Hasta qué punto soy dueño de mi mismo, de mis opiniones. Hasta qué punto tengo ideas propias, operativas para entender el mundo y situarme en él. Cualquiera puede escarbar en su experiencia. El tiempo atmosférico, un dolor de cabeza, la enfermedad conspiran para enturbiar la claridad mental. Incluso el bienestar y cierta felicidad ocupan la mente para que no opere con libertad. Me encuentro a gusto con mis nietos, me proporcionan ratos de felicidad. En esos momentos dejo de ser yo mismo para estar pendiente de ellos. Una madre, un enamorado, bastante tiene con cuidarse y cuidar a los suyos. Cuando enciendo la radio la tele o veo una serie una película mi mente es como un espejo, mejor sería decir como una esponja, en el que se reflejan o se absorben sensaciones emociones experiencias que no son mías, cuya dinámica puede hacer que las convierta en mías, que las incorpore a mi propia memoria hasta el punto de creer que las haya generado yo, que hayan nacido de mí mismo.
En un mundo tan lleno de cosas donde apenas queda margen para el silencio, donde no se pasea a solas o se deja vagar la imaginación o no se tienen conversaciones sosegadas de tú a tú, qué oportunidad tenemos para mantener distancia, para construir una personalidad propia, para no convertirnos en loros que repiten mecánicamente lo que han oído o incorporado inconscientemente a su memoria.
Quizá haya sido siempre así o incluso peor en otros tiempos cuando la mayor parte de la humanidad vivía atada al trabajo necesario para sobrevivir, cuando lo único deseable era tener tiempo para el reposo, unas horas para el sueño, donde las festividades religiosas repartidas a lo largo del año era tan necesarias para descansar: nadie ponía en cuestión los cuentos de hadas que daban significado a esas fiestas.
Ahora nos sobra tiempo. Podríamos reservar una parte para descubrir nuestro cuerpo o dejar vagar la mente, un reconocimiento de nuestra singularidad. Pero nos precipitamos hacia los centros de consumo: tiendas de objetos, terrazas para beber y charlar; pantallas y sonidos enlatados que llenan de ruido nuestra cabeza. Uno mira alrededor y solo ve loros mecánicos. Yo mismo.
Sí reservásemos un tiempo para nosotros mismos, el silencio del autoconocimiento, someteríamos al enemigo que llevamos dentro, nos reconciliaríamos con el individuo que hemos olvidado. Perplejos, diríamos, ahivá, si ese soy yo, si soy inteligente, si tengo ideas propias y empezaríamos a desechar todo aquello que dentro de nosotros no nos pertenece, los tóxicos que nos han invadido, que nos han hecho pensar y actuar de una manera que no nos favorecía.
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