El
sentido de la vida. Durante siglos hemos utilizado este sintagma para formalizar
la pregunta sobre lo que más nos inquietaba. Una pregunta filosófica o
religiosa, en todo caso metafísica, una pregunta inadecuada, pues muchas de las
respuestas le indicaban al inquisidor una vida más allá de la vida real. Nadie
ha encontrado una respuesta definitiva, verificable.
Hay
una pregunta más biológica, más apegada a la sustancia de la vida: tener
propósito. La vida se organiza o se autoorganiza con el fin de prevalecer,
mantenerse, reproducirse. No hay trascendencia aquí, sino inmanencia. Tener
hijos es un propósito de la pareja cuando decide unirse y mirar hacia el
futuro. La finalidad de la pareja que se une o forma un matrimonio es tener
hijos. No tenerlos se suele vivir como un fracaso. Hay pues un fruto
verificable en ese propósito.
Estas
son las etapas: la crianza bajo el techo paterno, amarse para vivir juntos, obtener
fruto de ese amor. Y una vez criados los hijos, la despedida del mundo, a veces
en forma de ruptura de pareja, un propósito que sin embargo, una vez cumplido,
sigue latiendo, de ahí que se formen segundas y terceras parejas.
Toda
unión humana nace con propósito. Pocas cosas más tristes que desanclar de la
cabecera de WhatsApp a la persona que has amado, aquella que sabe todo de ti.
Pero si queremos que las sinapsis desaparezcan de la mente, la unión casi
irrompible con el recuerdo de la amada, hay que levantar esos anclajes, para
acabar el duelo.
También
hay propósitos comunitarios. El seguir juntos de una pareja tiene su
correspondencia en la comunidad política: el propósito común de vivir bien.
Cuando desaparece el propósito entra la segunda ley de la termodinámica, la
decadencia, la desagregación, la disolución. Uno mira a Europa, mira a España,
y se pregunta cuál es el propósito. Si no hay un propósito común, seguridad,
bienestar y proyecto, aparecen los muertos, es decir, aquellos a los que no se
ha atendido.
Mira
qué poco se habla de los ahogados en las aguas ceutíes, ¿cuántos? Tenemos un
número aproximado de los muertos en aguas españolas (90) pero no sabemos nada
de los muertos en aguas marroquíes. Ya ocurrió con la valla de Melilla. También
con la Dana de Valencia y el descarrilamiento te Ademuz. Sin responsables. Si
el liderazgo consiste en el enriquecimiento personal y el poder un fin a sí
mismo, la segunda ley de la termodinámica empieza a trabajar.
Parece
como si yo estuviese repitiendo un programa conservador, pero es naturaleza,
biología, organización frente a entropía. Es probable que la desdicha
occidental tenga mucho que ver con la actual distancia de este programa
biológico. Volvamos al sentido: qué sentido tiene una vida sin propósito. Qué
sentido tiene una comunidad política sin propósito, es decir, sin proyecto
colectivo. La Unión Europea nació con un proyecto, ahora no tiene ninguno; la
actual generación de políticos españoles solo mira por su beneficio.