viernes, 26 de abril de 2019

Ruido



            A veces me pongo los cascos por la mañana para escuchar los titulares, el tiempo y los comentarios mientras desayuno y me desperezo. Cuando los recojo y apago la aplicación correspondiente se produce un alivio incomparable. Regreso a la vida, al silencio, a mí mismo. Un secuestro parecido he sentido estos días cuando he abierto los altavoces de la campaña electoral. Los carteles en las calles, (vamos ganando la batalla por la limpieza como ganamos la batalla contra el tabaco), las emisoras, los debates. Sumergirse en la campaña es como aceptar una servidumbre voluntaria. Aspereza, ruido, nada más que ruido. Gobernar es una cosa seria, no lo parece. ¿Por qué admitir en tu casa, por qué hacer hueco en tu mente a los gritones? No son los cabezas de cartel, son los analistas los peores, los profesionales de la información, los romos tertulianos que antes de que haya acabado el debate te aseguran quién lo ha ganado, te dicen qué tienes qué decir y pensar si te preguntan. Ni siquiera tienes que escuchar su sordo griterío, en cada número del dial, en el color de la cadena o en la mancheta del periódico está inscrito el nombre del vencedor y en ominoso negro el enemigo a quien no hay que votar. No hay un punto intermedio, un espacio de encuentro, una idea que pueda germinar en cada oyente y le haga sentir en buena compañía. Solo enemigos.


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