El lector queda atrapado en la novela por la
aparente sencillez de su escritura. Entra en un bosque
limpio y ordenado donde las frases le parecen nuevas, donde ninguna
palabra parece gastada. Un bosque, sin embargo, brumoso, donde la
realidad aparece entre sombras, como recién salida de un sueño. La
novela está escrita en tercera persona pero el punto de vista está
pegado al del protagonista, Jean Daragane, un escritor que un día se ve
asaltado por dos jóvenes que le requieren para que les informe sobre
un personaje, un tal Guy Torstel, que aparece en su primera novela, La negrura del
verano. No parece que le interese volver atrás, cuarenta años
atrás, pero la carpeta que le entregan los jóvenes misteriosos que
dicen querer escribir un libro o un artículo sobre el personaje de ese libro, con informes
policiales y una foto de un niño en fotomatón, le van abriendo
claros en la masa oscura de su memoria. Y como sin querer, contra su
voluntad casi, a la memoria del escritor, como a un par de cerezas le sigue otro par y luego otro cuando se tira de ellas, van acudiendo los personajes
del pasado, un pasado anterior en quince años a la publicación de dicho libro. Y resulta que aquel Guy Torstel por quien se interesaban los
dos jóvenes no tenía ninguna importancia en la historia que se está
recomponiendo ante los ojos del lector. El lector descubre al mismo
tiempo que el protagonista que el niño de la foto es el niño que
Jean Dargane fue y ha olvidado hasta el punto de no reconocerse y que
a quien traen esos recuerdos es a una Annie Astrand a quien fue
entregado por una madre de quien el protagonista no recuerda ni
quiere recordar nada. No solo los personajes no acaban de tomar
cuerpo separados de los lugares, de los sonidos de
conversaciones que no se entienden, de pasos en la noche o coches que
arrancan al amanecer, el propio tiempo es como un túnel que traspasa
los años, adelante y atrás, el presente de un hombre que no se
encuentra cómodo con los demás, el pasado de la escritura de su primera novela,
en la que había una huella para que Annie Strand la viese, de modo que el escritor y ella pudiesen reencontrarse más adelante y así recordar la infancia vivida con esa mujer que resulta ser más joven de lo que
llegó a creer. Porque el verdadero protagonista de esta novela es el
tejido de la memoria, un tejido elástico, a menudo desgarrado, que
cuesta recoser y en el que la medida del tiempo y de los lugares es
diferente de la precisión y distinción que exigimos cuando
constatamos la realidad del presente. En ese tejido, los hechos, los
personajes, los lugares aparecen como abultamientos, más o menos
informes, como figuras de un tapiz desvaído en el que es imposible
detectar los vivos colores iniciales.
Modiano
escribió y publicó esta novela poco antes de que le diesen el
nobel. Detrás del Jean Daragane que la protagoniza se intuye al
propio Modiano, como cuando dice que su único interés es
recrear la claridad expresiva de la Historia natural de
Buffon, alejado del griterío del mundo. En la novela combina una
cierta intriga en torno a los dos jóvenes que le asaltan, un Gilles
Otollini, que dice haber encontrado una libreta de direcciones que
Daragane perdió en la Gare de Lyon, y su amiga, Chantal Grippay, que lo
advierte contra él, quizá para que caiga en una trampa y aclare un punto de su pasado, aunque
pronto se olvida de ellos y de la intriga para centrarse en el mundo
Modiano, la realidad flotante que emerge de los frágiles recuerdos asociados al callejero de París, historias que la memoria levanta y quedan a medio terminar. A menudo he tenido la impresión de que leía
una página de Javier Marías, eso sí, de forma más concentrada,
pero también más leve, más aérea.

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