martes, 6 de octubre de 2026

7. Diyarbakir, ciudad del Tigris. Mardin

 



Paseamos por el centro de la ciudad de Diyarbakir. Callejuelas no muy limpias en torno a las numerosas mezquitas, pequeños puestos de fruta, tiendas variopintas sin idea de cómo hacer atractivo el producto. Es difícil saber quiénes son kurdos - el 70 u 80% - y quiénes turcos. A muchas mujeres kurdas, sin embargo, se las reconoce por los adornos dorados o de plata que cuelgan de sus pañuelos. Sus vestidos son más modernos y coloridos. 




Recordamos cómo, no hace muchos años, esta ciudad salía en los periódicos. Gran parte del centro histórico de Diyarbakır fue demolido durante la represión militar de 2016 y 2017, hasta un 70 % en la parte occidental. La población fue sometida a toque de queda.




Visitamos la Iglesia de Surp Giragos (San Ciriaco), la iglesia armenia más grande del Próximo Oriente. La iglesia ha sufrido incendios, vandalismo, y asaltos a lo largo de su historia, la última en 2015-2016, cuando la violencia turco kurda. Tras su restauración ha sido reabierta en 2022. Un joven nos cobra a 20 liras la entrada. No hay nadie más. Hoy la población armenia es testimonial, apenas unas decenas de armenios se identifican abiertamente como tales. Quizá haya "armenios ocultos" o islamizados, descendientes de los que sobrevivieron al genocidio de 1915, asimilados lingüística y religiosamente. 


En 1895, unos 25 000 armenios y cristianos siríacos ("asirios") fueron masacrados en la región y ciudad de Diyarbakır. A finales del siglo XIX, la población cristiana de la ciudad estaba compuesta principalmente por armenios y cristianos ortodoxos siríacos. Unos 150.000 fueron deportados.




Diyarbakir, la capital kurda a orillas del Tigris, es una de las pocas ciudades que han sido habitadas sin interrupción desde hace miles de años. El sitio de Çayönü, del neolítico tardío, data de hace casi 10.000 años. La Unesco agrupa como Patrimonio de la Humanidad el «Paisaje cultural de la fortaleza de Diyarbakır y jardines del Hevsel» desde julio de 2015.


Qué ver en Diyarbakır




La muralla de basalto negro que rodea la ciudad, casi intacta, forma un círculo de 5,5 kilómetros alrededor del centro histórico. Hay cuatro puertas y 82 torres construidas, restauradas y extendidas por el emperador romano Constantino II en el 349.




La Gran Mezquita de Diyarbakır, del siglo XI, una de las más antiguas de Turquía, es un ejemplo de reutilización de materiales de civilizaciones anteriores, alterna columnas de basalto negro - que procede de la propia meseta de Diyarbakır - y caliza blanca para contrastar con el basalto negro. El patio y las arcadas interiores - columnas, capiteles, frisos, cenefas - procede de edificios romanos y bizantinos. Tras la conquista islámica, el año 639 d.C., la principal catedral cristiana (la iglesia de Mar Toma) se convirtió en espacio de oración musulmana hasta transformarla en lo que vemos. Los otomanos añadieron las madrasas anexas, como la de Mesudiye, escuela de oradores de la ciudad.




Nos preguntamos por qué los Jardines de Hevsel (el nombre de los huertos situados junto al Tigris) fueron declarados Patrimonio de la Humanidad. Se debe a su condición de "ecosistema agrícola y cultural indivisible y a su continuidad agrícola de más de 8.000 años, en el corazón Creciente Fértil de Mesopotamia". La muralla protegía la ciudad, mientras que los Jardines de Hevsel le garantizaban soberanía alimentaria y agua fresca en épocas de asedio. Los Jardines de Hevsel se han mantenido como espacio público, dividido en parcelas familiares para el abastecimiento local, con técnicas agrícolas ancestrales que apenas han cambiado, funcionando como un museo vivo de la ingeniería agronómica de Oriente Medio.




Los jardines han alimentado de forma ininterrumpida a la ciudad desde la Edad del Bronce hasta la actualidad: frutas, hortalizas y sus famosas gigantescas sandías. Abarcan unas 700 hectáreas que funcionan como una reserva ecológica: más de 180 especies de aves migratorias, mamíferos como nutrias y zorros, y sirven como «pulmón verde» del suroeste de Anatolia.


El Puente de los Diez Ojos




Es un puente medieval de piedra de diez arcos que cruza el río Batman a las afueras de Diyarbakır, en la ruta histórica hacia Anatolia oriental; uno de los grandes puentes en arco de la Alta Mesopotamia. Sobre una estructura romana bizantina fue construido en basalto negro, en el 1065 d.C. por una dinastía kurda. Mide 178 metros y por 5,6 metros de ancho


La tarde es para Mardin




Es la hora del café. Me gusta conectar los ojos con el mejor paisaje. Por eso me pregunto dónde sentarme, si mirando hacia el norte o hacia el sur en la terraza de una cafetería del casco histórico de Mardin. Decido el norte, hacia la fortaleza del castillo, hacia el caserío que desciende ladera abajo. Me pierdo el sur, la inmensidad de la llanura mesopotámica; tengo la sensación de estar a la orilla de un mar sereno y sin fin. Mardin construido sobre una cresta rocosa estrecha y elevada entre dos profundos valles, ofrece un paisaje único, aunque tantas veces visto en otros lugares, único porque aquí la historia discurrió de otra manera y por primera vez, todo sucedió aquí por primera vez; la ciudad se urbanizó en capas culturales sucesivas, imperios, etnias, religiones.




El caserío en blancos y ocres - en trance de restauración, hoteles y casas lujosas - desciende de la fortaleza en planos aterrazados por la ladera norte, y se ensancha por el casco histórico en un laberinto de calles que hacen de bazar, restaurante, cafetería y mezquita, y se desploma en un acantilado hacia la ancha llanura.




A esta hora de la tarde, que espera la llamada a la oración del ocaso, la piedra caliza de los renovados edificios de la ladera adoptan tonos melosos o amarillos. En el plano más horizontal se elevan cúpulas y minaretes de madrasas y mezquitas y por encima de todos el minarete tallado de la Gran Mezquita (Ulu Camii) se erige apuntando al cielo como un cohete a punto de despegar. La llanura adopta los colores del otoño: dorados, ocre y pardos. Mardin es una hermosa ciudad que yo desconocía.


lunes, 5 de octubre de 2026

6. El lago Van: urarteos, caucásicos y armenios

 


Tras una noche tormentosa que nos impidió dar un paseo por el lago que da nombre a la ciudad el sol luce a rabiar. El problema de dormir una sola noche en cada lugar - se escogen estos lugares por su relevancia histórica o geográfica - es que no da tiempo a disfrutarlos. Después de desayunar, doy una vuelta alrededor del hotel: en la trasera una terraza, el lago, una cadena montañosa al fondo, en el altiplano armenio, y en medio el Süphan, 4058 m, la cima blanca. Por muy poco se nos pasa esta extraordinaria vista. Una panorámica limpia, inesperada, bella.

Urarteos




El lago de Van es la geografía y la historia que hoy nos toca. Turquía tiene 1300 sitios arqueológicos. Hoy vemos uno de los más antiguos, del reino de Urartu (en la Biblia, reino de Ararat), una civilización de la Edad del Hierro (siglos IX y VI a. C.) que dominaba la metalurgia, la arquitectura en piedra y la ingeniería hidráulica. Sus límites territoriales, el espacio que marca los tres lagos que Armenia considera parte de la Armenia histórica: el lago Van (epicentro del reino), el lago Urmia (en Irán) y el lago Sevan (en Armenia). La region estaba protegida contra enemigos externos, los asirios, por un relieve accidentado en el que destacan tres cimas: el monte Ararat, el monte Nemrut y el Süphan.



Visitamos su capital (Tushpa), junto a lla Ciudadela de Van, una fortaleza tallada en roca con inscripciones cuneiformes y tumbas reales. El rey Menua (c. 800 a. C.) construyó el Canal de Menua (o Canal de Shamiram): un acueducto de piedra de más de 50 km que traía agua dulce desde las montañas lejanas hasta Tushpa. Sorprendentemente, tramos de esta obra de ingeniería siguen en uso hoy en día. Solo 13 personas en el mundo conocen, leen y escriben el idioma urarteo, entre ellos el guardián del principal asentamiento. Los medos pusieron fin a su reinado.




Hay fortificaciones similares en todo el reino de Urartu, excavadas en laderas y afloramientos en Armenia, Turquía e Irán. Por aquí pasaron los medos, aqueménidas, armenios, partos, romanos, persas sasánidas, bizantinos, árabes, selyúcidas, safávidas, afsáridas, otomanos y rusos que controlaron la fortaleza en un momento u otro. 




La inscripción más famosa de la ciudadela, o al menos la que se conserva, es la que hizo tallar en un lugar casi inaccesible de la roca Darío en el siglo V a. C. y acabó Jerjes tras suceder a su padre. Se grabó en escritura cuneiforme en tres idiomas: persa antiguo, elamita y Babilonio (Acadio). Es una fórmula imperial que glorifica la divinidad Ahura Mazda, establece la legitimidad del rey y rinde homenaje a su padre. Fragmento:


"Yo soy Jerjes, el gran rey, rey de reyes, rey de países de muchas razas, rey de esta gran tierra a lo largo y a lo ancho, hijo del rey Darío, un Aqueménida".


La novia tribal




Para amenizar los muchos kilómetros que hacemos en bus, Ugur nos cuenta esta historia. Habla de una tribu caucasita - pero podría ser de los Safi (o Safi-khel) -, una tribu tradicional de origen kurdo y chiíta, fronteriza con Turquía, Irán e Irak, existe la tradición de compensar a la familia de la novia con un regalo matrimonial obligatorio que entrega el novio que garantice el futuro de la novia. Se conoce como Mahr (dote del novio). Los ancianos de la tribu acordaban fijar la dote en base a un porcentaje del peso físico de la novia. El cálculo era sobre el 10%: Si la novia pesaba, por ejemplo, 50 kilos, el 10% de su peso equivalía a 5 kilos de oro. Si el marido se divorciaba sin una causa, la mujer conservaba íntegramente este patrimonio en oro.


Se dice que ante la imposibilidad de reunir tal cantidad de oro, los novios huían lejos de la aldea, consumaban y al cabo de un tiempo volvían para ser perdonados. En vez del oro acordaban un equivalente negociado en cabezas de ganado, tierras o plata. Si no había acuerdo la novia tenía todo que perder.


Akdamar




Nos acercamos en barco a Akdamar, una pequeña isla en el lago Van, el lago que los armenios reclaman como propio, pero que la historia les ha arrebatado. El agua intensamente azul se agita levemente. En los bordes se va elevando el terreno hasta que por detrás aparecen bloques montañosos con algunos picos nevados. El día luminoso intensifica el colorido ocre y el verde de la vegetación que lo va salpicando, las oscuras moles montañosas y las nubes que se arraciman en lo alto de los picos sin que lleguemos a ver la nieve. El sol y la ligera brisa se contrarrestan, calor y fresco al mismo tiempo. 




Una barcaza turística cubierta nos trae y nos lleva a la isla. En el restaurante de la misma empresa que la barcaza ofrecen el único pez que habita el lago, de la familia de las carpas, el lisa de perla o mújol de perla. También la típica carne de ternera ensartada en pinchos. Eso sí, a unos precios que casi duplican lo que se ofrece en el resto del territorio.




La isla alberga la Iglesia armenia de la Santa Cruz (915-921). Todos coincidimos en que es una joya. Fue encargada por el rey Gagik I Artsruni - que aparece en un relieve humillado ante Dios - y diseñada por un arquitecto escultor, Manuel. La mano de Manuel se ve en los bajorrelieves bíblicos exteriores, ciclos del Antiguo Testamento, tallados directamente sobre piedra volcánica (toba), pero sobre todo en la concepción de la Iglesia como una gran escultura exenta. En el interior pinturas abocetadas ,- casi han desaparecido los tonos pictóricos - representan escenas del Nuevo testamento. En lo más alto de la cúpula, una cruz de buen tamaño recuerda la identidad de quienes la construyeron.




La iglesia era parte de un complejo palaciego y monástico, del cual el templo de la Santa Cruz es la única estructura superviviente. El poder armenio sobre la región duró 113 años, con capital en Van, bajo el nombren de Reino de Vaspuracán, en torno al año mil. El resto del tiempo estuvo bajo dominio bizantino, selyúcida, mongol y otomano, aunque la Iglesia armenia mantuvo el control administrativo, cultural y espiritual directo sobre la isla durante 800 años. Todo terminó en 1915.


El viaje hasta Diyarbakir se hace largo y somnoliento, tanto que después de la cena no apetece salir a dar un paseo. Algunos lo hacen, taxi mediante.




domingo, 4 de octubre de 2026

5. El Monte Ararat y el Palacio de İshak Paşa

 



Alrededor de Kars, la llanura a 2400 m. de altitud y cerros desarbolados de alta meseta. Pastizales secos para el ganado, vacas, corderos y rastrojos de cereales. Carreteras en buen estado, en forma de autovía. Al fondo la cordillera caucásica que separa Turquía de sus vecinos, la misma que hace 30 o 40 años hacía la vida de la gente difícil por la guerra entre la guerrilla kurda y el ejército turco. Se habla de 40.000 muertos y cerca de un millón de desplazados.



Toda la noche ha llovido. El cielo está cubierto, ni una rendija por la que penetre el sol que caliente el día. Los ocres de los baldíos y los amarillos de lo rastrojos se extienden como una alfombra hacia el horizonte grisáceo, salpicada por pueblos ganaderos con casas aisladas con establos y un pequeño terreno alrededor, y algunos bloques que el Estado construye para los funcionarios de menor rango a buen precio. Los pueblos, con mezquita de cúpula verde y estilizado minarete, habitados por tribus caucásicas endogámicas, con costumbres estancadas en el pasado. 


Allí por donde pasa el río que baja de la montaña, el terreno se hunde en una abrupta herida. El agua excava cañones profundos y rocosos hasta que se abren en vallecitos verdes, salpicados de casas, árboles de ribera y huertas. Así el río Aras, que separa a Turquía de Armenia y que nos está llevando hacia el monte Ararat. Al otro lado del río, los mismos mueblecitos con estructura ganadera parecida, pero otro país, Armenia, otra religión, otra política.




Mina de sal de Tuzluca 

En su embajada a Tamerlán, Clavijo habla de las cuevas de sal de Tuzluca, en la provincia de Iğdır, a su paso por la fortaleza medieval de Surmari hacia Samarcanda, en mayo de 1404. Aparece descrita bajo el nombre de Sormali o Sormalu. La fortaleza controlaba el paso estratégico por el valle del río Aras.


«E este día a hora de vísperas llegaron a un castillo que se llama Sormali, e este castillo está en una sierra alta de pedriza, e es un castillo fuerte e pequeño, e es de un caballero que se llama Señor Omar; e en este castillo non había otra agua sino de cisterna, e non había abajo a la falda de la sierra sino un riachuelo de agua amarga e salada.


E en este castillo e cabo del hay una montaña de sal de piedra, e tan grande e tan alta que non se podría decir, e dende sacan la sal de aquella montaña a pico e a piocha, e es la sal tan limpia e tan blanca e clara como cristal; e dende se provee toda aquella tierra e otras muchas partes de sal, e pagan en aquel castillo derecho de la sal que dende sacan...».


Las galerías excavadas de Tuzluca, iluminadas con colores chillones, son una de esas cosas que los turistas aprecian, al estilo de las minas de sal de Wieliczka (Polonia). Todavía se explotan.


Monte Ararat



Llegando a Iğdır/Surmari, el cielo está encapotado y lluvioso. ¿Veremos el monte Ararat desde este lado turco? Vamos subiendo y subiendo hasta lo más alto del altiplano. Paramos en un puerto de paso, muy venteado, donde sirven café turco y té. No ha habido suerte, las nubes se arraciman alrededor del Ararat.




Si para los armenios hay una herida, esa es la del monte Ararat que, según ellos, les arrebataron los turcos. Desde Ereván miran melancólicos la cumbre nevada de 5137 m., apenas a 30 km en línea recta. Suponen que por encima de los 4100 m, bajo el casquete de hielo y nieves perpetuas, está enterrada el Arca de Noé. 

«La Grande Armenia es una provincia muy grande... Sabed que en esta Gran Armenia está el Arca de Noé, en la cima de una gran montaña, en los confines del mediodía y el levante, hacia el reino que se llama Georgia. Es la montaña tan alta y grande que nadie puede subir a ella, y la nieve nunca se derrite, sino que aumenta con cada nevada...» (Libro de las Maravillas. Marco Polo).


En ralidad, solo bajo la breve Primera República de Armenia (1918-1920) la ladera norte del monte Ararat y el distrito circundante de Surmari (Iğdır) estuvo bajo soberanía formal armenia, antes de que el ejército de Atatürk se lo arrebatara en 1920.


Clavijo lo describe de esta manera: 


«E este día vimos a la mano derecha una gran montaña, muy alta, que dicen los del país que en ella se asentó el Arca de Noé después del diluvio; e esta montaña es tan alta que nunca está sin nieve la cumbre della, e nunca se quita la niebla que en ella está.


E a la falda de esta montaña está una villa que se llama Calami [o Calamana, actual Iğdır/Surmari], e esta villa dicen que fue la primera que se pobló en el mundo después del diluvio, e que la pobló el mismo Noé con sus fijos...».


Palacio de İshak Paşa




La última visita del día es al Palacio de İshak Paşa una construcciones muy bien restaurada, sobre una colina escarpada a casi 1.800 metros de altura. Estratégicamente situada en la frontera entre Irán y Turquía, a los pies del Monte Ararat, frente a la ciudad de Doğubayazıt, ofrece una panorámica espectacular sobre toda la planicie de Doğubayazıt y las laderas rocosas adyacentes. 




Se construyó con paciencia durante 99 años. Iniciada en 1685 por el gobernador local Abdi Paşa, con la intención de controlar la Ruta de la Seda entre Tabriz y Anatolia, y concluida por su nieto, İshak Paşa II, en 1784. El palacio se compara con el Topkapi de Estambul, en un estilo ecléctico que va del otomano al barroco occidental.




Alrededor de dos grandes patios, alberga 366 habitaciones: el harén, la mezquita, el mausoleo de los gobernadores y las salas de reunión y ceremonias. Contaba con calefacción centralizada.




El aire caliente circulaba por tuberías de arcilla empotradas para mitigar los gélidos inviernos de la región. En el salón del harén, el sultán hacía escribir frases como esta: 




A la salida de Dogubayazit, después de comer en restaurantes locales el típico plato turco, alguien ha gritado, mirando hacia atrás en el autobús: ¡Por fin, el Ararat despejado! El sol del atardecer impactaba en su casquete nevado.




Hemos bajado del bus y hemos hecho fotografías, fotografías que entre cables, edificios y coches querían fijar lo que tanto nos había costado. En seguida, alguien ha roto el embrujo: se trataba del Ararat pequeño. No tan pequeño (3896 metros, frente a los 5137 m del gran Ararat, unidos por un collado de 2600 metros) comparado con los picos más altos de España. He visto mohines de decepción, por muy alto que sea no guarda el Arca de Noé.





sábado, 3 de octubre de 2026

4. De la antigua Ani a Kars

 


Cuando comienzas un viaje tienes expectativas. Imaginas torpemente el espacio que vas a visitar, pero una idea mental más elaborada de su historia, de los personajes, de su valor. In situ, puede que te decepcione o que pases por él como sobre una nube opaca - como cuando miras desde un avión - que desde lo alto no te deja ver el paisaje. Ani era uno de los lugares marcados en el mapa.




Ani es una gran extensión histórica sobre el altiplano anatólico, a 1500 m de altura, cercado por dos cañones que delimitan su espacio: al este la garganta del río Akhurian, afluente del Aras, que hace de frontera natural entre dos enemigos históricos, Turquía y Armenia, y al oeste el barranco de Bostanlar. La temperatura es extrema, con inviernos nevados y muy fríos. No comprendo cómo aquí pudieron construirse viviendas y palacios. Quizá por ser un lugar de paso de la ruta de la seda. Business, como dice nuestro guía para explicar su oficio. El puente sobre el río Akhurian, por donde pasaban las caravanas - lleva siglos colapsado -fue un hito cuando se construyó, probablemente en el siglo XI, de arco único con una imponente luz de más de 30 metros, flanqueado por torres defensivas.




A simple vista, Ani es un campo en ruinas con unas pocas construcciones que se mantienen en pie, uno de los lugares arqueológicos de más interés del Cáucaso. Un lugar como este te emociona si vas preparado para ello. Tu mente dispuesta a rellenar todo lo que falta. Se calcula que falta un 80% por desenterrar.




 Ani fue una fortaleza militar, pero sobre todo un próspero centro comercial donde se cruzaban las caravanas de Bizancio, Persia, Asia Central y el mundo árabe. Llegó a tener más de 100.000 habitantes. La vecina ciudad de Kars, donde nos alojamos, tiene hoy 120.000.




Tras Urartu y los hititas, fueron dinastías de armenios quienes dominaron este lugar, sobre todo los bagrátidas (961 – 1045 d. C.), durante su época de esplendor. Entonces se acuñó la frase: "Ani, la ciudad de las 1001 iglesias". Era el centro religioso de la Iglesia Apostólica de Armenia. Después vinieron los bizantinos, los turcos selylúcidas, que construyeron la primera mezquita, y, tras otro paréntesis cristiano con el reino de Georgia, llegaron los mongoles y la saquearon (1236) y, luego, tras un devastador terremoto, comenzó su ruina. Ani quedó como una pequeña villa rural durante los otomanos.




A su paso por Armenia, Marco Polo es un Libro de las Maravillas, a finales del siglo XIII, constata su decadencia: «Pero los hombres de este país en otro tiempo fueron buenos guerreros y hoy son malvados y cobardes, y no tienen otra cualidad sino la de ser grandes bebedores.»




En los islotes monumentales que visitamos: la Catedral, la Iglesia de San Gregorio, la Mezquita de Manuçehr, la Iglesia del Santo Redentor y las murallas defensivas - lo que se ha salvado de la erosión de la historia - apreciamos el arco apuntado, la cúpula sobre pechinas y las fachadas con piedra de dos colores. No tenemos tiempo, sin embargo, tiempo para ver el entramado subterráneo - las cuevas que utilizaban los hititas -, pasadizos, iglesias, tiendas, casas de los habitantes comunes. 




Pasear, por tanto, es un ejercicio de fe en el pasado. Existió lo que hemos leído, las señales son débiles, pero aquí hubo alegrías y gemidos. Queda el barranco oscuro, profundo y sinuoso del río Akhurian, en cuyos margenes se cometieron terribles crímenes. 

 



La ciudad de Kars está dominada por una imponente fortaleza. En la torre más alta, junto a la silueta de Atatürk, una frase recuerda que aquí comenzó la reconstrucción de la Turquía moderna tras la caída del Imperio otomano: "La patria te está agradecida". Atatürk fundó la moderna República de Turquía sobre las ruinas del Imperio otomano. El trazado de la ciudad recuerda, sin embargo, que fue rusa durante mucho tiempo y que los rusos la construyeron siguiendo calles ortogonales, edificios de piedra oscura y estilo neoclásico.




Que antes fue ciudad Armenia lo recuerda la más hermosa de las mezquitas, que mantiene exacta la planta de cruz griega de la Iglesia ortodoxa que fue - Iglesia de los Apóstoles (933). De piedra basáltica, desde el paseo junto al río Kars, desde el puente de los tres arcos, o desde lo alto de la fortaleza aparece como una escultura exenta afirmando la ortodoxia armenia en territorio enemigo. 

viernes, 2 de octubre de 2026

3. Erzurum. Territorio del Kurdistán

 



«En la Gran Armenia hay una ciudad llamada Arziron [la actual Erzurum], muy grande y rica, donde se fabrican los mejores buckrames [un tipo de tejido de lino o algodón] del mundo. Los habitantes son armenios, gente pacífica pero que paga grandes tributos a los tartaros [mongoles].» Marco Polo, Libro de las maravillas.


Erzurum amanece con el cielo cubierto. El Hilton del desayuno no responde a su fama: casi todas las mesas están cubiertas de las sobras que han dejado los huéspedes más madrugadores. Tampoco hay mucha variedad, salvo en los quesos.




Erzurum fue fortaleza de frontera del imperio selyúcida - antes lo fue bizantina y después sería otomana - cuando esta dinastía túrquíca procedente de Centroasia, se instaló en Anatolia, empujada por los mongoles que la desplazaron de su capital, Isfahan. Los selyúcidas, la primera gran dinastía turco-islámica, conquistó e islamizó Anatolia, creando un gran imperio entre los siglos XI y XIII (Sultanato de Rum, 1077–1308). Incluía Irán, desde el Hindú Kush al Golfo Pérsico.




A principios del siglo XIII establecieron un sultanato en Anatolia, con capital en Konya. Es lo que queremos ver esta mañana en Erzurum, lugar estratégico en la ruta de la seda. La fortaleza y la Madrasa de los Minaretes Gemelos aparecen como imponentes edificios de piedra volcánica oscura. Solo se dejan ver por fuera. Al acercarnos al impresionante portal coronado por media cúpula mocárabe, bajo dos minaretes, vemos que no se puede pasar. Hace tres días se ha cerrado para ser restaurada. Por detrás, como si fuese la capilla del condestable de la catedral de Burgos - y es que esta arquitectura es coetánea de la burgalesa -, adosada vemos una türbe (un mausoleo) octogonal de la hija del primer sultán.




Sí que podemos ver la Madrasa Yakutiye, ya no selyúcida sino erigida en 1310 bajo poder mongol. Cubierta bajo una gran cúpula central con linterna, se muestra ahora como museo de escuela coránica. Las madrassas albergaban a los estudiantes en su interior y les formaban en el derecho islámico. Lo más llamativo es el minarete exento en ladrillo con azulejos de tonos turquesa y azul cobalto.




Los selyúcidas convirtieron la madrasa junto al caravasar - el de esta ciudad ha sido convertido en centro artesanal - en importantes instituciones. El Estado turco, entonces y ahora, se ocupa de la construcción de los edificios religiosos. Un ministerio de teología (Diyanet) forma a los imanes y paga su sueldo (unos 2500 euros al cambio). Su palabra es sagrada en las disputas, no permitiendo ningún tipo de corrupción. 




Alrededor de la fortaleza hay un conjunto de mausoleos y de mezquitas selyúcidas y otomanas, espejo del pasado esplendor de la ciudad. Erzurum hoy es una ciudad universitaria con en torno a 70.000 estudiantes, quizá más, que acuden a la gran e histórica Universidad de Ataturk.



Pero si algo me impresiona en este viaje es el paisaje, testigo mudo de movimientos tectónicos, vulcanismo y temperaturas extremas. La carretera va encajada por el fondo del valle excavado por el río Tortum. Nos encaminamos a una gran cascada que el guía, dubitativo, dice es la tercera del mundo en alguna dimensión. La vegetación se concentra en una estrecha franja (chopos larguiruchos con escaso ramaje, sauces y pequeños huertos y frutales) que contrasta con un relieve abrupto, caótico, a ratos bloques rocosos gigantescos, después paredes de piedra, capas de roca retorcida, plegada en geometrías imposibles.


De pronto aparece un gran lago y más tarde un embalse. 




El valle, al fin, se abre levemente para dar paso a la zona de la gran cascada de Tortum(48 m de caída por 25 de ancho), un desaguadero natural sobre los bloques de una antigua avalancha. La cascada se formó en un evento geológico repentino, hacia 1700. Una ladera de la montaña colapsó en un gigantesco corrimiento de tierras de una ladera del monte Kemerli que se vino abajo y taponó el valle del río Tortum, lo que creó un gran lago de barrera natural. El lago se llenó y se desbordó en una repisa de roca precipitándose hacia un cañón inferior. 


Una escalinata de subida y otra de bajada, como una diadema alrededor de la cascada, permite contemplarla en su totalidad, llena de miradores y bancos propicios para hacer un picnic. 




Después de una comida frugal volvemos al bus boquiabiertos otra vez ante el paisaje. La erosión ha creado cortados verticales, barrancos secos y laderas inestables que parece que en cualquier momento vayan a derrumbarse sobre el estrecho pasillo por el que rodamos. En uno de esos cañones el Estado ha creado un gran embalse. El Ayvali Baraj Gölü (embalse de la presa de Ayvalı), construido en la década 2010, un gran embalse hidroeléctrico sobre el río Oltu, un hito de la ingeniería, una de las presas de hormigón compactado más altas de Europa.


El valle del río Oltu, más adelante Aras, se va abriendo formando una llanura flanqueada por colinas de múltiples colores. Aparece la vegetación de ribera con alamos y sauces, creando franjas llanas aprovechadas como prados, pasto de ganado y huertos de regadío. 




Cañones escarpados y llanuras con vacas, cuya carne muy preciada alcanza precios de vértigo, se van alternando hasta llegar al altiplano, hasta los 2200 m de altura. En las laderas de los cañones, ya menos rocosos, aparecen las coníferas. La tardea ha caído. El cielo está cubierto, pero en los pueblos que vamos atravesando tarda en aparecer el encendido de las señales eléctricas. 




Estamos en el el Kurdistán turco, aproximadamente entre el 20 % y el 30 % del territorio de Turquía, cercado por un relieve de altas mesetas, cadenas montañosas (los Montes Tauro orientales y el macizo del Ararat) y las cuencas altas de los ríos Éufrates y Tigris. Diyarbakır es su capital no oficial, con Van, Mardim, Batman y Sanliurfa como ciudades importantes. La región, tan convulsa que recordamos, parece ahora pacíficada, lo que hace que la economía, nos cuenta Uğur, crezca considerablemente.




Turco y kurdo parecen no mezclar bien. El turco es un idioma centroasiático emparentado con idiomas como el azerí, el uzbeko, el kazajo o el turcomano. Prefiere los sufijos a la adjetivación, no tiene determinantes ni marcas de género. 'O' sirve para él ella o ello.


El Kurdo es una lengua indoeuropea emparentada lejanamente con el español, el inglés o el ruso, y más cercana al persa y al pastún. Por contra, mientras el turco es una lengua estandarizada, el kurdo se mueve en distintos dialectos que se entienden difícilmente. Sin embargo, ambos idiomas comparten un amplísimo vocabulario.