En perspectiva podría decirse que era imposible que Alemania ganase la guerra abriendo dos frentes uno en el este contra Stalin y otro en el oeste contra americanos y británicos. A su favor tenía el fanático entusiasmo de su población, un fanatismo que se derrumbó un instante después de la muerte del Führer. La Alemania del 8 de junio de 1945 en nada se parecía a la Alemania del día anterior. Dos Alemanias increíblemente opuestas. Una evaluación racional de la situación geopolítica y económica del momento hubiese desaconsejado iniciar una guerra. Sin embargo la voluntad ciega de un líder sin oposición y la fe de un pueblo fanatizado la inició: una energía que estaba condenada a consumirse en la realidad de los cientos de miles de soldados muertos, en la imposibilidad de restituir el armamento destruido, en la falta de recursos económicos.
¿No puedo decirse lo mismo de la operación de Putin en Ucrania, atacar a un país de 45 millones de habitantes respaldado por las dinámicas economías de Occidente, sin contar además con el entusiasmo fanático con que contaba Hitler? Putin no tiene una economía que lo respalde, tampoco un pueblo que crea en él hasta el punto de inmolarse.
De todo ello podría deducirse que a las guerras las mueve la sinrazón, que solo la barbarie puede explicarlas. No hay mentes racionales detrás de quienes las analizan diseñan y mantienen: sus operarios, por decirlo así, pueden ser mentes brillantes en un aspecto: el militar el logístico el geopolítico el propagandistico, genios incluso en su esfera de acción (un Rommel, un Goebbels), pero incompetentes para la visión de conjunto, no porque les falte empatía o compasión, sino porque su misma especialización les impide ver el conjunto de factores y su dinámica. ¿Cómo podía ganar Hitler contra el resto del mundo? ¿Cómo puede ganar Putin con una economía desfalleciente contra la poderosa tecnología occidental?
El espíritu humano es incapaz de desprenderse de su doble faz ángel/bestia, determinados quizá por nuestra mitología Caín/Abel (lo emocional) más que por el progreso de la razón ilustrada. Hay algo que resulta incomprensible: la información y el análisis de lo que sucede en Ucrania no lleva a la conmoción; lo que sucedió en Europa, y en Alemania en particular, a mediados del siglo XX, parece olvidado. ¿Estamos condenados a que se repita?
Lo irracional está en el sustrato de buena parte de nuestras creencias y comportamientos. Es una fuerza determinante que no somos capaces de controlar. Hay una serie de restricciones mentales debidas a la ideología que nos hacen ciegos a la realidad: el asesinato político, la violencia machista o intrafamiliar, el drama de la inmigración, la pobreza extrema, la desigualdad.
Toda guerra es un fracaso político y de la sociedad. A Hitler había que haberle parado los pies mucho antes de que invadiese Polonia. A Putin mucho antes de que atacase Kiev el 22 de febrero del 2023. Ucrania tiene derecho a defenderse como lo tenía Europa después de septiembre de 1939. El fracaso consiste en haber llegado a ese punto. Es evidente que hemos evolucionado hacia lo mejor pero no lo suficiente como para que la civilización haya llegado al punto de la imposibilidad de la Guerra.

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