“La felicidad de la abeja y la del delfín es existir. La
del hombre es descubrir esto y maravillarse por ello”.
Jacques Cousteau
Si
describes, analizas o creas has de hacerlo desde una cierta soledad
sacrificando parte de tu bienestar en pro de la libertad mental. Visto y
sentido así, la felicidad está reñida con la soledad. El aislamiento te permite
la concentración para ver con mayor claridad, a cambio has de renunciar a la
compañía, aunque sabes que la compañía es un requisito para la permanencia y la
satisfacción. En montaña el esfuerzo físico libera la mente.
El
bus nos lleva por los paisajes pelados de la alta montaña pirenaica: praderas,
roquedos y lapiaces, cielo limpio y aves desplazándose en geometrías dinámicas.
Puestos a andar, aparecen los primeros rayos del sol resbaladizo sobre las
cumbres peladas. Una ligera bruma emerge de los valles sin llegar a ocultar los
picos que se alumbran en un estallido y durante unos instantes permanecen
dorados iluminando el escenario que hemos venido a contemplar.
Se
puede contemplar la belleza en compañía y se puede ser feliz en solitario,
aunque de forma limitada. Plenamente feliz mejor en compañía; la belleza
inesperada sin embargo se revela en soledad. La sensación de plenitud solo te
alcanza si la experimentas en el amor, dos personas sintiendo juntos.
La
belleza es el otro nombre del conocimiento, el conocimiento es el otro nombre
de lo bello.
Los
montañeros transitan hacia los picos o hacia el Valle de Pineta, chicos y
chicas cargados con grandes mochilas. Algunos solos, otros en grupos de dos o
tres, el gesto serio sin llegar a ser ceñudo, en silencio atentos al rumor de
la montaña. Los senderos se bifurcan: hacia el refugio de Goritz para subir
luego al Monte Perdido o hacia el Añisclo, dos de las tres sorores junto al
Cilindro de Marboré o hacia el cercano Valle de Pineta. Maravillado ante lo que
voy viendo y sintiendo paso de largo ante la puerta simbólica de dos hitos enfrentados
y he de retroceder. Me asusta la pendiente rocosa y espero a mis compañeros.
Juntos es más fácil, la montaña menos amenazadora.
A la
vuelta, once horas después, el sol de la tarde desenreda la neblina por encima
del río y del bosque verde intenso que colorea el cañón de Ordesa. Si vuelvo la
vista atrás, haca arriba, las paredes se desnudan de la pobre vegetación y
aparece la roca de los colosos pirenaicos que con gran esfuerzo hemos subido
hoy, el Pico de las Olas y el Añisclo, este especialmente difícil por los
senderos de piedra suelta, dificil cuando la hay, más difícil y resbaladizo
cuando no la hay. No aconsejable para quien padezca de vértigo.
Los
tres tienen dificultades, el pico navarro porque la subida es larga y agrietada
por un terreno kárstico de roca rota y suelta; el segundo porque tanto al
entrar (clavijas de Carriata) desde la pradera de Ordesa, como para salir
(clavijas de Cotatuero) se requiere cierta habilidad para alcanzar la cornisa
natural que durante 3 km conecta dos circos glaciares. El esfuerzo merece la
pena: desde ese pasillo natural se contempla el mayor espectáculo de los
Pirineos; el Añisclo porque es una ruta larga de 25 km y 1600 de desnivel, en
la que empleas todo el día, para lo que necesitas paciencia, resistencia y
coraje para ascender por senderos de fuerte pendiente.



