jueves, 17 de agosto de 2023

De vuelta en Kutaisi




Salimos de Latali, la Guest House ecológica, primero por una pista arenosa llena de curvas que nos llena del polvo que entra por las ventanas de la furgo, después por otra pista, más que carretera, en construcción, llena de piedras en los márgenes y de vehículos que bajan hacia la llanura central, y que a lo largo de todo el trayecto hacen adelantamientos suicidas. Más vale no mirar y echar una cabezadilla mientras tanto. 




Antes de llegar a Kutaisi nos desviamos para ver una famosa cueva geológica que lleva el nombre del famoso titán que según los griegos robó la inteligencia -el fuego- de los dioses para dársela al hombre. Prometeo fue encadenado por Hefesto, siguiendo la orden de Zeus, en el Cáucaso. La verdad es que la Cueva de Prometeo no se diferencia de cualquier otra de las que hayamos visto. La longitud quizá, lo demás, estalactitas, estalagmitas, salas más profundas o más elevadas, incluso el canal de agua por el que te lleva una barca es parecido a cualquier otro.




Escribo esto desde Kutaisi, en la terraza del hotel que nos aloja con vistas sobre los cerros con iglesias ortodoxas, el Rioni, el río de la ciudad, que baja lleno a esta hora de la tarde, pues el caudal no es el mismo a primera hora de la mañana y al atardecer, en función del desagüe del Cáucaso. Hace mucho calor, humedecido por el río cercano, nada que ver con el agradabilísimo clima de las alturas del Cáucaso.


Me estoy despidiendo de esta segunda visita a Georgia. Poco que ver con la Georgia histórica y ortodoxa de mi primer viaje. Nada que ver los jóvenes europeos y algunos asiáticos que se aventuran por las montañas del Cáucaso con la gente local que vive en el valle afanándose cada día por ganarse el jornal.




Un paseo nocturno por la ciudad nos muestra el desgarro de lo que fue, de lo que pudo haber sido, de lo que es: la Cólquida y la Iberia griegas, allí donde Jasón fue a buscar el vellocino de oro; el cristianismo ortodoxo heredado de su herencia constantinopolitana; el mito de una época dorada de Georgia cuando la reina Tamar (canonizada), a caballo entre los siglos XII y XIII; las sucesivas sumisiones a los imperios musulmán, mongol, otomano y ruso; la breve independencia entre 1918-1921 cuando los georgianos creyeron que la autodeterminación de los pueblos que proclamaba la constitución de la URSS iba en serio; su larga etapa como república socialista, ofreciendo a la URSS como dirigente al mayor asesino de la historia (Stalin); y por fin la actual independencia, en 1991, con la amenaza rusa a sus espaldas (apoyando a los rebeldes de Abjasia y Osetia del Sur) y la esperanza de la Union Europea en el horizonte.


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