No discurre el tiempo del mismo modo para todos. Cada ser vivo lleva dos cronómetros incorporados, el tic tac inexorable que inscribe la naturaleza en cada cosa sea viva o no y el que siente cada ser vivo por el hecho de vivir. Esos dos mecanismos actúan de forma separada en nuestro cerebro. No vivimos por tanto el tiempo del mismo modo por más que nos lo propongamos ni siquiera en los cuerpos que el amor cree acompasar.
De modo parecido, la química cerebral regula las emociones y después los sentimientos, la intensidad, la duración, la complejidad del mecanismo que pone en marcha nuestro ser en el mundo, de modo diferente en una y otra persona.
A eso mecanismo de relojería, el temporal y el emocional, lo llamamos sensibilidad. En el estado actual de la neurología es difícil que la defina con exactitud. Mientras tanto, los humanistas, psicólogos y literatos, la han circunscrito a una forma de aproximación a la realidad, que diferenciaría a unas personas de otras, a las sensibles, educadas y sabias, de quienes no lo son, una de las formas en que la élite se separa del mundo ineducado, al que, por otra parte, condena al trabajo sucio y a la vida insensible.
La sensibilidad es nuestro modo de estar en el mundo. Tiene que ver sin duda con nuestra biología, cómo se ha construido nuestro cuerpo, pero también con el amaestramiento al que hemos sido sometidos en nuestra vida social para conformar nuestra conducta. Y ahí, !somos tan disímiles! A lo largo de nuestra vida se nos han ofrecido vidas ejemplares para saber cómo comportarse y adquirir un código moral: nuestros padres, las personas a las que hemos admirado, los héroes de las novelas y de las películas, pero acompasar la fábrica cerebral a esos códigos es una labor que dura una vida entera y que difícilmente se consigue.
Incluso cuando estamos juntos, emparejados, no vemos lo que sucede del mismo modo, los estímulos externos no nos transforman del mismo modo, así que cómo comprender una frase, un mensaje que nos llega de un lugar donde hace buen tiempo, mientras nosotros estamos bajo la lluvia, allí luz y aquí oscuridad, allí se escribe en medio de la cháchara optimista del grupo y aquí se recibe bajo la pesimista soledad, el momento del día, el confortable sueño o la mala digestión. Si la vida es un milagro del que por repetido no nos asombra, también lo es que dos personas decidan hacer el camino juntos en igualdad de condiciones, sin que uno se imponga a otro, sin que uno tenga que hacer tantas concesiones que se desdibuje y deje de ser lo que la naturaleza había acordado para él.
En este tiempo que abandonamos la comunicación analógica para pasarnos a la digital, a la mensajería instantánea, donde se pierden los lenguajes no verbales que acompañan a las palabras o a los sonidos, se amplia el gap: solemos escribir a la primera sin pensar en el efecto de que nuestras palabras no signifiquen a los ojos u oídos de quien las recibe lo que llevaba la intención de quien las dicta o escribe. La imaginación se dispara y el oyente o lector ve lo que no está escrito, atribuye un significado no previsto. Y así se arruina la amistad.
Cuánto nos está retrayendo, convirtiéndonos en islotes, ese endurecimiento y simplificación del lenguaje. Ese 'yo no quería decir eso', ese 'lo siento', normalmente acompañado de un 'pero', suelen llegar tarde, porque el efecto ya se ha producido, incluso puede que lo agraven.