Desde un buen punto de observación, y en la ruta de los castros celtas en los Montes Claros hay varios, se pueden ver dos masas boscosas separadas, el quejigal y el acebal. Nuestro destino, hoy con Ricardo, es penetrar en este bosque único de la Península Ibérica, y de buena parte de Europa, el Acebal de Garagüeta. En este bosque los acebos crecen pegados unos a otros sin mezclarse con pinos, robles o hayas. Encontrar un "bosque puro de acebos" es una auténtica rareza botánica. Hay una casa del parque en Arévalo de la Sierra.
Conviene subir al cercano Alto de la Cruz para tener una buena panorámica de estos valles y sierras sorianos entre el Duero y el Ebro. Aún se pueden apreciar los restos de las manchas blancas nivosas en la Sierra de la Cebollera. Sorprende la cantidad de topónimos que en esta zona repiten la nomenclatura de la geografía zamorana y zonas del noroeste castellano. Remiten a los repobladores medievales de cuando esta zona era la extremadura - zona de frontera -, relacionados con la trashumancia, la Mesta y el comercio de la lana merina.
Uno puede hacer una ruta corta, de 5 o 6 km, adentrándose en la masa boscosa del acebal o una larga, de entre 12 y 15 km, circundándola por la periferia y subiendo a los altos para completar la visión. Nosotros invertimos 5 horas en el intento de comprender la adaptación de este árbol a un terreno no especialmente apto. La labor humana, la ganadería doméstica y salvaje dieron forma a este bosque singular.
Encontramos a menudo el acebo como arbusto en el sotobosque bajo árboles grandes buscando sombra. Pero también se desarrolla como árbol con tronco liso y recto, llegando a 10 o 15 m de altura, que puede llegar a los 500 años, adoptando una forma piramidal o de campana. Es el caso de Garagüeta.
En la periferia del bosque, lo primero que nos llama la atención es que aún permanezcan los frutos rojos, las bolitas que aparecen en las ramas que la gente coloca en sus puertas en Navidad. Se supone que los acebos florecen en mayo y junio, justamente ahora, que las plantas hembras empiecen a producir frutos verdes durante el verano y principios de otoño y que se convierten en las bolitas de rojo intenso cuando el frío comienza a aparecer, allá por noviembre y diciembre.
Pero parece que no es nada extraordinario, el fruto del acebo es tóxico para los mamíferos, así que puede permanecer en el árbol durante meses. Las bayas son el alimento de las aves como zorzales, mirlos o petirrojos, incluso de las torcaces. Cuando hay una cosecha exageradamente abundante - lluvias más buen clima -, la fauna local simplemente no da abasto para comérselas todas, lo que explicaría que las bolitas rojas aún permanezcan en los árboles.
La estampa de los acebos aislados en la periferia del bosque impresiona por la forma cerrada piramidal o acampanada que crea un espacio húmedo y sombrío en su interior creando una coraza infranqueable. El acebo genera su propio microclima: al cerrarse sobre sí mismo, el árbol evita que el viento helado de Soria penetre en su estructura. En las zonas bajas, la falda de hojas perennes impide que los rayos del sol evaporen el agua del suelo. El acebo crea debajo de su copa un oasis sombrío perpetuo, fresco en verano y protegido en invierno.
En las zonas más cercanas a la linde aparece la simbiosis entre el acebal y otras especies, como el majuelo y el saúco. El majuelo, repleto de espinas afiladas y duras, protege al acebal joven de los animales que ramonean buscando hojas frescas, las hojas caídas del saúco le sirven como abono. El acebal por su parte les proporciona humedad y, de adulto, sus hojas bajas, también pinchudas, blindan al majuelo, impidiendo que los animales dañen sus raíces o tronco.
El saúco, por su parte, ayuda a estabilizar las pequeñas zonas de escorrentía. Su sombra estival protege la evaporación directa del agua del suelo, manteniendo un microclima fresco y húmedo en la periferia que beneficia las raíces superficiales del acebo.
En todos ellos, este es el momento de la floración, las hojas blancas del majuelo cargadas de néctar y las de color crema del saúco, aromáticas, atraen a miles de insectos que polinizan las pequeñas flores blancas del acebo.
Llegados al bosque nuestra primera internada es por el lugar más fácil, una abertura que nos lleva a un sestil. Necesitamos un momento de adaptación tras pasar del día brillante y luminoso al interior sombrío. Poco a poco aparecen las siluetas de una cuadra de caballos hispano bretones que se han refugiado del calor en el interior del sestil. Caballos grandes como percherones, pezuñas enormes protegidas con plumas y crines vistosas. No se asustan, nos observan con curiosidad. También los caballos viven en simbiosis con el acebal: limpian el sotobosque, se alimentan de los brotes tiernos y se protegen del calor en verano y del frío en invierno.
A partir de ahí nos adentramos en el acebal. Los animales han limpiado los troncos y durante un tramo podemos caminar por el interior bajo las bóvedas vegetales de los sestiles. En el resto de Europa, los acebos casi nunca forman estos grandes laberintos habitables.
Luego salimos al camino que la ganadería intensiva de esta zona trazó en el pasado pastoril. El bosque debe su forma actual a la labor de siglos de los pastores sorianos - la choza del pastor es una bonita huella -, lo usaron como dehesa comunal para el ganado vacuno y lanar. A medida que avanzamos el bosque se hace más tupido - las hojas bajas pinchosas, las altas lisas-, las zonas bajas tan protegidas que resultan impenetrables. El majuelo y el saúco desaparecen para dejar al acebo solo. Nos preguntamos qué animales habrá ahí dentro, oyendo u oliendo, a pocos metros de nosotros. ¿Jabalíes, corzos, zorros, tejones, gatos monteses, garduñas? Vete tú a saber.
En las horas centrales del día el sol quema; no hay lugar donde guarecerse como no sea el interior húmedo y sombrío del impenetrable acebal. Remontamos hasta la cresta de la sierra de los Montes Claros para tener una panorámica sobre las sierras, los pueblos del valle y la cuenca del río Tera. Arévalo y Torrearévalo de la sierra, los titulares de la reserva natural, Gallineros y a lo lejos los pueblos del Tera (parece que estamos en Zamora), Almarza o San Andrés. Hacia el sur, al otro lado, la sierra de Urbión y la Cebollera.
No hay árboles que den sombra, así que comemos sobre una piedra en la ladera, socorridos por una ligera brisa. Después, sedientos, bajamos a Torrearévalo buscando un bar donde saciar la sed. No lo hay, pero vemos la casa donde nació Julián Sanz del Río. ¿Cuánta gente sabrá de su importancia para la educación laica y la formación de las élites del siglo XX español? La Diputación soriana y la Junta castellana poco deben saber y si lo saben no les importa porque la casa está desvencijada esperando que alguien la convierta en un lugar de memoria. Tan solo una triste placa lo recuerda.
No encontramos un lugar donde abrevar hasta llegar a Almarza, donde la cantinera cicatera nos pone media cerveza en la jarra y la otra media de espuma. Un pueblo curioso este, lleno de casonas de piedra y madera, casas fuerte parecen de los antiguos propietarios ganaderos de cuando la trashumancia de la Mesta. La más grande, con macetas de geranios en las ventanas, aunque parece no habitada, es la Casa-Palacio de la Familia Montenegro. Me entero más tarde de que desde hace años pertenece a un colegio madrileño (el Virgen de Europa) que lo utiliza como Aula de Naturaleza y campamento en los meses de verano.












