Dos cosas podrían salvarnos de la pronta decadencia: un cambio del sistema educativo y la conversión de Europa en una Federación con un gobierno digno de tal nombre.
Respecto de lo primero un artículo en EM de Daniel Capó que comienza así: "Hay una luz sedimentada por la memoria que hace posible la belleza" (‘En defensa de la memoria’). Una defensa melancólica del ideal ilustrado de la escuela republicana: su fe en la bondad de la aristocracia del espíritu. Ese 'elevar' al alumno -l’élève-, propio de la escuela laica francesa.
"La memoria sería la primera herramienta de la educación, precisamente porque sella el testimonio de una fidelidad a la grandeza humana: eso es lo que fuimos; esto, lo que somos; y aquello, lo que podemos llegar a ser. (…)
Jerónimo de Estridón, santo patrón de los traductores, señaló en el siglo V que "el libro permanece cuando los hombres ya han pasado", de modo que una densa arquitectura lingüística nos vincula, a través de los siglos, a un tiempo cuyo potencial nos abre en toda su amplitud el abanico del futuro.
Por lo que respecta a la educación de los hijos -escribió Natalia Ginzburg-, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes, no el ahorro, sino la generosidad, no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad".
Sobre la necesidad de lo segundo solo cabe lamentar el desastre de la vacunación en Europa.
Si levantas la mirada todo corre en dirección contraria. Así que, si te importa la vida de tus nietos, reza después de haber leído el lúcido artículo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario