Hay
hombres a quienes su personaje les viene hecho. Sin darse cuenta cuando se
hacen adultos están metidos dentro de un traje. Un nicho de supervivencia. Han
hallado el modo de estar en el mundo: una estampa fija ante los demás, un
acopio de certezas, un dinerillo que va llegando. Si han adquirido fama
mediática, el sol ilumina una de sus caras dejando en sombras lo demás. Gracias
a ellos una miríada de hombrecillos vestidos con el mismo traje ven confirmadas
sus certezas. Y como él, todos esos hombrecillos tienen la espalda cubierta, a
resguardo de la luz cegadora. Nunca verán los crímenes a sus espaldas, no
porque no quieran verlos sino porque no pueden. Su traje es tan rígido que les
impide girar la cabeza a la derecha o a la izquierda, y del todo imposible
darse la media vuelta.
Este
tipo de hombres demediados tienen su réplica en otros hombres demediados que
ven lo que estos no pueden ver, incapacitados de su parte de ver lo que
aquellos ven. Y así se parte el mundo en dos mitades, dejando una pequeña
brecha para hombres más flexibles.
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