Y así pasa la vida. El título en inglés de este libro, The Empress of Weehawken, es fiel a su contenido, no así el título en español. El libro es una historia familiar que comienza en Alemania y acaba en esa pequeña localidad del estado de Nueva York, Weehauken. El título del libro se refiere a la narradora, Elizabeth Rother, a quién la autora del libro, Irene Discher, convierte en el centro de la vida familiar, recurso técnico para no contar en primera persona y mostrarse a sí misma en los ojos de la abuela. Los nombres de los personajes coinciden con los nombres de su familia, también las profesiones, casi todos médicos, de universidad más que clínicos, forenses patólogos y bioquímicos, lo que no quiere decir que sea una narración fidedigna donde lo que se cuenta se corresponda fielmente con la realidad, pero en lo fundamental no parece haber grandes discrepancias: el lector se hace a la idea de que más o menos así debieron suceder las cosas y así más o menos eran los personajes, porque al fin la narración es una historia de personajes, fundamentalmente femeninos, la abuela Elizabeth, la hija Renate y la nieta Irene. Mujeres de carácter con personalidad compleja, no fácilmente definibles, rodeadas de hombres cuya debilidad no merece que tengan páginas propias en la historia sino en función de las mujeres.
Una reseña superficial del libro puede conducir al lector a pensar que es una más de las historias que nacen en el contexto del nazismo. No es así. La historia por supuesto comienza en los años treinta cuando dos familias, una de ascendencia católica y aristocrática y otra de judíos de clase media se unen en el matrimonio de Elizabeth Rother y Carl. Se ven las dificultades, la persecución de los judíos, la división de las familias, los que se salvan y a los que exterminan y la huida en el último momento de ambos hacia América. Y luego la vida que sigue en el Nuevo mundo. Pero eso solo es el contexto. Lo que la narración nos cuenta, casi como en los libros biográficos o de memorias, es lo que sucedió con esa familia en las siguientes generaciones, la de Renate y la de Irene. La vida de Renate, una mujer culta e inteligente, con varios matrimonios a su espalda, no es especialmente novelesca. Si lo es la de Irene que al contrario que su madre su padre o su abuelo no se interesa especialmente en formarse profesionalmente. Prefiere dejarse llevar por lo que la vida le ofrezca: viaja por el mundo, conoce a Louis Leakey en África, trabaja con él pero no se convierte en una discípula famosa como lo fue la antropóloga Jane Goodall. Con el tiempo se dedicaría al periodismo y a la escritura fruto de la cual es este libro.
Cualquiera tiene una historia familiar que contar pero no todas son igualmente interesantes. El contexto en que uno nace y vive es importante si los acontecimientos son decisivos en tu vida. La otra forma de mirar atrás es convertir tu vida en literatura, hacer que tu experiencia sea significativa y valiosa para los lectores. En La emperatriz de Nueva York hay las dos cosas, contexto y literatura. Sin embargo el modo en que la autora los trata hará que algunos lectores se sientan insatisfechos: querrán saber más de cómo fue realmente la vida en Alemania en aquellos años y, en su defecto, que la autora hubiese ahondado más en la psicología de los personajes, que los hiciese más novelescos. Como sucede en los best sellers aunque sean de calidad la trama de lo que se cuenta está cerrada al lector, este no se siente interpelado, no se estimula la imaginación y puede que no encuentre nada que pueda serle de utilidad salvo el placer de la lectura que al fin es lo que la mayoría busca cuando lee.

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