les está incitando a que empiecen a ahorrar para la próxima, pues hablan de que el próximo mundial será más espectacular porque participarán muchos más países (¿60?). 

 

Este tipo de eventos se parecen a los potlatch, aquellas fiestas de derroche y destrucción de bienes de los pueblos indígenas de la costa del Pacífico, donde los líderes locales derrochaban sus bienes para regalárselo al resto de población y manifestar su poder, con la diferencia de que quienes ahora derrochan lo que tienen y lo que no tienen son los humildes abducidos por el espectáculo mundial.

 

¿Qué enorme hueco rellenan los argentinos con esa vana pasión? En España no hemos llegado a tanto, pero esos millones en la calle, tantas horas esperando a que pase el bus con los ídolos. Hay una correlación entre el argentino que se esclaviza y el español que sale a la calle para nada. Hay una correlación con las décadas de peronismo, y una advertencia para quien quiera verla.

 


lunes, 20 de julio de 2026

En palabras sencillas, de Richard Ford

 

 


Richard Ford en este pequeño ensayo, En palabras sencillas, se interroga sobre si lo que ha escrito a lo largo de su carrera tiene que ver con la etiqueta 'novelas políticas'. Cuando las escribía no pensaba en ello, pero vistas con perspectiva, quizá sí lo tengan. Tras dar vueltas sobre el asunto, resume su postura con la idea de Malraux de que las novelas políticas deben contener "una acción decisiva". Escribe Ford que para el Frank Bescombe de El periodista deportivo esa acción es el paso de lo privado a lo público "en el incesante y colosal asalto a los bastiones de la vida cotidiana".

 

Más que el asunto de lo político en la escritura, a mí lo que me ha interesado del ensayo ha sido lo que cuenta del contexto en que escribió sus primeras novelas (Un trozo de mi corazón (1976); La última oportunidad (1981) y El periodista deportivo (1986), más el libro de relatos Rock Springs (1987), con el que yo lo conocí, y cómo fue solventando los problemas que le iban surgiendo. Ordena sus reflexiones con el poso que le dejó esta cita de Frank O'Connor: "Y nada de lo que me ocurrió después volví a sentirlo ya igual".

 

El libro está lleno de citas de los autores que le influyeron.

 

1. Stendhal: "La política en medio de una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención".

2. Frank O'Connor. Huéspedes de la nación. Relato.

3. George Eliot. No hay vida privada que no quede determinada por una vida pública más amplia.

4. Richard Ford se hacía esta pregunta cuando comenzaba a escribir: “¿De qué modo puede sobrevivir moralmente una persona inteligente en un entorno político degradado?".

5. Emerson. A la naturaleza no le gusta ser observada 

6. Humberto eco. Lo que no se puede teorizar, hay que narrarlo

7. Decía el crítico literario canadiense Northrop Frye que la literatura se diferenciaba de la política en su uso desinteresado de las palabras. Cuando se hace literatura "nada en tu vida debe depender del resultado". En política siempre se quiere ganar a alguien.

8. Lo que significa una frase tiene mucho que ver con cómo suena, cómo se ve, cómo avanza.

9. La ventaja del disléxico que era Richard Ford: "No leía tantos libros ni tan rápido como las demás personas de mi entorno (y las envidiaba por ello). Pero de cerca, y al pronunciarlas, la existencia de las palabras se volvía más esponjosa, más plena, más corpórea, más placentera, más memorable para la retina. Como leía despacio (y de hecho con atención), las frases, las palabras, los altos de párrafo, las elisiones, los sonidos repetidos - de nuevo, la música de las palabras - me revelaban texturas, medidas, coloraciones y matices de las historias que leía, cualidades que probablemente habría pasado por alto, si no hubiera sido disléxico.

10. Quizá el disléxico comprenda antes que ningún otro que el poema, como le contestó Mallarmé a Degas, que afirmaba haber escrito un soneto excelente lleno de ideas importantes, está hecho de palabras, no de ideas.

11. Escribió Henry James en el prefacio de su novela Lo que Maisie sí sabía que no hay temas tan humanos como el que expresa la conexión entre la dicha y la desgracia. La aflicción puede hacernos sonreír; la felicidad, hacernos llorar.

12. Puede que sea eso lo que una novela debe hacer para garantizar que se lea hasta el final. Debe obligarnos a prestar atención. Esa es mi definición personal del éxito de cualquier libro, dice Ford.

13. Hemingway. Campamento indio (Relato). A menudo el lector no sabe que ha leído, qué le ha querido decir el escritor, pero ¿lo sabe el propio escritor? Qué quiso decir Hemingway con este relato. Sin embargo, algo aprendemos de modo indirecto, sin ser conscientes de ello.

14. Jack London. Ley de vida. (Relato recomendado por Asuaga)

15. Sartre escribió que una obra de arte no se vuelve bella hasta que escapa de su creador. Con ello se refería aparentemente a que se escapa hacia la vida y las experiencias incontrolables del lector, donde se convierte en lo que el lector lee en ella. Marcel Duchamp expresó más o menos el mismo sentimiento, aunque de forma más reduccionista, cuando escribió: El espectador crea la imagen.

 


viernes, 17 de julio de 2026

El aniversario, de Andrea Bajani

 


 

"Si nunca he escrito sobre mi madre, ni nunca me he parado a pensar en ella, es porque para hacerlo hace falta extirparla de mi padre. Lo que implica una operación delicada, que requiere una actitud quirúrgica específica, una frialdad de pulso. Requiere lentitud y precisión, un bisturí gramatical. Es decir, dirigir las palabras a las partes que aún no están comprometidas. Identificarlas, aislarlas del resto y luego incidir, hacer daño con nitidez".

 

Aunque un mundo de introspección y análisis les separa, también la técnica, el estilo y la ambición, mientras leo ambas novelas, primero Comerás flores y luego El aniversario, no se me va de la cabeza, la idea de que estoy observando un caso clínico. En ambas novelas, pues así se declaran, como novelas, sin pensar, sin más información, que se trata de una reconstrucción autobiográfica, el sujeto analizado es la propia narradora o narrador - quizá el autor -, aunque quieran desviar la atención del lector hacia otra persona, el seductor en Comerás flores, la madre sometida al patriarca en El aniversario, ambas con la idea de fondo: revelar la violencia que anida en el amor: "mi padre exigía amor a través de la violencia...".

 

Ambas aparecen, pues, como casos clínicos. Un adulto rico y guapo, en la primera, que es visto, o reflejado, desde la óptica del sujeto sometido por el narcisista; una madre anulada por el patriarca familiar, en la segunda, que arrastra una vida sin vida. Pero en ambas, sin embargo, lo que queda es la evidencia del malestar de los narradores, la anulación a la que se ha visto sometida la sufriente Marina, el desasosiego físico y moral que siente el innominado narrador cada vez que visita o piensa en la casa desolada en la que viven sus padres. 

 

El narrador de El aniversario, como de hecho en la narradora de Comerás flores - que ve reflejadas sus emociones en su perra, en la amiga ...-, aplastado por una atmósfera que le domina y anula, necesita ser visto como objeto desde fuera, por eso acude a una vieja terapeuta de más de 80 años que lo recibe en un viejo inmueble una vez a la semana. No saca gran cosa en claro de la terapia, pues la vieja apenas responde con alguna frase fática a lo que él le va contando. Al lector sí le sirve, al propio lector que es Andrea Bajani cuando, diez después, escribe la novela para reflexionar sobre lo que pasó.

 

Bajani escribe como si el ritmo de la frase, la sucesión de las palabras, su longitud, su sonido, la cadencia de las sílabas, le ayudase a recomponer la persona que fue, la que no podía verse en aquella atmósfera de opresión, la novela como dispositivo pensante.

 

"Tras escuchar en su presencia una llamada telefónica a sus padres le dice [la psicoterapeuta], lacónica, lapidaria, antes de que suba al coche. «Me ha dejado escandalizada, el tono frívolo con el que le hablaba a su padre y a su madre. Prepárese porque hemos llegado al meollo de la cuestión». «Nos vemos el jueves»".

 

Una escena, unas palabras que, en su aparente inconcreción, desvelan el tormento que vivió en narrador y al que necesita volver para rescatarse. 

 

De Comerás flores ya he escrito en otro post. En El aniversario y la anterior El libro de las casas Bajani somete la realidad a la lupa de la literatura. Bajani sostiene que las novelas son un espejo en el que ha de verse reflejado el lector. Por eso no importa tanto la fidelidad a los hechos - aunque alguno, para mostrar la sordidez y la abyección, sí se narra: un golpe en la cabeza de la madre, el lavarse los dientes con el agua del inodoro -, su sucesión, como las atmósferas, la vaga descripción de los lugares y momentos - esos diez años que han pasado, el aniversario - donde quedaron atrapadas las emociones hasta convertirse en los sentimientos que todavía le perturban.

 

Cualquier vida contada, mostrada en sus condiciones más extremas, interpela al lector, puesto que siempre aparece algún elemento que lo confronta con su propia vida. Cualquier vida sometida a una lupa de aumento no aguanta el escrutinio. Ambas novelas están escritas en primera persona. Lucía Solla Sobral le pregunta a su narradora, ¿Cómo pudiste? ¿Es que no veías las humillaciones a que te sometía? Andrea Bajani escribe diez años después de haber huido de la casa desolada, lejos, quizá en otro continente, para conjurar y hacer desaparecer la negra nube que lo envolvió mientras vivió junto o cerca de sus padres.

 

El narrador tras la huida se casó con la mujer a la que su padre había humillado. Cuatro años después se divorcia. Se vuelve a casar y tiene un hijo. Un pequeño de dos años en cuyo rostro, a través del retrovisor del coche en que lo lleva a la guardería, ve el pasado que está conjurando: 

 

"Mientras conduzco lo miro por el retrovisor, hablo con él, contamos a la gente que vemos. De vez en cuando veo la cara de mi madre en su cara, ese es el lugar donde me reúno con ella desde hace dos años. Por lo general es un momento y luego desaparece. Y no hace daño, ni deja de hacerlo".


Una gran novela.

 


lunes, 13 de julio de 2026

Comerás flores, de Lucía Solla Sobral

 


 

“Algunas mañanas tenían restos de rímel en la almohada y susurros de Jaime que olían a café con agave. Qué guapa te despiertas, qué risueña, qué suerte despertarme a tu lado. Y una caricia que hace reír y una caricia que hace temblar y una caricia que muerde los labios. Y unos ojos, una lengua, una nariz correteando por los muslos, por el ombligo, por el pecho. Hasta que la última caricia vuelve cansada a la mejilla. ¿Salimos de la cama? Y salimos de la cama”.

 

Esto me sucede con esta novela: veo que está bien escrita, con frases cortas, en general bien hilvanadas, aunque insustanciales la mayor parte de las veces, pero no me interesa nada. No me siento implicado. No siento ninguna conexión emocional con la historia de una chica veinteañera y un hombre cuarentón. Ella hija de una familia pequeñoburguesa, él un triunfador, guapo, rico, con gusto, repite muchas veces. Una historia que me resulta ajena, como la de una pareja cualquiera a quien viese, las manos enlazadas, por la calle.  No me hubiese puesto con la novela si un grupo de amigos no hubiese decidido leerla juntos. (Además, parece que todo el mundo la está leyendo). Si he seguido de principio a fin es porque las primeras páginas, como digo, están bien escritas, aunque con muchos giros cursis de por medio, y, después, por algo de curiosidad sobre los usos amorosos de los más jóvenes que yo.

 

Durante la primera mitad, la mayor parte de las páginas son de relleno, cuesta mantener la atención. Pasada la mitad la novela se pone interesante cuando la protagonista se da cuenta de que la relación que está manteniendo con Jaime no la lleva a ningún sitio. Por eso el relleno, porque lo que la autora quería contar era la segunda parte. Y ahí sí, ahí me he visto implicado. Lo normal es que las relaciones se vayan deteriorando, que dos personalidades que se ponen a vivir juntas no cuadren, que al no funcionar cada uno busque culpar al otro. Solo las historias tristes, las que amenazan la felicidad como un nublado de verano, son las que cuentan. Y eso sucede porque en la realidad, como todos sabemos, ninguna historia acaba bien.

 

Las novelas románticas deberían dejar de formar parte de la literatura. Incluso deberían desaconsejarse como la Coca-Cola azucarada o la cerveza con alcohol. Aunque las seguirán consumiendo las personas en proceso de formar su personalidad, adolescentes, incluso posadolescentes de cincuenta años. Para ser consideradas novelas, además de estar bien escritas, deberían mostrar tres puntos de vista. El de las dos personas implicadas en la relación y el de un neuropsicólogo, que fuese anotando por detrás, no para saber quién es el culpable, si es que lo hay, sino para indicar qué les motiva, qué activa su conducta. Si solo hay una perspectiva, el relato tiende a la superchería. Aunque, se sabe, hay una amplísima capa de oyentes o lectores que desean ser engañados, en este y en cualquier otro asunto.

 

Hay elementos de relleno, que se traen de la primera parte a la segunda. Y que explican por qué no he podido implicarme del todo en esta historia: Martina, la protagonista, lleva a Frida, su perra a cada página. Su amiga Diana, a quien llama Dino, cuando se reencuentran tras la ruptura, le cuenta que está intentando quedarse embarazada. ¿Sola? Sola. Martina, la protagonista, vegana, hace del vomitar un arte inexplicado. La bulimia aparece de pronto, sin más. Martina se suscribe a una aplicación de pago para poner filtros más bonitos que los de Instagram cuando hace fotos a Frida. Al comienzo de la novela se muere su padre y al final vuelve a aparecer como recuerdo. Esto es lo que sabemos de la personalidad de la protagonista: Frida, la perra; Diana, la amiga; el padre imaginado y la bulimia.

 

Tengo una foto de papá en la nevera. Así acaba la historia.

 

Hay todo un cosmos de escritoras españolas – dejémoslo en alumnas de talleres de escritura - que quieren volver a escribir Nada de Carmen Laforet.

 


jueves, 9 de julio de 2026

La respuesta, Juan Luis Arsuaga

 



El ser humano es la pregunta, la evolución es la respuesta.


Juan Luis Arsuaga, en el tono coloquial divulgativo que le caracteriza, le hace guiños al lector presentándose como 'el viejo de la tribu', en su reciente ensayo La respuesta. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?, se pregunta, para resumir lo que ha aprendido en su larga vida de paleontólogo. La respuesta de por qué estamos aquí y somos como somos, nos dice, está en la evolución.

 

Cuando Jane Goodall descubrió que los chimpancés fabricaban herramientas Luis Leakey dijo: "Ahora debemos redefinir lo que es una herramienta, redefinir al ser humano, o aceptar al chimpancé como humano"


Mediante el registro fósil - con base en Atapuerca, pero también en otros muchos lugares del mundo - podemos aventurar hipótesis - la ciencia no presenta certezas incontrovertibles - sobre cómo el hombre apareció en la cadena evolutiva y lo que nos une y nos separa de los animales, de los primates y de los grandes simios. Arsuaga recoge la experiencia de las grandes primatólogas, las jóvenes e inexpertas ‘trimates’ a las que Louis Leakey encargó el estudio de los grandes simios en su hábitat natural. A Biruté Galdikas la envió a las selvas de Borneo para estudiar a los orangutanes; a Dian Fossey a los gorilas de montaña en Ruanda y a Jane Goodall a los chimpancés de Tanzania, mientras la familia Leakey demostraba que en África estaba la cuna de la humanidad. El antepasado común de chimpancés, bonobos y humanos vivió hace entre 6 y 7 millones de años. ¿Qué semejanzas tiene nuestra especie con chimpancés y bonobos? ¿En qué nos diferenciamos? ¿Cómo y cuándo los homininos adquirieron el bipedalismo, se hicieron más grandes y se ensanchó la caja cerebral que contiene el encéfalo?

 

Ardipitecus, Australopitecus, Parantropus y Homo serían las grandes novedades de la historia evolutiva de los homininos, los géneros en los que homo fue evolucionando, no de modo gradual, sino a golpes, no como una escalera que llega hasta el sapiens sino como las ramas de un árbol, con adaptaciones locales a las variaciones geográficas en que se iban moviendo, con cambios en el diseño corporal que dieron lugar a especies diferentes, las especies de esos géneros (especialmente en los tres primeros).

 

Con la paciencia y sencillez, como el chamán de la tribu, Arsuaga va desgranando el enredo de la evolución: bipedalismo, tamaño de los molares, cerebralización, consciencia, descubrimiento de la finitud. Toda novedad evolutiva es el resultado de la modificación de una estructura corporal que antes cumplía otra función. La postura bípeda se consiguió con los australopitecos, hace unos cuatro millones de años, un cambio completo que afectó a la forma del cuerpo, a las manos, por ejemplo, que ya eran como las nuestras. Algo más de dos millones de años después llegó el Homo erectus, más grande que los australopitecos, el cerebro casi duplicado y su aparato masticador mucho más pequeño, reduciéndose el prognatismo.


Y menos de dos millones de años después de los primeros Homo erectus aquí estamos preguntándonos. Las caderas y el cuerpo estrechos, el cráneo cerebral con forma esférica y la mandíbula con mentón. Un cráneo cerebral globoso hace que la frente sea vertical, en lugar de tendida. Tras haber convivido con neandertales y denisovanos, la especie humana actual, sostiene Arsuaga, es otro modelo. Somos la especie solitaria, no podemos hibridar con ninguna otra.

 

Los primeros humanos sustituyen las adaptaciones biológicas por las tecnológicas (pieles y cuchillos de piedra forman parte del nicho ecológico), lo que conocemos por edades tecnológicas: el Paleolítico o la edad de la piedra tallada; el Neolítico o la edad de la piedra pulida; la edad de los metales: el cobre o calcolítico, el bronce, el hierro, el láser. La industria lítica, por ejemplo, cambió nuestro aparato masticador. El consumo de carne aumentó gracias al fuego. ¿Se ha acabado la evolución biológica sustituida por la tecnológica?

 

En la tercera parte del libro ya sin registros fósiles, Arsuaga se aventura a explicar cómo aparece la inteligencia en los animales y en el hombre, la conciencia y la autoconsciencia. Una pregunta late durante todo el relato, ¿por qué la evolución nos ha proporcionado la introspección, que parece ser la cualidad definitiva que nos distancia de los animales? ¿Qué utilidad tiene la autoconciencia?

 

"La cuestión importante es por qué la evolución nos ha dotado del ojo y del espejo, por qué nos ha proporcionado la introspección. ¿Cuál es su utilidad en la vida práctica? ¿Por qué debería tener una utilidad la autoconsciencia? ¿No podría haber aparecido porque sí, por casualidad, y no tener función práctica alguna? Si ese fuera el caso, el yo sería lo que se llama un epifenómeno una curiosidad irrelevante, un efecto colateral, casual, que acompaña a un fenómeno importante, pero que no tiene función".

 

Arsuaga cree que no es así. Cuál es la función para la que el hombre necesita la autoconsciencia. Aunque pertenezcamos al mismo género Homo que el Homo habilis y el Homo erectus, la especie humana actual es otro modelo, muy reciente. Incluso los neandertales (Homo neanderthalensis), afirma con más dudas, son un modelo diferente.

 

Tres razones han dado los paleontólogos para explicar nuestra superior inteligencia y el aumento del cerebro: hemos desarrollado una inteligencia extraordinaria para poder sobrevivir en toda clase de medios (ecológica); fabricamos instrumentos cada vez más complejos, el fuego por ejemplo (tecnológica); y una tercera, la favorita de Arsuaga, la capacidad de saber cómo nos ven los otros y poder actuar en consecuencia con ellos (la inteligencia social).

 

A lo largo del libro, el autor evoca varias veces al paleontólogo católico Teilhard de Chardin y su hipótesis de la conclusión de la evolución en un estallido místico. Así que añade una pregunta más – metafísica, extracientífica. ¿Por qué estamos aquí, somos producto del azar o de la necesidad? Arsuaga afirma que la ciencia no atiende al por qué sino solo al cómo. Cómo hemos llegado hasta aquí. Por eso ha escrito La respuesta. El por qué no tiene respuesta.

 

El humano es el único animal que busca sentido a las cosas, empezando por su vida y por su muerte. Y lo hace desesperadamente… La consciencia de la finitud es el mayor acontecimiento de la historia de la materia.

 

No hay registro fósil sin embargo para establecer una hipótesis sobre cómo y cuándo surgió lo que nos identifica más que ninguna otra cosa como especie, la consciencia, que es la pregunta definitiva a la que Arzuaga querría responder. Cómo surgió y a qué función se adaptó haciendo del Homo sapiens una especie distinta y original.

 

Primero fue la materia inanimada, luego la materia viva, más tarde la materia sintiente y finalmente la materia consciente de sí misma. Y con esta, con la materia autoconsciente, empezaron las preguntas, porque los animales no se hacen preguntas.

 

Atapuerca es la respuesta a la controversia entre Jean-Jacques Rousseau y Thomas Hobbes, y también su solución. Somos por naturaleza cooperativos dentro del grupo e intolerantes entre grupos. Al mismo tiempo corderos dentro del rebaño y lobos contra las otras manadas.

 

El juego de la vida consiste en convertir energía en hijos, y cada rasgo ha sido afinado por la selección natural para maximizar el retorno evolutivo de cada caloría gastada. Herman Pontzer.

 

La autoconsciencia podría ser una ventaja para desenvolverse en el medio social, podría ser una adaptación de las especies cuyos individuos no pueden vivir en solitario, como los humanos, los chimpancés y bonobos, los delfines y los cuervos. ¿Pero de qué modo podría ser útil tener un yo, saber quién soy? Esa es, me parece, la parte más interesante del razonamiento de Nicholas Humphrey.

 

Lo que caracteriza la mente humana es que está llena de otros. De otras personas porque somos una especie muy social y nuestro medio, nuestro mundo es el grupo al que pertenecemos (...). La introspección nos resulta extremadamente útil porque esperamos que los demás se comporten como lo haríamos nosotros en su misma situación. Utilizamos el conocimiento que tenemos de nuestra propia mente para entender a los otros. Después de todo nos parecemos mucho a los demás miembros del grupo. Somos psicólogos naturales, y nos va la vida en ello.

 


martes, 7 de julio de 2026

De Christopher Marlowe a Diego Hurtado de Mendoza

 


 

Pero Greenblatt, su libro, El Renacimiento oscuro es otra cosa (en comparación con las películas de Shekhar Kapur dedicadas a Isabel I de Inglaterra). Se desembaraza de la vergüenza y hace de historiador serio. En qué caldo se forjó el Estado moderno. Cómo de aquel desbarajuste de tropelías y traiciones, de violencia irracional y voluntad despótica hizo de Inglaterra un estado funcional y poderoso, y del inglés un idioma que se ha convertido en el primero del mundo. Stephen Greenblatt ha encontrado un hilo del que tirar, la breve vida de Christopher Marlowe. Su vida está en el centro de tramas oscuras, espía probable del brutal Walsingham, protegido, por necesidad, de nobles conspiradores que murieron decapitados o en las mazmorras de la Torre de Londres y, al mismo tiempo, el creador del verso blanco, dándole a la lengua inglesa una sonoridad y una fuerza trágica que no tenía, que hizo del teatro la vanguardia del idioma. Marlowe es el Juan Bautista de Shakespeare.

 

Y yo me pregunto quién es el Christopher Marlowe español. Se me ocurren tres candidatos, Garcilaso de la Vega, Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza. En los tres hay vida y escritura al límite. Quevedo participó en conjuras y fue encarcelado, usó sus versos contra el poder, pero, obviamente, lo tengo que descartar, era mucho más joven que Cervantes y lo suyo ya no es renacimiento sino barroco; en cambio Garcilaso y Mendoza son coetáneos y nacieron medio siglo antes que Cervantes. Garcilaso le dio un revolcón a la lengua con la introducción del endecasílabo italiano, cayó en desgracia en la corte de Carlos V y murió joven (en el campo de batalla). Mi favorito es Hurtado de Mendoza, sobre todo si se acepta que está detrás de El   lazarillo de Tormes.


                 


Mendoza reúne tres rasgos que le hacen semejante a Marlowe: hizo labores de espía desde su cargo de embajador en Venecia; fue encarcelado en el Castillo de La Mota y después desterrado a Granada por apuñalar a un cortesano, un episodio que tendrá su réplica en la propia vida de Cervantes; era un heterodoxo mal visto por la Inquisición. Y, además, si damos por cierta la autoría del Lazarillo, cambió el registro narrativo del español. Junto a Boscán y Garcilaso introdujo los nuevos metros italianos en la poesía española. El equivalente al verso blanco de Marlowe sería, para el español, el realismo picaresco. La prosa castellana abandonaba la pompa de la novelería caballeresca para volverse llana, directa buscando las fuentes del habla popular, sin perder por ello la maestría técnica. Lo único que chirría en el caso de Mendoza es su pertenencia a la aristocracia, mientras Marlowe era hijo de padres analfabetos y padre zapatero.


Los españoles pasaron su vergüenza en el 98 y sus secuelas. No creo que nuestra baja autoestima pueda profundizar más. Necesitamos una labor de reconstrucción. No de los honores imperiales, sino al modo Greenblatt: cómo España se liberó de las inmundicias de las guerras medievales y cómo se construyó el idioma que ahora hablamos y escribimos. Por supuesto está el Quijote, pero otros antes y al mismo tiempo fueron limpiándolo y haciéndolo funcional. Necesitamos biografías como la de Greenblatt.


viernes, 3 de julio de 2026

Un amaneramiento musculado

 




Todo lo que rodea el fútbol es mentira e intoxicación: si uno se entrega de buena fe coge una grave enfermedad (diabetes del espíritu: azúcar dulces grasa); el fútbol era la diversión de doce chavales contra otros doce en el patio del colegio, ahora hay estrellas o estrellitas a quienes enfoca la cámara para mostrar cualquier movimiento de cintura, en general, individuos egoístas, tan insolidarios que todos los demás han de estar a su servicio y, en consecuencia, al no jugar para el equipo, los convierte en perdedores. El mundial comenzó con un premio a Trump: los mangantes de la FIFA que se hacen inmensamente ricos por un trabajo que podría hacer un niño de 12 años, lo crearon exprofeso para dárselo a ese botarate. En cada partido dan un premio al mejor jugador, el MVP.

 

Pero no se lo dan al mejor. Todos vemos quienes son los dos o tres mejores candidatos, pero se lo dan a la ‘estrella’ porque sí. Hay algo tan perverso como los dirigentes de la FIFA y las estrellas, los periodistas: a lo que más se parecen es a los buhoneros charlatanes sacamuelas o alquimistas de las películas del Oeste o los mercados medievales. Nos quieren hacer creer que lo que vemos no es lo que ocurre, sino lo que sale de su imaginación calenturienta. Los cámaras y los realizadores televisivos son iguales o peores. Puedo atestiguar que durante el último partido la cámara se fijó varias veces, en interminables segundos, en una cantante famosa y luego en una pareja de actores dando saltitos mientras en el campo de fútbol se desarrollaba una jugada prometedora que no podíamos ver.

 

Solo en parte puedes abstenerte de las grasas acumuladas en torno al fútbol: puedes quitar la voz para no oír al locutor que continuamente, sin venir a cuento, habla de las magnificencias de la cadena que le paga; puedes enchufar la tele en el momento preciso en que comienza el partido y apagar cuando el árbitro pita al final para no enfermar con los pútridos comentarios de locutores y analistas; puedes saltarte todas las páginas basura que los periódicos generalistas dedican al fútbol. 

 

El fútbol actual es un amaneramiento musculado en el gimnasio. Los partidos del mundial son aburridísimos. Además, se han inventado eso que se llama 'pausa de hidratación, que en realidad es pausa publicitaria. Al fútbol, entre las cuotas desorbitadas que hay que pagar para verlo, la conversión de los futbolistas en estrellas mediáticas y la publicidad, lo han matado, ya no es el deporte popular que fue. 

 

El fútbol te da últimamente pocas alegrías, una de ellas es cuando un equipo modesto apea a una selección llena de estrellas.