1. El monasterio de Santa Clara está vacío, como a la espera. Son cerca de las diez de la mañana. Alguien llega, abre la gran puerta de rejería, entra y la vuelve a cerrar. Cuando nos acercamos, un segurata amable nos habla del horario, la cita previa, las condiciones de la visita. No hay nadie pero no lo podemos visitar. No hay solitarios como nosotros que se abandonen por las calles. Desde el mirador, la reina Juana de bronce no mira hacia el mar de pinos del Valle del Duero, tampoco hacia la Casa del Tratado, está varada como un pasmarote sin atender a nada a nadie. Dentro de la Casa del Tratado, una mujer solícita nos indica el recorrido que hacer, el pequeño laberinto de cintas que hay que seguir para que los turistas, ahora inexistentes, recorran salas lean carteles observen maquetas oigan vídeos. Al salir de la breve exposición, la mujer que atiende se desvive con una oriental, quizá japonesa, indicándole todo lo que puede ver los horarios las restricciones la ciudad. El tratado que dio nombre a la ciudad o más bien que recibió el nombre de esta ciudad duerme con ella en la desatención. Y con él y ella, Juana. Los años buenos recientes no han bastado para hacer de la historia un hecho contemporáneo. ¿Qué hay aquí del siglo XXI? Nada. Tampoco de finales del XV. Decir Colón, decir Isabel, decir Océano partido es decir nada. Probablemente, alcaldes diputaciones y juntas y una legión de funcionarios a los que el Estado mantiene sin mayor exigencia de contraprestación han tenido cosas mejores que hacer que convertir la densa historia, el regalo del casco urbano, la privilegiada geografía en fuente de recursos para atraer ser moderna vivir mejor. Por lo que se ve, la actual carencia y constricción tampoco estimulan. Un territorio, un lugar y un tiempo, en medio del vacío. Un país a la espera, ¿de qué?
2. Entrando en la ciudad mudéjar hay un castillo como de cuento, el decorado recién puesto de una película o de una serie de televisión. Está ahí para ser visto, pero alguien ha decidido que no se puede ver. Un número tan restringido que hasta el portón de entrada está bien atrancado: un número de teléfono y silencio al otro lado. La ciudad en sí es una maqueta. Vieja y destartalada como era, la voluntad de unos pocos la han ido enderezando, recomponiendo sus descosidos, haciendo que en algunas zonas como la Plaza de la Villa brille como una ilustración que imagina un lugar para el mercado donde campesinos felices traen productos saludables para vecinos que los pueden comprar o intercambiar. En un lugar de esa plaza hay una casa que es un museo. Hace falta mucha atención para descubrirlo. Un joven igualmente amable se muere de ganas por explicar y contar. Tan solo le falta público. Alguien ha dedicado su tiempo aquí para limpiar desbrozar pulir, como un poco más allá, siguiendo el recorrido urbano por las casas rescatadas entre las muchas que hay que rescatar, otros, en una iglesia, han distribuido los pasos de la pasión para que los curiosos o los fieles procesionen entre ellas. Invitan indican agradecen. Y todavía un poco más allá, en otro museo más modernizado, alguien ha tenido la idea de hacer una maqueta de la ciudad mudéjar que ya es en sí maqueta. Hay país, existen las gentes, hay ganas, se ponen esfuerzos, ¿qué falta?
3. Justo en medio, Gredos, desde la plataforma al refugio y desde allí al Almanzor. Experiencia física, sin tiempo para la espiritual.
4. Saliendo de la casa rural, en Navarredonda, ya de vuelta, en la esquina de la calle que dobla hacia la carretera, una pareja de la guardia civil a uno y otro lado. No tengo la mascarilla puesta me agito busco en los bolsillos, la encuentro a tiempo para pasar por delante de la patrulla en perfecto estado de revista. Estamos volviendo a ver a la policía como en los tiempos del franquismo, la autoridad que atemoriza, no como funcionarios a los que la sociedad mantiene para que indiquen protejan ayuden a resolver problemas. Se tarda mucho en construir una sociedad amable y muy poco en devolverla al autoritarismo. ¿Nos doblegarán?
5. El sol solea, ondas invisibles de brisa helada agitan la placidez de la Pascua. Desde un pequeño alto se divisa el lienzo norte del castillo, a sus pies mirando al sureste los picos nevados de Gredos y hacia el oeste, bajo el puente medieval, se desliza el Termes. Pocos como nosotros curiosean por la calle Mayor hacia el puente y hacia Gredos. Unas cuantas casas a uno y otro lado remodeladas por el paso del tiempo testimonian el pasado esplendor. Aquí hubo una mezquita y judíos y algún que otro conquistador. Al comienzo de la calle en la casa de cultura una serie de retratos al carboncillo rememora mujeres españolas que tuvieron algo que decir (qr mediante; Concha Mayordomo) y al final, junto al ábside de la iglesia, a este y oeste, donde tiempo ha hubo enterramientos hay ahora una exposición de labores con hilos de colores, en los que predomina el morado, que abraza troncos de palmeras y acacias y vallas. No falla la gente. No, la gente hace y quiere. "Los mejores llevan el culo al aire", como en algún lugar dice Paul Theroux".
5. Ángeles terribles y bárbaros
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