viernes, 23 de enero de 2026

Cuando mi opinión no vale nada

 



Pongamos sobre la mesa la Dana de Valencia y el descarrilamiento de Adamuz. Tiéntate la ropa. Quizá ya sabes o crees saber qué es lo que ocurrió. Seguramente te has formado una opinión leyendo los medios que normalmente sigues. Esos medios y tú con ellos se han balanceado en distinta dirección en uno y otro caso. Balancear quiere decir que en un caso viste claramente a los culpables y en el otro los salvaste de culpa.


Qué sabemos tú y yo de lo que ocurrió realmente. Yo no soy ingeniero ni meteorológo, no sé cómo funciona protección civil ni he participado en tareas de rescate. Así que no tengo idea de cómo se produjeron las cosas. Solo sé que en un caso se produjo un chaparrón enorme e inesperado y en el otro un descarrilamiento desacostumbrado. Que en ambos casos ha habido muchos muertos. También sé que la información que me llega está separada por un río de orillas enfrentadas. En ambos casos, en la Dana y en el descarrilamiento, los medios convirtieron la tragedia en espectáculo. Agarraron por los huevos el suceso y no lo soltaron durante varios días, ordeñándolo como a una vaca hasta la obscenidad.


Como tú, sé que hay imponderables, que nuestro control de las cosas es limitado y que hay una cosa que se llama relato: unas gafas que te regalan para que a través de ellas mires la realidad deformada. Debería sorprenderte como a mí encontrarte en medio de apasionadas disputas defendiendo una causa sin tener ni idea de lo que estás discutiendo. Por qué habría de ponerme de su lado si lo desconozco todo. Por qué defender con pasión su puesto, qué gano yo con ello.


Eso quiere decir que renuncio a saber. Evidentemente, no. Quiero saber quiénes son los responsables para que sean castigados y cuando llegue el momento votar en consecuencia. Me enfada que después de una grave irresponsabilidad sigan en sus puestos. Espero que la justicia en cada caso establezca la verdad y con ella responsabilidades. Tengo una idea del país al que me gustaría pertenecer. Ahora mismo no veo ningún proyecto que me apasione. Pero antes que eso quiero que las cosas funcionen y que los que cobran sueldos públicos se responsabilicen de lo que hacen.


jueves, 22 de enero de 2026

Sontag

 



Comienzo a leer sin interés Siempre Susan. Recuerdos sobre Susan Sontag, de Sigrid Nunez. Y llego al final de su lectura con el mismo desinterés. Por qué. Porque a pesar de la deslavazada narración, ahora me interesan más las historias de los escritores, sus vidas, que sus propias obras. Sigrid Nunez fue primero asistente de Sontag, luego la mujer de su hijo y después la amiga a la que recurría cuando necesitaba compañía (Nunez es la autora en la que se basa la última película de Almodóvar). Susan Sontag pertenece al momento más brillante de la cultura americana, al ramillete de creadores en todas las ramas del arte, como la España en el XVI, en el centro de la vida radiante de cuando Nueva York era la capital del mundo. Gente que amamantaba el gusto de la clase media chic, influencers de gustos refinados, moralistas y didácticos, que pensaban que la obra de arte que apreciaban había de apreciarla todo el mundo (comentario de Nunez).

 

Los recuerdos de Nunez me interesan poco y de lo que me interesa apenas dice nada. El libro me confirma la idea de que gran parte del éxito, en cualquier campo, se debe al nacimiento y las conexiones, y que, en consecuencia, las mejores ideas se pierden por falta de contactos. Cada uno de los hombres y mujeres que han poblado y pueblan la tierra la única novela que habrán escrito habrá sido su vida. Y cada una tendrá más interés que la mayor parte de las novelas escritas. Cuál es la diferencia, la falta de oportunidades.

 

En ocasiones parecía que estaba rodeada de gente que tenía mucho más que ella; gente que poseía su propio apartamento (situación mucho menos común entonces que ahora); gente que tenía servicio doméstico; gente que coleccionaba obras de arte; gente que, cuando viajaba, siempre lo hacía en primera clase. Le molestaba que, con muy pocas excepciones, esta gente no pudiese afirmar estar haciendo el tipo de contribución valiosa a la cultura y a la sociedad que ella hacía. Pascal afirmaba que ser de buena familia puede ahorrarle treinta años a un hombre.

 

Aun así, la élite cultural neoyorkina de la segunda mitad del siglo XX creó obras esplendorosas en literatura y música, en cine y arquitectura, por no hablar de ciencia y tecnología. Viendo recientemente la segunda parte de Dune y la serie Andor de la saga Star Wars, uno puede pensar en la decadencia de Estados Unidos, allí donde la estética y la moral se dan la mano.

 


miércoles, 21 de enero de 2026

Wells y West

 

 


 

Rebecca West y H.G. Wells eran completamente incompatibles: eran perfectos el uno para el otro. Ella sabía que él nunca dejaría a su esposa y él, que ella necesitaba a una esposa. Desde el principio se fastidiaban y se molestaban mutuamente, y desde el principio sintieron una atracción física irresistible. Él creía que el amor era, simplemente, sentido común; ella, que era un modo de perderlo; él era partidario del sexo sin amor y ella, del sexo en todas sus puñeteras modalidades. (Richard Flanagan)

 

En la magnífica La pregunta 7 el escritor tasmano Richard Flanagan se pregunta cómo el hombre puedo concebir y luego hacer explotar sobre el cielo de Hiroshima una bomba que acabó con cientos de miles de víctimas. En su narración Flanagan encadena una serie de ‘causas’ que llevan a la bomba atómica, siendo la primera la relación que el escritor británico HG Wells mantuvo con la también británica y escritora Rebeca West.

 

HG Wells fue un notable influencer de su época, el primer tercio del siglo XX. Su nombre era una marca, hasta Jane, su sacrificada esposa, le llamaba HG. La fama le venía de su capacidad de anticipación sobre lo que habría de ocurrir en el futuro. Predijo la llegada de aviones, tanques, viajes espaciales, armas nucleares, televisión por satélite y algo parecido a internet. Imaginó viajes en el tiempo, invasiones alienígenas, la invisibilidad y la ingeniería biológica. En cada uno de sus libros predecía un avance, las novelas anticipatorias escritas en su prolífico último lustro de siglo XIX: La máquina del tiempo, El hombre invisible, La isla del doctor Moreau, La guerra de los mundos, Los primeros hombres en la Luna. Tal era su fama que a él acudían ministros y jefes de gobierno para pedirle opinión y, más que eso, para exigirle que se implicara en la campaña patriótica para ganar la Gran Guerra, la guerra que todo el mundo estaba deseando, él el primero, para acabar con la atmósfera de enfrentamiento entre los imperios en el cambio de siglo. Wells creía que la guerra del 14 sería la guerra que acabaría con todas las guerras. Animó a la sociedad inglesa a luchar contra Alemania.

 

Wells acudió al frente como periodista. Ahí se dio cuenta de la barbaridad de la guerra y entonces cambió de opinión y se convirtió en pacifista. Los mejores son aniquilados por un kilómetro de barro sin valor, le decía su amigo Bernard Show. Wells se declaró avergonzado de haber animado a la guerra cuando vio el horror de cientos de miles de soldados jóvenes muertos y niños y viejos lisiados. Junto a su amigo fabiano llamó al fin de las naciones y el inicio de un gobierno universal. Se entrevistó con Roosevelt, hizo varios viajes a Rusia para hablar con Stalin, porque creía que solo ellos tenían el poder para impedir la masacre que vaticinaba si el mundo volvía a las armas. Hasta que se desencantó de los políticos: "Éramos jóvenes plantando semillas humildes para los tiranos".

 

Lo más atractivo del personaje son sus contradicciones. Belicista primero, pacifista después. Partidario de los bolcheviques, enemigo del comunismo. Lo mismo sucedía en su vida privada. Con el cambio de siglo Wells se puso a escribir novelas sociales. Enemigo de la hipócrita y rígida sociedad victoriana, escribió la novela feminista Ana Verónica. Defendía el amor libre y lo practicó con múltiples amantes, sin embargo, mantuvo contra viento y marea su matrimonio con Jane, que aceptó una relación desigual. Sostenía que el sexo era tan necesario como la vida: buscaba amantes jóvenes, a ser posible intelectuales y escritoras: Amber Reeves, Rebeca West, Elizabeth von Arnim, Margaret Sanger, Moura Budberg, la secretaria de Maxim Gorki, y otras muchas. Su concepción del amor libre consistía en que él tenía toda la libertad y sus mujeres adoptaban el papel de 'la sombra de la amante', estar a su disposición cuando las necesitaba.

 

Sus contradicciones están expuestas en su último libro, Experimento en autobiografía. Donde asume: "Solo eres un ser humano como los demás, un individuo solitario, una criatura de Dios con sus debilidades y limitaciones".

 

Wells llego a conocer el genocidio y la horrible bomba que en la Segunda Guerra Mundial causó cientos de miles de muertos como había predicho con 30 años de anticipación en El mundo liberado. Murió en 1946. David Lodge lo retrata en Un hombre con atributos (2011).

 

Hay una buena película de la BBC, de 2006, que alterna la evolución política de Wells con su vida sentimental, que expone sus contradicciones. Sigue el relato de Experimento en autobiografía. Se centra, especialmente en su relación con Rebeca West. Se puede ver en inglés en YouTube y en este enlace, no de muy buena calidad, con subtítulos en español.


martes, 20 de enero de 2026

Entropía

 

 


Cada uno de nosotros es una hormiga. Una hormiga laboriosa con muchos momentos de inactividad. Es decir, trabajamos y consumimos. Pero tenemos la posibilidad, si nos esforzamos, de reflexionar sobre ello. Metacognición, esa es nuestra diferencia. Podemos utilizar esta habilidad extraordinaria con la que nos ha dotado la naturaleza para pensar sobre lo que hacemos y actuar en consecuencia. No somos únicamente piezas de un mecano, aunque no por ello dejamos de pertenecer a un hormiguero. Nos es más fácil delegar responsabilidades.

 

Delegamos el gobierno de las cosas en representantes a quienes pagamos generosamente con dinero y fama, también con beneficios extras que ellos se atribuyen, y nosotros malamente toleramos, porque la mayoría lo que queremos es vivir, vivir sin preocupaciones. Producir y consumir.

 

Cuando ejercemos nuestro derecho al voto, depositamos al mismo tiempo confianza y aspiraciones. Damos por supuesto que se ocuparán del mantenimiento. Confiamos: no nos hacemos preguntas, damos por supuesto que los niños y los jóvenes van a la escuela y pueden formarse; que médicos bien formados pueden atendernos si nos encontramos mal; que jueces justos atienden nuestras reclamaciones; que los servicios que la sociedad moderna ha puesto a nuestra disposición siguen funcionando sin tener que pensar en ellos: el agua y la electricidad, las carreteras y el ferrocarril, la seguridad en las calles. Eso se llama gestión. Aceptamos pagar dolorosos impuestos para que todo funcione.

 

Confiamos. Damos por supuesto que nuestros representantes y el gobierno se ocupan diligentemente de que todo siga funcionando, y que, si proyectamos la segunda cosa, las aspiraciones, en nuestros debates, en encendidas polémicas, es porque la buena gestión está asegurada: qué sociedad queremos, cómo abrillantamos el futuro, el luminoso horizonte en el que vivirán nuestros hijos. Pero qué sucede si comenzamos a sospechar que todo eso no es más que retórica para que sigamos confiando en ellos. Que descuidan la gestión porque solo se preocupan por sí mismos y sus allegados. La sospecha de que la gestión de los asuntos no es la prioridad, que cuando una cosa funciona mal los responsables siguen en su puesto (la presidenta de Red eléctrica, tras el apagón, por ejemplo) corroe la sociedad. Sin cuidados, todo está sometido a la ley de la entropía. En ese momento estamos.

 

Deberíamos volver hacia nosotros las preguntas. Metacognición. ¿Elegimos a los mejores? ¿Prestamos atención a las alertas? ¿Nos dejamos seducir por ensoñaciones que ocultan una realidad fea que no queremos ver? Sin preguntas, sin metacognición, no somos más que obreros consumistas en el hormiguero. ¿Qué queda de la humanidad que nos distingue? ¿Desaprovechamos el don que se nos dio? 


Los hombres, al principio, aunque oían no escuchaban, y semejantes a las figuras de los sueños, a lo largo de toda su vida se movían confusos al azar. Ni siquiera tenían casas de adobes cocidos al sol, ni construcciones de madera, sino que habitaban en agujeros como las inquietas hormigas. No aprovechaban las estaciones y actuaban en todo sin previsión. Yo les enseñé los números, inventé para ellos, les enseñé las combinaciones de las letras y una memoria universal, gracias a la que tienen las artes. Y fui el primero que unció bajo el yugo a las bestias de carga para que fueran sustitutos de los hombres en los trabajos del campo. También inventé para los hombres las naves que cruzan la mar. (Prometeo encadenado, de Esquilo)

 


lunes, 19 de enero de 2026

Todo es vacío

 


Literalmente la Tierra se mueve bajo nuestros pies. No es solo una cuestión geológica también por encima es una cuestión biológica y por debajo una cuestión física. Es un no parar, todo está en danza. Pero si todo esto estaba sucediendo desde el comienzo de los tiempos, ahora lo es en su comprensión. El conocimiento de las cosas se ha acelerado hasta el punto de que tanta información escapa a la medida humana. La mente humana - la mente colectiva del sapiens - ha dado un salto de tal magnitud que la mayor parte de los humanos nos quedamos a dos velas. No hay mente humana individual, ni la más sabia, que pueda alcanzar a comprender del todo. Querer seguir los acontecimientos es una pasión inútil, por imposible. Así que querer decir algo sobre lo que ocurre es un esfuerzo vano.

 

Si queremos saber algo sobre cualquier campo del conocimiento, enseguida nos asaltan las incógnitas. Cualquier campo, pongamos la física de partículas o los teoremas matemáticos, ¿existían antes de la atención humana o son creaciones de nuestra mente? Los físicos cuánticos nos dicen que si observamos y medimos modificamos lo que vemos. ¿Las matemáticas son un lenguaje preexistente o una invención humana? ¿Un mapa natural de las correlaciones cósmicas o una habilidad desarrollada por el hombre para ir solventando problemas? Geoffrey Hinton sostiene que las matemáticas son un sistema cerrado y que las IAs irán descubriendo sus postulados más rápidamente de lo que podría hacerlo la mente humana. Otros sostienen que los grandes descubrimientos de las matemáticas están relacionados con las necesidades humanas, la aritmética, por ejemplo, con el cálculo (las cuentas del comercio), la geometría con la topografía (del territorio al mapa). Las matemáticas han ido evolucionando y desarrollándose en función de las necesidades humanas.

 

Crees que el firme que pisas o la mesa sobre la que se apoyan tus codos son superficies sólidas y continuas, en realidad la dureza surge de la repulsión de la fuerza electromagnética entre los electrones de la mesa y los de tu piel. Todo lo que te rodea incluido tú mismo es vacío, el 99,99 del átomo es vacío, el núcleo diminuto, mucho menos que esa centésima parte que falta, rodeado de electrones que en realidad se distribuyen en nubes de probabilidad. Los átomos no son más que excitaciones de energía, excitaciones en el campo electromagnético que denominamos materia.

 


domingo, 18 de enero de 2026

Las delicias del jardín // Bugonia

 


Dos películas que aparecen en las listas de las mejores del año, aunque no todo el mundo cuenta con ellas. La primera es una comedia sin pretensiones, pero divertida. La segunda usa del sarcasmo más que de la ironía para hacer una crítica de la comedura del coco consumista capitalista, aunque sin gracia.

 

La primera, Las delicias del jardín de Fernando Colomo, es como una lluvia de primavera llena de imágenes coloristas, una comedia a la española, a la madrileña, mejor. Un padre y su hijo se reencuentran en un garaje vivienda convertido en taller de artista. El padre es un pintor abstracto (curiosamente el hiperrealista Antonio López hace un cameo) que ha perdido la gracia del trazo debido al movimiento espasmódico de su mano, justo cuando su ex, la galerista Carmen Machi le hace un encargo que podría sacarle de los problemas económicos que arrastra, una versión moderna de la obra del Bosco. El hijo, que acaba de volver de la India, le ayudará a salir del mal rollo en que se encuentra. Hay gags visuales, pero también comedia de enredo.

 

Lo mejor de la película son los gags visuales. Me ha divertido ver al propio Fernando Colomo haciendo de actor protagonista junto a su propio hijo, Pablo Colomo, que es pintor en la realidad y que ha coescrito el guion. Una fina ironía recorre toda la película: el pomposo lenguaje de los críticos de arte, la abstrusa imaginería del arte abstracto. No se ha llevado premios del cine español, pero para mí ha sido un descubrimiento; me ha recordado las películas que Colombo hacía al comienzo de su carrera.

 


La segunda es Bugonia, de Yorgos Lanthimos, un director que se las da de rompedor, pero si sus anteriores películas te hacían pensar, tal la reciente Pobres criaturas, en esta se ha pasado de rosca. Toma como protagonistas a dos zumbados que creen que la Tierra ha sido colonizada y está manejada por andromedanos (extraterrestres de la galaxia Andrómeda). Se proponen secuestrar a la CEO de una gran compañía como primer paso para la liberación. El problema principal desde mi punto de vista es que la película pide humor y carcajada, pero el director no lo consigue, dominado como está por la seriedad de sus presupuestos ideológicos. 


No hay un guion trabado sino una sucesión de diálogos sin gracia y momentos efectistas de violencia. Lo que debería haber sido una comedia loca se convierte en un manifiesto lleno de tópicos: las escenas cómicas se ven como dramáticas. La escena final es risible, no por su vis cómica, sino por su ridícula concepción. Lo único saludable desde mi punto de vista es la interpretación de Jesse Plemons. Emma Stone, por el contrario, no encuentra el tono.

 

 


miércoles, 7 de enero de 2026

Las tempestálidas, de Gueorgui Gospodínov

 


 

"En alguna parte de los Andes creen, hasta el día de hoy, que el futuro está detrás de nosotros... Cuando hablan del pasado, las personas del pueblo aymara señalan con el dedo hacia delante".

 

¿Hemos gastado ya, amigos míos, el cheque del futuro? El cheque sin fondos del futuro...

 

A medida que entramos en años nos vamos quedando sin futuro. Eso le sucede a cada uno de nosotros, pero también a Europa y al resto de las naciones. ¿Se puede compensar esa pérdida con el recuerdo del pasado? El problema es que la memoria también se va quedando sin pasado. 

 

Olvidamos al mismo tiempo que la esperanza en el futuro se va desdibujando. Qué hacía yo tal día de tal año, qué será de mí dentro de uno dos tres años. Si dejamos de tener fe en el futuro, el país de la memoria se va borrando hasta desaparecer del todo. Eso sucede con el Alzheimer, pero también con cualquiera que va envejeciendo. 

 

El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov lo toma como punto de partida para construir este libro, Las tempestálidas, que es al mismo tiempo novela y ensayo, un ensayo de lo que sucede con la memoria cuando la vida se desmorona. Los imperios, las instituciones, la propia vida están sometidas a la segunda ley de la termodinámica. ¿Es reversible la entropía? 

 

El narrador junto a su amigo Gaustín, pensando en el borrado del Alzheimer, idean una clínica de recomposición del pasado. En ella construyen plantas dedicadas a distintas décadas, sucesivos niveles que representan el pasado, donde el enfermo volverá al mejor momento de su vida, así le ayudarán a recordar. Traer de vuelta el pasado con fines terapéuticos es la cosa. Una idea tan exitosa a la que, tras los que sufren Alzheimer, se apuntan los ricos y que, luego, se generaliza para asumirla los países europeos. Estos deciden convocar referéndums para que el pueblo decida a qué pasado le gustaría volver. Puesto que parece que Europa se ha quedado sin futuro reconstruyamos la década en la que Europa sí lo tenía, volvamos a tener esperanza, un pasado feliz al que regresar.

 

El narrador que es un agente de la clínica va tejiendo el tapiz de la memoria con pequeñas historias impresionistas que van y vienen y apenas quedan fijadas en el relato. Así la historia del Señor N que ya no tiene memoria, pero que tiene la suerte de que el agente que lo vigilaba en la Bulgaria comunista le vaya recordando (Sr. A). Impresionistas he escrito, pero no, impresionistas no, expresionistas, microhistorias de las que extrae enjundia, filosófica y vital. El olvido hermana en la vejez al espía y a su enemigo. La vejez los iguala, ambos han pasado al bando perdedor. Si no hay memoria todo puede ser perdonado. Si la memoria se ha perdido y de pronto se recupera un momento, a través de una fotografía: una mujer que se reclina en el hombro de un hombre en las sombras, una tarde de agosto, el pasado absoluto es algo así: la tarde del mundo con un escondite a la sombra de un árbol.

 

Gospodínov se divierte imaginando a qué país del pasado querrían volver los ciudadanos de los distintos países. Cuando se jodió el futuro, se pregunta.

 

Esto dice de los países del este.

 

"En aquella época aún había una reserva intangible de futuro... Una década después, en los ‘dosmiles’, la reserva se había agotado, tan solo el culo de la botella se transparentaba frente a nosotros. Y entonces, en algún momento indeterminado entre el final de esa década y el principio de la siguiente, algo pasó con el tiempo, algo saltó, se dislocó, petardeó, derrapó y finalmente se detuvo".

 

Si en los países del este se piensa en la década siguiente a 1989, el mejor momento de España, por el contrario, sería desde el comienzo de esa década. 

 

“España, con su dilatada experiencia en ser una familia 'desgraciada a su manera' lo tendría más fácil… Al final, España eligió la explosión de libertad de los ochenta, con su Movida madrileña, su Malasaña y su Almodóvar, sucesores del ‘destape’ y de las primeras tetas en la gran pantalla después de Franco, ya fueran justificadas o no".

 

Pero también hay décadas a las que no querríamos volver. Así recuerda un suceso de la historia de Bulgaria, el atentado comunista, uno de los más mortíferos del mundo. 

 

 Pasamos junto a la iglesia de Sveta Nedelya. Veinticinco kilos de explosivo bajo la cúpula principal, una botella de ácido sulfúrico para asfixiar a los que no hubieran muerto en el acto, y a las tres y veinte de la tarde del 16 de abril de 1925 Bulgaria pasa a ocupar el primer puesto en el podio de los atentados más sangrientos perpetrados en una iglesia hasta el momento: ciento cincuenta hombres, mujeres y niños asesinados. Por el ala radical de ese mismo partido que ahora dirige el Movimiento para el Sotz. Si alguien tiene muchas ganas de volver a la década de los veinte, tendrá que lidiar también con este asunto, pensé.

 

Tarde o temprano, toda utopía se convierte en una novela histórica.

 

La novela de Gospodinov, si es que este artefacto lo es, es ingeniosa y por ello ha merecido premios prestigiosos. Como hacen los poetas, ha captado el espíritu del tiempo, la fragilidad del Estado del Bienestar, la desesperanza, el tembleque de Europa, el muro que Trump y Putin han plantado delante. En su estructura deshilvanada, sin hilo conductor, muestra el desorden natural de la vida, la entropía que a todo organismo afecta. Por eso, hay que apreciarla por el detalle, la miniatura, no por la gran narración sino por aquello que se nos escapa. La diferencia entre la luz de la mañana y la de la tarde, o los olores, por ejemplo.

 

¿No es realmente asombroso que no exista ningún dispositivo de grabación de los olores? A ver, en realidad sí que existe uno, solo uno, de antes de la tecnología, un dispositivo analógico, el más antiguo de todos. El lenguaje, por supuesto. De momento es el único del que disponemos, así que he de capturar olores con palabras y añadirlas en el enésimo cuaderno. Recordamos solo aquel olor que hemos podido describir o comparar. Es llamativo, de hecho, que ni siquiera tengamos nombres para los olores. Dios o Adán dejaron su trabajo a medias. No es como con los colores, por ejemplo, donde vas nombrando rojo, azul, amarillo, morado... No se nos ha otorgado el don de nombrar los olores de manera directa. Siempre ha de ser a través de una comparación, siempre de forma descriptiva. Huele a violetas, a pan tostado, a algas, a lluvia, a gato putrefacto... Pero las violetas, el pan tostado, las algas, la lluvia y el gato putrefacto no son nombres de olores. Valiente injusticia. O tal vez detrás de esa imposibilidad se esconda otro presagio que escapa a nuestra comprensión... 

 

"Mientras recordamos, mantenemos el pasado a distancia. Es como encender un fuego en un claro del bosque cuando se cierne la noche. Alrededor hay demonios y lobos agazapados, las bestias del pasado van estrechando el círculo, pero sin atreverse todavía a romperlo. La alegoría es sencilla: mientras el fuego de la memoria siga ardiendo, uno tendrá la sartén por el mango; en cuanto empiece a apagarse, los aullidos irán en aumento y el cerco de las bestias se irá cerrando en torno. La manada del pasado".