viernes, 10 de octubre de 2025

De Ponta do Sol a Cruzinha

 


Lo que hubiese hecho insoportable esta ruta habría sido el sol implacable, pero esta vez estaba a resguardo tras las nubes, la temperatura relativamente agradable. Seguimos un camino hecho para los lugareños ahora turistizado, la mayor parte con pequeños adoquines o guijarros incrustados, solo a veces tierra prensada, un continuo sube y baja con zonas muy empinadas, pero una maravilla para la vista y los sentidos. El sendero va pegado a la roca, casi por entero construido por mano de hombre, en su mayor parte acantilado que cae sobre el mar. El mar espumea a nuestros pies y zumba al golpear la roca. Si se hace con calma se disfruta porque es único.




Salimos de Ponta do Sol por un barrio de curioso nombre, Txexenia; se construyó cuando había esa guerra. En Txexenia topamos con el candelabro de los siete brazos, indicación de un pequeño cementerio judío. 


Para llegar a Cruzinha la ruta hace 15 km en un sube y baja de emociones. Tras doblar una de las curvas, un estallido de color brota de la monotonía del verde: Fontainhas, un pueblito entre bancales dedicados al maíz. Peones camineros trabajan en el piso de tierra para sustituirla por pequeños adoquines. Parece un trabajo de otro siglo.




Tras la subida más pindia, saliendo de Fontainhas comienza el calvario del descenso más abrupto, un sendero de piedra incrustada que hace el recorrido inverso al de un calvario auténtico, religioso, cuyas 14 estaciones del Vía Crucis están marcadas por bonitos dibujos hechos al carboncillo sobre láminas. En una pared que domina el vallecito, una cruz blanca se yergue dobre el pequeño lugar, Corvo, una aldea de casas encaramadas sobre la roca con terrazas construidas para la agricultura, que parecen haber sido deshabitadas recientemente, pues la huerta no está maltrecha del todo y un campo de fútbol, salvo las porterías caídas, se mantiene en perfecto estado, un remanso de paz bajo la música de un chorro de agua que cae en las huertas abandonadas.


Alguna casa, sin embargo, debe estar viva, pues hay un caballo que pasta y un gallo compañero. De la nada aparece un hombre joven que quiere fotografiarnos. Obtiene el permiso y ufano nos enseña las fotos. Hay algo raro en él, pues nos habla guturalmente, quizá la soledad ha hecho que olvide cómo articular.




Caminamos sobre el acantilado. Las paredes de lava parece que se acaban de enfriar y solidificar, un paisaje único que yo recuerde. Lo que más me ha maravillado, el color de la lava solidificada, las cavidades, la fragmentación, el trabajo del hombre intentando poner orden, caminos excavados en la pared, la verticalidad, la falta de vida vegetal o animal.




A medio camino paramos donde Izabel, en su cantina, para unas cervecitas o un café de puchero. En Formiguinhas viven dos mujeres, Ana e Izabel, cada una regenta una cantina. Solo hay un modo de llegar, caminando. Los familiares de la una o la otra les abastecen cuando pueden, repartiendo los productos entre ambas.


Más adelante, otro pueblo aparentemente abandonado, Chã de Mar. Hay un burro en mitad del sendero, hace ademán de seguirnos hasta que se da cuenta de que no puede ir más allá de la cuerda que le ata.




Hay una bonita y alargado Playa de las Arañas de arena gris casi negra. Nos invita a bajar para darse un baño, pero sin protección frente al océano, las corrientes fuertes y traicioneras, el guia nos lo prohibe más que desaconseja. Durante un buen rato me quedo embobado siguiendo con la vista a una corredera solitaria que va por la arena jugueteando con las ondas de espuma que acarician sus patas.


Un joven me pregunta si quiero taxi, cuando ya la ruta acaba, junto a un hotel de nueva construcción. En Cruzinha nos espera el restaurante: pescado variado, pollo y verduras, abundante, cocido, no muy sabroso.


Ya de vuelta a Ponta do Sol paramos en otro lugar con vistas, el valle de Ribeira da Garça: casitas de color, el pueblo, todos enmarcados en verde, y unos espaldares de roca en precario equilibrio.




En Punta do Sol los jóvenes pescadores faenan sin caña. En una pequeña lonja pesan un atún (50 kg) en busca de comprador. La caída del sol, el mar, la roca volcánica. 


Al llegar, en la lonja de pescado, María resbaló en las losas húmedas que rodean la lonja y se hizo daño. La han llevado al hospital de la isla. Han de decidir si sigue el viaje con nosotros o si la devuelven a España para que sea tratada de su brazo maltrecho.


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