miércoles, 18 de febrero de 2026

La vuelta de los autócratas

 


 

¿Han ejecutado a Luis? ¿Qué mundo es este? Ya no logro reconocerlo. Ya solo queda la carne, (protesta Catalina al enterarse de la ejecución de Luis XVI en Francia)

 

Qué diferentes las dos series dedicadas a Catalina la Grande y, sin embargo, concebidas con un año de diferencia. Una británica, otra australiana. Una estrenada poco antes de la pandemia (octubre de 2019), la otra durante la pandemia (diciembre de 2020). La primera narra los años de la Catalina adulta (Helen Mirren), la emperatriz alemana que amplió el gran imperio ruso hacia el sur en lucha con los otomanos (Crimea), de la mano de su valido Potemkin. La australiana recrea los primeros años de Catalina (Elle Fanning), su relación de amor odio con el zar Pedro III al que destrona. La serie de la BBC se consume en cuatro episodios. La serie de Tony McNamara (Netflix) necesita tres temporadas y 30 episodios. Helen Mirren es una gran actriz, pero a su edad no son creíbles sus escarceos amorosos con jóvenes. En The Great todo es espléndido, fabulosos decorados, grandes intérpretes, ingeniosos guionistas.


 


Hay un mundo entre una Catalina y otra, entre una serie y otra. A efectos históricos la primera y la segunda Catalina son dos mujeres diferentes: la bisoña e idealista princesa alemana que llega a San Petersburgo para poner en marcha las ideas ilustradas frente a la mujer madura, en la cima de un imperio, que con mano de hierro gobierna una corte hostil. La serie británica responde a los parámetros de las series históricas, a lo que se esperaba de ellas. The Great es otra cosa, habla de este tiempo.

 


Algo ha ocurrido para que, en el transcurso de unos pocos meses, de octubre de 2019 a diciembre de 2020, la concepción de un episodio histórico, el mismo país - Rusia -, los mismos personajes - Catalina y su corte -, haya cambiado tanto. Catalina la Grande es una ilustración más o menos veraz de cómo eran los tiempos pasados, de cómo los imaginábamos antes de 2020. The Great es una excusa para hablar de la condición humana más allá de un momento concreto de la historia. Los artistas, los creadores, son quienes mejor captan el cambio, elevan el dedo mojado para saber por dónde sopla el viento de la historia.

 

En el siglo VI, Dionisio el Exiguo introdujo una nueva numeración de los años, el 753 auc (Ab Urbe Condita) se convirtió en el año 1 (como buen romano desconocía el 0) para imponer una cisura ideológica con la era pagana, como si el tiempo anterior al nacimiento de Cristo no hubiese existido. Sin cambiar la numeración de los años, en enero del 2020 entramos en una nueva época, una frontera entre dos mundos. La pandemia puso a prueba la resistencia de la población. Los gobernantes supieron hasta donde podían llegar; vieron que la democracia y sus instituciones eran un tigre de papel. Entramos en la era de los autócratas populistas. 

 

El mundo ha cambiado sin que nos hayamos dado cuenta. La política es un escenario y los políticos actores, el bien común no está entre sus prioridades. No necesitan ciudadanos, sino consumidores voyeuristas, como en la corte que aparece en The Great, no ciudadanos validando o promoviendo leyes, sino televidentes cuya actividad se reduce a aplaudir o mostrar su ira, con un vaso en la mano y un trozo de pizza atascado en el esófago, delante de la pantalla, grande o pequeña. Autócratas que en estos años han adquirido el arma más temible para reducir a la población a la insignificancia, la IA. ¿Te imaginas un ejército de soldados robots? Da miedo. ¿Es así o seremos capaces de sublevarnos?

 


martes, 17 de febrero de 2026

¿Ya nos ha dejado atrás?

 


 Pensamos con nuestra memoria, todo lo que hemos ido acumulando, oyendo, leyendo, conversando, escribiendo, combinando todo ese material. Si alguna vez tenemos una idea que creemos original, no es más que un refinamiento de esa combinación. Los más originales de entre nosotros son los que han refinado mejor la combinatoria. La mayor parte de lo que hablábamos y escribimos es refrito, pensamiento convencional. Nos adaptamos a la corriente principal, a lo que piensa la mayoría, al marco que establecen quienes llevan la conversación pública. En ese sentido, somos robots biológicos en marcha. 

 

¿Acaso los robots digitales son diferentes de nosotros? Su procesado es parecido, datos combinados del almacén de memoria de la humanidad. Los humanos, además de memoria utilizamos atajos, una habilidad adquirida tras miles de años de humanidad. Algo que están adquiriendo las máquinas más rápidamente. De hecho, conversar con las máquinas puede ser ahora más enriquecedor que conversar con un humano común. Responden a cuestiones exigentes, elaboran documentos que a un humano le costaría mucho tiempo: relatos, ensayos científicos, videos, piezas de arte y música, anticipan con eficiencia. Ya hay campos en los que son superiores a los especialistas, a los profesionales en determinadas áreas. Hay ramas del saber en las que la inteligencia humana ha sido sobrepasada. Nos cuesta aceptarlo, la mayoría afirma que las máquinas no pueden ser más inteligentes que nosotros, por miedo a ver diluida su condición de 'expertos', o simplemente por sesgo, la creencia de que el hombre tiene un papel especial, que estamos en la cima y nada puede arrebatarnos el principado.

 

Hay algo quizá más preocupante. Una inteligencia artificial reservada y otra puesta al alcance del común. No son solo las IAs de pago, que son la primera restricción. Está la reservada a las grandes empresas, la reservada a las propias tecnológicas creadoras de los sistemas de IA y por fin la que se reservan las antiguamente llamadas agencias de inteligencia y los ejércitos más poderosos para ponerla al servicio de las armas o directamente para hacer de la IA un arma. No solo ese tipo de inteligencia artificial no está disponible, sino que desconocemos el alcance de su poder. La distancia entre lo que conocemos y podemos usar y lo reservado se amplía cada día. 'Totalitario' es un adjetivo cuyo significado está cada día más cerca de convertirse en real. Pensar en ello estremece.

 

Las dos grandes preguntas no son tanto si podemos competir con las máquinas inteligentes, sino, una, qué reserva el futuro a nuestra especie, si bastará la evolución biológica para la supervivencia de la especie o tendremos que combinarnos con alguna forma de IA, algo como un cíborg. Y dos, ¿cuánto de desamparados estamos las gentes del común con respecto a quienes dominan reservadamente la IA?



El nuestro [tiempo] es más radical de lo que imaginaban, porque por primera vez en la historia, un puñado de empresas privadas controlan no solo las ideas que circulan, sino la propia infraestructura cognitiva, y lo hacen sin mandato democrático, con mínima transparencia y prácticamente sin rendición de cuentas. A esto lo llamo dominación epistémica y sostengo que es la mayor amenaza no teorizada para el autogobierno en el siglo XXI. (Eso lo escribe Claude, una IA, en un ensayo académico)

 

¿Las IAs nos dejaran atrás pronto o ya nos han dejado atrás?



lunes, 16 de febrero de 2026

La cena

 

 


Incomprensiblemente, la cena tiene ocho candidaturas a los premios Goya del cine español. No discuto las candidaturas a los actores principales. Todo lo demás me parece un disparate. Para empezar las primeras escenas parecen hechas con IA, de mucha peor calidad que las que se ven en páginas de Internet, por cierto. También la piel que recubre la película, el rodaje digital, una imagen limpia hiperrealista, resta 'realidad', verosimilitud a las escenas, desagradable de ver en ocasiones. La producción es lamentable, pasable en escenas con pocos actores, pésima cuando hay escenas colectivas, mal rodadas y mal interpretadas. 

 

La idea de la película, contratar a una serie de reclusos ‘rojos’, que están a punto de ser fusilados para preparar una cena en el Palace de Madrid para los generales victoriosos de la reciente guerra civil, con el Caudillo (‘culo de manteca’) a la cabeza está bien, aunque no es del todo original. Se ve la intención de imitar al gran Berlanga; he recordado La vaquilla, pero nada que ver. Se queda en una simple idea con unos cuantos gags; creo que he contado tres, quizá cuatro, que me han hecho realmente reír. No puedo comparar la película con la obra de teatro de José Luis Alonso de Santos, no la he visto.

 

El casting de actores no creo que haya sido el mejor del cine español, salvo Alberto San Juan, que está magnífico (hasta donde yo llego, su mejor papel) y alguno más. La caracterización del falangista es perfecta (espléndido Asier Etxeandia), también Nora Hernández; los demás son risibles. La actuación de Mario Casas lamentable, se le ve incómodo en su papel de teniente franquista gay, no por lo de franquista, tampoco por lo de teniente; no se lo cree, parece que vaya a salir corriendo en busca de otra película. Con todo, lo peor, como digo, es la piel hiperrealista que recubre la película debido el rodaje digital y la posproducción, con ayuda de IA, supongo: rodaje con cámaras digitales, edición, color, efectos visuales. Las primeras escenas que recrean las calles madrileñas de 1939 con precisión fotográfica resultan desagradables de ver, al menos para mí, por el tufo a recreación. Si siguen por ahí se cargarán el cine. 

 

Como no sea por una deuda patriótica con el cine español, no entiendo la unanimidad de los críticos. Una pena.

 


domingo, 15 de febrero de 2026

The Great

 

 


Hay dos instintos que hemos tenido que adiestrar desde que el hombre entró en sociedad o para que el hombre conviviese con sus congéneres. El poder y el sexo: el uso de los demás para el propio beneficio y placer. Las sociedades humanas surgieron para regular esos instintos. Una lectura atenta de la historia nos muestra cómo se han ido modificando las costumbres, cómo se han creado leyes y constituciones para que los hombres reprimiesen la violencia asociada a esos instintos. A día de hoy no los tenemos del todo controlados, aunque nos esforzamos y debatimos sobre ello. Están a la orden del día en la trifulca política. Para de algún modo exorcizarlos, lo situamos en el escenario, unos metros por encima de nuestras cabezas, a distancia de nuestras rutinas cotidianas. El pueblo se entretiene con las vidas secretas de las monarquías o los chistes soeces sobre el sexo. De vez en cuando se cortan cabezas como advertencia o se cortan lenguas (metáfora) por ser demasiado explícitos.

 

Hay una serie, The Great, que toma estos temas como fundamento. Lástima que no haya sido más comentada. Para mostrar los instintos de poder y sexual en una versión poco civilizada o no del todo civilizada busca el escenario de la Rusia de Catalina II, la Grande. Catalina era una joven prusiana, con ideas ilustradas, que llegó a Rusia para desposarse con Pedro III, el sucesor de Pedro el Grande. Los creadores han buscado ese escenario para mostrar las dificultades del paso de la barbarie a la civilización y cómo la buena voluntad no es suficiente. 

 

En aquella Rusia absolutista, como en esta totalitaria, el poder y el sexo se ejercían en toda crudeza. Quien tiene el poder mata y folla sin contención. Nos divierte verlo convertido en ficción. Los creadores en cada inicio de capítulo nos advierten de que lo que estamos viendo es ficción, sin embargo, lo fundamental ocurrió y sigue ocurriendo. Putin es un psicópata como lo era el Pedro III de la serie, como lo son la mayor parte de esta generación de políticos en esta temporada histórica que estamos viviendo.

 

La naturaleza humana - los instintos - es difícil de domeñar. Lo que sucede en las alturas sucede también en la vida de la gente del común: en todo grupo humano hay individuos que se imponen por la fuerza y que aprovechar su poder para tener sexo, incluso con violencia. En los asuntos difíciles, recurrimos a la ficción para sobrellevarlos: inventamos dioses y paraísos para calmar nuestro temor a la muerte, ideologías utópicas para salvar las desigualdades y nuestro sentido de justicia, códigos morales estrictos para contener nuestra furia homicida y nuestro deseo sexual.

 

Incluso si no quieres reflexionar sobre el papel que te ha tocado en el escenario del mundo, la serie te divertirá, te relajará, tras una jornada en la que has ejercido, es posible que contra tu propia voluntad, algún tipo de violencia o, lo más probable, la hayan ejercido sobre ti.

 


jueves, 12 de febrero de 2026

Blue Moon

 

 


A la espera de la Nouvelle Vague de Richard Linklater, Blue Moon, es una miniatura. Un letrista de canciones, Lorenz Hart, ve cómo un competidor, Óscar Hammersstein, asalta su trono y entra en depresión. Del primero casi todo el mundo ha tarareado alguna vez su famosa Blue Moon. Del segundo, es probable que hayas visto la película, versión del musical de éxito, ¡Oklahoma! En ambas el músico era Richard Rogers. Linklater concibe la película como una obra de teatro filmada en el bar donde Hart iba a celebrar sus éxitos y más tarde a ahogar sus penas. Hart entre copa y copa habla y habla sin parar ante quien tenga la amabilidad de escucharle, el camarero del local, un crítico literario o la mujer del guardarropa. También ante una bella joven (Margaret Qualley) a quien dirige amorosas cartas, aunque su instinto sexual vaya en otra dirección. 

 

Curiosamente, estoy viendo una serie loca y desmadrada en la que Ethan Hawke, protagonista, hace un papel en las antípodas, Verdades ocultas (The Lowdown), un librero que se convierte en periodista investigador para destapar la corrupción local de Tulsa.

 


La película se sostiene sobre los escurridizos hombros y la estatura demediada de Ethan Hawke. Lo digo porque, Linklater para estimular la vena compasiva del espectador disminuye todo lo que puede la personalidad del letrista: compone el plano para que aparezca diminuto en comparación con los demás (el 1,80 de Hawke se convierte en no más de 1,50), lo estruja en un traje pequeño, viste su calva impostada con mechones que van de lado a lado y pinta su rostro para demacrarlo. Nunca habrás visto a un Ethan Hawke desfigurado de ese modo y con una interpretación tan lejos de la imagen que tenemos del actor. 

 

Califico de miniatura Blue Moon (el director ha presentado la película como 'pieza de cámara') porque se recrea en el momento desfalleciente de un hombre que ve que se acaba el fervor del público. Rodgers y Hammersstein también van al bar a celebrar el éxito de ¡Oklahoma!, donde encuentran a un pobre Hart abatido.

 

Ethan Hawke es el actor fetiche de Richard Linklater, el de la trilogía del amanecer, atardecer y anochecer. Aquí le ha dado el papel de su vida. Richard Linklater muestra cómo en Estados Unidos también se pueden hacer películas al modo europeo.

 


miércoles, 11 de febrero de 2026

El señor Wilder y yo (Fedora)

 

 


Cuando en 1978 Billy Wilder estrena su penúltima película, Fedora, los productores americanos ya se habían olvidado de él - tuvo que buscar financiación en Alemania - y lo que es peor también los distribuidores. Wilder para compensar buscó escenarios con glamur, entre ellos la isla de Corfú. La película se estrenó en el festival de Cannes y luego pasó por los cines sin gran entusiasmo. Los espectadores preferían las producciones de la nueva generación de directores: el joven Scorsese, los Padrinos de Coppola, el Tiburón de Spielberg o los Star Wars de George Lucas.

 

Fedora es un melodrama con toques hitchcockianos. Comienza impactante con una vieja actriz hollywoodiense arrojándose a las vías del tren para buscar a continuación las causas del suceso: una vieja actriz destrozada por un cirujano plástico incompetente, una hija atrapada en la fama de la madre, una serie de viejos personajes que viven de las rentas de la fama, actores, productores, en suma, Billy Wilder en su etapa final reflexiona sobre la vejez, la huidiza belleza y el hiriente olvido de Hollywood. Fedora, 28 años después, no deja de ser una nueva versión de Crepúsculo de los dioses, con el mismo William Holden, ahorra envejecido, cambiando a Gloria Swanson por una actriz alemana no muy conocida.

 

Los espectadores ya estaban en otra onda, impactados por el estreno reciente del Taxi Driver de Scorsese. Qué podían el glamur y la elegancia clásica de los avejentados William Holden y Henry Fonda contra el realismo sucio del joven Robert de Niro. Además, para melodramas hitchcockianos ahí estaban Carrie o Vestida para matar de Brian de Palma.

 


Si vuelvo a la Fedora de Wilder (a través de Stremio) es porque acabo de leer El señor Wilder y yo de Jonathan Coe, una novela ligera, impregnada del suave e irónico humor inglés, tan elegante como lo fueron las películas de Wilder. Una joven narradora inglesa crecida en Grecia nos cuenta el rodaje de la película. Contratada como traductora sigue al famoso director y a su gran amigo I.A.L. Diamond, guionista de muchas de sus películas. 

 

Coe, como Wilder, combina la comedia con el melodrama. La joven narradora aprende a situarse en el mundo mientras los dos amigos, el director y el guionista, se despiden de él. Desahuciado de Hollywood, Wilder vuelve a su vieja Europa, a los mejores lugares para rodar, el Mediterráneo, París, Munich, Londres, financiado por productores alemanes, de esa Alemania, recuerda, de la que tuvo que huir para salvar la vida, junto a tantos otros directores y guionistas con quienes dio forma al Hollywood clásico.  Wilder al concebir la película, planeaba una doble venganza contra los productores de Hollywood y contra la Alemania nazi que mató a su madre y que lo expulsó siendo un prometedor cineasta.

 

En la novela, como en la película, se hace presente la lucha entre ‘los barbudos’, como el director llama a los nuevos directores, y él mismo, representante de un mundo acabado, el realismo sucio de Taxi Driver frente a la dulce mirada de El bazar de las sorpresas de Ernest Lubitsch. Coe comenta que Wilder tenía un cartel en su oficina con la frase: "¿Cómo lo haría Lubitsch?", pues consideraba que esa película era el ejemplo de la perfección tal como él consideraba el cine.

 


martes, 10 de febrero de 2026

La vida en palabras

 

 


La naturaleza, ¿quién si no?, nos hace un regalo de tan incalculable valor que no paramos mientes en ello, si lo hiciésemos quedaríamos paralizados por el insoportable deber de gratitud. En algún momento nos damos cuenta de que la vida lleva incorporado un minutero, una cuenta atrás. Somos el cruce entre el ímpetu del choto saliendo del vientre de la madre y la caída solitaria de la oveja junto a un ribazo del camino hacia la noche oscura. 

 

En ese cruce de fuerzas vive el instante en que palpita la eternidad. La contradicción nos constituye, temporales y eternos, vitales y palabreros.

 

El recuerdo. Los dedos entrelazados por el camino embarrado cuando el día iba perdiendo humedad y el sol tímido cosía sus primeros pespuntes. Como el habla, como si imitase su balbuceo, ese decir sin nada que contar, pues en el propio decir está la dicha de estar juntos. El largo camino de concentración, el pueblo del aeropuerto a lo lejos, en el páramo, sin otra compañía que el zumbido del viento en nuestras capuchas o los buenos días musitados de un caminante que se nos cruza sin apenas levantar los ojos del suelo, el horno donde parece concentrarse toda la población dominical de la comarca a pesar del fabuloso precio del pan, las tortas y las magdalenas, la cantina del jubilado que se está llenando al salir de misa, el olor a avellana y el sabor a pasas de la magdalena partida junto al café largo, algo lechoso, la vuelta a casa por el arcén de la carretera huyendo del barro, recordando otras caminatas parecidas en lugares que recordamos antes de que, tras una loma, aparezcan las almenas del castillo, la estampa del pueblo. No comeremos en el restaurante que pensábamos porque febrero es mal mes para los restaurantes. Nos basta untar las zanahorias peladas y partidas en tacos en el humus y el guacamole, el vino rosado y las alitas de pollo, el café y la otra media magdalena de avellanas y pasas, antes de caer en la modorra y el éxtasis, el momento glorioso de la siesta. 

 

Balbuceos como digo, pues nada sustituye al instante que se vivió como eterno.