Las
patologías del siglo XXI no serían pues infecciosas, bacterianas o virales,
sino neuronales, enfermedades del alma debidas a la hiperactividad, al exceso
de positividad, a la sobreabundancia de lo idéntico. La pura agitación no
produce nada nuevo, es una forma pasiva de actividad que no permite ninguna
acción libre. La reacción ante esta nueva patología ya no es inmunológica, el
exceso de actividad produce cansancio y agotamiento, fatiga y asfixia. Pero,
paradójicamente, siempre según Buyng-Chul Han, el cansancio, el cansancio
profundo, aquel que se apoya en la negatividad (el que opta por el no, no
hacer), podría devolvernos al mundo, al asombro del mundo que nos rejuvenece,
que afloja la atadura de la identidad y de la pertenencia, un cansancio que
desarma, que prefiere no hacerlo como Bartleby (aunque Bartleby no se ve
confrontado todavía con el imperativo de ser él mismo, pues pertenece a la
época de la sociedad disciplinaria), que opta por el juego. Así, el sueño,
donde se alcanza la relajación corporal (“El pájaro del sueño que incuba el
huevo de la experiencia”, de Benjamin), el aburrimiento o punto álgido de la
relajación espiritual y el cansancio derivado de la hiperactividad mortal (“La
vida humana termina en una hiperactividad mortal, cuando de ella se elimina
todo elemento contemplativo”) son las vías para devolver al hombre hiperactivo
e hiperneurótico a la experiencia de la negatividad (“La negatividad mantiene
la existencia llena de vida”. Hegel). Decir no para reaprender a mirar, girar
hacia la profunda y contemplativa atención, para aflojar la atadura de la
identidad y mutar el sentido de pertenencia a una comunidad, con su implícita
violencia, “la mirada que deforma al otro”, en cordialidad.
martes, 2 de junio de 2015
La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han
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