"Ningún copo de nieve cae en el lugar equívocado". Proverbio zen
Once de la mañana, terraza de una cafetería. He olvidado el móvil en casa. Contemplo el discurrir de la mañana. La gente que pasa, una de mis aficiones preferidas. Uno a uno, la indumentaria desaliñada, los cuerpos desgarbados, la compañía de los perros; quizá sea la hora de la mañana: los chavales en clase, los jóvenes en su trabajo; la ausencia de dinamismo, de juventud, de belleza (sucede que nos paramos a mirar lo que es bello porque es escaso; también sucede la mayor parte de las veces que confundimos juventud con belleza, y que no toda belleza es femenina), un fondo de tristeza (a otra hora no habría más que una suspensión temporal; todo es cuestión de tiempo). En cada uno, en cada persona que observo, la fragilidad casi como única compañía. Me pregunto si me cambiaría por alguno de ellos, aunque quizá la pregunta necesaria debería ser si me cambiaría por mí mismo.
El observador, no yo, sino el Observador (porque necesariamente tiene que haber un observador, si no nada tendría sentido; ¿Estás dispuesto a que nada tenga sentido?) puede detenerse en cada uno de los individuos que se mueven de un lado a otro, como si moverse diese un objetivo a sus vidas: el color de la indumentaria, los adminículos con que se adorna, el movimiento singular del cuerpo, el perro (¿Es el perro en última instancia el sustituto del paraíso?). Cuánto derroche podría pensar, qué sinsentido. Qué añade cada uno de esos seres al conjunto. Qué es una oveja sola en un rebaño. De hecho, cuando sea sacrificada nada cambiará. ¿Hay en la mente de la oveja la ilusión del paraíso? Probablemente sí, porque no se despega del rebaño, no se aventura a vivir por sus propios medios (Atrévete a decir que en ti no actúa la ilusión del paraíso).
¿Hay tanta diferencia con un hombre medieval? No me refiero a las comodidades, a como los avances tecnológicos han facilitado la vida diaria (comer, trabajar, ocupar las horas muertas). Me refiero a la comprensión del mundo. ¿Cuánto hemos ganado en autonomía? ¿Cómo se ha ido conformando tu modelo de mundo? ¿Hay algo en él que dependa de tu esfuerzo de comprensión, de tu propia experiencia? Podemos atisbar a través de las imágenes y de los documentos que hemos conservado cómo era la mente de un medieval. Un mundo de suspicacia y obediencia, de autoengaño en consecuencia, ¿no es el mismo que el nuestro? No podemos escapar del férreo uniforme de la especie. Homo sapiens: de nuestra fragilidad constitutiva como individuos se vale la especie para preservar -nos- se. Piensa en el púlpito, en la iglesia, en los sacerdotes, en los ritos y costumbres, en las restricciones y obligaciones, en el diorama del cosmos, en la intimidad de la alcoba, ¿qué ha cambiado? El hecho de que te cueste tanto verlo lo corrobora.
Lo dijo Lenin, pero podría haberlo dicho perfectamente Pablo Iglesias: el peor enemigo de la revolución es la felicidad.
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