Las dos
terceras partes de Koljos son disfrutables, una especie de historia
familiar. No es un ensayo, no es una novela, no es una autobiografía. Una
mixtura. Lo que más me ha gustado, el surfeo por los acontecimientos, la
cultura y los personajes de Francia (con paradas en la URSS y Georgia), pero en
el último tercio, cuando la escritura se demora en las habitaciones cerradas de
la vida familiar, pierde interés (para mí). El autor, como un borrico de la
escritura, da vueltas y vueltas a la noria sin comprometerse a abrir del todo
las ventanas. Recopilo un conjunto de citas de Koljos.
1. Un jefe
Ibero citado por Tácito después de la pacificación de Hispania por Pompeyo en
el 72 A. C: "Cuando lo han destruido todo, los romanos llaman a eso
paz".
2. Uno de
los primeros camaradas de Lenin, Piatakov, lo resumía en esta fórmula explosiva
-según Montefiore, completamente desprovista de ironía-: «Un bolchevique, si el
Partido le dice que el blanco es negro y que el negro es blanco, no debe creer
lo que ven sus ojos, sino lo que el Partido le dicta que vea».
3. Las
intenciones del bolchevismo las resumía Orwell así: «Lenin no instauró una
dictadura para salvar la Revolución, hizo la Revolución para instaurar una
dictadura».
4. Tolstói,
ese terrateniente riquísimo que nunca se percató de que tenía miles de siervos
que se pudrían en chozas insalubres, asfixiados por el humo de la estufa, con
enjambres de mosquitos en los ojos escrofulosos de los niños, y que de pronto
un día ve la luz y comprende que su vida de señor es vana e inmoral, que solo
la de ellos se ajusta al Evangelio, y decide ponerse a prender de ellos, «o
sea», exclamaba mi abuelo gesticulando y haciendo caer la ceniza del cigarrillo
sobre el único mantel de la casa, «¡que se puso a darles lecciones!». Y Tolstói
cambió su ropa de noble caballero por la camisa del mujik, fingió humildad con
todo ese orgullo monstruoso, se puso a segar y escribió páginas interminables
para explicar lo bonito que es segar, lo mucho que le gusta a Dios que el
hombre siegue. Pero lo peor no era Tolstói. Lo peor eran los tolstoyanos, los
peregrinos que acudían de todas partes a Yasnaia Poliana.
5. Los
pensadores de la antigua China. Por un lado, Lao-Tse y Chuang-Tse, los maestros
paradójicos y salvajes del taoísmo; por el otro, Confucio, cuya sabiduría más
convencional inspira desde hace 2.500 años la vida social de China. El taoísmo
es un torrente de montaña; el confucianismo, un río de llanura que se presta a
la navegación.
6. Tanto el
uno como el otro habían sido resistentes (Camus, de forma activa; Sartre, no
tanto). Tanto el uno como el otro acabaron la guerra en el bando de los
vencedores, pero Camus se mostró indulgente con los vencidos, porque eran seres
humanos, y Sartre, despiadado, porque prefería las ideas. Para Camus, la
depuración era obligada, pero, para evitar que desembocara en una guerra civil,
tenía que ser breve y afectar tan solo a los grandes los auténticos
colaboracionistas, criminales. ¿Y qué pasaba con los escritores? ¿Con los que
habían puesto su pluma al servicio del enemigo? ¿No eran aún más culpables si
la pluma era brillante?
7.
«Descansar», es lo que repite Sonia, como una letanía, al final de El tío
Vania; ese final de El tío Vania, esas últimas frases de El tío Vania que, como
tantos rusos, ella amaba por encima de todo, por encima de Tolstói, por encima
de Dostoievski, esas últimas frases que no se pueden leer, ni decir, ni copiar,
como hago yo aquí, sin verter una lágrima: «¡Y viviremos, tío Vania! ¡Pasaremos
por una sucesión de largos días y largos anocheceres! Soportaremos las pruebas
que nos depare el destino. Trabajaremos para los demás sin conocer el descanso.
Y, cuando llegue nuestra hora, moriremos resignadamente, y allí, a los pies de
la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado y que hemos conocido la
amargura... Y Dios se apiadará de nosotros. Y entonces, tú y yo, tío, mi tío
querido, descubriremos una vida maravillosa, sublime, elegante. Nos sentiremos
gozosos y, con una sonrisa en la cara, volveremos con emoción la vista a
nuestra actual desdicha, y, por fin, descansaremos. Tengo fe, tío. Lo creo como
creo en cosas. Pocas. Descansaremos. Descansaremos. Oiremos a los ángeles,
contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la
maldad terrestre, todos sufrimientos se ahogarán nuestros en una misericordia
que llenará el mundo entero. Y nuestra vida será calma, tierna, dulce como una
caricia. Tengo fe, creo en ello... Pobre, mi pobre tío Vania, estás llorando...
En toda tu vida no has conocido la alegría..., pero espera, tío Vania,
espera... Descansaremos..., Descansaremos... Descansaremos...».
8. La
notoriedad no ha alterado en nada mi soledad. Más bien la ha empeorado. Cuando
Olivier forma parte del jurado del Festival de Cannes, vuelve habiéndose hecho
amigo de los otros nueve miembros, intercambia correos electrónicos, pregunta
por su vida, pone proyectos en marcha. Dos años más tarde, cuando me toca a mí
ser jurado, no trabo vínculo alguno con nadie, no dejo ningún recuerdo en
nadie: un escritor francés huraño, torpe, que quizá escribe buenos libros, a
saber, pero que no te deja la menor de impresión en la retina.
9.
Confesión. La vida conmigo es una montaña rusa y arenas movedizas. Siempre
llega un momento en el que ya no saben a quién tienen delante (y ni yo mismo lo
sé). O, mejor dicho, sí lo sé, lo sé muy bien: soy el rostro de mi madre que se
aleja sin remedio, soy la angustia sin fondo de mi padre.
10. Mi madre
no desapareció, pero en cierto sentido sí. Se produjo una metamorfosis. La
joven entusiasta y risueña alrededor de la cual mis hermanas y yo hacíamos
koljós fue reemplazada. El rostro de mamá, de quien yo creía que sería para
siempre el pequeño Helenou, se volvió duro, a la vez atemorizado y
atemorizador. Sus ojos miopes parecían no ver nada y verlo todo a la vez. Ya no
miraba, escrutaba. Otra mujer habitaba su mirada. Había renunciado al amor para
que mi padre no se suicidara, pero, obligándola a ello, mi padre perdió para
siempre su amor. En los cincuenta años que les quedaban de vivir juntos, nunca
más volví a percibir entre ellos un gesto o una palabra de cariño. Y mi padre,
exiliado en su pequeña habitación, al fondo del pasillo, se convirtió en el
fantasma.
11.
Françoise Sagan dijo una vez que la diferencia entre la derecha y la izquierda
es que la derecha dice: «Hay injusticia, y es inevitable», y la izquierda: «Hay
injusticia, y es insoportable».
12. No
esperaba lo mismo de mi madre y, sin embargo, fue ella quien me dijo: «Tu
historia sobre la ucronía es divertida, pero parece que no te hayas dado cuenta
de algo mucho menos divertido: que no solo existe en las novelas fantásticas.
Se da también en la realidad. Hay ucronías que, en lugar de competir con la
historia real en la imaginación, la sustituyen en la realidad, ¿y sabes cómo se
llaman? Se llaman regímenes totalitarios. A todos los regímenes totalitarios
les ronda la obsesión de controlar, no solo el presente, sino también el
pasado.
13. Cada
año, Jean-Michel abría un club nuevo que durante varias semanas se convertía en
la nueva atracción de Moscú. Lo llevaban hombres de su confianza, los sobornos
iban a parar a quien tocaba, la policía era cómplice y el negocio iba bien.
Jean-Michel vivía con una joven kazaja, Alina, que había empezado como
bailarina en uno de sus clubes, había salido en la portada del Playboy ruso y
se preocupaba ahora por la salvación de su alma. Cuando cumplió veinticinco
años, sintió que ya había disfrutado bastante del mundo, el sexo, el dinero, el
ciclo de los deseos cumplidos y siempre renovados, y se retiró a una casa de
madera, en las lindes de un pequeño monasterio, en medio de un bosque del
tamaño de toda una provincia o un departamento francés. Jean-Michel se hizo una
casa de madera al lado de la de ella, y compró una granja cerca del monasterio
para criar gallinas, vacas y cerdos. Fui varias veces. Almuerzos en el
refectorio del monasterio, largos paseos por el bosque, baños en el estanque.
Alina, con un pañuelo en la cabeza, un poco entrada en carnes pero aún guapa,
transportaba a las monjas en su minibús Volkswagen directamente salido de
Woodstock, les hacía la compra y cuidaba de ellas. Jean-Michel enseñaba boxeo
tailandés a los niños de la aldea más cercana y se confesaba con un joven monje
de ojos muy cálidos y barba poblada. Por lo que contaba, salía de la operación
revitalizado, ligero como un baño de vapor, listo para volver a Moscú y
negociar con oficiales del FSB o gangsters chechenos. Todo eso permitía que
Jean-Michel, que era libertario hasta la médula, dijera totalmente en serio que
la Rusia de Putin era el país más libre del mundo. Y cuando yo iba a hacer un
reportaje sobre Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada en 2006 por orden
del Kremlin por haber denunciado las atrocidades cometidas en la guerra de Chechenia,
o sobre Eduard Limónov, al que se puede acusar de muchas cosas, pero que pagó
su oposición a Putin con unos cuantos años en una colonia penitenciaria, se
encogía de hombros: «Pues sí, es una autocracia, estoy al tanto. ¿Qué te
creías?». (Es más o menos lo que también decía mi madre.)
14. Abundo
en la idea: Guivi tiene razón. Putin está completamente aislado: ahora es un
paria». Georges se ríe con su relincho triunfal y lúgubre: «La verdad es que no
has entendido nada. No es Putin el que está aislado, sois vosotros. Son
vuestras pobrecitas democracias, agotadas, a las que ya nadie quiere, las que
están rodeadas por el resto del mundo. Es decir, y perdona que te lo diga, por
nosotros». (La noción, aparecida no hace mucho, de «Sur global» fascina a
Georges. Se cree que el Sur global es él.)
16.
"Rusia, que quería ser la Tercera Roma, se ha convertido en el Cuarto
Reich". (Un historiador ruso exiliado).
17. Y él va
desmontando, uno tras otro, a los dioses de mi panteón. Toda la pandilla:
Lérmontov, el oficial romántico que se lanzó a la conquista del Cáucaso, donde
pasea su melancolía y su altivez, y describe la violación en grupo de una mujer
chechena a manos de soldados rusos sin el menor atisbo de reprobación o de
simpatía por la víctima. Pushkin, bueno, quizá sea un poeta pasable, eso va a
gustos, pero fue sobre todo un adalid del imperialismo, un adulador del zar
capaz de escribir un gran poema, «A los calumniadores de Rusia», en el que se
dice sin pestañear que «todos los ríos eslavos se perderán en el mar ruso». Y
el peor de todos: Dostoievski. Un eslavófilo rabioso,nacionalista, fanático,
antisemita, un adalid de la Tercera Roma, convencido de que la misión de Rusia
era salvar al mundo de la impiedad y la depravación en la que se revuelca
Occidente: Putin lo adora.
18. Me
gustaría decir algo razonable, apropiado, lo que se supone que debería decir un
adulto responsable ante un anuncio como ese, pero me sale otra cosa. Yo, que
nunca lloro, me pongo a sollozar y repito entre sollozos: «Mamá mamá mamá».
Podría haberme levantado y sentado a su lado en el sofá, podía haberla
abrazado, pero debí de tener miedo de esta cercanía física, así que me inclino
sobre la mesa baja, le cojo la mano y se la aprieto. Repito «mamá», no sé
cuántas veces lo dije ni cuántas veces ella dijo: «No te preocupes, es normal,
estoy preparada, todo saldrá bien». Percibo vagamente que ese llanto, esa pena
que me inundan la complacen, de modo que me abandono a ellos.
19. Gemir, llorar, rogar, eso es propio de alguien flojo,
date a tu ardua tarea, entrégate con arrojo
donde te hayan llevado el destino o la corriente,
y después haz como yo, sufre, y muere
silente. (Alfred de Vigny)
20. Una vez
que Malraux preguntó a un viejo sacerdote qué había aprendido en cincuenta años
en el confesionario, este respondió: «Dos cosas: primero, que la gente es mucho
más infeliz de lo que creemos; y luego, que no hay grandes personas».
21. Las tres
cuartas partes de los hombres mueren de pena. Buffon