Ya estoy en la estación de tren.
El tren acumula diez minutos de retraso.
De pie contemplo las dos filas de asientos que confrontan las pantallas.
Empiezo a numerar a las personas que están sentadas.
Voy contando y fijándome en los rostros.
21 en la fila de la izquierda,
22 en la derecha.
Hay otros tantos de pie, impacientes,
viendo como todos los trenes se retrasan.
Hace frío esta mañana en la ciudad.
La gente va muy abrigada, chaquetones, parcas, plumas.
Todos comentan en voz baja con los acompañantes.
Sigo contando a los que están de pie,
mirando sus figuras, los pies firmes,
apoyándose en el izquierdo o en el derecho,
observando resignados cómo en la pantalla
el tiempo de espera va aumentando.
44, 45, 46... llego hasta los que están cerca de mí,
me enumeró a mí mismo, 65,
hasta llegar a 69, ahí me paró.
69 es un número considerable de personas,
no hay muchos más en la sala de espera si descontamos a los empleados.
Busco asiento cuando el tiempo de espera sobrepasa los 30 minutos.
Es evidente hay un boicoteo soterrado de los maquinistas
Todos los trenes acumulan retrasos
Ahora miro a la gente de espaldas, su rostro ha desaparecido.
Arriba en las vías tiemblo de frío.
El tiempo estimado sigue aumentando.
Todo el mundo guarda silencio







