Cada
uno de nosotros es una hormiga. Una hormiga laboriosa con muchos momentos de
inactividad. Es decir, trabajamos y consumimos. Pero tenemos la posibilidad, si
nos esforzamos, de reflexionar sobre ello. Metacognición, esa es nuestra
diferencia. Podemos utilizar esta habilidad extraordinaria con la que nos ha
dotado la naturaleza para pensar sobre lo que hacemos y actuar en consecuencia.
No somos únicamente piezas de un mecano, aunque no por ello dejamos de
pertenecer a un hormiguero. Nos es más fácil delegar responsabilidades.
Delegamos
el gobierno de las cosas en representantes a quienes pagamos generosamente con
dinero y fama, también con beneficios extras que ellos se atribuyen, y nosotros
malamente toleramos, porque la mayoría lo que queremos es vivir, vivir sin
preocupaciones. Producir y consumir.
Cuando
ejercemos nuestro derecho al voto, depositamos al mismo tiempo confianza y
aspiraciones. Damos por supuesto que se ocuparán del mantenimiento. Confiamos:
no nos hacemos preguntas, damos por supuesto que los niños y los jóvenes van a
la escuela y pueden formarse; que médicos bien formados pueden atendernos si
nos encontramos mal; que jueces justos atienden nuestras reclamaciones; que los
servicios que la sociedad moderna ha puesto a nuestra disposición siguen
funcionando sin tener que pensar en ellos: el agua y la electricidad, las
carreteras y el ferrocarril, la seguridad en las calles. Eso se llama gestión.
Aceptamos pagar dolorosos impuestos para que todo funcione.
Confiamos.
Damos por supuesto que nuestros representantes y el gobierno se ocupan
diligentemente de que todo siga funcionando, y que, si proyectamos la segunda
cosa, las aspiraciones, en nuestros debates, en encendidas polémicas, es porque
la buena gestión está asegurada: qué sociedad queremos, cómo abrillantamos el
futuro, el luminoso horizonte en el que vivirán nuestros hijos. Pero qué sucede
si comenzamos a sospechar que todo eso no es más que retórica para que sigamos
confiando en ellos. Que descuidan la gestión porque solo se preocupan por sí
mismos y sus allegados. La sospecha de que la gestión de los asuntos no es la
prioridad, que cuando una cosa funciona mal los responsables siguen en su
puesto (la presidenta de Red eléctrica, tras el apagón, por ejemplo) corroe la
sociedad. Sin cuidados, todo está sometido a la ley de la entropía. En ese
momento estamos.
Deberíamos volver hacia nosotros las preguntas. Metacognición. ¿Elegimos a los mejores? ¿Prestamos atención a las alertas? ¿Nos dejamos seducir por ensoñaciones que ocultan una realidad fea que no queremos ver? Sin preguntas, sin metacognición, no somos más que obreros consumistas en el hormiguero. ¿Qué queda de la humanidad que nos distingue? ¿Desaprovechamos el don que se nos dio?
Los hombres, al principio, aunque oían no escuchaban, y semejantes a las figuras de los sueños, a lo largo de toda su vida se movían confusos al azar. Ni siquiera tenían casas de adobes cocidos al sol, ni construcciones de madera, sino que habitaban en agujeros como las inquietas hormigas. No aprovechaban las estaciones y actuaban en todo sin previsión. Yo les enseñé los números, inventé para ellos, les enseñé las combinaciones de las letras y una memoria universal, gracias a la que tienen las artes. Y fui el primero que unció bajo el yugo a las bestias de carga para que fueran sustitutos de los hombres en los trabajos del campo. También inventé para los hombres las naves que cruzan la mar. (Prometeo encadenado, de Esquilo)
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