La vida es un fenómeno único e irrepetible. Sucede para mí, para todos y para todo. Nunca más. Visto así cada día debería ser una celebración, antes de que la luz se apague para siempre. Sucede algo más, que somos conscientes y lo contamos.
Hace unos días asisti a un concierto con piano y violín: Stravinsky, Sarasate y César Frank. Mis ojos se evadían por las esculturas y los retablos de la iglesia museo, mi imaginación volaba fuera. Durante unos breves segundos el violín y el piano de Frank conseguían retenerme. Cuando lees u oyes un poema que ya antes te había producido una emoción las siguientes veces te deja frío. El arte trata de lo único e irrepetible, por eso nos emociona como trasunto de la vida. Y por eso sucede tan pocas veces, y por eso hay largos periodos en la vida de una persona y en la vida de una civilización que son la travesía de un desierto.
Mientras eres joven, tu libro está por escribir, las emociones se suceden, siempre hay cosas por descubrir hasta que el libro se colma. Qué sucederá cuando hayamos descubierto el último misterio. (De ahí el terror a la singularidad, que se asocia a un momento que ha de traspasar la IA, porque nos convertirá en insignificantes cuando toda emoción tienda a cero). Qué le sucede a un hombre cuando ya no le queda nada por descubrir.
Cerca de casa hay dos cerros prominentes. Uno con visibilidad de 360 ⁰, el otro abierto al suroeste. Quizá eran los dos mejores sitios de la ciudad, junto al castillo, para ver el eclipse. No oí voces extranjeras, a pesar de que la ciudad estaba llena de foráneos, porque son invisibles desde el centro.
Durante las dos horas que duró el fenómeno, estábamos como en un picnic: camaradería, algún que otro porro, gafas de quita y pon y muy buen humor. También solitarios ensimismados en la postura del yogui o con un libro entre las piernas. No fue muy diferente a como contemplamos la luna cuando cambia de fase, aunque esta vez era el sol en fase, hasta que se produjo el acontecimiento - un cuerpo 400 veces más pequeño que el Sol tapándolo, salvo por una brillante corona, gracias a que la Luna está 400 veces más cerca de nosotros. Hubo aplausos y gritos y nos quitamos las gafas. Luego silencio y éxtasis. Fue tan breve como debe ser la eternidad: ya había pasado, sin conciencia de haber estado ahí.
Un momento único, como la vida, nunca más lo volveremos a vivir, nunca más volveremos a vivir.
