Comento las otras dos. Guan Hu y Jia Zhangke han sido para mí un descubrimiento. El primero con un lirismo negro, el segundo con un realismo trágico.
¿Cómo es
China lejos de las erectas ciudades del Pacífico? Guan Hu planta su cámara como
si extendiese largos pinceles para dibujar un gran lienzo sobre la otra China.
Junto al desierto de Gobi hay una ciudad que se desmorona, de la que todo el
mundo huye, incluso los perros, cuando faltan unas horas para que comiencen los
juegos Olímpicos de Pekín, cuya tecnología deslumbrará al mundo.
Lang, un
hombre joven al que le cuesta pronunciar una sola palabra, llega a su ciudad
tras haber cumplido condena por un homicidio. Los edificios se caen a cachos,
las calles solitarias, la atmósfera contaminada, los interiores degradados, viejos, con acúmulos de cosas inservibles, como los hombres que juegan a juegos
de mesa o trastean con cosas inservibles. Parece que ya solo quede un único oficio, atrapar a los miles de perros abandonados por la gente que ha huido de la
ciudad. Miles de perros en el desierto cercano y perros que se esconden entre las ruinas, tras el
abandono de la ciudad condenada.
Como ocurría
en El regreso de las golondrinas, de Li Ruijun, una película que tiene
mucho que ver con esta, por los altavoces se urge a que la gente se vaya y
cobre por dejar sus casas. Las excavadoras ya están haciendo su labor. Pero si
en la primera había una cierta poesía, la de la dignidad del hombre que pelea
hasta el final, con la fe de quién cree que la vida es lucha de la que al final
se obtendrá recompensa, en Black Dog solo hay desesperanza y
fatalidad.
Lang es un
hombre corroído por dentro, con una furia interior que no sabe adónde dirigir.
Un perro, puede que rabioso, le ha atacado. Lleno de heridas se enfrenta a un
mundo hostil. Al final, inesperadamente, el hombre se amista con el perro y lo prefiere de pareja antes que a una mujer. Un cielo lóbrego ilumina paisajes oxidados, unos
pocos hombres habitan la ciudad del fin del mundo. Lang ha convertido su
motocicleta en un sidecar para llevar en él al perro negro, lejos, no se sabe
dónde.
En A Touch of Sin (Un toque de violencia), Jia Zhangke, a quién se considera el director más creativo de la China actual narra cuatro historias que toma de la realidad para mostrar la corrupción, el desarraigo, la alienación, el acoso y la violencia en cuatro provincias diferentes, frente a la propaganda del rápido crecimiento económico y la modernización. Una película cruda, desesperanzada.

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