Stephen
Greenblatt se hizo famoso con El giro: cómo el descubrimiento del
manuscrito de Lucrecio De rerum natura en el Renacimiento restituyó a la
naturaleza los atributos que se habían proyectado en los dioses. Ahora vuelve
otra vez al Renacimiento, El Renacimiento oscuro es el título del libro,
para mostrar cómo alrededor de Isabel I de Inglaterra se construyó el Estado
moderno.
Cuando
un tema me interesa lo completo con más lecturas y si es posible con series y
películas. Hay mucho sobre este periodo inglés, sobre los Tudor y los Estuardo,
producido por la industria audiovisual inglesa, pero no es fácil encontrar en
streaming el material sobre un tema que estuvo de moda en el cambio de siglo y
ha decaído. Acabo de ver Elizabeth I y Elizabeth I The Golden Age,
que coinciden con los años y la temática del libro de Greenblatt.
Me
hacen reflexionar sobre cómo cambian las representaciones del pasado. Cómo
representaron los renacentistas el mundo clásico y cómo nuestros contemporáneos
representan el Renacimiento. Las películas son de 1998 y de 2007. Parecen
hechas en otro siglo. Evidentemente es otro siglo, pero 1998 y 2007 ¡están a la
vuelta de la esquina! La sociedad inglesa todavía no había asumido su
decadencia, que el imperio hacía tiempo se había extinguido. Ahora tras el
Brexit, sí son conscientes. Como el resto de los europeos estamos siendo
conscientes de nuestra insignificancia.
Ya no
se pueden hacer películas como esas sin sentir una enorme vergüenza: hechas
para que el espectador se identifique con un pasado que no le pertenece. La
grandeza, la superioridad. Shekhar Kapur les daba a los ingleses un maná envenenado.
Cate
Blanchett es una Isabel I magnífica, como uno imaginaba en otro tiempo que eran
los reyes y las reinas, de una pieza: bella, inmarcesible, justa,
inquebrantable. Pero ya no son así los reyes, ahora como mucho son piezas de
museo o monigotes a los que lanzar pelotas de goma. Ahora el modelo para tratar
a la realeza es The Great (2020), un espectáculo burlesco.
Isabel
I funda las raíces de su estado sobre enemigos perfectamente definidos y
caricaturizados: en el interior, María Tudor y después María Estuardo de
Escocia, católicas y conspiradoras: las Marías habitan en antros oscuro como
mazmorras, Elizabeth en espacios iluminados y suntuosos. En el exterior, el
embajador español y su corte son tan morenos que parecen moros (primera
película); en la segunda comparece Felipe II, los dedos enlazados en las
cuentas de un rosario, de negro, con una comitiva de obispos y cardenales
detrás, tartamudo, fofo, enfáticamente derrotado en el canal de la Mancha.
Isabel
I, firme, guapa e inteligente, tenía a su servicio el hombre que creó el
servicio secreto del Estado moderno, Walsingham, cuyo aparato era la tortura
sin contención ni límites. Una simple emoción ni siquiera expresada de la reina
te llevaba a las mazmorras o al cadalso. Buena parte de la película es un
muestrario de conspiraciones reales o supuestas que concluían en
decapitaciones.
Walsingham
utilizó el instinto oscuro de supervivencia que convierte a muchos hombres en
malvados al servicio del Estado (la reina era el Estado). Dos ejemplos que
expone Greenblatt:
Un reptil llamado David Jones, que buscaba información
sobre sacerdotes, se había librado de morir de hambre en las cárceles
londinenses gracias a la caridad de una tal señora Cawkin. Jones informó al
secretario de Walsingham en agosto de 1574. Escribió que la señora Cawkin era
una «conocida papista» que, obviamente, debía ser procesada: «Os ruego que
deseéis, mi señor, que pueda beneficiarme de lo que ella pierda por ley, aunque
no sea más que la cadena que lleva puesta». En general, no era un oficio que
atrajera a gente con una sensibilidad moral exquisita.
Una ley redactada durante el reinado de Enrique VIII, y
renovada en términos aún más duros en tiempos de Eduardo, María e Isabel,
exigía que toda persona identificada como vagabunda u ociosa fuera detenida y
luego «atada desnuda al extremo de un carro y azotada con látigos [...] hasta
ensangrentar su cuerpo».
En la
plétora de su poder los ingleses eran fuertes y bellos, sus enemigos, feos y
estúpidos. Ahora nos representamos el pasado en modo burlesco. Los ingleses
están comprobando después del Brexit que quizá los estúpidos estaban entre
ellos.
¿Qué
es primero la representación o la percepción? ¿Cómo nos percibimos a nosotros
mismos y cómo nos proyectamos en el pasado?
