Pillion es una película de amor. ¿Hay alguna
historia, en la realidad o en la ficción, en la que no aparezca ese
duendecillo? A veces bajo el disfraz del deseo sexual, otras asomado al vértigo
de la pasión romántica y otras convertido en acto: las distintas formas de anudar
una pareja. El amor es como una propiedad de la naturaleza, una pulsión
ineludible, está por doquier: como el oxígeno, no podemos vivir si él. Quizá ya
hayamos explorado todas sus variantes en la forma de contarlo. O quizá ya no
hay buenos guionistas. Ya no nos apasionan las historias de amor; quizá generalizo
mi sensación particular.
En la
historia que nos cuenta Pillion (‘pillion’: algo así como el paquete o
acompañante que lleva detrás un motorista) el contexto es el de los motoristas
con chupas de cuero, road movies, compañerismo y movimiento. Motoristas
emparejados, uno que conduce y otro que se deja llevar. La variante de esta
historia de amor es que uno de los dos acepta someterse, ofrecerse como pasivo
en todas las formas de convivencia: dejarse llevar como paquete, ofrecerse a
hacer las labores de casa - comprar cocinar limpiar -, dormir en la alfombra en
vez de en la cama, incluso dejarse poner una cadena con candado al cuello.
Los padres,
que miman al hijo blandito, primero se entusiasman con la relación y luego
recelan. Incluso la madre, gravemente enferma, advierte. ¿Dónde está el límite
entre las formas de libertad sexual y el sometimiento humillante, aunque haya
sido libremente escogido? La película, un producto típico de festivales, deja
la respuesta en el aire porque tampoco expone con claridad la pregunta. Por si
no se ha adivinado, esta es una historia de amor gay. Me pregunto si la
humillación a la que se ve sometido el amante pasivo, podría haberse concebido
en el caso de una mujer sin que apareciese como una forma de violencia
intolerable.
Ver una
película como esta hasta el final es un esforzado ejercicio de ciudadanía. No
te produce placer verla, no emergen en ti emociones empáticas (no en mi). La
ves por un compromiso moral: la necesaria reflexión sobre los límites. Como
cabía esperar todos los críticos se ponen de acuerdo en ensalzarla, pero sin
hacerse, creo, las preguntas adecuadas. Los críticos y los guionistas de hoy viven
en el mundo de mentiras aceptadas y consensuadas, donde las cuestiones
difíciles y aquello que se llamaba espíritu crítico han desaparecido. En
Movistar.
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