martes, 8 de agosto de 2023

Kutaisi, Georgia


De nuevo aquí por segunda vez en menos de un año. 36⁰. Un artículo de hace unos días decía que a partir de 40⁰ las neuronas comienzan a fundirse. Una exageración sin duda, no pasé del titular. Sin embargo, puede ser una parecida sensación a la que tengo en Valencia o en Barcelona, cuando a partir de los 30⁰ con mucha humedad, el cerebro, se reblandece, supura y queda en stand by. Por qué a Georgia por segunda vez. El Cáucaso. El Cáucaso. Kutaisi, la segunda ciudad de Georgia, 135.000 habitantes, sede del Parlamento del país, no tiene nada que te retenga para que vuelvas a visitarla en otra ocasión. Simplemente un aeropuerto por el que pasan turistas. El aire de vieja dama con los afeites desvaídos de un pasado de esplendor que probablemente ni siquiera llegó a tener o lo perdió durante la era soviética: parques de estilo francés calcinados por el calor, estatuas desmadejadas por dejadez, falta de presupuesto o desinterés, que han dejado de representar aquello para lo que fueron concebidas, edificios en decadencia o en restauración. Hay un mundo de ciudades que se mantienen a la espera de en algún momento dejar de ser ex soviéticas.


Saliendo de Kutaisi llegamos al monasterio de Martvili, uno más de los monasterios ortodoxos de Georgia. Lo visitamos aunque esta vez no hemos venido a visitar monasterios.


Es dejar el llano e ir subiendo hacia la cordillera por pistas con derrumbes más que por carreteras de asfalto para que el paisaje se cierre y aparezcan los bosques densos y luego más arriba se abran sobre valles y aparezcan la nieve y los glaciares. El paisaje encantado que uno quería volver a ver. 




Pero no se acaba ahí la magia de este paisaje encantado, poco antes de llegar a Mestia, nuestro destino, aparece un espectáculo único en el mundo las Torres Svan. San Gimignano en Italia se visita por sus famosas torres, pero las recuerdo más grandes y espaciadas. Seguramente tenían la misma función, llamadas mediante el fuego a la vigilancia de la ciudad o del valle, pero las torres de Mestia elegantes paralelepípedos verticales son diferentes, únicas: cada casa tenía la suya propia: avisaban del peligro de invasión mediante el fuego que se encendía en lo más alto. Debía ser un espectáculo cuando todas las torres, y había muchas, iluminaban la garganta para que se aprestase a la defensa. Las familias se encerraban en ellas y esperaban. También me recuerdan a las casas torres defensivas otomanas de Jgirocaster en Albania.


Quedan unas cuantas, en Mestia y Ushguli, de las que Svanski debió tener en su momento altomedieval. Todas idénticas, un cuadrado de 5 por 5 con 25 metros de altura. Con cuatro o cinco niveles y una estrecha ventana en la parte superior, sobre la ladera para protegerse mejor, también de los derrumbes de la montaña o de deslizamientos como el reciente glaciar que ha acabado con un balneario donde han muerto seis personas y más de 30 han desaparecido.


El Cáucaso no vale con una sola vez.


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