Esta
historia es un capítulo del libro Ignorancia y felicidad. Sobre el deseo de
no saber, de Mark Lilla
“En el poema de Friedrich Schiller «El velo de Isis», un
joven viajero europeo llega a la puerta de un templo en Egipto y pide que le
dejen entrar. Tiene mirada de loco y al sacerdote le cuesta entender lo que
dice. Parece que ha viajado muchos meses hasta esta ciudad del delta del Nilo
para estar en presencia de la diosa Isis y aprender de ella la Verdad. No
verdades concretas sobre la naturaleza del cosmos, por ejemplo, o la mejor
manera de vivir. Quiere la Verdad en sí, sea lo que sea. «¿Qué tengo cuando no
lo tengo todo? ¿No es tu verdad una e indivisible? Toma una nota de un acorde,
toma un color del arcoíris, y lo que queda no es nada». El sacerdote suspira.
«Eso», dice, «debes arreglarlo con la diosa».
La pesada puerta se abre y entran en la rotonda, dominada
por la formidable estatua de mármol. El rostro de Isis está velado. El
visitante no puede ocultar su decepción y le pregunta al sacerdote si alguna
vez ha mirado detrás de él o ha tenido la tentación de hacerlo. «Nunca», dice
el anciano, abriendo los ojos. «La diosa pronunció una maldición»:
«Ninguna mano mortal», dijo.
«Ninguna mano mortal podrá levantar este velo hasta que
yo misma lo levante.
Pero aquel cuya mano culpable y sacrílega se aferre a
este velo sagrado
prohibido,
ese - dice la diosa - verá la Verdad».
El joven da vueltas en su estrecha cama esa noche,
incapaz de dormir. Finalmente, y de manera casi mecánica, se levanta, va al
templo, escala el muro y entra en la rotonda; sus pasos resuenan en el interior
iluminado por la luna. Oye una voz interior que le pregunta si de verdad tiene
la intención de tentar a lo más Sagrado de lo Sagrado, y vacila por un momento.
Entonces oye su propia voz que grita: «¡Sea lo que sea que hay detrás, lo
levanto ahora!».
Los sacerdotes del templo lo encuentran a la mañana
siguiente, hecho un ovillo e inconsciente ante la estatua. Sobrevive, pero su
vida carece de alegría a partir de ese momento. Nunca hablará de lo que vio,
porque ¿qué podría decir? ¿Quién le creería si dijera que el castigo más cruel
a la curiosidad es a veces la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?
Es decir: ¿quién, excepto Edipo? [Edipo fue la víctima trágica de su voluntad
de ignorancia].
Si
esta historia te ha intrigado, este sería un buen momento para leer la obra de
Henrik Ibsen El pato silvestre.
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