Cuando en
1978 Billy Wilder estrena su penúltima película, Fedora, los productores
americanos ya se habían olvidado de él - tuvo que buscar financiación en
Alemania - y lo que es peor también los distribuidores. Wilder para compensar buscó
escenarios con glamur, entre ellos la isla de Corfú. La película se estrenó en
el festival de Cannes y luego pasó por los cines sin gran entusiasmo. Los
espectadores preferían las producciones de la nueva generación de directores: el
joven Scorsese, los Padrinos de Coppola, el Tiburón de Spielberg
o los Star Wars de George Lucas.
Fedora es un melodrama con toques
hitchcockianos. Comienza impactante con una vieja actriz hollywoodiense
arrojándose a las vías del tren para buscar a continuación las causas del
suceso: una vieja actriz destrozada por un cirujano plástico incompetente, una
hija atrapada en la fama de la madre, una serie de viejos personajes que viven
de las rentas de la fama, actores, productores, en suma, Billy Wilder en su
etapa final reflexiona sobre la vejez, la huidiza belleza y el hiriente olvido
de Hollywood. Fedora, 28 años después, no deja de ser una nueva versión
de Crepúsculo de los dioses, con el mismo William Holden, ahorra envejecido,
cambiando a Gloria Swanson por una actriz alemana no muy conocida.
Los
espectadores ya estaban en otra onda, impactados por el estreno reciente del Taxi
Driver de Scorsese. Qué podían el glamur y la elegancia clásica de los
avejentados William Holden y Henry Fonda contra el realismo sucio del joven
Robert de Niro. Además, para melodramas hitchcockianos ahí estaban Carrie
o Vestida para matar de Brian de Palma.
Si vuelvo a
la Fedora de Wilder (a través de Stremio) es porque acabo de leer
El señor Wilder y yo de Jonathan Coe, una novela ligera, impregnada del
suave e irónico humor inglés, tan elegante como lo fueron las películas de
Wilder. Una joven narradora inglesa crecida en Grecia nos cuenta el rodaje de
la película. Contratada como traductora sigue al famoso director y a su gran
amigo I.A.L. Diamond, guionista de muchas de sus películas.
Coe, como
Wilder, combina la comedia con el melodrama. La joven narradora aprende a
situarse en el mundo mientras los dos amigos, el director y el guionista, se
despiden de él. Desahuciado de Hollywood, Wilder vuelve a su vieja Europa, a los
mejores lugares para rodar, el Mediterráneo, París, Munich, Londres, financiado
por productores alemanes, de esa Alemania, recuerda, de la que tuvo que huir
para salvar la vida, junto a tantos otros directores y guionistas con quienes
dio forma al Hollywood clásico. Wilder al concebir la película, planeaba
una doble venganza contra los productores de Hollywood y contra la Alemania
nazi que mató a su madre y que lo expulsó siendo un prometedor cineasta.
En la
novela, como en la película, se hace presente la lucha entre ‘los barbudos’,
como el director llama a los nuevos directores, y él mismo, representante de un
mundo acabado, el realismo sucio de Taxi Driver frente a la dulce mirada
de El bazar de las sorpresas de Ernest Lubitsch. Coe comenta que Wilder
tenía un cartel en su oficina con la frase: "¿Cómo lo haría
Lubitsch?", pues consideraba que esa película era el ejemplo de la
perfección tal como él consideraba el cine.
