A
veces me pongo los cascos por la mañana para escuchar los titulares,
el tiempo y los comentarios mientras desayuno y me desperezo. Cuando
los recojo y apago la aplicación correspondiente se produce un
alivio incomparable. Regreso a la vida, al silencio, a mí mismo. Un
secuestro parecido he sentido estos días cuando he abierto los
altavoces de la campaña electoral. Los carteles en las calles,
(vamos ganando la batalla por la limpieza como ganamos la batalla
contra el tabaco), las emisoras, los debates. Sumergirse en la
campaña es como aceptar una servidumbre voluntaria. Aspereza, ruido,
nada más que ruido. Gobernar es una cosa seria, no lo parece. ¿Por
qué admitir en tu casa, por qué hacer hueco en tu mente a los gritones? No son los cabezas de cartel, son los
analistas los peores, los profesionales de la información, los romos
tertulianos que antes de que haya acabado el debate te aseguran quién
lo ha ganado, te dicen qué tienes qué decir y pensar si te
preguntan. Ni siquiera tienes que escuchar su sordo griterío, en
cada número del dial, en el color de la cadena o en la mancheta del
periódico está inscrito el nombre del vencedor y en ominoso negro
el enemigo a quien no hay que votar. No hay un punto intermedio,
un espacio de encuentro, una idea que pueda germinar en cada oyente y
le haga sentir en buena compañía. Solo enemigos.
viernes, 26 de abril de 2019
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