Delante del hotel de Tarrafal, con categoría de Guest House, del amanecer al atardecer se oye el repiqueteo de piquetas y rastrillos. Tres hombres limpian un terreno pedregoso, aplanándolo o separando la arena gris tirando a negra de la piedra, canto rodado en gran parte, pues es el desaguadero de un barranco nas que río, aunque no hay agua que corra. Puede que el lugar esté destinado a un hotel o puede que sea una obra pública. No parece que cumplir un plazo temporal sea el objetivo. El mar lame los límites del terreno.
Cerca hay una playa de arena negra, aunque no conviene bañarse en su oleaje traicionero. Hace poco hemos vuelto de la última ruta. De Tarrafal a Monte Trigo hemos caminado por un paisaje árido sometido a los estragos del calor, tan distinto del de hace dos días, de roca negra como recién salida del horno. Aquí la roca está rota, lista para el desprendimiento, para caer ladera abajo hacia el mar. Hemos tenido suerte con el día. El calor no ha sido excesivo y, en la mañana, hemos pasado por zonas sombreadas, donde el sol aún no había remontado las combres. Hay un sendero, casi camino, que hace el recorrido, pero con muchas zonas deterioradas por los desprendimientos y las lluvias torrenciales cuando toca.
En Monte de Trigo, un pueblito de pescadores y algunas cabras, hemos comido en el patio de una casa, bajo un techado de lonas y cañas: bacalao, esta vez sin pollo, y las verduras típicas. A lo que iba, la vuelta la hemos hecho en barcas de pescadores. La aventura ha consistido en subir a esas barcas y en bajar cuando hemos llegado a Tarrafal, pues no hay muelle, ni puerto. Se ha necesitado una cuadrilla de brazos jóvenes para acercar las barcas a la pequeña playa pedregosa para embarcar y desembarcar. Había que hundir los pies en el oleaje, pero nada más. Y, sin embargo, la fuerza que los barqueros debían hacer era considerable y el riesgo de lesionarse alto. Uno se quejaba de un golpe en el tobillo.
No hay muelle en estos pequeños puertos como no hay máquinas para desbrozar el terreno, como no hay otra fuerza que la humana para laminar los adoquines y colocarlos lentamente sobre el piso de las carreteras. Solo hay un pequeño tramo asfaltado en esta isla de Sao Antão. Si tanta gente huye de los pequeños poblados a las ciudades más grandes donde hay turistas o a otros países como emigrantes es fácilmente comprensible.
La más famosa de las calzadas de esta isla, la Estrada da Corda, que une Porto Novo y Ribeira Grande, atravesando la cresta montañosa central de Sao Antão no fue construida hasta los años 60. Los caminos rurales y carreteras locales adoquinadas que hemos visto en las rutas fueron hechos por los propios vecinos a lo largo del siglo XX, puro trabajo manual, piedra a piedra, para llegar hasta las aldeas agrícolas y los puertos pesqueros. El tramo adoquinado que une Porto Novo con Tarrafal fue una de las grandes obras de ingeniería local, utilizando la piedra volcánica, en los años 70, y representa la única vía accesible para vehículos entre ambas poblaciones, aunque no se cruzan muchos en nuestro viaje.
La obra tiene un gran mérito, un gran trabajo de ingeniería popular que en algún momento alguien reconocerá. Solo a partir del 2000 se comenzaron a hacer carreteras asfaltadas.
Tarrafal es un hermoso enclave que el turismo está colonizando. El objetivo inicial de la ruta de hoy era bordear el volcán Tope de Coroa 1979 m). Mientras avanzábamos he creído que la mole que teníamos delante era el Monte Trigo, pues tiene la perfecta forma de una parva, y que daba nombre al pueblito donde debíamos llegar. Esta mañana lo hemos recorrido: camino en parte de adoquines y en parte pistas de tierra con tramos destruidos por los desprendimientos y las aguas torrenciales.
Todavía a esta hora cuando el sol desaparece del horizonte las azadas los picos y los rastrillos, las espaldas dobladas de los tres hombres, hacen su labor, como si el mundo se hubiese detenido en un punto indeterminado del pasado.






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