“Lo que permitió a los persas seguir siendo persas
durante dos mil quinientos años, lo que ha permitido que sigamos siendo
nosotros mismos a pesar de tantas guerras, invasiones y ocupaciones, no ha sido
nuestra fuerza material sino espiritual, nuestra poesía y no la técnica,
nuestra religión y no las fábricas. ¿Qué le hemos dado al mundo nosotros? Le
hemos dado la poesía, la miniatura y la alfombra”.
Cuando
el profeta murió en el 632 dc le sucedieron cuatro califas que dividieron a la
comunidad islámica en dos grandes ramas, quienes creyeron que el sucesor debía
ser elegido entre los cercanos a Mahoma - sunitas - y quienes creyeron que
debía obedecerse el designo divino - chiitas - que era que el sucesor debía ser
de la familia del profeta. Abu Bakr, Umar, Utman y Alí fueron los primeros califas.
Tras la muerte de Alí, primo de Mahoma y esposo de su amada hija Fátima, por
asesinato, la comunidad se dividió en dos: quienes siguieron la tradición -
sunna - y quienes creyeron en la línea divina, el ‘partido de Ali’ - Shiat Alí
o chiitas.
El
Imam es un guía espiritual y político infalible, como el Papa para los
católicos, descendiente directo de Mahoma a través de Alí y Fátima. Cada Imam
designa a su sucesor guiado por Allah. Los hijos de Alí y nietos de Mahoma,
Hassan y Hussein, fueron los siguientes imames, pero ya desprovistos del poder
político por los omeyas. Hussein les negó lealtad y, como consecuencia, en su
huida fue masacrado junto a sus partidarios en la batalla, o persecución, de
Kerbala (Iraq). Los chiitas se apartaron, se escondieron, tramaron venganza.
Fue el hecho decisivo que abrió un abismo entre sunitas y chiitas. Huyendo de
los omeyas, se refugiaron en las montañas del este, en Irán. Hasta hoy creen
que ha habido 12 imames, el último de los cuales - el Madhi, el deseado -
desapareció en el siglo IX. Cuando reaparezca será el fin del mundo.
La
muerte de Huseín se convirtió en el símbolo supremo de la resistencia contra la
tiranía y la injusticia. Cada año el día de la Ashura, el 10 de Muharram,
multitudes de iraníes salen en procesión por las calles golpeándose con cadenas
en los hombros para manifestar su dolor. Como el calendario islámico es lunar,
cada año el día de la Ashura se desplaza 11 días hacia atrás. Este año
coincidirá con nuestro 26 de junio. Los que hemos asistido a estos rituales nos
parece que tiene ciertas semejanzas con las Semana Santa andaluza.
Es
difícil imaginar un Irán liberado de la tutela de los clérigos chiitas. Al
menos desde el siglo XVI - safávidas - el espíritu de resistencia y venganza
impregna la vida de los persas. El chiismo es el armazón que forja la identidad
del país contra los intentos de colonización externa: omeyas, otomanos,
occidentales, basado en el deber religioso de rebelarse contra los opresores
externos o internos, simbolizado por la idea del martirio de Hussein. Morir no
es una tragedia, sino el honor más alto y la garantía de "entrada al
paraíso".
El mullah era el único personaje de la ciudad en quien
confiar, pues también lo habían conocido en el pueblo. En el campo el mullah es
la autoridad suprema: falla en los pleitos, distribuye el agua, está con uno
desde que nace hasta que muere.
La
idea de martirio ha sido explotada en las distintas crisis políticas que ha
vivido el país: miles de jóvenes liberaban con sus cuerpos al país de las minas
en la guerra contra Iraq. Otros tantos, por miles, murieron en las
manifestaciones contra el Shah que llevaron al poder a Jomeini, no como imam,
sino como el mejor intérprete de las leyes coránicas (Velayat-e Faqih). Qué
ocurriría ahora si los americanos deciden invadir por tierra del país.
Los
ayatolas han proyectado la idea de sacrificio fuera del país. Crearon Hezbolá
en el Líbano y promovieron los atentados suicidas. Entrenaron con armas y
dinero a milicias en Palestina, Irak, Yemen y Siria, utilizando la retórica del
martirio para reclutar combatientes dispuestos a morir.
En El
Sha o la desmesura del poder, Ryszard Kapuściński relaciona la caída del
último emperador de la dinastía Pahlaví, Mohammad Reza Pahlaví, en 1979, con la
tradición chií del martirio, la voluntad colectiva de sacrificio ante la
brutalidad de la SAVAK, la policía del régimen. La población pudo soportar y
resistir los miles de muertos en las manifestaciones gracias al ciclo de luto de
los 40 días: las ceremonias de luto chiíes por los manifestantes asesinados
(que se celebran al cabo de los 40 días). Una población desarmada derrocó a una
de las monarquías más sangrienta mediante el uso del chiismo como lenguaje de la
revolución.
No es
el mejor de los libros de Kapuściński. Se conformó con una serie de estampas
impresionistas sobre lo que había visto y sentido durante los meses de la
revolución. A medio camino entre la literatura y la crónica periodística, desde
la mesa en una habitación de hotel en Teherán, se deja llevar por sus
impresiones sin hacer el pesado trabajo de la calle, conjeturando sobre masa y
poder, miedo y revolución, como si estuviese cansado tras haber cubierto tantas
guerras civiles y revoluciones.