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lunes, 27 de julio de 2026

La vida en la sombra vs La maldición de Widow’s Bay

 


 

Las buenas películas, o series, se hacen más grandes si, al verlas, no sabías nada de ellas, la sorpresa amplifica su valor. Así que te voy a decir poco sobre La vida en la sombra (Waiting for the Out) para mí la mejor serie que he visto en lo que va de 2026. Solo te diré que hay un protagonista, el mismo que cuenta la historia biográfica en que está basada la serie: The Life Inside: A memoir of prison, family and philosophy de Andy West.

 

Te diré, para situarte en contexto, que el prota sufre un trastorno compulsivo y que al comenzar la película inicia un trabajo como filósofo en una cárcel británica. Su familia, su padre, su tío y su hermano han pasado por la cárcel y eso le obsesiona. La otra cosa que he de decirte es que es una serie británica y breve, tan solo seis capítulos, pero suficientemente densa como para que creas que has leído el libro y que has asistido a un curso de filosofía y psicología, palabras que podrían disuadirte, pero que no deben hacerlo porque está contada de una manera muy sencilla, sin ahondar aparentemente en la complejidad, aunque lo que sucede queda en tu cabeza después de ver cada episodio.

 


Por contra, La maldición de Widow’s Bay es una serie algo más larga y americana en vez de británica. Si la pongo en comparación es porque, como tú habrás podido constatar, el cine europeo tiene una hondura que no tiene el americano. La serie tiene un formato aparentemente ingenioso, mezcla el terror con el humor, aunque se queda a medias y es blanda, blanda, sin que llegue en ningún momento a herir tu corazón. Ni aterroriza ni hace sonreír, salvo en algún momento aislado. A muchos seguramente les gustará, pero a mí me ha aburrido, aunque la he visto porque después de ver cada episodio de La vida en la sombra necesitaba que mi mente reposara.

 


domingo, 7 de junio de 2026

The Pitt 2

 


Los guionistas de la serie parten de la tesis de que la sociedad se sostiene por unos pocos hombres que cumplen con su cometido profesional, poniendo la propia vida o su equilibro mental en riesgo. El ejemplo es una sala de urgencias en un hospital de Pittsburgh, donde el jefe de sala - el adjunto en la jerga -, los médicos y los estudiantes atienden frenéticamente a la gente que va llegando con traumas diversos.

 

El montaje combina la sucesión vertiginosa de casos que van llegando en las peores condiciones con el carácter de los diversos personajes sometidos a un estrés difícil de soportar, médicos, enfermeras y estudiantes.

 

Por un lado, los generalmente anónimos e inconscientes individuos que han sido puestos por los azares de la vida – o por la propia imprudencia – a un paso de la muerte o la amputación. El regalo de la vida, además de breve, está sometido al vaivén de azares inesperados. Por otro, la profesión y la responsabilidad.

 

Nada como un hospital (quizá una escuela o un juzgado se le puedan comparar) para experimentar con la colmena humana. Los profesionales sanitarios se especializan, cada uno debe saber su oficio a la perfección para ser útiles y salvar vidas. Cada uno de ellos es puesto a prueba y de esa prueba depende la vida de otras personas. Pueden haberse equivocado a la hora de escoger especialidad, ser débiles de carácter o tener una incapacidad física que les inhabilite, si es así deben reconocerlo y dar un paso atrás. También sirve para un maestro, un juez, un bombero, un policía o cualquier profesión. Obtener un puesto en profesiones frontera por nepotismo es un crimen.

 

En ningún otro sitio se ve mejor nuestra mutua dependencia. La vida íntima, personal o familiar queda en un segundo plano; cuantas menos interferencias haya mejor se cumplirá con la profesión, y en mejores condiciones estará el enfermo.

 


miércoles, 25 de febrero de 2026

Marbella & Un simple accidente

 


Pasan estos días en Movistar la segunda temporada de un thriller internacional llamado Marbella. Internacional porque se asemeja a un montón de thrillers producidos en otros países. Costa del Sol, casoplones, fiestas donde corren el alcohol y la coca, música a todo trapo y reservados para follar, chorros de luz y mucho colorido, gente joven y guapa. Añadamos el comercio de la droga y todos los gangs posibles e imaginables: albaneses, camorristas, moros, gitanos, ingleses. El presupuesto es generoso y los actores mediocres, tirando a malos. La trama minúscula, no creo que en su concepción hayan llenado más de un folio. Hay un público derrengado en el sofá, con latas y trozos de pizza alrededor, que se atiborra de series como esta. Uno imagina la décima parte del presupuesto de esta serie para hacer algo digno. 

 

Aunque ni siquiera una serie, una película como la última de Jafar Panahi. Un simple accidente no ha necesitado mucho presupuesto, tampoco un guion complejo, le bastan unas pocas pinceladas descoloridas para situar su tema en el contexto de Irán. En el Irán de los ayatolas, un mecánico topa por casualidad con su antiguo torturador. Inesperadamente se le ofrece la posibilidad de tomar venganza en el buen padre de familia que llega a su taller con mujer e hija. Un grupo de la resistencia, con el que contacta, ha sufrido como él su brutalidad. Enseguida se plantean cuestiones: aunque se le parece, ¿es ese realmente el torturador? Y si lo es, ¿el grupo puede tomar la justicia por su mano? 

 


El Marbella todo es chisporroteo, luces, fuegos de artificio y ropa cara, trajes de sastre y el fulgor de la juventud. Un capítulo es suficiente, antes de ser intoxicado (yo he aguantado tres). En Un simple accidente, la escasez y la fealdad de la pobreza. En la primera todo está medido, desde los interiores metálicos y geométricos hasta la exuberancia de los exteriores ajardinados con piscina, las fiestas, una música para cada corte, las escenas planificadas, la pulcritud del rodaje. En Un simple accidente todo parece rodado sobre la marcha, con torpeza, hasta mal interpretado. Supongo que responde a la voluntad del director: la idea que quiere transmitir es simple, pero poderosa, desnuda en su representación hace que captemos lo esencial.

 

Muchos consumirán las dos temporadas de Marbella, pocos harán el esfuerzo de ver Un simple accidente. ¿Quién sabe que la represión de las últimas manifestaciones en Irán el régimen ha matado a lo bestia a 30.000 o 40.000 personas? Los iraníes no están tan lejos de nosotros, tienen una rica cultura más antigua que la nuestra, pero les hemos dejado solos contra la barbarie.

 


miércoles, 18 de febrero de 2026

La vuelta de los autócratas

 


 

¿Han ejecutado a Luis? ¿Qué mundo es este? Ya no logro reconocerlo. Ya solo queda la carne, (protesta Catalina al enterarse de la ejecución de Luis XVI en Francia)

 

Qué diferentes las dos series dedicadas a Catalina la Grande y, sin embargo, concebidas con un año de diferencia. Una británica, otra australiana. Una estrenada poco antes de la pandemia (octubre de 2019), la otra durante la pandemia (diciembre de 2020). La primera narra los años de la Catalina adulta (Helen Mirren), la emperatriz alemana que amplió el gran imperio ruso hacia el sur en lucha con los otomanos (Crimea), de la mano de su valido Potemkin. La australiana recrea los primeros años de Catalina (Elle Fanning), su relación de amor odio con el zar Pedro III al que destrona. La serie de la BBC se consume en cuatro episodios. La serie de Tony McNamara (Netflix) necesita tres temporadas y 30 episodios. Helen Mirren es una gran actriz, pero a su edad no son creíbles sus escarceos amorosos con jóvenes. En The Great todo es espléndido, fabulosos decorados, grandes intérpretes, ingeniosos guionistas.


 


Hay un mundo entre una Catalina y otra, entre una serie y otra. A efectos históricos la primera y la segunda Catalina son dos mujeres diferentes: la bisoña e idealista princesa alemana que llega a San Petersburgo para poner en marcha las ideas ilustradas frente a la mujer madura, en la cima de un imperio, que con mano de hierro gobierna una corte hostil. La serie británica responde a los parámetros de las series históricas, a lo que se esperaba de ellas. The Great es otra cosa, habla de este tiempo.

 


Algo ha ocurrido para que, en el transcurso de unos pocos meses, de octubre de 2019 a diciembre de 2020, la concepción de un episodio histórico, el mismo país - Rusia -, los mismos personajes - Catalina y su corte -, haya cambiado tanto. Catalina la Grande es una ilustración más o menos veraz de cómo eran los tiempos pasados, de cómo los imaginábamos antes de 2020. The Great es una excusa para hablar de la condición humana más allá de un momento concreto de la historia. Los artistas, los creadores, son quienes mejor captan el cambio, elevan el dedo mojado para saber por dónde sopla el viento de la historia.

 

En el siglo VI, Dionisio el Exiguo introdujo una nueva numeración de los años, el 753 auc (Ab Urbe Condita) se convirtió en el año 1 (como buen romano desconocía el 0) para imponer una cisura ideológica con la era pagana, como si el tiempo anterior al nacimiento de Cristo no hubiese existido. Sin cambiar la numeración de los años, en enero del 2020 entramos en una nueva época, una frontera entre dos mundos. La pandemia puso a prueba la resistencia de la población. Los gobernantes supieron hasta donde podían llegar; vieron que la democracia y sus instituciones eran un tigre de papel. Entramos en la era de los autócratas populistas. 

 

El mundo ha cambiado sin que nos hayamos dado cuenta. La política es un escenario y los políticos actores, el bien común no está entre sus prioridades. No necesitan ciudadanos, sino consumidores voyeuristas, como en la corte que aparece en The Great, no ciudadanos validando o promoviendo leyes, sino televidentes cuya actividad se reduce a aplaudir o mostrar su ira, con un vaso en la mano y un trozo de pizza atascado en el esófago, delante de la pantalla, grande o pequeña. Autócratas que en estos años han adquirido el arma más temible para reducir a la población a la insignificancia, la IA. ¿Te imaginas un ejército de soldados robots? Da miedo. ¿Es así o seremos capaces de sublevarnos?

 


domingo, 15 de febrero de 2026

The Great

 

 


Hay dos instintos que hemos tenido que adiestrar desde que el hombre entró en sociedad o para que el hombre conviviese con sus congéneres. El poder y el sexo: el uso de los demás para el propio beneficio y placer. Las sociedades humanas surgieron para regular esos instintos. Una lectura atenta de la historia nos muestra cómo se han ido modificando las costumbres, cómo se han creado leyes y constituciones para que los hombres reprimiesen la violencia asociada a esos instintos. A día de hoy no los tenemos del todo controlados, aunque nos esforzamos y debatimos sobre ello. Están a la orden del día en la trifulca política. Para de algún modo exorcizarlos, lo situamos en el escenario, unos metros por encima de nuestras cabezas, a distancia de nuestras rutinas cotidianas. El pueblo se entretiene con las vidas secretas de las monarquías o los chistes soeces sobre el sexo. De vez en cuando se cortan cabezas como advertencia o se cortan lenguas (metáfora) por ser demasiado explícitos.

 

Hay una serie, The Great, que toma estos temas como fundamento. Lástima que no haya sido más comentada. Para mostrar los instintos de poder y sexual en una versión poco civilizada o no del todo civilizada busca el escenario de la Rusia de Catalina II, la Grande. Catalina era una joven prusiana, con ideas ilustradas, que llegó a Rusia para desposarse con Pedro III, el sucesor de Pedro el Grande. Los creadores han buscado ese escenario para mostrar las dificultades del paso de la barbarie a la civilización y cómo la buena voluntad no es suficiente. 

 

En aquella Rusia absolutista, como en esta totalitaria, el poder y el sexo se ejercían en toda crudeza. Quien tiene el poder mata y folla sin contención. Nos divierte verlo convertido en ficción. Los creadores en cada inicio de capítulo nos advierten de que lo que estamos viendo es ficción, sin embargo, lo fundamental ocurrió y sigue ocurriendo. Putin es un psicópata como lo era el Pedro III de la serie, como lo son la mayor parte de esta generación de políticos en esta temporada histórica que estamos viviendo.

 

La naturaleza humana - los instintos - es difícil de domeñar. Lo que sucede en las alturas sucede también en la vida de la gente del común: en todo grupo humano hay individuos que se imponen por la fuerza y que aprovechar su poder para tener sexo, incluso con violencia. En los asuntos difíciles, recurrimos a la ficción para sobrellevarlos: inventamos dioses y paraísos para calmar nuestro temor a la muerte, ideologías utópicas para salvar las desigualdades y nuestro sentido de justicia, códigos morales estrictos para contener nuestra furia homicida y nuestro deseo sexual.

 

Incluso si no quieres reflexionar sobre el papel que te ha tocado en el escenario del mundo, la serie te divertirá, te relajará, tras una jornada en la que has ejercido, es posible que contra tu propia voluntad, algún tipo de violencia o, lo más probable, la hayan ejercido sobre ti.

 


jueves, 12 de febrero de 2026

Blue Moon

 

 


A la espera de la Nouvelle Vague de Richard Linklater, Blue Moon, es una miniatura. Un letrista de canciones, Lorenz Hart, ve cómo un competidor, Óscar Hammersstein, asalta su trono y entra en depresión. Del primero casi todo el mundo ha tarareado alguna vez su famosa Blue Moon. Del segundo, es probable que hayas visto la película, versión del musical de éxito, ¡Oklahoma! En ambas el músico era Richard Rogers. Linklater concibe la película como una obra de teatro filmada en el bar donde Hart iba a celebrar sus éxitos y más tarde a ahogar sus penas. Hart entre copa y copa habla y habla sin parar ante quien tenga la amabilidad de escucharle, el camarero del local, un crítico literario o la mujer del guardarropa. También ante una bella joven (Margaret Qualley) a quien dirige amorosas cartas, aunque su instinto sexual vaya en otra dirección. 

 

Curiosamente, estoy viendo una serie loca y desmadrada en la que Ethan Hawke, protagonista, hace un papel en las antípodas, Verdades ocultas (The Lowdown), un librero que se convierte en periodista investigador para destapar la corrupción local de Tulsa.

 


La película se sostiene sobre los escurridizos hombros y la estatura demediada de Ethan Hawke. Lo digo porque, Linklater para estimular la vena compasiva del espectador disminuye todo lo que puede la personalidad del letrista: compone el plano para que aparezca diminuto en comparación con los demás (el 1,80 de Hawke se convierte en no más de 1,50), lo estruja en un traje pequeño, viste su calva impostada con mechones que van de lado a lado y pinta su rostro para demacrarlo. Nunca habrás visto a un Ethan Hawke desfigurado de ese modo y con una interpretación tan lejos de la imagen que tenemos del actor. 

 

Califico de miniatura Blue Moon (el director ha presentado la película como 'pieza de cámara') porque se recrea en el momento desfalleciente de un hombre que ve que se acaba el fervor del público. Rodgers y Hammersstein también van al bar a celebrar el éxito de ¡Oklahoma!, donde encuentran a un pobre Hart abatido.

 

Ethan Hawke es el actor fetiche de Richard Linklater, el de la trilogía del amanecer, atardecer y anochecer. Aquí le ha dado el papel de su vida. Richard Linklater muestra cómo en Estados Unidos también se pueden hacer películas al modo europeo.

 


jueves, 11 de diciembre de 2025

Pluribus

 

 


Hay que ir a las cosas pues es en las cosas donde se depositan las emociones. Las cosas no van bien, hay que estar ciego. Muchas no funcionan o van renqueando. Las conductas de quienes deben hacer que vayan bien dejan mucho que desear: el bien común, hay que estar ciego. Durante un tiempo la degradación no se notaba, como la rana que se cuece lentamente. Hay un momento en que el bien común ya no lo es y aparece el mal común: la ceguera, el desistimiento, el desentendimiento, la desesperanza, el bien propio, la división, el enfrentamiento. La desconfianza: las cosas van a ir a peor.

 

Hay una serie, Pluribus, la serie del momento, en la que sucede algo, una contaminación, un virus, una intoxicación que hace que el individuo que cada uno cree ser desaparece y todo el mundo se convierte en 'nosotros'. Todos hablan y sienten en primera persona del plural. Nosotros (Del lema nacional de EE. UU. E pluribus unum "De muchos, uno"). Se mueven como autómatas, sonríen, no tiene emociones negativas, aparentan ser felices, saben todo lo que hay que saber y al momento, todos obran en la misma dirección, salvo unos poquitos a los que el acontecimiento no les ha afectado. En realidad, la serie solo sigue a uno de ellos. Una mujer que piensa y siente sin contaminación.

 


Lo importante de lo que sucede en la vida social sigue siendo incomprensible. Aunque me aterra que lo lleguemos a comprender. Que los procesos de la inteligencia, el habla y la conducta sean previsibles y predecibles (ningún misterio). Piensa en la IA. Poco a poco nos vamos haciendo dependientes. Las respuestas que nos da tienden al promedio, al hombre común, no nos contradice, se amolda. El corpus sobre el que asienta sus respuestas es el conocimiento acumulado por la humanidad en su conjunto. Cada individuo una célula sustituible.

 

Esa es la primera parte. La segunda es que la IA se hará cargo de nuestras rutinas; pronto no sabremos resolver los asuntos más sencillos. Incluso los que ahora creen cabalgarla se verán igualmente entontecidos, echados al lado como una molestia.

 

La IA no es más que un paso más en la evolución. Ya éramos así. Pon el oído: repetimos las consignas, las justificaciones, cofrades de una secta, o simplemente cerramos los ojos, aislamos los oídos, nos tapamos la boca. Pluribus no es una alegoría, es una descripción exacta.

 


martes, 2 de diciembre de 2025

Muerte por un rayo (2025)

 


¿Ha habido presidentes tan zafios como el actual? Lo que es evidente es que los hubo mejores. Uno de ellos fue Garfield el breve, James A. Garfield, vigésimo presidente de EE UU. Con tres meses en su haber presidencial, llegó a la presidencia de rebote, pero con muy buenas intenciones que se vieron truncadas cuando un estrafalario personaje le salió al paso con un revólver. 

 

La serie en Netflix cuenta en cuatro capítulos una historia que entrelaza a dos personajes, el presidente y quien lo mató. La figura de Garfield es atractiva, sin embargo, el personaje llamativo es el de su asesino. Matthew Macfadyen, conocido por su papel en Succession, encarna al raro y mentalmente inestable Charles J. Guiteau. Hace una interpretación de Óscar o de Emmy, lo que corresponda. No veo a nadie que pueda hacerlo mejor, una interpretación entre lo chusco y lo delirante, que incita a la compasión y a la risa a la vez.

 

Me gusta casi todo de la serie, los intérpretes, la escenografía, el color imitando la época, la trama, la descripción de los políticos corruptos, parece el anticipo de una buena serie sobre Trump. Espero que alguna vez tengamos una aquí sobre los cuatro del Peugeot.

 

Una cuestión se añade el final, la posible redención del corrupto, el vicepresidente. ¿Un político caído en las profundidades de la corrupción puede levantarse y convertirse en un hombre digno? Pienso en Ábalos, en Cerdán. El vicepresidente de la serie lo hace, pero sabemos que, sin embargo, muchos nunca lo harán.

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

Anatomía de un instante (Y La diplomática)


 



Tras haber visto estos días la muy entretenida La diplomática (Netflix) me he puesto con Anatomía de un instante (Movistar). Ya sé que los presupuestos que manejan una y otra son incomparables. Que en ello también va el valor de los intérpretes. Que allí mediante talonario disponen de los mejores guionistas. Que la técnica y los técnicos... y sin embargo. Estamos acostumbrados a ver buenas películas y series con presupuestos de bajos a medianos. Véase las recientes Los domingos, Querer, Cinco lobitos, todas ellas de Alauda Ruiz de Azúa, producciones totalmente españolas.


En La diplomática a una mujer le nombran embajadora en Londres para probarla como posible vicepresidenta, la acompaña el marido, tan listo y ambicioso como ella. En los 22 capítulos divididos en tres temporadas, salvo algún episodio, la atención no decae nunca. La trama política, alimentada por asuntos reales con ingredientes ficcionales, se sigue con suspense, como también se siguen con interés las relaciones de pareja entre los dos protagonistas.


Todo el mundo conoce qué ocurrió el 23F, de ello va Anatomía de un instante. La serie, en cuatro episodios, se centra en la heroicidad de los tres hombres que se mantuvieron de pie ante los golpistas, sin ocultarse bajo los asientos del Congreso: Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. La serie, como la novela de Cercas, enfatiza el momento de coraje de los tres políticos, pero para llegar ahí rellena. Los creadores tenían varias opciones, hacer un documental puro sobre aquellos días o mixto, combinando documentos y ficción (hay buenos ejemplos últimamente de ese proceder). Han optado por el docudrama: reproducir con actores aquellos hechos. No funciona. Los actores en vez de interpretar caricaturizan, las tramas en torno a los tres protagonistas carecen de interés, se alargan. La información de contexto es muy pobre, como lo es la escenografía de época. No hay una reflexión sobre lo que supuso el 23F - el valor de la Transición, a qué hubiese dado lugar el triunfo de los golpistas - en la que el espectador pueda participar, que es para lo que debía haber servido la serie. Lo peor, la voz en off valorativa, que minoriza al espectador.


Ya sé que España es una provincia periférica del Imperio, que nuestros medios son raquíticos, que nuestra industria del entretenimiento se refocila en los grandes temas y nos machaca con las cosas banales, pero cuando se busca talento salen cosas admirables. En fin. Después del primer capítulo debería haberla abandonado por aburrida, pero he continuado hasta el final por deber patriótico.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Furia

 



Furia quizá sea la serie española del año. Ocho episodios. Vistosos y divertidos los primeros, flojos los últimos. Unas cuantas mujeres llegan al límite de su resistencia cuando los hombres las ponen a prueba. Entonces estallan haciendo saltar por los aires el negocio en que están inmersas: furia es venganza.


Lo mejor es el aire de comedia desmadrada. Y ahí se nota la influencia de Almodóvar, una parodia benévola de Almodóvar. En todo se nota la parodia, las actrices y sus personajes, las profesiones o trabajos que realizan, su espumeante modo de vida, los colores planos, sólidos, vibrantes, los cuidadísimos decorados en casas e interiores lujosos, los floripondios vestimentales, los diálogos burbujeantes. Toda la serie está recorrida por la parodia imitativa. Ahí Félix Sabroso ha triunfado. También en la caracterización de algunos personajes a lo que ha contribuido la buena selección de actrices.


El otro aspecto que me ha gustado es como ha estrelazado las cinco historias básicas que cuenta, en torno al arte moderno, la alta costura, la cocina mediática, el desahucio y el olvido y engaño de las viejas actrices. Los personajes entran y salen de las historias que no les pertenecen. La serie deja de funcionar cuando el guion flojea. Le sobran los tres últimos. Da la impresión incluso de que hay voluntad de continuidad. Para ello, debería contratar a mejores guionistas.


lunes, 25 de agosto de 2025

Las Mitford ('Escandalosas')

 


Las seis hermanas Mitford eran las hijas de una familia aristocrática que perdió su riqueza en el crack del 29. Aún así, su vida fue cómoda, eran cultas y se relacionaban con lo mejor de la sociedad británica de entreguerras. Se hicieron famosas en Inglaterra, pero también en Europa, por su coqueteo con el fascismo. Dos de las hermanas se acercaron demasiado, como los mosquitos a la fuente de luz que los abrasa. La primera, Diana, se hizo novia y luego esposa de Oswald Mosley, el líder del partido fascista británico, y otra se hizo amiga de Hitler a quien conoció en Múnich. Causó revuelo una carta suya, publicada en un periódico alemán, atacando a los judíos. 


La más joven de las hermanas simpatizó con el comunismo e intervenino como brigadista en la guerra de España, siguiendo a un amigo poeta. Las demás hermanas salían en la prensa de entonces por sus amoríos. El padre era el heredero de una larga familia con castillo y posesiones rurales que perdió como consecuencia de la crisis económica. Las seis hermanas tenían también un hermano más discreto.


Contada desde el punto de vista de la hermana mayor, Nancy, novelista de fama en Inglaterra, esta historia la reconstruye una miniserie tramposa de seis capítulos, Escandalosas. Digo tramposa porque solo cuenta la mitad de la historia, dejando para una posible continuación su desenlace. Es entretenida y da cuenta de la liviandad de la sociedad británica de entonces, despreocupada, fiestera e incrédula respecto de los signos que anunciaban la catástrofe en los tiempos anteriores a la guerra.





jueves, 7 de agosto de 2025

Mobland: Malvados y corruptos

 


En esta serie británica con fondo londinense todos son malos, el mal como fuente de disfrute. Están los mafiosos de toda la vida, los políticos corruptos, los policías sanguinarios, todos caricaturizados hasta el extremo. Vemos a dos familias - la familia es el único valor que se pone en positivo - de mafiosos disputar, secuestrar y matar de la manera más ignominosa a los miembros de la otra familia. Aunque las muertes con abundante tomate frito derramado no es lo que más nos interesa, sino los caracteres extremos, sus patologías. El narcisismo ya nos parece poca cosa porque lo tenemos a la vista en la realidad, ahora queremos psicópatas en su salsa. Y de esos hay unos cuantos, si no lo son todos. Ahí brillan actores que hemos visto en otros registros, como Pierce Brosnan y Helen Mitren, aunque no creo que el papel de psicópata extremo sea difícil de interpretar, brocha gorda. Disfrutamos viendo cómo mueren los peores - todos son peores -, deseamos que les llegue la muerte. Como en los videojuegos sabemos que no son muertes de verdad, que es ficción.


Las películas de gángsters son cuentos infantiles para adultos, aunque ya sin personajes positivos. Hace un tiempo que no los hay. Hay unos pocos inocentes. Inocentes interesados que también mueren e inocentes con fondo oscuro que sobreviven, pero ninguno de ellos tiene un papel decisivo en la trama. Cuando vemos series desconectamos de la realidad, relajamos las defensas. Eso no puede ocurrir en la realidad, nos decimos. En la realidad los policías son honestos profesionales, los periodistas informadores desinteresados y los políticos hombres cabales preocupados por el bien común. Aunque, quién sabe.


En el luminoso día, cuando el sol nos despierta por la mañana, confiamos que un hombre, el líder que hemos votado, al que nos hemos entregado en cuerpo y alma con una fe a toda prueba, salvará la civilización. Del mismo modo que suspendemos el juicio con respecto a la verdad primera (vamos a morir), lo suspendemos con respecto a nuestro líder: él no.

Cuando Vivía Franco se nos decía que aunque él nombraba a sus ministros y ayudantes era ajeno a la corrupción - incorruptible, se nos decía - porque era un hombre íntegro. En nuestro pequeño margen de reflexión no se nos pasaba por alto que si lo controlaba todo cómo era que no estaba al tanto de la corrupción. Eso sí, como en Mobland no había puteros o al menos no a la vista, el crimen era a la vez más bruto y más refinado.


Si nos gustan tanto estas series y películas, quizá sea porque no son tan alejadas de la realidad como pudiese parecer: están los narcos del estrecho, los corruptos de Madrid, los paraísos fiscales, el blanqueo, quizá no haya tantas muertes, pero sí más malversación - se lo llevan crudo. Estamos desarmados. Frente a ello solo nos quedan dos cosas, la fe en el líder o pensar que todo es ficción y por tanto imaginar. En la ficción, como en los videojuegos, podemos disparar a los malos con total impunidad.



sábado, 7 de junio de 2025

Blue Lights

 

 


Al final del penúltimo capítulo de la serie Blue Lights un niño listo consigue la clave de una caja fuerte y comienza a juguetear con una pistola. Casi sin querer dispara a través de la ventana de su casa con tan mala suerte que la bala entra en un coche patrulla que pasaba por allí. El niño ha idealizado a su tío, un antiguo combatiente en Afganistán, quien había guardado la pistola en la caja fuerte. 

 

La serie se centra en una comisaría de policía de Belfast. El fondo mezcla las enconadas enemistades entre viejos activistas lealistas y católicos con el mundo de la droga y la delincuencia en la que algunos de ellos han caído.

 

La serie es entretenida, como todas las británicas, aunque algo torpe en la realización y en la interpretación. Se hace aburrida cuando se enreda en tramas amorosas entre policías: no hay feeling erótico entre ellos. El mayor interés lo ofrecen los dilemas morales que presenta, como no lo hacen las tropecientas series que nos llegan de América o de nuestro propio país. 

 

Aquí el principal se juega en torno al niño listo. Su tío tiene buenas intenciones, acabar con la violencia que ha infectado la ciudad, pero lo hace sin sacudirse el espíritu violento que aprendió en la guerra y que utiliza para acabar con las malos. La bondad y la violencia no pueden ir de la mano, es el mensaje. Su consecuencia es el fin de la inocencia representada por el niño. 

 

Sin embargo, los guionistas no son del todo atrevidos. En el último capítulo sabremos que el niño ha disparado al coche de policía, pero no ha matado a nadie. Y más, la parte decente de la policía sabrá rescatarlo del peligro en el que había caído. Hubiese sido más realista que un policía hubiese muerto y el Estado hubiese tenido que tomar medidas con respecto al niño.

 

Blue lights es una serie británica, con eso, con que sea británica bastaría para poner el foco en ella. De momento tiene dos temporadas con seis capítulos cada una.

 


lunes, 2 de junio de 2025

The Last of Us. T2

 



Al comienzo de la serie, un científico en una entrevista de televisión explicaba un catastrófico futurible, que un tipo de hongo invadiese el cuerpo humano y lo destruyese. Ese es el suceso que pone en marcha la ficción. La humanidad se enfrenta a su desaparición. Buena parte de quienes antes eran humanos ahora son monstruos fúngicos que persiguen a quienes todavía no han sido infectados para destruir su humanidad. Los bienes comienzan a escasear y los supervivientes pelean entre ellos para conseguirlos. Se forman grupos de guerreros y zonas de resistencia. Otros van de un lado para otro buscando donde refugiarse o siguiendo el rastro de familiares o amigos. Entre ellos un hombre adulto y una chica joven, Joel y Ellie, que recorren el país buscando refugio; acaban por tener una relación de padre e hija adoptada. 

 

La primera temporada fue entretenida y verosímil, a pesar de las figuras monstruosas, como zombies invadidas por hongos. La serie tenía un espíritu de aventuras que es lo que le hacía atractiva.

 

En la segunda temporada los protagonistas han encontrado acomodo en una ciudad de supervivientes, una especie de fuerte del oeste que se protege contra los zombies y de la que salen patrullas para destruirlos. Bajo ese esquema se tejen relaciones de comunidad y personales que van a dar juego a la temporada. Esas tramas secundarias se convierten en principales y es lo que hace a la serie insufrible. La primera, la relación de paternidad entre Joel y Ellie, tan impostada que no se atisba un gramo de veracidad en ella. La segunda, una relación amorosa sobrevenida entre Ellie y otra chica. Está bien que los nuevos dramas aparezcan relaciones amorosas entre gays y lesbianas; se podrían aceptar si no se convirtiesen en el asunto principal. Supongo que lo que buscan es público joven. Pero si acudimos a los clásicos, las obras dirigidas a los jóvenes no eludían la profundidad. Aquí todo es de una superficialidad propia de esta época. Me he arrastrado por el primer capítulo, deseando que acabase cuanto antes.

 


martes, 13 de mayo de 2025

El eternauta

 

 


Si uno se fía de los críticos, incluso de aquellos en los que uno confía, El eternauta es una buena serie, es decir, sale a cuenta pararte delante de la tele durante las 6 horas que duran sus seis capítulos. Pues no.

 

La serie, argentina, está basada en un cómic de los años 50. Algunos la comparan con la americana The last of us. La diferencia de presupuesto jugaría favor de la argentina: con lo que los americanos han invertido en un solo episodio los argentinos han tenido para toda la temporada. Ese sería su valor. Pero si de una serie se requeriría una fastuosa producción, esa sería El eternauta. La serie comienza con una copiosa nevada y un apagón debido a algo así como la desconexión del eje electromagnético de la tierra. Alguien dice que los copos son tóxicos, partículas radiactivas que provocan la muerte instantánea, como consecuencia. La gente se recluye en sus casas a la espera de lo que pueda ocurrir: aunque han de salir en busca de comida y también de familiares desaparecidos. 


Las comunicaciones no funcionan, pero los vehículos antiguos sí (muchas otras cosas nunca se explican). Más tarde en el capítulo cuarto - como si el guion fuese improvisando-, aparecen unos bichos, enormes cucarachas, que estarían relacionados con una invasión extraterrestre. Y en el último capítulo descubrimos que los extraterrestres manipulan la mente de los supervivientes para convertirlos en zombies. Los copos del principio, entonces, serían un arma biológica para eliminar a los humanos. En la ficción todo es posible, pero debería haber alguna lógica. La serie, la temporada o lo que sea acaba sin ninguna explicación razonable, a la espera de que el espectador atrapado ansíe su reanudación.

 

El guion, dentro de la moda del catastrofismo apocalíptico, no se desenvuelve con lógica científica, sino como la fantasía de un cómic. Esa sería la excusa. Los actores, incluso Ricardo Darín, ponen el careto sin más. No es que sea una serie aburrida, sino infantil.


lunes, 12 de mayo de 2025

Todo buen relato es dual

 

A partir de un comentario de Borges, sostenía Ricardo Piglia que en todo relato hay dos narraciones que disputan entre sí. Quizá sea debido a eso, a la falta de relatos bien construidos, nuestro deambular insatisfecho por las series en busca de una que nos atrape. Me ha sucedido con varias, la gran cantidad que uno prueba y desecha a los minutos.





En la película Confidencial de un director que suele gustarme, Stephen Soderbergh, en apariencia una película convencional de espías, en un departamento del gremio en el que todos desconfían de todos, buscando entre ellos a un amante traidor, se entrecruzan dos relatos. Lo que mueve la película y el interés del espectador es hallar el tipo de traición que está en juego: la fidelidad a la pareja o la infidelidad a la patria. No basta con eso, por supuesto, para hacer una buena película, pero los actores son muy buenos y el montaje y la planificación dinámicos, cortos y precisos. Es entretenida.





Igual de dinámica es la serie The Pitt, no tanto en la planificación como en el montaje. En este caso el escenario son las salas de espera y atención del Hospital de Pittsburgh. Las historias que se cuentan son la del médico responsable de urgencias y la de los médicos que inician su formación en el hospital, por un lado, y, por otro, la diversidad de casos que llegan para ser rescatados de una muerte inminente. Lo que se nos cuenta tanto de unas historias como de las otras son retazos, fogonazos del vivir en tensión continua de médicos y enfermeros que han decidido apostar por una profesión al límite y del regateo de la vida de tantos en la antesala de la muerte. Las múltiples historias que se entrecruzan llegan al límite cuando las salas de urgencia se ven desbordadas por la masacre que ha producido un tiroteo en el centro de la ciudad.

Ambas, película y serie, darían la razón a Borges y sus epígonos: las extensas narraciones de la novela clásica - relatos ordenados de principio a fin - no sirven para describir la vida veloz y entrecortada de nuestro tiempo: son los brevísimos fragmentos al modo de los pequeños vídeos de tik tok los que mejor la cuentan.


lunes, 7 de abril de 2025

Adolescencia

 

 


No nos acordamos de nuestra adolescencia o muy vagamente, pero sí de la de nuestros hijos. Un periodo de brumas y sucesos que no queremos recordar. Una edad difícil. A los protagonistas se les exige deshacerse de las fantasías de la infancia e integrarse en un mundo confeccionado por adultos. Por un mundo ambiguo de ensoñación y realidad, de libertad y reglas, transita la adolescencia, entre el nido familiar y la panda, entre el hogar seguro y protector y el cambiante de la calle.

Adolescencia (Netflix) aborda el asunto en cuatro capítulos. Es una serie de entretenimiento, no un manual de psicología. Para hacerla atractiva al espectador, asocia adolescencia y crimen; presenta un caso particular, extremo, aunque el contexto es reconocible, lo hace verosímil, y por eso nos llega.

Los creadores hacen de cada capítulo un reto, técnicamente complicado pues cada uno es un plano secuencia; también narrativamente, pues el punto de vista cambia en cada uno de los cuatro. El reto tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El espectador advertido puede estar más pendiente del movimiento de la cámara que del suceso o, por el contrario, inadvertido, puede sumergirse en la historia y aceptar los puntos de vista - subjetivos - de los personajes - los porqués del crimen - como si fuese de los creadores, es decir, la tesis probada y sancionada por la sociedad sobre el asunto. Los creadores - optimistas y cautos - suponen inteligencia en el espectador.

En el primer capítulo el aparato del Estado - la policía- irrumpe con su devastadora potencia en el hogar de una familia cualquiera: un padre trabajador, una buena madre, chico y chica. El suelo se abre a sus pies; debajo de la vida rutinaria y tranquila había una bomba con temporizador. Para muchas familias, eso puede ser la adolescencia.

En el segundo, la cámara entra en el instituto, es decir, en el extraño país de la adolescencia: chicos, chicas y educadores; habitaciones cerradas, redes sociales y calles como selvas. "Todos los colegios apestan", dice la voz en off de un policía. Quizá no haya ahora mismo oficio más ingrato que el de educador. Si los adolescentes andan perdidos, otra cosa no puede decirse de los educadores.

Por el movimiento, el cambio de escenarios, los muchos personajes, ambos capítulos son los más difíciles, técnicamente hablando, para hacer un plano secuencia. El plano subjetivo da una visión distorsionada de la complejidad de la relación del estado con el individuo y de los centros educativos.

Sin embargo, funciona perfectamente en los dos últimos. En el tercero, la cámara se encierra en una habitación con la psicóloga y el adolescente. El espectador, en los ojos de la psicóloga, trata de comprender. Se acerca al adolescente con un vaso de chocolate y gominolas, para acabar comprendiendo que no es un niño sino un personaje extraño el que tiene delante. Extenuado - al educador, a la psicóloga - se le escapa, no puede comprender.

El cuarto capítulo es el más duro y donde mejor funciona la cámara subjetiva. La familia, el día después. ¿Cómo soslayar la mirada de los vecinos, el brazo alargado con el índice apuntando? La cámara, con el padre, la madre y la hija, se mete en la furgoneta, huyendo de casa, el escenario de los recuerdos. ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo recuperar las rutinas?

Una serie notable.


lunes, 17 de febrero de 2025

American Primeval

 


  

Cada época construye el mundo a su modo, en realidad, las élites para sustentar su poder remodelan el modelo de mundo de acuerdo con sus necesidades. Es útil comparar los westerns clásicos con las series actuales con el mismo fondo. En las películas de John Ford, Howard Hawks o Sergio Leone - pongamos Centauros del desierto - el oeste era un lienzo panorámico donde el hombre solitario, con pocos amigos, ponía a prueba su valor. Tenía pocos principios, pero bien asentados. El honor, que se confundía con la integridad, por encima de todo: como un Quijote en las llanuras de Arizona, la nueva Mancha, rescataba a mujeres y niños de los brazos de hombres retorcidos o malvados. La línea que separaba a buenos y malos era prístina. Las caravanas, las diligencias, las tribus de indios eran los nudos necesarios para hacer avanzar la trama donde el héroe iba forjando su carácter hasta completar las etapas de su destino. El elemento crucial sobre el que se construía el guion era el individuo, la individualidad era el principio organizador del modelo de mundo.

 Pon ante tus ojos American Primeval (Érase una vez el Oeste, 2025), miniserie de seis capítulos, Netflix) y verás la diferencia. Las grandes panorámicas donde el sol recortaba limpiamente la figura del héroe son sustituidas por paisajes interiores donde las psicologías torturadas apenas se distinguen del fondo. Los personajes perseguidos se mueven por crudos inviernos azotados por la lluvia y la nieve, embarrados, heridos y extenuados. El mal sigue siendo abstracto, pero representado por colectivos: la masculinidad violenta, el colono destructor que avanza incontenible, la religión que esclaviza las mentes.

No hay momentos de descanso en esta serie. El oeste que representa es un rococó de la violencia con miedo al vacío. Violencia sin descanso, de principio a fin. Colonos guiados por una fe que se descubre sedienta de poder que no repara en medios; hombres borrachos de lujuria y codicia, y frente a ellos las mujeres, violadas primero y degolladas después, y los indios tribales que defienden con violencia justificada sus territorios. La sangre brota, los huesos estallan, las vísceras revientan, hasta la propia naturaleza se muestra salvaje.




Pero ¿cómo hacer una película o una serie del Oeste sin héroes? Sí, a condición de que representen a un colectivo: la mujer acosada que toma el destino en sus manos, el indio que se cubre con una máscara y toma el arco y la flecha para no ceder un centímetro de su tierra. Y ¿qué sucede con el hombre, con el hombre blanco? En su mayoría, representa al agresor, y, entre todos, los más violentos los que enarbolan el estandarte de la fe, los violentísimos mormones - la acción sucede en Utah -, cubiertos con una especie de capuchón que recuerda al ku-kus-klan. También hay hombres blancos desquiciados por su entrega a la fe o traidores que se venden por dinero. Aunque hay uno que representa la buena causa: el que se pone del lado del indio y de la mujer. Su motivación es inverosímil, pues mientras los demás tienen una causa que les motiva, agrediendo o defendiéndose, este se mueve por un ideal, el ideal que motivaba al héroe del western clásico, que a lo largo de esta serie había quedado desacreditado. Si uno rasca en la urdimbre del modelo de mundo, aparecen sus incongruencias que fácilmente se transforman en creencias falsas.



jueves, 19 de diciembre de 2024

Yo, adicto

 


 

En seis episodios Javier Giner cuenta su experiencia personal en un programa de desintoxicación. En el primero cuenta el estado en que llegó al hospital donde van a intentar recuperarlo. Es el más duro, el más dramático. En el segundo y el tercero cuenta el proceso de recuperación, las relaciones con el personal del hospital y con los compañeros intoxicados. Hay quien puede salir, quien reincide, quien se encuentra en un callejón del que no saldrá. El cuarto es la historia de uno que comienza el proceso, pero que en cuanto tiene una oportunidad escapa y vuelve a la vida loca, desenfrenada. El quinto trata de la difícil relación con los padres, la culpa, el estrago familiar. En el sexto, más breve, Javier Giner da las gracias y vuelve a la ciudad, Barcelona. Su historia es una historia de éxito donde tantos fracasan.

 

La serie adopta el género yoísta, entre la autoayuda y la confesión. El autor escribía un diario en los días del tratamiento. Cuando las confesiones se trasladan a la pantalla no acaba de funcionar del todo porque son demasiado largas. Funciona mejor cuando la cámara muestra al personaje en acción, magníficamente interpretado por un Oriol Pla hipnótico.

 

La serie a pesar de sus defectos es una serie necesaria. La adicción a las drogas y al alcohol acaban en enfermedades graves de difícil recuperación. Enfermedades psicosomáticas y sociales. Hay una responsabilidad aún no juzgada en la benevolencia y tolerancia hacia las drogas.

 

En cambio, Los años nuevos, otra serie reciente, se me ha hecho pesada, plomiza, pretenciosa, una engañifa, y solo hablo de lo que he visto, el primer capítulo. Desconozco si hay vida después.

 


lunes, 16 de diciembre de 2024

No digas nada

 


En el primero de los nueve capítulos, un grupo asalta la casa de una familia numerosa. Se lleva a la madre viuda y deja a 10 niños menores en total desamparo. En otros capítulos sabremos que ha hecho la mujer: atendió junto a su casa a un soldado malherido y moribundo. Él, soldado británico, ella, católica norirlandesa. Más tarde veremos a los servicios sociales llegando a la desbaratada casa familiar para repartir a los diez niños entre diversas familias de acogida. El Ira acusaba a la mujer de confidente.


En el capítulo cuarto vemos cómo dos de los personajes importantes de la serie, dos hermanas de una familia muy comprometida con el Ira, llevan en un coche de la organización a dos condenados a ser fusilados: un menor y un adulto. Ambos, estos sí, colaboraban con el enemigo, pero al ser descubiertos se comprometieron a hacer de espías dobles. Se les da la palabra de que de ese modo se redimen y serán perdonados. Gracias a sus informaciones se pudo realizar uno de los mayores atentados en la capital británica, con nueve muertos. Llegados al lugar de la ejecución encuentran dos tumbas abiertas: se les pide que se pongan de rodillas al pie para recibir el tiro en la nuca. Antes, el adulto había escrito una nota para su mujer. Cuando les echan tierra, el que se ha comprometido a entregar la nota, la arroja arrugada entre paletadas de tierra. 


La serie se basa en el documentado libro que escribió Patrick Radden Keefe, con el mismo título, sobre la actividad de miembros del IRA durante cuatro décadas. La serie ficciona los hechos que los protagonistas han revelado a investigadores de la Universidad de Oxford y en entrevistas que los respaldaban. Uno de los entrevistados es Dolours Price, una de las hermanas cuya misión era transportar a los que van a ser ejecutados. 


La serie entrelaza dos historia, la de la viuda desaparecida, contada a través de la hija mayor, empeñada en recuperar los restos y saber la verdad de lo ocurrido, y la de las dos hermanas: su incorporación al Ira, sus acciones, su divergencia, una radicalizándose durante el proceso de paz, la otra arrepintiéndose y contando al investigador de Oxford lo que sucedió.


En todos los capítulos aparece Gerry Adams dando órdenes; al final de cada uno de ellos se rotula que Gerry Adams siempre ha negado pertenecer al Ira. La cámara muestra sin intervenir; el punto de vista es el del personaje que en cada escena se tiene delante.


En el último capítulo se nos dice qué ocurrió con la viuda, quiénes fueron los culpables de su atroz destino. No se encontraron pruebas de que la viuda fuese confidente (tampoco, claramente, de quién ordenó su ejecución). La historia del IRA es una historia de muerte, dolor y desesperación. La unión con Irlanda, el motivo que llevó a la lucha armada/terrorismo nunca se produjo. Irlanda del Norte se dividió en dos mitades que se odiaban a muerte. Ahora, el Ira es una organización política, el Sinn Fein, que juega en el tablero de Irlanda (como Bildu/Eta).


El lema de los miembros del Ira 'no digas nada' se corresponde con el 'no quiero saber' de la mayor parte de los ciudadanos que prefieren vivir tranquilos y entretenidos. Pero deberían ver esta serie para tener una idea más precisa de la política y el terrorismo, una opinión más fundada sobre las cosas y un fundamento moral del voto que les empodera como ciudadanos. Una serie necesaria, una de las mejores del año, que, me temo, pasará desapercibida.