La
conciencia es un estado mental basculante. Se necesita poco para que
se mueva en la dirección en la que está orientada, como un columpio
cuando se pone en movimiento o como un péndulo que sigue un eje,
pongamos N/S. Habría que detenerlo e impulsarlo de nuevo para que
oscile en una nueva dirección, pongamos E/W. Por inercia, mantendrá
su posición, de modo que solo se puede incrementar el ritmo o
ralentizarlo. La conciencia que nos sitúa en el mundo va con el
viento que mueve la historia, un viento de largo aliento, cuyo
combustible es la supervivencia y el instinto de conservación, el
miedo y la costumbre, la insistencia y el hábito, la creencia donde
la publicidad y la propaganda encuentran terreno abonado. De Espanha
nem bom vento, nem bom casamento. ¿Cómo cambiar la inercia?
Cómo hacer que un péndulo no movido por mecanismo se mantenga o
acelere. En la vida pública se cruzan estados de ánimo, pero uno
domina a los demás, movido por el viento de cola de la historia. La
opinión dominante viene de lejos, decae a veces, pero puede ser
impulsada de nuevo. Cuesta mover el eje, bascular en otra dirección.
Aunque hay opiniones que toman impulso y siendo minoritarias alcanzan
un dominio apabullante: antiesclavismo, feminismo, socialismo.
La
política es un teatro de emociones. Los actores son máscaras: el
Narciso o perverso polimorfo, el diablo inquieto que baila sobre
ascuas, el táctico bifaz, ahora agitador, ahora pacificador, siempre
cortante, el aburrido burócrata de los trajes bien cortados, la
estantigua que ofrece la gracia del abismo. En el escenario se agitan
los miedos y las esperanzas, esta vez sólo ha habido miedo. En el
teatrillo no suele haber sitio para la razón y la deliberación, tan
aburridos. Entre bambalinas están los agitadores verdaderos, los que
escriben los guiones. Los convencidos cuyo combustible es el ideal,
los cínicos que sólo ven una escalera, no importa que sea al
despeñadero, los venales, los profesionales que reciben el óbolo de
la existencia confortable, los pragmáticos. La mayoría tácticos,
pocos estrategas del bien común.
Veamos.
El acto decisivo ha sido el mitin de Colón. Un acto como ese sólo
habría podido tener efecto para sus organizadores si la conciencia
ya hubiese basculado sobre otro eje. Los organizadores lo creyeron,
pero erraron. Como no era así se convirtió en el elemento central
de la campaña, alimentó el viento de cola, de sus adversarios, la
mayor fuente de sintagmas destructivos: la derecha trifálica, por
ejemplo. Ahí ganó Narciso las elecciones. ¿A quien ha beneficiado
Vox? El fantasma de VOX agitó la conciencia dormida, un miedo
movilizador capaz de que los vascos, ciudadanos bien alimentados,
temiesen más al fascismo que al partido de los herederos de los 900
asesinados (EH Bildu: 4 escaños: PP/Cs/Vox: 0 escaños). Algo
parecido se podría decir de Cataluña. El éxito de VOX no se mide
por el número de escaños obtenidos partiendo de la nada y por los
que ha hecho perder al PP, sino básicamente por el voto que ha hecho
aflorar como réplica en la otra orilla. El éxito de Vox ha sido
espectacular. Ha destruido al PP y en consecuencia ha fortalecido al
Narciso.
Quienes
mejor han comprendido la teatralidad de la política han sido los
estrategas de La Sexta. Solo había que ver los programas que han
dedicado a VOX. También las demás teles y periódicos. No importa
que hablasen mal, al contrario, han movilizado a medio mundo por el
miedo. Ha sido la más exitosa campaña del miedo que yo recuerde. En
política no existen razones, sólo emociones. Teatro. Y en ese
teatro de las emociones, los que creían votar contra Narciso, en
realidad estaban votando a su favor. Pero el votante individual no lo
querrá aceptar, no puede aceptarlo porque se cree libre. Persistirá,
dominado, manejado como está por los creadores de los estados de
opinión. La mayor sabiduría de los agitadores es hacer creer a la
pobre conciencia individual que su conciencia es propia, autónoma,
cuando no hace otra cosa que responder a lo que de ella se espera.

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