Algunos
lo recordarán. Después de la comida, la mesa redonda, el tapete verde, las
cartas con el paso del tiempo pegado en sus bordes, las copas y la botella de
Soberano, la espiral de humo expulsada de los pulmones y adensándose por encima
de las cabezas, el olor acre de los caliqueños, las mujeres ausentes, salvo
quizá quien servía las copas, algunos niños de pie, alrededor, mirando con
curiosidad la mano de cartas, hasta que la conversación subía de tono y alguien
los desplazaba fuera diciendo que aquello no era cosa de niños. Esa estampa de
otro tiempo todavía se puede encontrar en locales viejunos de los arrabales de
la ciudad o en pequeñas poblaciones en las que solo se detiene el Alsa si un
viajero lo pide.
Durante
décadas ha sido la forma estandarizada de ocio para muchos hombres, hombres que
solo apreciaban la compañía de otros hombres en un juego que les validaba como
tales, y donde los niños por imitación aprendían a comportarse. Ese instinto de
camaradería, el aprecio mutuo y las pequeñas o grandes humillaciones que comportaba
el juego ha ido desplazándose y ascendiendo a medida que aumentaba el nivel de
vida hacia barrios más céntricos y locales más exclusivos donde los niños ya no
son admitidos, pero sí la compañía femenina, no como sirvientas o camareras sino
como damas de compañía.
Había
una voz cazallosa que por su tono áspero y ronco se elevaba fácilmente por
encima de las demás. Solía rematar un chiste con una carcajada sonora o si no
era suyo con una frase soez que invitaba a las risas. El resto de las voces,
las melifluas y las menos rasposas, no podían competir. A ese hombre, en cuanto
el Soberano le calentaba la boca, las palabras le llegaban con facilidad, se
hacía con la conversación y daba juego repartiendo las cartas, alentando a unos
y acallando a otros, de modo que toda coalición ganadora pasaba por él. Una
reputación que al ir creciendo avalaba negocios y construía liderazgos.
El
poderío de ese hombre estaba en su voz. Si además tenía temple y las palabras
las encadenaba con facilidad podía llenar y encandilar auditorios. Tenerlo en
el equipo u organizar el equipo en torno a él podía ser la mejor opción. Quién
no ha visto hacerse el silencio cuando un hombre así tomaba la palabra. Un
poder que seduce a hombres y mujeres por igual (alguien dijo de una mujer y
quedó grabado: "El coño se le hacía agua cuando oía a ese hombre"),
el mejor abrigo para el invierno, las bermudas más sueltas para el calor.
Se
diría que un hombre así solo puede ser de derechas, tal como la caricatura lo
describe. Cuadra con la imagen del patriarca que en los últimos años se ha
levantado como monigote para poder asaetearle mejor. Toda una generación lo ha
puesto en una diana para lanzar sus flechas contra él. Y, sin embargo, caído en
desgracia como está, cuando se le pone un micrófono delante, y cámaras, todos,
hasta la autoridad moral que le juzga, callan ante el poderío de su voz,
seducidos todos por el mal que no lo parece.
