Eva
Illouz es una socióloga franco israelí que se ha especializado en el campo de
los sentimientos. ¿Tienen un papel que cumplir en el espacio público? Desde el propio
título se ve dónde nos lleva: La vida emocional del
populismo. Analiza los sentimientos que manejan los líderes populistas
para conquistar o mantenerse en el poder. Destaca cuatro, el miedo, el asco, el
resentimiento y el amor a la patria.
Salvo
ligerísimas menciones, el populismo del que habla es el populismo de Trump, le
Pen, Meloni y Orban. No hace ni una sola mención a los populistas del otro lado
del espectro político, como pueden ser Maduro, Evo Morales o Petro. El ejemplo
que presenta como paradigmático, y sobre el que pivota todo el libro, es el de
Netanyahu. El libro está escrito poco antes de los sucesos del 7 de octubre de
2023 y, por tanto, también antes de la guerra de Gaza. No parece que si lo
hubiese escrito después hubiese variado mucho el análisis. Israel sería el
paradigma del populismo.
La
tesis principal del libro es que los sentimientos cuentan. Analiza los
negativos, los que utiliza el populismo de derechas para manipular a la
población y llevarla a sus tesis y al final hace su propuesta de los positivos.
La base social de la actual rebelión populista es la nueva estructura de
sentimiento. El miedo, utilizado como control social, es explicable por los
traumas que el pueblo judío ha vivido a lo largo de la historia (La Shoah
cambió para siempre la conciencia judía). El asco, como forma de autoprotección
frente al enemigo externo o el interno - los excluidos mizrajíes frente a los
privilegiados askenazíes -, jerarquiza el orden social (las castas hindúes, por
ejemplo), e impide la mezcla de los puros con los impuros (tal que Hitler). El
resentimiento, como autovictimización ante las élites o la casta (el sistema
está amañado contra la gente), es una reacción airada ante la desigualdad, que
el líder populista promete vengar. El resentimiento convierte a las víctimas en
victimarios. Por último, el amor a la patria, cuando se presenta como
excluyente al negar la nacionalidad a los diferentes o restringe la
nacionalidad. En Israel no existe la nacionalidad israelí sino la judía en
convivencia con la cristiana y la árabe. El nacionalismo se vuelve el marco
organizativo de un grupo para hacer valer sus privilegios sobre otro.
Al
final del libro se pregunta si los sentimientos negativos pueden contrarrestarse
con otros positivos. No confía en el amor que propone Marta Nussbaum, que para
Eva Illouz debe quedar en el espacio de la intimidad y aunque no desdeña la
solidaridad aristotélica, rescata el tercer miembro de la triada revolucionaria
de 1789, que se abandonó hace mucho, como elemento de la dinámica política: la
fraternidad. La fraternidad nunca tuvo la preeminencia de los otros dos,
libertad e igualdad, que han distinguido desde entonces los dos campos del espacio
político, según se incidiese en una u otra, derecha e izquierda.
Aunque
existan las fronteras y las legislaciones que separan los países, la humanidad
nos une en un anhelo común de dignidad. La fraternidad es el sentimiento que
debe abrigarnos y sobre el que construir el espacio público. El otro no es el
enemigo al que hay que señalar (Carl Schmith), ni el inmigrante cuya pobreza o
enfermedad nos asquea, quizá tampoco las élites cuya política globalizadora nos
ha dejado sin trabajo o lo ha devaluado, el otro es nuestro hermano al que
acoger, cuyas necesidades vitales hemos de atender. El objetivo debe ser la
'realización de una comunidad fraternal', convertir el universalismo kantiano
en afecto.
Eva
Illouz no contempla la posibilidad de que en el campo de la discusión política
predomine la argumentación racional, que los ciudadanos sean sujetos racionales
que deliberen sobre los asuntos que a todos nos conciernen sin dejarse llevar
por las emociones. Situar el espacio público en la perspectiva de las emociones
lleva a que Eva Illouz manifieste que quien no comparte sus presupuestos es
porque cobija ideas viciadas, la principal, la falta de capacidad para
comprender la cadena de causas que le han llevado al lugar social en que se
encuentra. Hecho que identifica como protofascismo. Pero si los populistas de
derechas distorsionan los sentimientos en su beneficio, lo mismo podría
aplicarse al populismo de izquierdas, habría que objetar. Eva Illouz reconoce
que la izquierda está perdiendo el relato: "nombrar correctamente el
malestar social". El populismo lo recodifica en su beneficio.
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