En la
carretera que va de La Hermida a Potes, verás la placa que indica la dirección
hacia la Santa María de Lebeña, pero hasta que no llegas a escasos metros de la
iglesia es difícil que distingas el edificio entre los árboles, especialmente
en esta época cuando la primavera se vuelve a vestir de verde. La primera
impresión es de encantamiento, la que produce la geometría románica en entornos
naturales, el edificio aislado en medio de bosques y altos murallones de
piedra. La roca desnuda casi blanca da nombre a la comarca, Liébana, el lugar
blanco. Cuando ves el conjunto de la iglesia y el campanario, el olivo y el
tejo sobre el fondo del murallón del macizo central de los Picos de Europa te produce
un efecto único, remite el encanto de los comienzos: la factura mozárabe del
siglo X con sus arcos de herradura y decoración geométrica.
Si la
apabullante arquitectura natural de los Picos de Europa se doblega en el valle
en el punto en que aparecen la pequeña iglesia y su campanario exento al ordenar
y dar sentido a los temores del peregrino ante un paisaje hostil e informe, la
armonía de bóvedas de cañón, arcos de herradura y columnas en el pequeño
espacio del interior le devuelven el sosiego y le confortan y predisponen a
aceptar el orden del mundo regido por la cosmología cristiana. El mundo está
ordenado y tiene sentido.
El
lugar se antoja mágico la primera vez que lo ves, y si vienes haciendo el
camino lebaniego que lleva al cercano Monasterio de Santo Toribio en Potes,
como a mí me sucedió, mucho más. El peregrino está dispuesto a creer cualquier
cosa. Así que cómo no creer en hermosos cuentos y en aleccionadoras historias:
que hubo un conde y una condesa que buscaron un refugio aquí para vivir
eternamente, representados él por un tejo y ella por un olivo que flanquean la
iglesia, y que si al tejo se lo llevó hace no mucho un viento huracanado, un
esqueje lo ha devuelto a la vida, mientras el frágil olivo femenino permanece; que el conde pidió a los monjes de Santo Toribio que le diesen el lignum
crucis para dar empaque a una Santa María de Lebeña recién construida,
aunque lo que realmente intentó, sin éxito, fue el robo de los despojos del
propio santo.
Pero
el mayor de los cuentos se refiere al robo y rescate de la ‘Morenuca’. Parece
que un particular, enamorado de la talla gótica del siglo XIII, encargó su
robo. Sucedió en 1993 cuando un profesional robó La Virgen de la Buena Leche,
que así se llama la talla por la particularidad de la Virgen amamantando al
niño. Desde entonces la talla permanece oculta en el almacén de un
coleccionista anónimo. El cuento que cuenta la guardiana de la iglesia es que
la Virgen fue encontrada en Alicante en 2001, y que la vemos en el altar,
cuando en realidad nunca se encontró y lo que vemos es una réplica, parece que
fidedigna, de la antigua imagen.
La
conjunción de naturaleza y arte cuándo crean un conjunto armónico, que es lo
que valoramos del románico, o prerrománico en este caso, predispone al encanto
y al gozo del que hemos disfrutado este fin de semana un grupo de amigos (Tomi, Marta y Marga) en los
Picos. No pudimos rematar el Peña Vieja por el mal tiempo, pero llegamos
a Horcados Rojos en el momento en que el cielo se abría para ver al
fondo el Urriellu, como hemos disfrutado de la emoción de ascender por la via
ferrata de la Stairway to Heaven. La escalera que lleva el cielo se había
iniciado, como no podía ser de otro modo, en ese rinconcito de los Picos que es
la iglesia de Santa María de Lebeña y concluyó con un cocido lebaniego junto a
la escalera que lleva al cielo.
