Pero
Greenblatt, su libro, El Renacimiento oscuro es otra cosa (en
comparación con las películas de Shekhar Kapur dedicadas a Isabel I de
Inglaterra). Se desembaraza de la vergüenza y hace de historiador serio. En qué
caldo se forjó el Estado moderno. Cómo de aquel desbarajuste de tropelías y
traiciones, de violencia irracional y voluntad despótica hizo de Inglaterra un
estado funcional y poderoso, y del inglés un idioma que se ha convertido en el
primero del mundo. Stephen Greenblatt ha encontrado un hilo del que tirar,
la breve vida de Christopher Marlowe. Su vida está en el centro de tramas
oscuras, espía probable del brutal Walsingham, protegido, por necesidad, de
nobles conspiradores que murieron decapitados o en las mazmorras de la Torre de
Londres y, al mismo tiempo, el creador del verso blanco, dándole a la lengua
inglesa una sonoridad y una fuerza trágica que no tenía, que hizo del teatro la
vanguardia del idioma. Marlowe es el Juan Bautista de Shakespeare.
Y yo
me pregunto quién es el Christopher Marlowe español. Hay tres candidatos,
Garcilaso de la Vega, Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza. En los tres hay vida
y escritura al límite. Quevedo participó en conjuras y fue encarcelado, usó sus
versos contra el poder, pero, obviamente, lo tengo que descartar, era mucho más
joven que Cervantes y lo suyo ya no es renacimiento sino barroco; en cambio
Garcilaso y Mendoza son coetáneos y nacieron medio siglo antes que Cervantes. Garcilaso
le dio un revolcón a la lengua con la introducción del endecasílabo italiano,
cayó en desgracia en la corte de Carlos V y murió joven (en el campo de
batalla). Mi favorito es Hurtado de Mendoza, sobre todo si se acepta que está
detrás de El lazarillo de Tormes.
Mendoza
reúne tres rasgos que le hacen semejante a Marlowe: hizo labores de espía desde
su cargo de embajador en Venecia; fue encarcelado en el Castillo de La Mota y
después desterrado a Granada por apuñalar a un cortesano; era un heterodoxo mal
visto por la Inquisición. Y, además, si damos por cierta la autoría del
Lazarillo, cambió el registro narrativo del español. Junto a Boscán y Garcilaso
introdujo los nuevos metros italianos en la poesía española. El equivalente al
verso blanco de Marlowe sería, para el español, el realismo picaresco. La prosa
castellana abandonaba la pompa de la novelería caballeresca para volverse
llana, directa buscando las fuentes del habla popular, sin perder por ello la
maestría técnica. Lo único chirría en el caso de Mendoza es su pertenecía
a la aristocracia, mientras Marlowe era hijo de padres analfabetos y padre
zapatero.
Los
españoles pasaron su vergüenza en el 98 y sus secuelas. No creo que nuestra baja
autoestima pueda profundizar más. Necesitamos una labor de reconstrucción. No
de los honores imperiales, sino al modo Greenblatt: cómo España se liberó de
las inmundicias de las guerras medievales y cómo se construyó el idioma que
ahora hablamos y escribimos. Por supuesto está el Quijote, pero otros antes y
al mismo tiempo fueron limpiándolo y haciéndolo funcional. Necesitamos
biografías como la de Greenblatt.