martes, 7 de julio de 2026

De Christopher Marlowe a Diego Hurtado de Mendoza

 


 

Pero Greenblatt, su libro, El Renacimiento oscuro es otra cosa (en comparación con las películas de Shekhar Kapur dedicadas a Isabel I de Inglaterra). Se desembaraza de la vergüenza y hace de historiador serio. En qué caldo se forjó el Estado moderno. Cómo de aquel desbarajuste de tropelías y traiciones, de violencia irracional y voluntad despótica hizo de Inglaterra un estado funcional y poderoso, y del inglés un idioma que se ha convertido en el primero del mundo. Stephen Greenblatt ha encontrado un hilo del que tirar, la breve vida de Christopher Marlowe. Su vida está en el centro de tramas oscuras, espía probable del brutal Walsingham, protegido, por necesidad, de nobles conspiradores que murieron decapitados o en las mazmorras de la Torre de Londres y, al mismo tiempo, el creador del verso blanco, dándole a la lengua inglesa una sonoridad y una fuerza trágica que no tenía, que hizo del teatro la vanguardia del idioma. Marlowe es el Juan Bautista de Shakespeare.

 

Y yo me pregunto quién es el Christopher Marlowe español. Se me ocurren tres candidatos, Garcilaso de la Vega, Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza. En los tres hay vida y escritura al límite. Quevedo participó en conjuras y fue encarcelado, usó sus versos contra el poder, pero, obviamente, lo tengo que descartar, era mucho más joven que Cervantes y lo suyo ya no es renacimiento sino barroco; en cambio Garcilaso y Mendoza son coetáneos y nacieron medio siglo antes que Cervantes. Garcilaso le dio un revolcón a la lengua con la introducción del endecasílabo italiano, cayó en desgracia en la corte de Carlos V y murió joven (en el campo de batalla). Mi favorito es Hurtado de Mendoza, sobre todo si se acepta que está detrás de El   lazarillo de Tormes.


                 


Mendoza reúne tres rasgos que le hacen semejante a Marlowe: hizo labores de espía desde su cargo de embajador en Venecia; fue encarcelado en el Castillo de La Mota y después desterrado a Granada por apuñalar a un cortesano, un episodio que tendrá su réplica en la propia vida de Cervantes; era un heterodoxo mal visto por la Inquisición. Y, además, si damos por cierta la autoría del Lazarillo, cambió el registro narrativo del español. Junto a Boscán y Garcilaso introdujo los nuevos metros italianos en la poesía española. El equivalente al verso blanco de Marlowe sería, para el español, el realismo picaresco. La prosa castellana abandonaba la pompa de la novelería caballeresca para volverse llana, directa buscando las fuentes del habla popular, sin perder por ello la maestría técnica. Lo único que chirría en el caso de Mendoza es su pertenencia a la aristocracia, mientras Marlowe era hijo de padres analfabetos y padre zapatero.


Los españoles pasaron su vergüenza en el 98 y sus secuelas. No creo que nuestra baja autoestima pueda profundizar más. Necesitamos una labor de reconstrucción. No de los honores imperiales, sino al modo Greenblatt: cómo España se liberó de las inmundicias de las guerras medievales y cómo se construyó el idioma que ahora hablamos y escribimos. Por supuesto está el Quijote, pero otros antes y al mismo tiempo fueron limpiándolo y haciéndolo funcional. Necesitamos biografías como la de Greenblatt.


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