En
medio de la mañana soleada pero con un airecillo molesto, la
sorpresa. Ocupan buena parte del salón del paseo central de la
ciudad. De los plátanos caen colgaduras como filacterias, hay mesas
con pins y pegatinas, con niños a su cuidado, otras con libros
breves, concisos, de títulos y rostros de personajes que en sí
mismos son manifiesto: Edith Stein, Paulo Freire, Simone Veil.
dípticos con pancartas declarativas y una cuerda que acota un
espacio longitudinal que llaman teatro. Junto a ella, agentes que
reparten folletitos con mensaje limpio, sencillo, con propuestas
de andar por casa, que se
resumen en una palabra, Decrecimiento.
En su interior, pues invitan a entrar al teatro por una falsa puerta, un seguido de escenas inmovilizadas sobre las servidumbres de la vida cotidiana, el
trabajo encadenado, los móviles que paralizan, la comida basura, los
servicios públicos deshumanizados. No hay palabras, discursos, sólo
música de fondo y los actores algo relamidos y peripuestos que
mantienen su apostura estática, salvo leves parpadeos. Original,
sorprendente, moderno. En un gran cartel en blanco y negro, que se
repite pegado a los troncos de los árboles, anuncian los actos de la
jornada: a las 10 misa en San Pedro, a las 11,30 el happening que
ahora veo.
Gran
contraste con la procesión cívica que a la misma hora circunnavega
el casco histórico, tan convencional, tan rutinaria, con las
banderas y los emblemas de siempre. Los movimientos sociales, su
lenta marejada, no son siempre predecibles. Quizá algunos saliven
tras los resultados del domingo pasado, como esta Pilar Rahola del
sanchismo que advierte: cuidado
con defraudar la movilización del domingo, pero no había
tanta diferencia en votos entre unos y otros, pocas veces la hay.
Además en este país el oleaje profundo suele moverse más
lentamente o con cierto retraso con la hora de París.
Democracia radical.
Democracia radical.

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