Nos alojamos en pueblos pequeños casi aldeas. Nos hospedan familias en casas sencillas que han preparado para acoger al mayor número posible de caminantes. Las habitaciones y la comida cumplen con lo mínimo (yo estoy teniendo problemas con el picante que ponen sobre todo en las sopas). En general son amables, pero no tienen tiempo para charlar porque están muy atareados para acoger a sus huéspedes. Es fácil, sin embargo, comunicarse con los caminantes de otras nacionalidades. Estos días hemos conocido a chicas suizas y austriacas, una pareja de italianos y una madre e hija malayas de Borneo, que se han alojado en los mismos lugares que nosotros. Especialmente simpática Maggie, la hija malaya, dominadora de lenguas, vecina de varios países, que nos ha demostrado que sabe bailar, tocar el piano y hablar su escaso español con tanta voluntad que era fácil entenderla.
Hoy caminábamos entre Adishi e Iprali. Hemos ascendido junto al río hasta el impresionante glaciar. Ambos, río y glaciar, llevan el mismo nombre que el primer pueblo, Adishi. Hemos cruzado el río a caballo. La dificultad más que en la profundidad está en lo pedregoso del cauce y en la turbulencia de las aguas. Por un sendero zigzagueamos para subir a lo alto de un collado, a 3.000 metros, el Paso del Chkunderi, desde donde las vistas sobre el glaciar Adishi y otros cinco glaciares más, y los picos circundantes, son magníficas. De vez en cuando oímos el rumor del hielo desprendiéndose y cayendo.
Después de comer el pícnic que cada día nos preparan en los alojamientos familiares, bajamos por un sendero que nos lleva a Iprali, ya en otro valle. Ahora es otro río que baja de otro glaciar tan impresionante como el Adishi. Antes de llegar a Iprali, una muy pequeña aldea, paramos en una guest house con bebidas. La lleva una mujer que nos dice que es hija de padre griego y madre georgiana. Ahí volvemos a coincidir austriacas, italianas y españoles.



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