A poco que se abra uno el mundo y ponga el oído y mire
sin las antojeras que le fabrican cada mañana, verá que el mundo está
cambiando. Los cambios son sustanciales allá por donde se mire. No soy
sociólogo ni psicólogo, observo sencillamente. Nos lo dice el informe PISA y
los profesionales de la educación. Nos lo dicen los terapeutas, el mercado de
la vivienda y la pérdida de poder adquisitivo. No hace falta escuchar los
discursos irresponsables de los líderes que nos han tocado. Quita el sonido,
simplemente mira sus gestos, sus ademanes, su manera de caminar: no tienen nada
que decir
El resultado es la fragilidad. Allá por donde uno
mire, la sensación de desamparo, las ganas de contar lo que les pasa y lo que
piensan, como si no tuviesen a quién recurrir: las instituciones lejanas,
amigos y familiares cada uno a lo suyo.
Acabo de ver una serie que muestre esa fragilidad, que
parece asociada a un cambio que sucede sin que nosotros podamos participar. DTF
St. Louis. Tres personajes, cuatro si contamos con el niño, desamparados.
Casados, en aparente armonía, con niños, que se manifiestan cariño y amor.
Entre ellos establecen relaciones de amistad, amor y sexo. No parece
suficiente, algo les falta. Experimentan cómo relacionarse. Son buenas
personas, están dispuestas a entregarse al otro generosamente, pero nada llena
el hueco.
Nada de eso se dice en la serie. Cada espectador ha de
reconstrur la historia a su modo. Los personajes no son físicamente atractivos.
Tampoco los escenarios, a menudo planos generales que muestran las calles y los
edificios indiferenciados de San Luis, Missouri e interiores igualmente sin
peronalidad. El ritmo es moroso, la música que acompaña, canciones no
especialmente significativas de las décadas pasadas.
Los creadores de la serie saben que con todo eso no
sería suficiente para mantener la atención del espectador. Entonces hacen que
uno de los protagonistas muera. Un viejo inspector descreído y una joven
inspectora más animosa se hacen cargo de la investigación. Son los dos únicos
personajes con propósito, cuya vida no parece estar en el aire. Una gran serie
que será del gusto de pocos.
“Por primera vez en la
historia, una mayoría de estadounidenses —el 62 por ciento— dice haber acudido
a un terapeuta en algún momento de su vida, un salto brusco desde el 43 por
ciento en 2023. Sí, eso podría implicar una sola visita, pero el uso continuado
de la salud mental también resulta sorprendente. Poco menos de una cuarta parte
de los 269 millones de estadounidenses de dieciocho años o más “recibió
tratamiento o consejo de salud mental” cada año entre 2022 y 2025: entre 55 y
60 millones de adultos. Estas cifras se dispararon tras la pandemia, pero la
trayectoria ya era inequívoca. Entre los millennials, nada menos que el 72 por
ciento afirma que es probable que visite a un terapeuta en los próximos doce
meses. Demográficamente, acuden al terapeuta sustancialmente más blancos que
negros, y sustancialmente más mujeres que hombres”. How
Therapy Culture Made us Fragile.
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