miércoles, 20 de mayo de 2026

Koljos. Emmanuel Carrère

 


 Emmanuel Carrere ha hecho de la experiencia vital su narrativa. Comenzó con aquel hombre que mató a su familia para ocultar que toda su vida había sido un engaño, El adversario; se metió luego a fondo con un loco de la política, comunista y nacionalista a la vez, Limonov; fue volteando la experiencia hasta hacerse protagonista del relato, contando de forma novelada sus historias pasionales en Una novela rusa (donde ya aparecen los secretos familiares) y en De vidas ajenas, para desembocar con cierta crudeza en sus interioridades como objeto del relato, Yoga, donde cuenta el drama de un psiquismo inmanejable, acompañado de crisis espirituales, de las que ha escrito en otros libros, y, la última, por ahora, Koljos, en torno a la vida y muerte de su madre, Hélène Carrère d'Encausse, un personaje famoso en el mundo cultural francés.

 

Las dos terceras partes de Koljos son disfrutables, una especie de historia familiar. No es un ensayo, no es una novela, no es una autobiografía. Una mixtura. Lo que más me ha gustado, el surfeo por los acontecimientos, la cultura y los personajes de Francia (con paradas en la URSS y Georgia), pero en el último tercio, cuando la escritura se demora en las habitaciones cerradas de la vida familiar, pierde interés (para mí). El autor, como un borrico de la escritura, da vueltas y vueltas a la noria sin comprometerse a abrir del todo las ventanas. Recopilo un conjunto de citas de Koljos.


1. Un jefe Ibero citado por Tácito después de la pacificación de Hispania por Pompeyo en el 72 A. C: "Cuando lo han destruido todo, los romanos llaman a eso paz".

 

2. Uno de los primeros camaradas de Lenin, Piatakov, lo resumía en esta fórmula explosiva -según Montefiore, completamente desprovista de ironía-: «Un bolchevique, si el Partido le dice que el blanco es negro y que el negro es blanco, no debe creer lo que ven sus ojos, sino lo que el Partido le dicta que vea».

 

3. Las intenciones del bolchevismo las resumía Orwell así: «Lenin no instauró una dictadura para salvar la Revolución, hizo la Revolución para instaurar una dictadura».

 

4. Tolstói, ese terrateniente riquísimo que nunca se percató de que tenía miles de siervos que se pudrían en chozas insalubres, asfixiados por el humo de la estufa, con enjambres de mosquitos en los ojos escrofulosos de los niños, y que de pronto un día ve la luz y comprende que su vida de señor es vana e inmoral, que solo la de ellos se ajusta al Evangelio, y decide ponerse a prender de ellos, «o sea», exclamaba mi abuelo gesticulando y haciendo caer la ceniza del cigarrillo sobre el único mantel de la casa, «¡que se puso a darles lecciones!». Y Tolstói cambió su ropa de noble caballero por la camisa del mujik, fingió humildad con todo ese orgullo monstruoso, se puso a segar y escribió páginas interminables para explicar lo bonito que es segar, lo mucho que le gusta a Dios que el hombre siegue. Pero lo peor no era Tolstói. Lo peor eran los tolstoyanos, los peregrinos que acudían de todas partes a Yasnaia Poliana.

 

5. Los pensadores de la antigua China. Por un lado, Lao-Tse y Chuang-Tse, los maestros paradójicos y salvajes del taoísmo; por el otro, Confucio, cuya sabiduría más convencional inspira desde hace 2.500 años la vida social de China. El taoísmo es un torrente de montaña; el confucianismo, un río de llanura que se presta a la navegación.

 

6. Tanto el uno como el otro habían sido resistentes (Camus, de forma activa; Sartre, no tanto). Tanto el uno como el otro acabaron la guerra en el bando de los vencedores, pero Camus se mostró indulgente con los vencidos, porque eran seres humanos, y Sartre, despiadado, porque prefería las ideas. Para Camus, la depuración era obligada, pero, para evitar que desembocara en una guerra civil, tenía que ser breve y afectar tan solo a los grandes los auténticos colaboracionistas, criminales. ¿Y qué pasaba con los escritores? ¿Con los que habían puesto su pluma al servicio del enemigo? ¿No eran aún más culpables si la pluma era brillante?

 

7. «Descansar», es lo que repite Sonia, como una letanía, al final de El tío Vania; ese final de El tío Vania, esas últimas frases de El tío Vania que, como tantos rusos, ella amaba por encima de todo, por encima de Tolstói, por encima de Dostoievski, esas últimas frases que no se pueden leer, ni decir, ni copiar, como hago yo aquí, sin verter una lágrima: «¡Y viviremos, tío Vania! ¡Pasaremos por una sucesión de largos días y largos anocheceres! Soportaremos las pruebas que nos depare el destino. Trabajaremos para los demás sin conocer el descanso. Y, cuando llegue nuestra hora, moriremos resignadamente, y allí, a los pies de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado y que hemos conocido la amargura... Y Dios se apiadará de nosotros. Y entonces, tú y yo, tío, mi tío querido, descubriremos una vida maravillosa, sublime, elegante. Nos sentiremos gozosos y, con una sonrisa en la cara, volveremos con emoción la vista a nuestra actual desdicha, y, por fin, descansaremos. Tengo fe, tío. Lo creo como creo en cosas. Pocas. Descansaremos. Descansaremos. Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos sufrimientos se ahogarán nuestros en una misericordia que llenará el mundo entero. Y nuestra vida será calma, tierna, dulce como una caricia. Tengo fe, creo en ello... Pobre, mi pobre tío Vania, estás llorando... En toda tu vida no has conocido la alegría..., pero espera, tío Vania, espera... Descansaremos..., Descansaremos... Descansaremos...».

 

8. La notoriedad no ha alterado en nada mi soledad. Más bien la ha empeorado. Cuando Olivier forma parte del jurado del Festival de Cannes, vuelve habiéndose hecho amigo de los otros nueve miembros, intercambia correos electrónicos, pregunta por su vida, pone proyectos en marcha. Dos años más tarde, cuando me toca a mí ser jurado, no trabo vínculo alguno con nadie, no dejo ningún recuerdo en nadie: un escritor francés huraño, torpe, que quizá escribe buenos libros, a saber, pero que no te deja la menor de impresión en la retina.

 

9. Confesión. La vida conmigo es una montaña rusa y arenas movedizas. Siempre llega un momento en el que ya no saben a quién tienen delante (y ni yo mismo lo sé). O, mejor dicho, sí lo sé, lo sé muy bien: soy el rostro de mi madre que se aleja sin remedio, soy la angustia sin fondo de mi padre.

 

10. Mi madre no desapareció, pero en cierto sentido sí. Se produjo una metamorfosis. La joven entusiasta y risueña alrededor de la cual mis hermanas y yo hacíamos koljós fue reemplazada. El rostro de mamá, de quien yo creía que sería para siempre el pequeño Helenou, se volvió duro, a la vez atemorizado y atemorizador. Sus ojos miopes parecían no ver nada y verlo todo a la vez. Ya no miraba, escrutaba. Otra mujer habitaba su mirada. Había renunciado al amor para que mi padre no se suicidara, pero, obligándola a ello, mi padre perdió para siempre su amor. En los cincuenta años que les quedaban de vivir juntos, nunca más volví a percibir entre ellos un gesto o una palabra de cariño. Y mi padre, exiliado en su pequeña habitación, al fondo del pasillo, se convirtió en el fantasma.

 

11. Françoise Sagan dijo una vez que la diferencia entre la derecha y la izquierda es que la derecha dice: «Hay injusticia, y es inevitable», y la izquierda: «Hay injusticia, y es insoportable».

 

12. No esperaba lo mismo de mi madre y, sin embargo, fue ella quien me dijo: «Tu historia sobre la ucronía es divertida, pero parece que no te hayas dado cuenta de algo mucho menos divertido: que no solo existe en las novelas fantásticas. Se da también en la realidad. Hay ucronías que, en lugar de competir con la historia real en la imaginación, la sustituyen en la realidad, ¿y sabes cómo se llaman? Se llaman regímenes totalitarios. A todos los regímenes totalitarios les ronda la obsesión de controlar, no solo el presente, sino también el pasado.

 

13. Cada año, Jean-Michel abría un club nuevo que durante varias semanas se convertía en la nueva atracción de Moscú. Lo llevaban hombres de su confianza, los sobornos iban a parar a quien tocaba, la policía era cómplice y el negocio iba bien. Jean-Michel vivía con una joven kazaja, Alina, que había empezado como bailarina en uno de sus clubes, había salido en la portada del Playboy ruso y se preocupaba ahora por la salvación de su alma. Cuando cumplió veinticinco años, sintió que ya había disfrutado bastante del mundo, el sexo, el dinero, el ciclo de los deseos cumplidos y siempre renovados, y se retiró a una casa de madera, en las lindes de un pequeño monasterio, en medio de un bosque del tamaño de toda una provincia o un departamento francés. Jean-Michel se hizo una casa de madera al lado de la de ella, y compró una granja cerca del monasterio para criar gallinas, vacas y cerdos. Fui varias veces. Almuerzos en el refectorio del monasterio, largos paseos por el bosque, baños en el estanque. Alina, con un pañuelo en la cabeza, un poco entrada en carnes pero aún guapa, transportaba a las monjas en su minibús Volkswagen directamente salido de Woodstock, les hacía la compra y cuidaba de ellas. Jean-Michel enseñaba boxeo tailandés a los niños de la aldea más cercana y se confesaba con un joven monje de ojos muy cálidos y barba poblada. Por lo que contaba, salía de la operación revitalizado, ligero como un baño de vapor, listo para volver a Moscú y negociar con oficiales del FSB o gangsters chechenos. Todo eso permitía que Jean-Michel, que era libertario hasta la médula, dijera totalmente en serio que la Rusia de Putin era el país más libre del mundo. Y cuando yo iba a hacer un reportaje sobre Anna Politkóvskaya, la periodista asesinada en 2006 por orden del Kremlin por haber denunciado las atrocidades cometidas en la guerra de Chechenia, o sobre Eduard Limónov, al que se puede acusar de muchas cosas, pero que pagó su oposición a Putin con unos cuantos años en una colonia penitenciaria, se encogía de hombros: «Pues sí, es una autocracia, estoy al tanto. ¿Qué te creías?». (Es más o menos lo que también decía mi madre.)

 

14. Abundo en la idea: Guivi tiene razón. Putin está completamente aislado: ahora es un paria». Georges se ríe con su relincho triunfal y lúgubre: «La verdad es que no has entendido nada. No es Putin el que está aislado, sois vosotros. Son vuestras pobrecitas democracias, agotadas, a las que ya nadie quiere, las que están rodeadas por el resto del mundo. Es decir, y perdona que te lo diga, por nosotros». (La noción, aparecida no hace mucho, de «Sur global» fascina a Georges. Se cree que el Sur global es él.)

 

16. "Rusia, que quería ser la Tercera Roma, se ha convertido en el Cuarto Reich". (Un historiador ruso exiliado).

 

17. Y él va desmontando, uno tras otro, a los dioses de mi panteón. Toda la pandilla: Lérmontov, el oficial romántico que se lanzó a la conquista del Cáucaso, donde pasea su melancolía y su altivez, y describe la violación en grupo de una mujer chechena a manos de soldados rusos sin el menor atisbo de reprobación o de simpatía por la víctima. Pushkin, bueno, quizá sea un poeta pasable, eso va a gustos, pero fue sobre todo un adalid del imperialismo, un adulador del zar capaz de escribir un gran poema, «A los calumniadores de Rusia», en el que se dice sin pestañear que «todos los ríos eslavos se perderán en el mar ruso». Y el peor de todos: Dostoievski. Un eslavófilo rabioso,nacionalista, fanático, antisemita, un adalid de la Tercera Roma, convencido de que la misión de Rusia era salvar al mundo de la impiedad y la depravación en la que se revuelca Occidente: Putin lo adora.

 

18. Me gustaría decir algo razonable, apropiado, lo que se supone que debería decir un adulto responsable ante un anuncio como ese, pero me sale otra cosa. Yo, que nunca lloro, me pongo a sollozar y repito entre sollozos: «Mamá mamá mamá». Podría haberme levantado y sentado a su lado en el sofá, podía haberla abrazado, pero debí de tener miedo de esta cercanía física, así que me inclino sobre la mesa baja, le cojo la mano y se la aprieto. Repito «mamá», no sé cuántas veces lo dije ni cuántas veces ella dijo: «No te preocupes, es normal, estoy preparada, todo saldrá bien». Percibo vagamente que ese llanto, esa pena que me inundan la complacen, de modo que me abandono a ellos.

 

19. Gemir, llorar, rogar, eso es propio de alguien flojo,

date a tu ardua tarea, entrégate con arrojo

donde te hayan llevado el destino o la corriente,

y después haz como yo, sufre, y muere

silente. (Alfred de Vigny)

 

20. Una vez que Malraux preguntó a un viejo sacerdote qué había aprendido en cincuenta años en el confesionario, este respondió: «Dos cosas: primero, que la gente es mucho más infeliz de lo que creemos; y luego, que no hay grandes personas».

 

21. Las tres cuartas partes de los hombres mueren de pena. Buffon


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