Veinteañeros. Voy en un bus de Burgos a Madrid y de Madrid a Granada. La mayor parte de los pasajeros son jóvenes estudiantes en la veintena. También jóvenes inmigrantes con diversos matices de piel. Cuando hablan entre ellos no me interesa lo que dicen, las banalidades que cuentan - enseguida desconecto - sino el tono que utilizan en el habla, esa manera de hablar confiada, porque nunca han tenido que valerse por sí mismos. La vida la han encontrado hecha. Una chica apoya su cabeza somnolienta en un osito rosa de buen tamaño. En las redes, quienes se muestran preocupados como si el mundo les cayese sobre la cabeza son los de una generación superior entre los treinta y los cuarenta: la vivienda, los hijos, el desfase entre las pensiones y los que están en edad de trabajar.
Estos que veo ahora están despreocupados. Cuando dejan de charlar encienden la pantalla del móvil o la del reverso del asiento delantero. Lo que veo es lo que me ha llevado a escribir esta nota: ven dibujos animados, uno con la estética de los fraggle rock, otro con la estética de videojuegos. Quizá mi impresión sea falsa, basada en pocos datos, pero parece que no les interesan las historias humanas de gente buscándose la vida y resolviendo problemas.
Los comentaristas se golpean la cabeza estos días escandalizados por los resultados de las pruebas PISA. No creo que sean significativos en el sentido que ellos dicen: falta de comprensión lectora y torpeza en la comprensión del mundo y de las matemáticas. El problema no viene por ahí, creo. Sucede que su mundo no es ya el de sus padres y educadores. Están aprendiendo y conociendo el mundo de otro modo. Un mundo que despreciamos los que aprendimos a través de los libros, lo que no quiere decir que el nuestro sea mejor que el suyo.
Si pongo el oído en su charla detecto la misma ingenuidad que cuando nuestros hijos o nosotros mismos teníamos su edad. Están aprendiendo y quieren comprender como nosotros, formulando con temor y arrojo las mismas tonterías, ensayo y error. La diferencia es que van mucho más rápido, aunque a nosotros nos parezca que van muy lentos.
Por otro lado, me digo, y es contradicción - he resistido varias tentativas de abrir el móvil pero a la quinta no-, qué hermoso es el paisaje de la Mancha entrando en Andalucía, los olivares, los viñedos, las quintas, los cortijos y los cerros que van ondulando la marcha del bus, los toros negros de Osborne y las palmeras a la puerta de un puticlub perdido en la llanura, los verdes y los ocres y el azul celeste de las montañas del fondo y las algodonosas nubes sobre ellas. También a mí el móvil me está robando el paisaje, pero a cambio me entrega el mundo entero.






