viernes, 17 de julio de 2026

El aniversario, de Andrea Bajani

 


 

"Si nunca he escrito sobre mi madre, ni nunca me he parado a pensar en ella, es porque para hacerlo hace falta extirparla de mi padre. Lo que implica una operación delicada, que requiere una actitud quirúrgica específica, una frialdad de pulso. Requiere lentitud y precisión, un bisturí gramatical. Es decir, dirigir las palabras a las partes que aún no están comprometidas. Identificarlas, aislarlas del resto y luego incidir, hacer daño con nitidez".

 

Aunque un mundo de introspección y análisis les separa, también la técnica, el estilo y la ambición, mientras leo ambas novelas, primero Comerás flores y luego El aniversario, no se me va de la cabeza, la idea de que estoy observando un caso clínico. En ambas novelas, pues así se declaran, como novelas, sin pensar, sin más información, que se trata de una reconstrucción autobiográfica, el sujeto analizado es la propia narradora o narrador - quizá el autor -, aunque quieran desviar la atención del lector hacia otra persona, el seductor en Comerás flores, la madre sometida al patriarca en El aniversario, ambas con la idea de fondo: revelar la violencia que anida en el amor: "mi padre exigía amor a través de la violencia...".

 

Ambas aparecen, pues, como casos clínicos. Un adulto rico y guapo, en la primera, que es visto, o reflejado, desde la óptica del sujeto sometido por el narcisista; una madre anulada por el patriarca familiar, en la segunda, que arrastra una vida sin vida. Pero en ambas, sin embargo, lo que queda es la evidencia del malestar de los narradores, la anulación a la que se ha visto sometida la sufriente Marina, el desasosiego físico y moral que siente el innominado narrador cada vez que visita o piensa en la casa desolada en la que viven sus padres. 

 

El narrador de El aniversario, como de hecho en la narradora de Comerás flores - que ve reflejadas sus emociones en su perra, en la amiga ...-, aplastado por una atmósfera que le domina y anula, necesita ser visto como objeto desde fuera, por eso acude a una vieja terapeuta de más de 80 años que lo recibe en un viejo inmueble una vez a la semana. No saca gran cosa en claro de la terapia, pues la vieja apenas responde con alguna frase fática a lo que él le va contando. Al lector sí le sirve, al propio lector que es Andrea Bajani cuando, diez después, escribe la novela para reflexionar sobre lo que pasó.

 

Bajani escribe como si el ritmo de la frase, la sucesión de las palabras, su longitud, su sonido, la cadencia de las sílabas, le ayudase a recomponer la persona que fue, la que no podía verse en aquella atmósfera de opresión, la novela como dispositivo pensante.

 

"Tras escuchar en su presencia una llamada telefónica a sus padres le dice [la psicoterapeuta], lacónica, lapidaria, antes de que suba al coche. «Me ha dejado escandalizada, el tono frívolo con el que le hablaba a su padre y a su madre. Prepárese porque hemos llegado al meollo de la cuestión». «Nos vemos el jueves»".

 

Una escena, unas palabras que, en su aparente inconcreción, desvelan el tormento que vivió en narrador y al que necesita volver para rescatarse. 

 

De Comerás flores ya he escrito en otro post. En El aniversario y la anterior El libro de las casas Bajani somete la realidad a la lupa de la literatura. Bajani sostiene que las novelas son un espejo en el que ha de verse reflejado el lector. Por eso no importa tanto la fidelidad a los hechos - aunque alguno, para mostrar la sordidez y la abyección, sí se narra: un golpe en la cabeza de la madre, el lavarse los dientes con el agua del inodoro -, su sucesión, como las atmósferas, la vaga descripción de los lugares y momentos - esos diez años que han pasado, el aniversario - donde quedaron atrapadas las emociones hasta convertirse en los sentimientos que todavía le perturban.

 

Cualquier vida contada, mostrada en sus condiciones más extremas, interpela al lector, puesto que siempre aparece algún elemento que lo confronta con su propia vida. Cualquier vida sometida a una lupa de aumento no aguanta el escrutinio. Ambas novelas están escritas en primera persona. Lucía Solla Sobral le pregunta a su narradora, ¿Cómo pudiste? ¿Es que no veías las humillaciones a que te sometía? Andrea Bajani escribe diez años después de haber huido de la casa desolada, lejos, quizá en otro continente, para conjurar y hacer desaparecer la negra nube que lo envolvió mientras vivió junto o cerca de sus padres.

 

El narrador tras la huida se casó con la mujer a la que su padre había humillado. Cuatro años después se divorcia. Se vuelve a casar y tiene un hijo. Un pequeño de dos años en cuyo rostro, a través del retrovisor del coche en que lo lleva a la guardería, ve el pasado que está conjurando: 

 

"Mientras conduzco lo miro por el retrovisor, hablo con él, contamos a la gente que vemos. De vez en cuando veo la cara de mi madre en su cara, ese es el lugar donde me reúno con ella desde hace dos años. Por lo general es un momento y luego desaparece. Y no hace daño, ni deja de hacerlo".


Una gran novela.

 


No hay comentarios: