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| Y yo que venía exultante viendo el paisaje de mayo |
Suelo hacer entre dos y cuatro viajes largos, según las circunstancias, de tren al mes. No recuerdo cuando fue la última vez que el tren llegó a su hora.
Hoy, vengo en un tren con origen en Salamanca. Debo hacer transbordo a un Ave en Zaragoza. Mi tren llega con cuatro o cinco minutos de retraso. Bajamos del Intercity y el Ave está ahí, en el andén de al lado, sin vías de por medio, con las puertas cerradas, y justo en ese momento, cuando prácticamente todos habíamos puesto el pie en el andén, sale. En un minuto podríamos haber hecho el transbordo. He comprobado que era mi tren, el Ave 03123, dirección Barcelona. Pregunto al personal y tampoco lo entienden.
Los pasajeros nos arremolinamos pacientes. Nos hacen esperar dos horas para coger el siguiente tren. En la sala club nos ofrecen un café y un snack. Tendremos la ocasión de hacer la reclamación por retraso al cabo de 24 horas, no por internet sino en estación. No solo se trata de los inconvenientes que ocasiona a los pasajeros- alguno tenía que coger un avión -, sino del derroche de los medios de la empresa pública. ¿Por qué esa desidia? ¿Por qué esa torpeza? ¿Por qué ese derroche?
Me da este tiempo perdido ocasión para preguntarme sobre la gestión de los asuntos públicos. Es lo primero que habría que exigir a cualquier administración, que gestione bien los asuntos públicos: el buen uso de las infraestructuras, la mejora de la educación, la calidad del sistema sanitario. Que funcionen. ¿Alguien cree que están en su mejor momento? Y antes que nadie debería exigírselo quien ha puesto su confianza mediante el voto en quienes en este momento administran. ¿Lo hacemos? ¿Consentimos? ¿Disculpamos? Lo mismo vale para cualquier otro asunto: nepotismo, corrupción, incapacidad. ¿De qué nos sirve la promesa de un bien futuro? Si no exigimos responsabilidad, somos corresponsables. Da vergüenza exponer lo básico; me hace sentir como un tonto.

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