viernes, 28 de noviembre de 2025

Eva Illouz. La vida emocional del populismo

 


 

Eva Illouz es una socióloga franco israelí que se ha especializado en el campo de los sentimientos. ¿Tienen un papel que cumplir en el espacio público? Desde el propio título se ve dónde nos lleva: La vida emocional del populismo. Analiza los sentimientos que manejan los líderes populistas para conquistar o mantenerse en el poder. Destaca cuatro, el miedo, el asco, el resentimiento y el amor a la patria. 

 

Salvo ligerísimas menciones, el populismo del que habla es el populismo de Trump, le Pen, Meloni y Orban. No hace ni una sola mención a los populistas del otro lado del espectro político, como pueden ser Maduro, Evo Morales o Petro. El ejemplo que presenta como paradigmático, y sobre el que pivota todo el libro, es el de Netanyahu. El libro está escrito poco antes de los sucesos del 7 de octubre de 2023 y, por tanto, también antes de la guerra de Gaza. No parece que si lo hubiese escrito después hubiese variado mucho el análisis. Israel sería el paradigma del populismo.

 

La tesis principal del libro es que los sentimientos cuentan. Analiza los negativos, los que utiliza el populismo de derechas para manipular a la población y llevarla a sus tesis y al final hace su propuesta de los positivos. La base social de la actual rebelión populista es la nueva estructura de sentimiento. El miedo, utilizado como control social, es explicable por los traumas que el pueblo judío ha vivido a lo largo de la historia (La Shoah cambió para siempre la conciencia judía). El asco, como forma de autoprotección frente al enemigo externo o el interno - los excluidos mizrajíes frente a los privilegiados askenazíes -, jerarquiza el orden social (las castas hindúes, por ejemplo), e impide la mezcla de los puros con los impuros (tal que Hitler). El resentimiento, como autovictimización ante las élites o la casta (el sistema está amañado contra la gente), es una reacción airada ante la desigualdad, que el líder populista promete vengar. El resentimiento convierte a las víctimas en victimarios. Por último, el amor a la patria, cuando se presenta como excluyente al negar la nacionalidad a los diferentes o restringe la nacionalidad. En Israel no existe la nacionalidad israelí sino la judía en convivencia con la cristiana y la árabe. El nacionalismo se vuelve el marco organizativo de un grupo para hacer valer sus privilegios sobre otro.

 

Al final del libro se pregunta si los sentimientos negativos pueden contrarrestarse con otros positivos. No confía en el amor que propone Marta Nussbaum, que para Eva Illouz debe quedar en el espacio de la intimidad y aunque no desdeña la solidaridad aristotélica, rescata el tercer miembro de la triada revolucionaria de 1789, que se abandonó hace mucho, como elemento de la dinámica política: la fraternidad. La fraternidad nunca tuvo la preeminencia de los otros dos, libertad e igualdad, que han distinguido desde entonces los dos campos del espacio político, según se incidiese en una u otra, derecha e izquierda.

 

Aunque existan las fronteras y las legislaciones que separan los países, la humanidad nos une en un anhelo común de dignidad. La fraternidad es el sentimiento que debe abrigarnos y sobre el que construir el espacio público. El otro no es el enemigo al que hay que señalar (Carl Schmith), ni el inmigrante cuya pobreza o enfermedad nos asquea, quizá tampoco las élites cuya política globalizadora nos ha dejado sin trabajo o lo ha devaluado, el otro es nuestro hermano al que acoger, cuyas necesidades vitales hemos de atender. El objetivo debe ser la 'realización de una comunidad fraternal', convertir el universalismo kantiano en afecto.

 

Eva Illouz no contempla la posibilidad de que en el campo de la discusión política predomine la argumentación racional, que los ciudadanos sean sujetos racionales que deliberen sobre los asuntos que a todos nos conciernen sin dejarse llevar por las emociones. Situar el espacio público en la perspectiva de las emociones lleva a que Eva Illouz manifieste que quien no comparte sus presupuestos es porque cobija ideas viciadas, la principal, la falta de capacidad para comprender la cadena de causas que le han llevado al lugar social en que se encuentra. Hecho que identifica como protofascismo. Pero si los populistas de derechas distorsionan los sentimientos en su beneficio, lo mismo podría aplicarse al populismo de izquierdas, habría que objetar. Eva Illouz reconoce que la izquierda está perdiendo el relato: "nombrar correctamente el malestar social". El populismo lo recodifica en su beneficio.

 


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