"Me desnudé y me quedé mirando en el espejo aquel
cuerpo desnudo que ya no pertenecía a ningún hombre. Podía hacer lo que me
diera la gana... Me metí en la cama y todavía me quedé allí un poco con los
ojos abiertos en la oscuridad mientras sentía cómo iba creciendo en el interior
de mi cuerpo una fuerza fría y enorme".
El
clímax en la vida de Natalia Ginzburg fue la muerte de su marido, Leone
Ginzburg, en 1944, cuando los nazis dominaban Italia. Leone había fundado la
editorial Einaudi, en la que había dado a conocer la literatura rusa (Tolstoi y
Chéjov), y liderado el movimiento antifascista, lo que le costó la tortura y la
muerte. Natalia vivió con desgarro su muerte ("Tú ya no estás y las
cosas siguen siendo las mismas, pero las cosas son ahora de piedra, pesadas y
sin voz". Del poema Memoria).
En Y
esto es lo que pasó, publicada en 1947, la escritora traslada el duelo
personal por la muerte de su marido en condiciones tan duras al dolor de la
narradora por la muerte de su hija por meningitis. Natalia Ginzburg utiliza la
escritura para sobrevivir al duelo personal. El momento climático aquí es la
enfermedad y muerte de la hija. Eludiendo la retórica sentimental, posa la
mirada en las cosas del mundo indiferentes ante tanto dolor. Cómo ha ocurrido,
por qué nadie puede hacer nada (los médicos, la amiga Francesca, la vecina
alemana, el amigo Augusto), por qué nada ni nadie le sirve de consuelo (su
marido Alberto quizá podría hacerlo, pero no está en casa y es un hombre
insensible).
"Estábamos siempre solos en casa y así fue como
entendí de pronto cómo viven un hombre y una mujer. Él no salía de casa, le
veía vivir todo el tiempo, le veía levantarse por la mañana y tomar el café que
le había preparado y escribir sus anotaciones en los libros y trastear
encorvado sobre la caja de zinc... Pero ahora que había tenido a la niña y que
la niña había muerto ya no podía ni pensar que algún día pudiera dejarme...
Pensaba que en mi vida no había hecho otra cosa que mirar fijamente en aquel
pozo oscuro que había en mi interior".
Al
comienzo de la breve novela, una pistola dispara. Mediada la novela sabremos
que detrás de esa pistola hay dos hombres, Augusto y Alberto, que se enamoran
de la misma mujer, Giovanna. Pero ella prefiere a un director de orquesta. Entonces
ambos se comprometen a dispararse el mismo día, a la misma hora, pero no lo
hacen. La pistola volverá al final. La historia principal la cuenta otra mujer,
la narradora, quién se entrega a un hombre mayor que ella con quién tiene una
hija. Ese hombre es Alberto y su historia no es feliz. Esta es la historia principal.
Avanzada
la novela, la niña contrae una grave enfermedad, la narradora asustada, autoinculpándose,
reflexiona sobre la fragilidad del vivir y el sinsentido de haber disputado tanto
con Alberto.
" Pensé la forma en la que los hombres y las mujeres
se pasan la vida atormentándose entre ellos y el poco sentido que eso tiene
cuando una lleva en brazos a una niña con fiebre. Pensé en la forma en que me
había atormentado por culpa de Alberto y en cómo le había esperado temblando y
me preguntaba cómo le había podido dar importancia a algo tan absurdo".
Para
dar más fuerza a la reflexión, en el momento climático, sitúa en la escena su
angustia por el devenir de la enfermedad de la hija, la fiebre, los gritos
espantosos de la niña, frente a Francesca que vuelve borracha del baile del
casino y un grupo de personajes que nada pueden hacer: tres médicos, uno detrás
de otro, con sus fórmulas dispares; la sensata vecina alemana en quimono que le
pide calma y propone una infusión, pues también ella había tenido un hijo en la
misma situación y ahora era todo un caballero ingeniero y casado; el amigo
Augusto atormentado por los celos hacia Francesca, mientras la vida sigue su
curso indiferente en el malecón de San Remo, en la placita con sillas y
palmeras bajo la ventana de la habitación del hotel Bellevue. Ginzburg
cuida los detalles.
Nadie
puede hacer nada por su dolor, ni siquiera el hombre con el que se había casado,
en el que a pesar de todo confía en el momento crítico
"Augusto llegó a las cinco de la madrugada. Dejó
caer la maleta y corrió hacia mí. Sollozaba con la cabeza apoyada en mi hombro
y aquella cabeza cubierta de rizos canosos que pesaba sobre mi hombro me
pareció que era la única cosa que deseaba".
Escribe
antes de desengañarse del todo y acordarse de la pistola. Lo admirable de
Natalia Ginzburg es cómo supo trasladar su propio dolor (“Escribí esta
historia para sentirme un poco menos infeliz”), tras la pérdida de su marido
en los calabozos nazis, a la narradora de su novela que pierde a su hija y se
enamora de quien no debe. "Me desagrada la idea de que te quedes sola
sin mí", le contesta ese hombre en el momento álgido del duelo cuando
ella cree que podrán vivir juntos y le pregunta por qué no se ha ido como tenía
previsto. Así describe a ese hombre en quien confiaba hasta enamorarse tras la
muerte de la hija de ambos,
"Resulta difícil saber lo que hay de verdad dentro
de nosotros. Estamos aquí sólo un segundo y ya nos vamos. Yo nunca he entendido
nada de mí mismo. Quería mucho a mi madre y lo pasé muy mal cuando murió, pero
luego una mañana salí de casa, me puse un cigarrillo entre los labios y en el
instante en que encendí una cerilla contra un muro me sentí extraordinariamente
feliz de que hubiese muerto por fin, de no tener que volver a jugar a las damas
con ella y no escuchar su voz estridente diciéndome que no me echara tanto
azúcar en el café. Por eso no sé si quiero a Giovanna. Hace ya varios meses que
no la veo y pienso poco en ella, estoy un poco holgazán y no me apetece sufrir.
-Y cuando ella regrese, ¿te querrás marchar otra vez?
-No lo sé-dijo-, puede ser.
Se dio la vuelta y se quedó dormido".
Además
de todo eso, Y esto fue lo que pasó, como dice Italo Calvino, es una
novela feminista, escrita cuando todo alrededor eran escritores hombres.

