domingo, 4 de octubre de 2026

5. El Monte Ararat y el Palacio de İshak Paşa

 



Alrededor de Kars, la llanura a 2400 m. de altitud y cerros desarbolados de alta meseta. Pastizales secos para el ganado, vacas, corderos y rastrojos de cereales. Carreteras en buen estado, en forma de autovía. Al fondo la cordillera caucásica que separa Turquía de sus vecinos, la misma que hace 30 o 40 años hacía la vida de la gente difícil por la guerra entre la guerrilla kurda y el ejército turco. Se habla de 40.000 muertos y cerca de un millón de desplazados.



Toda la noche ha llovido. El cielo está cubierto, ni una rendija por la que penetre el sol que caliente el día. Los ocres de los baldíos y los amarillos de lo rastrojos se extienden como una alfombra hacia el horizonte grisáceo, salpicada por pueblos ganaderos con casas aisladas con establos y un pequeño terreno alrededor, y algunos bloques que el Estado construye para los funcionarios de menor rango a buen precio. Los pueblos, con mezquita de cúpula verde y estilizado minarete, habitados por tribus caucásicas endogámicas, con costumbres estancadas en el pasado. 


Allí por donde pasa el río que baja de la montaña, el terreno se hunde en una abrupta herida. El agua excava cañones profundos y rocosos hasta que se abren en vallecitos verdes, salpicados de casas, árboles de ribera y huertas. Así el río Aras, que separa a Turquía de Armenia y que nos está llevando hacia el monte Ararat. Al otro lado del río, los mismos mueblecitos con estructura ganadera parecida, pero otro país, Armenia, otra religión, otra política.




Mina de sal de Tuzluca 

En su embajada a Tamerlán, Clavijo habla de las cuevas de sal de Tuzluca, en la provincia de Iğdır, a su paso por la fortaleza medieval de Surmari hacia Samarcanda, en mayo de 1404. Aparece descrita bajo el nombre de Sormali o Sormalu. La fortaleza controlaba el paso estratégico por el valle del río Aras.


«E este día a hora de vísperas llegaron a un castillo que se llama Sormali, e este castillo está en una sierra alta de pedriza, e es un castillo fuerte e pequeño, e es de un caballero que se llama Señor Omar; e en este castillo non había otra agua sino de cisterna, e non había abajo a la falda de la sierra sino un riachuelo de agua amarga e salada.


E en este castillo e cabo del hay una montaña de sal de piedra, e tan grande e tan alta que non se podría decir, e dende sacan la sal de aquella montaña a pico e a piocha, e es la sal tan limpia e tan blanca e clara como cristal; e dende se provee toda aquella tierra e otras muchas partes de sal, e pagan en aquel castillo derecho de la sal que dende sacan...».


Las galerías excavadas de Tuzluca, iluminadas con colores chillones, son una de esas cosas que los turistas aprecian, al estilo de las minas de sal de Wieliczka (Polonia). Todavía se explotan.


Monte Ararat



Llegando a Iğdır/Surmari, el cielo está encapotado y lluvioso. ¿Veremos el monte Ararat desde este lado turco? Vamos subiendo y subiendo hasta lo más alto del altiplano. Paramos en un puerto de paso, muy venteado, donde sirven café turco y té. No ha habido suerte, las nubes se arraciman alrededor del Ararat.




Si para los armenios hay una herida, esa es la del monte Ararat que, según ellos, les arrebataron los turcos. Desde Ereván miran melancólicos la cumbre nevada de 5137 m., apenas a 30 km en línea recta. Suponen que por encima de los 4100 m, bajo el casquete de hielo y nieves perpetuas, está enterrada el Arca de Noé. 

«La Grande Armenia es una provincia muy grande... Sabed que en esta Gran Armenia está el Arca de Noé, en la cima de una gran montaña, en los confines del mediodía y el levante, hacia el reino que se llama Georgia. Es la montaña tan alta y grande que nadie puede subir a ella, y la nieve nunca se derrite, sino que aumenta con cada nevada...» (Libro de las Maravillas. Marco Polo).


En ralidad, solo bajo la breve Primera República de Armenia (1918-1920) la ladera norte del monte Ararat y el distrito circundante de Surmari (Iğdır) estuvo bajo soberanía formal armenia, antes de que el ejército de Atatürk se lo arrebatara en 1920.


Clavijo lo describe de esta manera: 


«E este día vimos a la mano derecha una gran montaña, muy alta, que dicen los del país que en ella se asentó el Arca de Noé después del diluvio; e esta montaña es tan alta que nunca está sin nieve la cumbre della, e nunca se quita la niebla que en ella está.


E a la falda de esta montaña está una villa que se llama Calami [o Calamana, actual Iğdır/Surmari], e esta villa dicen que fue la primera que se pobló en el mundo después del diluvio, e que la pobló el mismo Noé con sus fijos...».


Palacio de İshak Paşa




La última visita del día es al Palacio de İshak Paşa una construcciones muy bien restaurada, sobre una colina escarpada a casi 1.800 metros de altura. Estratégicamente situada en la frontera entre Irán y Turquía, a los pies del Monte Ararat, frente a la ciudad de Doğubayazıt, ofrece una panorámica espectacular sobre toda la planicie de Doğubayazıt y las laderas rocosas adyacentes. 




Se construyó con paciencia durante 99 años. Iniciada en 1685 por el gobernador local Abdi Paşa, con la intención de controlar la Ruta de la Seda entre Tabriz y Anatolia, y concluida por su nieto, İshak Paşa II, en 1784. El palacio se compara con el Topkapi de Estambul, en un estilo ecléctico que va del otomano al barroco occidental.




Alrededor de dos grandes patios, alberga 366 habitaciones: el harén, la mezquita, el mausoleo de los gobernadores y las salas de reunión y ceremonias. Contaba con calefacción centralizada.




El aire caliente circulaba por tuberías de arcilla empotradas para mitigar los gélidos inviernos de la región. En el salón del harén, el sultán hacía escribir frases como esta: 




A la salida de Dogubayazit, después de comer en restaurantes locales el típico plato turco, alguien ha gritado, mirando hacia atrás en el autobús: ¡Por fin, el Ararat despejado! El sol del atardecer impactaba en su casquete nevado.




Hemos bajado del bus y hemos hecho fotografías, fotografías que entre cables, edificios y coches querían fijar lo que tanto nos había costado. En seguida, alguien ha roto el embrujo: se trataba del Ararat pequeño. No tan pequeño (3896 metros, frente a los 5137 m del gran Ararat, unidos por un collado de 2600 metros) comparado con los picos más altos de España. He visto mohines de decepción, por muy alto que sea no guarda el Arca de Noé.





sábado, 3 de octubre de 2026

4. De la antigua Ani a Kars

 


Cuando comienzas un viaje tienes expectativas. Imaginas torpemente el espacio que vas a visitar, pero una idea mental más elaborada de su historia, de los personajes, de su valor. In situ, puede que te decepcione o que pases por él como sobre una nube opaca - como cuando miras desde un avión - que desde lo alto no te deja ver el paisaje. Ani era uno de los lugares marcados en el mapa.




Ani es una gran extensión histórica sobre el altiplano anatólico, a 1500 m de altura, cercado por dos cañones que delimitan su espacio: al este la garganta del río Akhurian, afluente del Aras, que hace de frontera natural entre dos enemigos históricos, Turquía y Armenia, y al oeste el barranco de Bostanlar. La temperatura es extrema, con inviernos nevados y muy fríos. No comprendo cómo aquí pudieron construirse viviendas y palacios. Quizá por ser un lugar de paso de la ruta de la seda. Business, como dice nuestro guía para explicar su oficio. El puente sobre el río Akhurian, por donde pasaban las caravanas - lleva siglos colapsado -fue un hito cuando se construyó, probablemente en el siglo XI, de arco único con una imponente luz de más de 30 metros, flanqueado por torres defensivas.




A simple vista, Ani es un campo en ruinas con unas pocas construcciones que se mantienen en pie, uno de los lugares arqueológicos de más interés del Cáucaso. Un lugar como este te emociona si vas preparado para ello. Tu mente dispuesta a rellenar todo lo que falta. Se calcula que falta un 80% por desenterrar.




 Ani fue una fortaleza militar, pero sobre todo un próspero centro comercial donde se cruzaban las caravanas de Bizancio, Persia, Asia Central y el mundo árabe. Llegó a tener más de 100.000 habitantes. La vecina ciudad de Kars, donde nos alojamos, tiene hoy 120.000.




Tras Urartu y los hititas, fueron dinastías de armenios quienes dominaron este lugar, sobre todo los bagrátidas (961 – 1045 d. C.), durante su época de esplendor. Entonces se acuñó la frase: "Ani, la ciudad de las 1001 iglesias". Era el centro religioso de la Iglesia Apostólica de Armenia. Después vinieron los bizantinos, los turcos selylúcidas, que construyeron la primera mezquita, y, tras otro paréntesis cristiano con el reino de Georgia, llegaron los mongoles y la saquearon (1236) y, luego, tras un devastador terremoto, comenzó su ruina. Ani quedó como una pequeña villa rural durante los otomanos.




A su paso por Armenia, Marco Polo es un Libro de las Maravillas, a finales del siglo XIII, constata su decadencia: «Pero los hombres de este país en otro tiempo fueron buenos guerreros y hoy son malvados y cobardes, y no tienen otra cualidad sino la de ser grandes bebedores.»




En los islotes monumentales que visitamos: la Catedral, la Iglesia de San Gregorio, la Mezquita de Manuçehr, la Iglesia del Santo Redentor y las murallas defensivas - lo que se ha salvado de la erosión de la historia - apreciamos el arco apuntado, la cúpula sobre pechinas y las fachadas con piedra de dos colores. No tenemos tiempo, sin embargo, tiempo para ver el entramado subterráneo - las cuevas que utilizaban los hititas -, pasadizos, iglesias, tiendas, casas de los habitantes comunes. 




Pasear, por tanto, es un ejercicio de fe en el pasado. Existió lo que hemos leído, las señales son débiles, pero aquí hubo alegrías y gemidos. Queda el barranco oscuro, profundo y sinuoso del río Akhurian, en cuyos margenes se cometieron terribles crímenes. 

 



La ciudad de Kars está dominada por una imponente fortaleza. En la torre más alta, junto a la silueta de Atatürk, una frase recuerda que aquí comenzó la reconstrucción de la Turquía moderna tras la caída del Imperio otomano: "La patria te está agradecida". Atatürk fundó la moderna República de Turquía sobre las ruinas del Imperio otomano. El trazado de la ciudad recuerda, sin embargo, que fue rusa durante mucho tiempo y que los rusos la construyeron siguiendo calles ortogonales, edificios de piedra oscura y estilo neoclásico.




Que antes fue ciudad Armenia lo recuerda la más hermosa de las mezquitas, que mantiene exacta la planta de cruz griega de la Iglesia ortodoxa que fue - Iglesia de los Apóstoles (933). De piedra basáltica, desde el paseo junto al río Kars, desde el puente de los tres arcos, o desde lo alto de la fortaleza aparece como una escultura exenta afirmando la ortodoxia armenia en territorio enemigo. 

viernes, 2 de octubre de 2026

3. Erzurum. Territorio del Kurdistán

 



«En la Gran Armenia hay una ciudad llamada Arziron [la actual Erzurum], muy grande y rica, donde se fabrican los mejores buckrames [un tipo de tejido de lino o algodón] del mundo. Los habitantes son armenios, gente pacífica pero que paga grandes tributos a los tartaros [mongoles].» Marco Polo, Libro de las maravillas.


Erzurum amanece con el cielo cubierto. El Hilton del desayuno no responde a su fama: casi todas las mesas están cubiertas de las sobras que han dejado los huéspedes más madrugadores. Tampoco hay mucha variedad, salvo en los quesos.




Erzurum fue fortaleza de frontera del imperio selyúcida - antes lo fue bizantina y después sería otomana - cuando esta dinastía túrquíca procedente de Centroasia, se instaló en Anatolia, empujada por los mongoles que la desplazaron de su capital, Isfahan. Los selyúcidas, la primera gran dinastía turco-islámica, conquistó e islamizó Anatolia, creando un gran imperio entre los siglos XI y XIII (Sultanato de Rum, 1077–1308). Incluía Irán, desde el Hindú Kush al Golfo Pérsico.




A principios del siglo XIII establecieron un sultanato en Anatolia, con capital en Konya. Es lo que queremos ver esta mañana en Erzurum, lugar estratégico en la ruta de la seda. La fortaleza y la Madrasa de los Minaretes Gemelos aparecen como imponentes edificios de piedra volcánica oscura. Solo se dejan ver por fuera. Al acercarnos al impresionante portal coronado por media cúpula mocárabe, bajo dos minaretes, vemos que no se puede pasar. Hace tres días se ha cerrado para ser restaurada. Por detrás, como si fuese la capilla del condestable de la catedral de Burgos - y es que esta arquitectura es coetánea de la burgalesa -, adosada vemos una türbe (un mausoleo) octogonal de la hija del primer sultán.




Sí que podemos ver la Madrasa Yakutiye, ya no selyúcida sino erigida en 1310 bajo poder mongol. Cubierta bajo una gran cúpula central con linterna, se muestra ahora como museo de escuela coránica. Las madrassas albergaban a los estudiantes en su interior y les formaban en el derecho islámico. Lo más llamativo es el minarete exento en ladrillo con azulejos de tonos turquesa y azul cobalto.




Los selyúcidas convirtieron la madrasa junto al caravasar - el de esta ciudad ha sido convertido en centro artesanal - en importantes instituciones. El Estado turco, entonces y ahora, se ocupa de la construcción de los edificios religiosos. Un ministerio de teología (Diyanet) forma a los imanes y paga su sueldo (unos 2500 euros al cambio). Su palabra es sagrada en las disputas, no permitiendo ningún tipo de corrupción. 




Alrededor de la fortaleza hay un conjunto de mausoleos y de mezquitas selyúcidas y otomanas, espejo del pasado esplendor de la ciudad. Erzurum hoy es una ciudad universitaria con en torno a 70.000 estudiantes, quizá más, que acuden a la gran e histórica Universidad de Ataturk.



Pero si algo me impresiona en este viaje es el paisaje, testigo mudo de movimientos tectónicos, vulcanismo y temperaturas extremas. La carretera va encajada por el fondo del valle excavado por el río Tortum. Nos encaminamos a una gran cascada que el guía, dubitativo, dice es la tercera del mundo en alguna dimensión. La vegetación se concentra en una estrecha franja (chopos larguiruchos con escaso ramaje, sauces y pequeños huertos y frutales) que contrasta con un relieve abrupto, caótico, a ratos bloques rocosos gigantescos, después paredes de piedra, capas de roca retorcida, plegada en geometrías imposibles.


De pronto aparece un gran lago y más tarde un embalse. 




El valle, al fin, se abre levemente para dar paso a la zona de la gran cascada de Tortum(48 m de caída por 25 de ancho), un desaguadero natural sobre los bloques de una antigua avalancha. La cascada se formó en un evento geológico repentino, hacia 1700. Una ladera de la montaña colapsó en un gigantesco corrimiento de tierras de una ladera del monte Kemerli que se vino abajo y taponó el valle del río Tortum, lo que creó un gran lago de barrera natural. El lago se llenó y se desbordó en una repisa de roca precipitándose hacia un cañón inferior. 


Una escalinata de subida y otra de bajada, como una diadema alrededor de la cascada, permite contemplarla en su totalidad, llena de miradores y bancos propicios para hacer un picnic. 




Después de una comida frugal volvemos al bus boquiabiertos otra vez ante el paisaje. La erosión ha creado cortados verticales, barrancos secos y laderas inestables que parece que en cualquier momento vayan a derrumbarse sobre el estrecho pasillo por el que rodamos. En uno de esos cañones el Estado ha creado un gran embalse. El Ayvali Baraj Gölü (embalse de la presa de Ayvalı), construido en la década 2010, un gran embalse hidroeléctrico sobre el río Oltu, un hito de la ingeniería, una de las presas de hormigón compactado más altas de Europa.


El valle del río Oltu, más adelante Aras, se va abriendo formando una llanura flanqueada por colinas de múltiples colores. Aparece la vegetación de ribera con alamos y sauces, creando franjas llanas aprovechadas como prados, pasto de ganado y huertos de regadío. 




Cañones escarpados y llanuras con vacas, cuya carne muy preciada alcanza precios de vértigo, se van alternando hasta llegar al altiplano, hasta los 2200 m de altura. En las laderas de los cañones, ya menos rocosos, aparecen las coníferas. La tardea ha caído. El cielo está cubierto, pero en los pueblos que vamos atravesando tarda en aparecer el encendido de las señales eléctricas. 




Estamos en el el Kurdistán turco, aproximadamente entre el 20 % y el 30 % del territorio de Turquía, cercado por un relieve de altas mesetas, cadenas montañosas (los Montes Tauro orientales y el macizo del Ararat) y las cuencas altas de los ríos Éufrates y Tigris. Diyarbakır es su capital no oficial, con Van, Mardim, Batman y Sanliurfa como ciudades importantes. La región, tan convulsa que recordamos, parece ahora pacíficada, lo que hace que la economía, nos cuenta Uğur, crezca considerablemente.




Turco y kurdo parecen no mezclar bien. El turco es un idioma centroasiático emparentado con idiomas como el azerí, el uzbeko, el kazajo o el turcomano. Prefiere los sufijos a la adjetivación, no tiene determinantes ni marcas de género. 'O' sirve para él ella o ello.


El Kurdo es una lengua indoeuropea emparentada lejanamente con el español, el inglés o el ruso, y más cercana al persa y al pastún. Por contra, mientras el turco es una lengua estandarizada, el kurdo se mueve en distintos dialectos que se entienden difícilmente. Sin embargo, ambos idiomas comparten un amplísimo vocabulario.


jueves, 1 de octubre de 2026

2. Santa Sofía de Trebisonda y el Monasterio de Sumela

 


De la época de los Comenenos, la iglesia ortodoxa de Santa Sofía, del siglo XIII, es la joya arquitectónica de Trebisonda, testigo de los sucesivos poderes que la tomaron y transformaron. De los Comnenos bizantinos es la planta de cruz griega y las deterioradas pinturas, por la cubrición con cal cuando los selyúcidas la transformaron en mezquita. Medallones con suras del Corán dan testimonio de ese momento.




En el exterior, a un lado el antiguo cementerio, revertido en césped, las lápidas bizantino ortodoxas, al otro, en una de las paredes laterales, las lápidas islámicas otomanas: con turbante de funcionarios o eruditos las masculinas, con motivos florales, que suelen indicar el número de hijos, las femeninas. Esto dice una característica:


Él [Dios] es el Eterno

Los árboles dan fruto, mas yo no llegué a dar el mío;

sin haberme saciado de mi juventud, no alcancé mi deseo.

Sea la paz sobre los hermanos que me visiten,

y recítese una Fatiha por el descanso de mi alma.

En el año [p. ej., 1254 H. / 1838 d. C.]

 



Junto a cada una de las lápidas verticales suele haber un huequecillo lleno de agua para que los pájaros abreven y de ese modo el alma del creyente vaya liberándose poco a poco de la tierra y del fuego y se acerque al paraíso. El fuego es la señal de lo peor de la vida para un musulmán. El fuego representa el castigo del infierno (Jahannam), una advertencia sobre las consecuencias de las malas acciones


Monasterio de Sumela




Bajo un cielo gris subimos por las cerradas curvas de un cañón de paredes verticales que nos lleva al monasterio ortodoxo georgiano de Sumela. 


El monasterio de Panagia de Sumela (roca negra), dedicado a la Virgen, fue construido en la época del emperador Teodosio en un monte escarpado, a 1200 metros de altura, en las montañas al sur de Trebisonda. Hoy es museo en restauración. Me recuerda a Montserrat.




Arruinado y restaurado en varias ocasiones. El general Belisario, que aparece en los frescos de Ravena con Justiniano, hizo la más importante. En 1923 fue abandonado cuando los griegos - se nos dice que en un supuesto intercambio de población - ya habían huido hacia Grecia.


Entre 1912 y 1922, entre la Primera Guerra Mundial y el final de la guerra grecoturca, los griegos póntícos sufrieran violencia y deportaciones. Se habla del genocidio póntico o griego: masacres, marchas de la muerte, trabajos forzados y deportaciones masivas (entre 300 000 y 700 000 griegos otomanos murieron). Solo en 1923 se llegó a un acuerdo de intercambio de población. Afectaba a la pertenencia religiosa, no a la lengua o etnia, pero para entonces la mayoría de la población griega de Anatolia ya había huido o había sido exterminada.


El monasterio fue abandonado en ese 1923. Los monjes no pudieron llevarse nada consigo. Se cuenta que bajo el suelo de una capilla enterraron el icono más famoso (el de la Virgen) y que en 1930 el monje Ambrosio lo recuperó y lo llevó al nuevo monasterio de Panagia ("Toda Santa"), en el Monte Vermion, en la Macedonia griega.




El lugar, las capillas excavadas en roca, la pintura bizantina destrozada, con saña los ojos y el rostro, de las figuras de la iconografía cristiana, por iconoclastas musulmanes de toda época, envuelto en llovizna cuando llegamos y en niebla cuando partimos, emana una atmósfera mágica a su alrededor. Cuentan que en los últimos tiempos ha vuelto la peregrinación ortodoxa griega y rusa, pero lo que veo son hombres con el tesbih o rosario de cuentas, típico de los musulmanes, y mujeres veladas, bastantes de ellas con el hábito negro que las cubre de arriba abajo salvo una parte de la cara.




Como suele ocurrir con los centros de peregrinación, el paso de los peregrinos modifica la atmósfera del lugar, un intangible palpable, bien es verdad que el visitante, sea peregrino o turísta, va preparado para que le suceda esa sensación.


Llegando a Erzurum desde Trabzon, la sensación de maravilla. Atravesando la cordillera de los Póntícos Orientales, de origen volcánico, la humedad del Mar Negro desaparece, ya no hay bosques, sino un paisaje que va perdiendo la vegetación hasta convertirse en árido. Al cruzar los túneles hacia el sur el clima es continental seco con fuertes contrastes térmicos, noche/día, invierno/verano, nos dice Uğur.




Las nubes arden cuando el sol del atardecer las atraviesa, rebotando en las cumbres, revelando el color de las margas, lutitas y tufas volcánicas. Los ocres, grises, marrones y rojizos visten las pendientes desnudas. Cerca de Erzurum cuando el paisaje se hace llanura los tonos clarean en cremas y amarillos. No tengo palabras para describir lo que estoy viendo.


miércoles, 30 de septiembre de 2026

1. Trebisonda

 


En el primer capítulo del Quijote, el hidalgo manchego fantasea con futuras hazañas, mencionando a Trebisonda como el lugar que el mundo asociará a su gloria a imitación de los amadises y esplandianes de los libros de caballerías.

«Imaginá[ba]se el pobre ya coronado por el valor su brazo, por lo menos del imperio de Trebisonda».

De esta ciudad derivó 'trapisonda' como sinónimo de bulla y ruido.




Pues aquí estamos, a orillas del Mar Negro, rodeados de montañas, una ciudad del tamaño de Valencia. La ciudad fue núcleo importante en la ruta de la seda, fundada por griegos de Mileto. Por aquí pasaron romanos, bizantinos y otomanos y la saquearon los godos. Jenofonte con sus Diez Mil se retiraba de Persia, Marco Polo regresaba de China. El momento de gloria de Trebisonda llegó cuando se hizo imperio, bajo la dinastía de los bizantinos Comnenos (1202 y 1461). A ese momento se remiten la imaginación caballerescas y Cervantes. Poco después sería conquistada por el sultán otomano Mehmed II. 


Entonces se convirtió en Trabzon, más musulmana que cristiana, pero conservando su diversidad étnica y religiosa hasta principios del siglo XX, cuando el nacionalismo de los jóvenes turcos provocó dos genocidios: el de los griegos pónticos y el de los armenios. Erradicaron el cristianismo oriental, mayoritario hasta entonces. Ahora sigue siendo un puerto importante, centro de comercio de Oriente Medio.




Me recuerda Antonio, nuestro navegante cantabro, la famosa crónica de viaje Embajada a Tamorlán, que en su travesía hacia Samarcanda como embajador del rey Enrique III de Castilla, el diplomático castellano Ruy González de Clavijo llegó a Trabisonda el 11 de abril de 1404. Deformada como Trabis o Trapesunda, la describió de esta manera:


«Esta cibdad de Trebisonda está asentada cerca de la mar, e sus cimientos son en unas peñas altas, e por la una parte tiene un barranco hondo e peñasco que va a la mar, e la cibdad está cercada de muro bien fuerte, e tiene por la otra parte otro barranco por do va un arroyo, e tiene otro muro bien alto que va por encima de las peñas, e por entre estos dos barrancos está asentada la cibdad, e va a dar a la mar, e cerca del agua de la mar en lo más bajo está un castillo con sus cavas e barreras.»

 



La joya artística de esta ciudad, testigo de su antigua gloria, es la iglesia ortodoxa, hoy mezquita, de Santa Sofía. Según Clavijo:


«Esta cibdad es muy luenga e no muy ancha, e los muros de ella son de piedra de sillarejo de obra antigua, e tiene muy hermosas torres e cuadradas... E dentro de la cibdad ay muchas e hermosas iglesias, e la mayor de ellas es la iglesia de Santa María la Mayor...».


En Trabzon nació Solimán el Magnífico, el más famoso de todos los sultanes. Hoy Trabzon es conocida por sus aguerridos hinchas del equipo de fútbol local y por sus avellanas.




Uğur, el guía turco, nos cuenta historias sobre la región de Trabisonda. El carácter, la fisonomía, el cabello y los ojos, las costumbres, la comida, incluso la manera de decir el idioma, difícil de entender para los propios turcos, todo sería de origen griego, porque esto fue bizantino ortodoxo durante siglos. No nos cuenta un dato importante, durante el periodo más radical del nacionalismo turco, además del exterminio armenio hubo otro, el griego póntico. Según Uğur, Ataturk les compró las propiedades y les indemnizó pero no fue exactamente así.


martes, 29 de septiembre de 2026

Cinco crónicas americanas

 


¿Cómo contaron los españoles la conquista de América? Manuel Burón en su Cinco crónicas americanas hace un notable ejercicio de análisis histórico y divulgativo para mostrarnos cómo fue aquello de la conquista, tan mitificado en ocasiones, como lo fue para los propios conquistadores contar lo que vieron sus propios ojos, pero mitificaron a la vuelta. Un par de ejemplos: 


Los indígenas de Jomocohuicha, en la actual Colombia, por no tener vía ordinaria por donde expeler los excrementos del cuerpo se sustentaban con oler flores, frutas y hierbas. 


La isla de Ocoloro estaba solo habitada por mujeres que son fecundadas por el viento y matan a todo hombre que por allí se aproxima.


Para contarnos aquel extraordinario episodio de la historia, Burón divide el relato en cinco partes. En la primera (a partir del propio Diario de abordo de Colón y las historias de Bartolomé de las Casas y Pedro Mártir de Anglería), el protagonista es Colón y lo envuelve con esta frase 'la infancia del asombro: 'las crónicas americanas eran, ante todo, literatura del asombro'. Era de no creer aquello que veían y luego contaron. Sus ojos entraban en contradicción con la carga mítica que llevaban sus mentes, formadas en la cultura clásica y en los libros de caballerías. Sus relatos intentan cuadrar con dificultad una cosa y otra. Colón, creía que en alguno de aquellos lugares que visitó estaba el paraíso (el golfo de Paria).


Los episodios segundo (desde las Cartas de relación de Cortés, Bernal Díaz del Castillo y Francisco López de Gómara) y cuarto (La crónica de Pedro Cieza de León y los Comentarios de Garcilaso, el Inca) se contraponen. Los dos conquistadores más nombrados, Hernán Cortés frente a Francisco Pizarro. Cortés lleva en su aventura al político del Renacimiento. Con conocimiento e instinto funda un país, México.


"Hernán Cortés parecía seguir, sin haberlo leído, el consejo de su contemporáneo, Nicolás de Maquiavelo quien recomendaba a los príncipes «leer historia y de ella tomar en consideración las acciones de los hombres sobresalientes... Y tener siempre presente sus hazañas y modos de actuar; como se dice de Alejandro Magno, que imitaba Aquiles; César, a Alejandro; Escipión, a Ciro».


 Los expedicionarios de Pizarro tenían en mente otra cosa, el oro, deslumbrados por él, organizan un modo brutal de conseguirlo. "Los hombres de Pizarro eran un ejército de vagabundos y buscavidas". En las dos figuras se resume el modo en que los españoles encararon la conquista: reproducir en la fundación de América la imagen del mundo que Europa había construido y la búsqueda del dorado a cualquier precio. 


El tercer capítulo (Antonio Pigafetta y diarios de navegación) está dedicado a la aventura. La primera vuelta al mundo a las órdenes de Magallanes, probablemente la gesta más inaudita que vieron los siglos. Un viaje descomunal: de los 245 hombres que lo iniciaron solo 18 llegaron al destino final. Hambre, frío, motines, traiciones. Burón, sin embargo, en busca de la imagen que los americanos se fueron forjando de sí mismos se detiene en la figura mítica del gigante patagón, y cómo a través de la literatura, el Shakespeare de la Tempestad, en primer lugar, fijó la doble imágen de América: el indigenismo, representado por Calibán, hecho de fuerza y tierra, y el aére o espiritual que representa Ariel.


El quinto relato lo construye Burón con las cartas que los españoles que se asentaron en América dirigían a sus familias, especialmente a sus esposas a las que suplicaban que hiciesen el viaje para encontrarse con ellos. Por lo general, no les hicieron caso.


Un gran libro que merece ser leído.


lunes, 28 de septiembre de 2026

La IA nos aniquilará, dicen

 


 

Toda generación elabora un relato del fin del mundo. Parece una necesidad. En el caso de la IA, ¿a qué se debe ese temor? 

 

El cambio de milenio del siglo X al XI fue el momento de mayor temor, al cumplirse los mil años de la Pasión de Cristo, iba a llegar el juicio final.

 

A finales del XIX el pánico lo provocó la revolución industrial y la secularización: el desordena moral acabaría con la civilización. 

 

Durante la guerra fría, los baby boomers nacieron con el miedo a la aniquilación atómica (crisis de los misiles y de Cuba). 

 

La Generación X vivió Chernobyl, el agujero de la capa de ozono y la lluvia ácida. Vio amenazas en los desastres ambientales. Para los millennials fue el cambio climático: calentamiento global y pérdida de la biodiversidad. Para la generación Z y la alfa será la IA quien acabará con la humanidad.

 

¿Qué temores genera la inteligencia artificial?

 

Lo comprobamos cada día en cualquier aspecto intelectual, la IA nos supera en inteligencia. Sin embargo, todavía no puede arreglarnos una averia eléctrica o un fallo en la fontanería. 

 

Combinamos la esperanza en un futuro extraordinario: una riqueza que colme nuestras necesidades y la curación del cáncer con el temor a que la IA tome el mando y nos aniquile.

 

Quizá las expectativas sean exageradas, también el miedo. Rebajándolas, comprobamos lo fácil que nos resulta acceder a algo que antes nos costaba mucho. La IA nos hace la vida más fácil. Pero la IA no está en el mundo, no es un agente material, físico, sino solo una inteligencia digital. Sin embargo, manipulando la mente en los individuos sí que podría hacer daño.  Los peligros de la IA son reales, incluyendo el bioterrorismo, el sabotaje cibernético y los agentes sin control, apunta Steven Pinker. 

 

Es evidente que hay un salto extraordinario en la inteligencia que solo aprovechan quienes pueden disponer de las capacidades más altas de la IA. 

 

Y luego hay una contradicción plausible: la IA puede ahorrarnos el trabajo a cambio de una paga para todo el mundo. Pero qué sucederá con la mayor parte de los hombres cuando ya no necesiten trabajar y se encuentren mano sobre mano sin nada que hacer. ¿A qué dedicara tu tiempo libre?


Por qué la consciencia es más probable que sea una propiedad de la vida que de la computación, y por qué crear una IA consciente, o incluso que parezca consciente, es una mala idea. Anil Seth.