jueves, 25 de abril de 2019

Para que no te pierdas en el barrio, de Patrick Modiano



         El lector queda atrapado en la novela por la aparente sencillez de su escritura. Entra en un bosque limpio y ordenado donde las frases le parecen nuevas, donde ninguna palabra parece gastada. Un bosque, sin embargo, brumoso, donde la realidad aparece entre sombras, como recién salida de un sueño. La novela está escrita en tercera persona pero el punto de vista está pegado al del protagonista, Jean Daragane, un escritor que un día se ve asaltado por dos jóvenes que le requieren para que les informe sobre un personaje, un tal Guy Torstel, que aparece en su primera novela, La negrura del verano. No parece que le interese volver atrás, cuarenta años atrás, pero la carpeta que le entregan los jóvenes misteriosos que dicen querer escribir un libro o un artículo sobre el personaje de ese libro, con informes policiales y una foto de un niño en fotomatón, le van abriendo claros en la masa oscura de su memoria. Y como sin querer, contra su voluntad casi, a la memoria del escritor, como a un par de cerezas le sigue otro par y luego otro cuando se tira de ellas, van acudiendo los personajes del pasado, un pasado anterior en quince años a la publicación de dicho libro. Y resulta que aquel Guy Torstel por quien se interesaban los dos jóvenes no tenía ninguna importancia en la historia que se está recomponiendo ante los ojos del lector. El lector descubre al mismo tiempo que el protagonista que el niño de la foto es el niño que Jean Dargane fue y ha olvidado hasta el punto de no reconocerse y que a quien traen esos recuerdos es a una Annie Astrand a quien fue entregado por una madre de quien el protagonista no recuerda ni quiere recordar nada. No solo los personajes no acaban de tomar cuerpo separados de los lugares, de los sonidos de conversaciones que no se entienden, de pasos en la noche o coches que arrancan al amanecer, el propio tiempo es como un túnel que traspasa los años, adelante y atrás, el presente de un hombre que no se encuentra cómodo con los demás, el pasado de la escritura de su primera novela, en la que había una huella para que Annie Strand la viese, de modo que el escritor y ella pudiesen reencontrarse más adelante y así recordar la infancia vivida con esa mujer que resulta ser más joven de lo que llegó a creer. Porque el verdadero protagonista de esta novela es el tejido de la memoria, un tejido elástico, a menudo desgarrado, que cuesta recoser y en el que la medida del tiempo y de los lugares es diferente de la precisión y distinción que exigimos cuando constatamos la realidad del presente. En ese tejido, los hechos, los personajes, los lugares aparecen como abultamientos, más o menos informes, como figuras de un tapiz desvaído en el que es imposible detectar los vivos colores iniciales.

           Modiano escribió y publicó esta novela poco antes de que le diesen el nobel. Detrás del Jean Daragane que la protagoniza se intuye al propio Modiano, como cuando dice que su único interés es recrear la claridad expresiva de la Historia natural de Buffon, alejado del griterío del mundo. En la novela combina una cierta intriga en torno a los dos jóvenes que le asaltan, un Gilles Otollini, que dice haber encontrado una libreta de direcciones que Daragane perdió en la Gare de Lyon, y su amiga, Chantal Grippay, que lo advierte contra él, quizá para que caiga en una trampa y aclare un punto de su pasado, aunque pronto se olvida de ellos y de la intriga para centrarse en el mundo Modiano, la realidad flotante que emerge de los frágiles recuerdos asociados al callejero de París, historias que la memoria levanta y quedan a medio terminar. A menudo he tenido la impresión de que leía una página de Javier Marías, eso sí, de forma más concentrada, pero también más leve, más aérea.


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