No
hay nada que envejezca tanto y tan pronto como los libros de ensayos.
Todos los metros de estantería dedicados en los setenta y ochenta al
estructuralismo, la semiótica y el posmodernismo, en paralelo a los
metros ocupados por la escolástica marxista, han pasado a mejor
vida, no sé si queda algo rescatable. Su fin ya no es la hoguera
sino nueva pasta de papel para más ensayos listos para ser de nuevo
reciclados. Es lo que sucede ahora con los tratados dedicados a la
tecnología y a las nuevas visiones del hombre sobrepasado por la
inteligencia artificial, no duran más allá de unos meses. El tiempo
de su producción, equiparable a la ley de Moore, es igual al de su
obsolescencia. El problema en todos estos casos es el vano intento de
convertir los estudios humanísticos en ciencias comparables a las
ciencias físicas. Sólo han perdurado los ensayos sin pretensiones
científicas, aquellos que han acompasado el pensamiento al lento
deambular del hombre sobre la tierra, consciente de sus limites: los
clásicos griegos y romanos, Montaigne, algunos renacentistas e
ilustrados y unos pocos sabios del presente. ¿Cómo pudimos, cómo
pude, coleccionar -sin leer - los gruesos volúmenes en tapa dura,
de las obras completas de Lenin y Mao?
El
trágico fin de la vida de alguno de los autores de los ochenta,
Althusser, Foucault, es comparable a la consunción de su
pensamiento. Quemaron sus vidas como ardía su pensamiento, para
rescatarlo habría que crear una rama de la arqueología que
estudiase las cenizas. Cabe preguntarse, aparte de las modas del
pensamiento prêt-à-porter, si todo o casi todo lo
escrito en ramas enteras de la literatura académica -psicología,
sociología, economía – no ha sido en vano, un derroche de
inteligencia convertido en humo.
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