De camino
a la estación es como despertarse de un sueño en el que querrías vivir. La vida
tremola entre besos y caricias, temerosa de la duración, de la intensidad. Tiemblas
como el recién nacido, como si hubiese un error y alguien se hubiese confundido
y te hubiesen puesto en lugar de otro.
En
las ventanas de la plaza, a esta hora casi vacía, ya ponen las balconeras de
Semana Santa. Los caminantes presurosos aprietan los puños en los bolsillos de
la mañana fría que anuncia otro día espléndido de la reciente primavera.
Como
Segovia a media tarde ayer, las uniformadas cofradías en la plaza anunciando la
Gran Semana por venir. Segovia, un sueño dentro del sueño: desde las
soleadas vistas de Zamarramala hasta las umbrías del paseo de la Alameda de la Fuencisla,
el Clamores y el Eresma, el Alcázar y la Torre de la Catedral siempre en
perspectiva. Siempre hay dos lugares, dos ciudades que ver, la postal del
conformista y la reflejada y trémula del amigo o de la amada.
Y
antes el sol que resbalaba por los cortados de Cabezón hacia el Pisuerga. Y antes
los márgenes de los viñedos de Cigales cuando el sueño comenzaba, las cepas sin
sarmientos, el tronco gris tirando a negro, la vida madura de la vid: unos
prendían fuego a cepas viejas, otro pasaba amoroso las yemas de los dedos por
los muñones por ver si afloraba el tallo nuevo.
En el
Delibes música española, Rimski-Kórsakov, Albéniz y Ravel, la que todo el mundo
tiene en el oído, la sala llena, llena por encima de la exigencia del arte.
Así
en el Lava un día después, las localidades agotadas desde hace mucho. El
ingenio de Mamet y el exceso de Israel. Risas en la sala oscura.
No
sabes si los momentos felices que vives se van a repetir. Mientras eres feliz,
no piensas, la vida te penetra, te lleva. Puedes ser feliz solo, pero en compañía
lo eres en plenitud. Alguien te esperaba a la salida del aeropuerto, una
sonrisa como una espada, felicidad y temor, un abrazo. Un beso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario