miércoles, 13 de mayo de 2026

Un grito en la tarde

 



Un grito restalla en la tarde, mientras estoy atento al repiqueteo del agua en el enlosado, restos de la tormenta desatada hace un rato. 'Alone', grita un niño, quizá preadolescente. Me he asomado y no he visto a nadie. Al poco suena el timbre en la casa del vecino. Por un momento he creído que era en la mía.


Antes daba vueltas a la agitación que se produce en nosotros cuando encontramos a alguien que no esperábamos, alguien que nos agrada o que no sabíamos que nos agradaba. Bajábamos las escaleras y ya estábamos en la puerta del vestíbulo, yo incómodo, como había estado toda la sesión, casi mudo. Me intimidan los hombres que me sacan una cabeza, y más si visten traje y corbata aunque este hacia lo posible por disminuir su estatura encorvándose. Cuando ya me despedía ha aparecido ella, el pelo liso como una cortina, cortado a la altura del cuello, chaqueta de espiga marrón, los ojos oscuros. Me ha señalado con voz fuerte, 'Hombre' y me he estremecido. Me he dado cuenta que mudaba mi rostro y mi cuerpo se removía. 'Todavía estoy con el jet lag', le he dicho cuando me ha preguntado por el viaje, disimulando mi agitación. Le he dado explicaciones, los dos atentos a lo que yo decía, ya liberado de la incomodidad. Después ha salido a la calle mientras yo me despedía de Abel. Yo iba por la otra acera, podía haberla alcanzado y haber trabado conversación, pero me pareció que la envolvía una nube gris. Últimamente me corto, me corto mucho.


Sin embargo, no era sobre mi agitación al encontrar inesperadamente a Sofía, en lo que sin duda ha reparado Abel, sobre lo que pensaba cuando he oído el grito en el pasadizo. Pensaba en Vero, a la que ya no veré porque yo mismo me cerré cualquier camino. Entonces la agitación fue la suya. Habíamos quedado a una hora para embarcar hacia la noche. Yo llegaba el último, aunque puntual. Entonces la vi bajar del autobús con una sonrisa cuando vio que yo llegaba. Observé con deleite su agitación interior, la misma que que a mí me ha recorrido esta mañana cuando he visto a Sofía. Vero subió por la puerta delantera y yo por la de atrás. Nuestras miradas volvieron a cruzarse varias veces. Varias veces tuve la ocasión de acercarme y conversar, pero no lo hice porque pensé, como ahora, que mi camino era corto mientras el suyo, el de Sofía y el de Vero, no se divisaba en el horizonte.


El cielo sigue preñado y los pájaros suceden al repiqueteo de las gotas de lluvia. Desvanecido el grito juvenil en la tarde, ya solo se oye de fondo el ruido monocorde del tráfico. Así se desvanece el misterio de la tarde, cuando la lluvia reduce las dimensiones del espacio y los sonidos amplificados suben al escenario.


martes, 12 de mayo de 2026

Fragilidad




"Ningún copo de nieve cae en el lugar equívocado". Proverbio zen


Once de la mañana, terraza de una cafetería. He olvidado el móvil en casa. Contemplo el discurrir de la mañana. La gente que pasa, una de mis aficiones preferidas. Uno a uno, la indumentaria desaliñada, los cuerpos desgarbados, la compañía de los perros; quizá sea la hora de la mañana: los chavales en clase, los jóvenes en su trabajo; la ausencia de dinamismo, de juventud, de belleza (sucede que nos paramos a mirar lo que es bello porque es escaso; también sucede la mayor parte de las veces que confundimos juventud con belleza, y que no toda belleza es femenina), un fondo de tristeza (a otra hora no habría más que una suspensión temporal; todo es cuestión de tiempo). En cada uno, en cada persona que observo, la fragilidad casi como única compañía. Gente normal. Me pregunto si me cambiaría por alguno de ellos, aunque quizá la pregunta necesaria debería ser si me cambiaría por mí mismo.


El observador, no yo, sino el Observador (porque necesariamente tiene que haber un observador, si no nada tendría sentido; ¿Estás dispuesto a que nada tenga sentido?) puede detenerse en cada uno de los individuos que se mueven de un lado a otro, como si moverse diese un objetivo a sus vidas: el color de la indumentaria, los adminículos con que se adorna, el movimiento singular del cuerpo, el perro (¿Es el perro en última instancia el sustituto del paraíso?). Cuánto derroche podría pensar, qué sinsentido. Qué añade cada uno de esos seres al conjunto. Qué es una oveja sola en un rebaño. De hecho, cuando sea sacrificada nada cambiará. ¿Hay en la mente de la oveja la ilusión del paraíso? Probablemente sí, porque no se despega del rebaño, no se aventura a vivir por sus propios medios (Atrévete a decir que en ti no actúa la ilusión del paraíso).


¿Pero qué es la gente normal? ¿Hay tanta diferencia con un hombre medieval? No me refiero a las comodidades, a como los avances tecnológicos han facilitado la vida diaria (comer, trabajar, ocupar las horas muertas). Me refiero a la comprensión del mundo. ¿Cuánto hemos ganado en autonomía? ¿Cómo se ha ido conformando tu modelo de mundo? ¿Hay algo en él que dependa de tu esfuerzo de comprensión, de tu propia experiencia? Podemos atisbar a través de las imágenes y de los documentos que hemos conservado cómo era la mente de un medieval. Un mundo de suspicacia y obediencia, de autoengaño en consecuencia, ¿no es el mismo que el nuestro? No podemos escapar del férreo uniforme de la especie. Homo sapiens: de nuestra fragilidad constitutiva como individuos se vale la especie para preservar -nos- se. Piensa en el púlpito, en la iglesia, en los sacerdotes, en los ritos y costumbres, en las restricciones y obligaciones, en el diorama del cosmos, en la intimidad de la alcoba, ¿qué ha cambiado? El hecho de que te cueste tanto verlo lo corrobora.


Lo dijo Lenin, pero podría haberlo dicho perfectamente Pablo Iglesias: el peor enemigo de la revolución es la felicidad.


lunes, 11 de mayo de 2026

Amigo

 La lluvia puede ser los barrotes imperceptibles de una cárcel o las cálidas ramitas entrelazadas de un moisés. A través de la ventana, en una pausa de la lectura, con la taza de té en la mano, veo el desfile de amigos a los que ya no llamo ni me llaman. Intento averiguar el motivo. No encuentro nada decisivo que nos haya separado. Con un simple clic podría llamar a alguno, pero no lo hago. También hay amigas, con otro grado de intensidad; quizá a ellas les pase lo mismo que a mí, que esperan que sea yo quien llame.

Cuántas amistades se han roto por un malentendido. El cerebro es una caja negra que contiene la mente a la que le llegan estímulos externos que tiene que traducir. Tiene que imaginar el mundo, crear un modelo, una representación. Cuántas ideaciones no se corresponden con lo que el mundo es. Tropezamos tanto. La mayor dificultad quizá sea imaginar qué piensa el otro, que estará pensando ahora, quizá ante un sol radiante al otro lado de la la ventana. Dos modelos de mundo que no tienen por qué coincidir. Qué piensa ahora. Qué pensará de mí. Si no hablamos ni escribimos la distancia se agranda, la desconfianza. 

En el chat, en el correo electrónico, incluso en la llamada a través del móvil al menos la mitad de la información se pierde, los gestos, los movimientos corporales, la calidez o la frialdad de los ojos, la piel contra la piel, el beso, el chocar de manos. Tanto sufrimiento y angustia que podríamos evitar si volviésemos a la charla, al encuentro, al tú a tú.

Cuando nos alejamos del amigo porque pensamos que la discrepancia que nos separa es insalvable, nos autoinfligimos un daño que no podemos medir, un paso para agruparlo en el 'ellos' tras haber sido 'nosotros'.

"Pero me decía a mí misma que ya era muy tarde. Me parecía que ya era demasiado tarde para empezar cualquier cosa de nuevo, un nuevo amor, un nuevo niño, me daba la sensación de que era demasiado trabajo y que yo estaba demasiado cansada... Cogí el tintero y la pluma y me puse a escribir en el cuaderno de la compra. Tras un rato me pregunté a quién le estaba escribiendo. No era a Giovanna, ni a Francesca, ni siquiera a mi madre. ¿A quién era entonces? Me resultaba difícil saberlo, sentía que la época de las respuestas sencillas y límpidas se había acabado para siempre dentro de mí". (Y esto es lo que pasó. Natalia Ginzburg).

viernes, 8 de mayo de 2026

Y esto fue lo que pasó

 


 

"Me desnudé y me quedé mirando en el espejo aquel cuerpo desnudo que ya no pertenecía a ningún hombre. Podía hacer lo que me diera la gana... Me metí en la cama y todavía me quedé allí un poco con los ojos abiertos en la oscuridad mientras sentía cómo iba creciendo en el interior de mi cuerpo una fuerza fría y enorme".

 

El clímax en la vida de Natalia Ginzburg fue la muerte de su marido, Leone Ginzburg, en 1944, cuando los nazis dominaban Italia. Leone había fundado la editorial Einaudi, en la que había dado a conocer la literatura rusa (Tolstoi y Chéjov), y liderado el movimiento antifascista, lo que le costó la tortura y la muerte. Natalia vivió con desgarro su muerte ("Tú ya no estás y las cosas siguen siendo las mismas, pero las cosas son ahora de piedra, pesadas y sin voz". Del poema Memoria).

 

En Y esto es lo que pasó, publicada en 1947, la escritora traslada el duelo personal por la muerte de su marido en condiciones tan duras al dolor de la narradora por la muerte de su hija por meningitis. Natalia Ginzburg utiliza la escritura para sobrevivir al duelo personal. El momento climático aquí es la enfermedad y muerte de la hija. Eludiendo la retórica sentimental, posa la mirada en las cosas del mundo indiferentes ante tanto dolor. Cómo ha ocurrido, por qué nadie puede hacer nada (los médicos, la amiga Francesca, la vecina alemana, el amigo Augusto), por qué nada ni nadie le sirve de consuelo (su marido Alberto quizá podría hacerlo, pero no está en casa y es un hombre insensible). 

 

"Estábamos siempre solos en casa y así fue como entendí de pronto cómo viven un hombre y una mujer. Él no salía de casa, le veía vivir todo el tiempo, le veía levantarse por la mañana y tomar el café que le había preparado y escribir sus anotaciones en los libros y trastear encorvado sobre la caja de zinc... Pero ahora que había tenido a la niña y que la niña había muerto ya no podía ni pensar que algún día pudiera dejarme... Pensaba que en mi vida no había hecho otra cosa que mirar fijamente en aquel pozo oscuro que había en mi interior".

 

Al comienzo de la breve novela, una pistola dispara. Mediada la novela sabremos que detrás de esa pistola hay dos hombres, Augusto y Alberto, que se enamoran de la misma mujer, Giovanna. Pero ella prefiere a un director de orquesta. Entonces ambos se comprometen a dispararse el mismo día, a la misma hora, pero no lo hacen. La pistola volverá al final. La historia principal la cuenta otra mujer, la narradora, quién se entrega a un hombre mayor que ella con quién tiene una hija. Ese hombre es Alberto y su historia no es feliz. Esta es la historia principal.

 

Avanzada la novela, la niña contrae una grave enfermedad, la narradora asustada, autoinculpándose, reflexiona sobre la fragilidad del vivir y el sinsentido de haber disputado tanto con Alberto.

 

" Pensé la forma en la que los hombres y las mujeres se pasan la vida atormentándose entre ellos y el poco sentido que eso tiene cuando una lleva en brazos a una niña con fiebre. Pensé en la forma en que me había atormentado por culpa de Alberto y en cómo le había esperado temblando y me preguntaba cómo le había podido dar importancia a algo tan absurdo".

 

Para dar más fuerza a la reflexión, en el momento climático, sitúa en la escena su angustia por el devenir de la enfermedad de la hija, la fiebre, los gritos espantosos de la niña, frente a Francesca que vuelve borracha del baile del casino y un grupo de personajes que nada pueden hacer: tres médicos, uno detrás de otro, con sus fórmulas dispares; la sensata vecina alemana en quimono que le pide calma y propone una infusión, pues también ella había tenido un hijo en la misma situación y ahora era todo un caballero ingeniero y casado; el amigo Augusto atormentado por los celos hacia Francesca, mientras la vida sigue su curso indiferente en el malecón de San Remo, en la placita con sillas y palmeras bajo la ventana de la habitación del hotel Bellevue. Ginzburg cuida los detalles.

 

Nadie puede hacer nada por su dolor, ni siquiera el hombre con el que se había casado, en el que a pesar de todo confía en el momento crítico

 

"Augusto llegó a las cinco de la madrugada. Dejó caer la maleta y corrió hacia mí. Sollozaba con la cabeza apoyada en mi hombro y aquella cabeza cubierta de rizos canosos que pesaba sobre mi hombro me pareció que era la única cosa que deseaba".

 

Escribe antes de desengañarse del todo y acordarse de la pistola. Lo admirable de Natalia Ginzburg es cómo supo trasladar su propio dolor (“Escribí esta historia para sentirme un poco menos infeliz”), tras la pérdida de su marido en los calabozos nazis, a la narradora de su novela que pierde a su hija y se enamora de quien no debe. "Me desagrada la idea de que te quedes sola sin mí", le contesta ese hombre en el momento álgido del duelo cuando ella cree que podrán vivir juntos y le pregunta por qué no se ha ido como tenía previsto. Así describe a ese hombre en quien confiaba hasta enamorarse tras la muerte de la hija de ambos,

 

"Resulta difícil saber lo que hay de verdad dentro de nosotros. Estamos aquí sólo un segundo y ya nos vamos. Yo nunca he entendido nada de mí mismo. Quería mucho a mi madre y lo pasé muy mal cuando murió, pero luego una mañana salí de casa, me puse un cigarrillo entre los labios y en el instante en que encendí una cerilla contra un muro me sentí extraordinariamente feliz de que hubiese muerto por fin, de no tener que volver a jugar a las damas con ella y no escuchar su voz estridente diciéndome que no me echara tanto azúcar en el café. Por eso no sé si quiero a Giovanna. Hace ya varios meses que no la veo y pienso poco en ella, estoy un poco holgazán y no me apetece sufrir.

-Y cuando ella regrese, ¿te querrás marchar otra vez?

-No lo sé-dijo-, puede ser.

Se dio la vuelta y se quedó dormido".

Además de todo eso, Y esto fue lo que pasó, como dice Italo Calvino, es una novela feminista, escrita cuando todo alrededor eran escritores hombres.

 


jueves, 7 de mayo de 2026

Fracasa de nuevo

 

 

Por un momento he creído que mi madre bajaba las escaleras del parque 

Aunque su pelo era blanco y el bastón parecido 

No era yo quién la llevaba sino alguien más joven que yo 

Se repite el ciclo una y otra vez 

El que no era yo y yo mismo reduciremos el paso 

Caminaremos igual de desvalidos 

 

Una chica muy joven aunque no tanto 

Pasaba una tarjeta y luego otra delante de mí 

En el cajero del súper 

Una y otra vez hasta que se ha dado por vencida

He contenido mi impulso por pasar la mía 

No tengo claro que ha pesado más 

Mi vergüenza

O no humillarla ante tantos que observaban 

 

Un poco más atrás en la misma cola 

Estaba la mujer de pelo blanco que me gusta 

No creo que me haya visto 

Nos hemos mirado a veces retenido la mirada 

Pero cuando hemos tenido la ocasión de conversar 

Ella aprovechaba la llegada de otro para abandonar 

 Claro que

Tampoco yo ahora he aguardado

Quizá ninguno de los dos quiere volver a fracasar

 

 


miércoles, 6 de mayo de 2026

Un derroche de incompetencia

 

Y yo que venía exultante viendo el paisaje de mayo

Suelo hacer entre dos y cuatro viajes largos, según las circunstancias, de tren al mes. No recuerdo cuando fue la última vez que el tren llegó a su hora. 


Hoy, vengo en un tren con origen en Salamanca. Debo hacer transbordo a un Ave en Zaragoza. Mi tren llega con cuatro o cinco minutos de retraso. Bajamos del Intercity y el Ave está ahí, en el andén de al lado, sin vías de por medio, con las puertas cerradas, y justo en ese momento, cuando prácticamente todos habíamos puesto el pie en el andén, sale. En un minuto podríamos haber hecho el transbordo. He comprobado que era mi tren, el Ave 03123, dirección Barcelona. Pregunto al personal y tampoco lo entienden.


Los pasajeros nos arremolinamos pacientes. Nos hacen esperar dos horas para coger el siguiente tren. En la sala club nos ofrecen un café y un snack. Tendremos la ocasión de hacer la reclamación por retraso al cabo de 24 horas, no por internet sino en estación. No solo se trata de los inconvenientes que ocasiona a los pasajeros- alguno tenía que coger un avión -, sino del derroche de los medios de la empresa pública. ¿Por qué esa desidia? ¿Por qué esa torpeza? ¿Por qué ese derroche? 


Me da este tiempo perdido ocasión para preguntarme sobre la gestión de los asuntos públicos. Es lo primero que habría que exigir a cualquier administración, que gestione bien los asuntos públicos: el buen uso de las infraestructuras, la mejora de la educación, la calidad del sistema sanitario. Que funcionen. ¿Alguien cree que están en su mejor momento? Y antes que nadie debería exigírselo quien ha puesto su confianza mediante el voto en quienes en este momento administran. ¿Lo hacemos? ¿Consentimos? ¿Disculpamos? Lo mismo vale para cualquier otro asunto: nepotismo, corrupción, incapacidad. ¿De qué nos sirve la promesa de un bien futuro? Si no exigimos responsabilidad, somos corresponsables. Da vergüenza exponer lo básico; me hace sentir como un tonto.

martes, 5 de mayo de 2026

Esa voz

 

 


Algunos lo recordarán. Después de la comida, la mesa redonda, el tapete verde, las cartas con el paso del tiempo pegado en sus bordes, las copas y la botella de Soberano, la espiral de humo expulsada de los pulmones y adensándose por encima de las cabezas, el olor acre de los caliqueños, las mujeres ausentes, salvo quizá quien servía las copas, algunos niños de pie, alrededor, mirando con curiosidad la mano de cartas, hasta que la conversación subía de tono y alguien los desplazaba fuera diciendo que aquello no era cosa de niños. Esa estampa de otro tiempo todavía se puede encontrar en locales viejunos de los arrabales de la ciudad o en pequeñas poblaciones en las que solo se detiene el Alsa si un viajero lo pide.

 

Durante décadas ha sido la forma estandarizada de ocio para muchos hombres, hombres que solo apreciaban la compañía de otros hombres en un juego que les validaba como tales, y donde los niños por imitación aprendían a comportarse. Ese instinto de camaradería, el aprecio mutuo y las pequeñas o grandes humillaciones que comportaba el juego ha ido desplazándose y ascendiendo a medida que aumentaba el nivel de vida hacia barrios más céntricos y locales más exclusivos donde los niños ya no son admitidos, pero sí la compañía femenina, no como sirvientas o camareras sino como damas de compañía.

 

Había una voz cazallosa que por su tono áspero y ronco se elevaba fácilmente por encima de las demás. Solía rematar un chiste con una carcajada sonora o si no era suyo con una frase soez que invitaba a las risas. El resto de las voces, las melifluas y las menos rasposas, no podían competir. A ese hombre, en cuanto el Soberano le calentaba la boca, las palabras le llegaban con facilidad, se hacía con la conversación y daba juego repartiendo las cartas, alentando a unos y acallando a otros, de modo que toda coalición ganadora pasaba por él. Una reputación que al ir creciendo avalaba negocios y construía liderazgos.

 

El poderío de ese hombre estaba en su voz. Si además tenía temple y las palabras las encadenaba con facilidad podía llenar y encandilar auditorios. Tenerlo en el equipo u organizar el equipo en torno a él podía ser la mejor opción. Quién no ha visto hacerse el silencio cuando un hombre así tomaba la palabra. Un poder que seduce a hombres y mujeres por igual (alguien dijo de una mujer y quedó grabado: "El coño se le hacía agua cuando oía a ese hombre"), el mejor abrigo para el invierno, las bermudas más sueltas para el calor.

 

Se diría que un hombre así solo puede ser de derechas, tal como la caricatura lo describe. Cuadra con la imagen del patriarca que en los últimos años se ha levantado como monigote para poder asaetearle mejor. Toda una generación lo ha puesto en una diana para lanzar sus flechas contra él. Y, sin embargo, caído en desgracia como está, cuando se le pone un micrófono delante, y cámaras, todos, hasta la autoridad moral que le juzga, callan ante el poderío de su voz, seducidos todos por el mal que no lo parece.