martes, 9 de junio de 2026

Poesía de la pobreza (Historias del buen valle)

 


 

Un puñado de vecinos malviven en un barrio de Barcelona, Vallbona, encajonado entre autopistas, vías férreas y el río Besós, alrededor de un canal, el Rec Comtal. José Luis Guerín ha puesto su cámara delante como un espejo. Las casas, los huertos y los rincones de encuentro se han ido creando por las necesidades de la inmigración.

 

La película muestra a representantes de las dos oleadas inmigratorias: los viejos que llegaron a finales de los 60 y 70 de otras regiones españolas, más catalanes propios, y el mosaico de nacionalidades de las últimas décadas. Los vecinos ante el espejo añoran el paisaje de su infancia verde, el monte, los baños veraniegos en el Rec, el agua pura del pozo de un vecino con una anguila blanca dentro. Fisonomías y hablas, costumbres y supersticiones, recuerdos y proyecciones. 

 

La pobreza tiene su poética, y hasta la miseria - Guerín la capta en forma de naturaleza muerta, la dignidad que Velázquez pintaba en sus retratos - a condición de que no quieras usarla en tu beneficio, estético o político. De ahí lo del espejo: el espectador ve a sus iguales, no puede hacer otra cosa que emocionarse con ellos, en los momentos malos y en los buenos. El anciano que aviva sus recuerdos: fue joven, se enamoró - vemos las fotos antiguas - y, avanzada la película, lo despedimos en la iglesia con el canto desafinado de los vecinos a modo de responso. Los gitanos, sus palmas y su rumba; los indios y sus cañas de azúcar condenadas por la excavadora; los niños bañándose en la charca prohibida; los marroquíes malmirados; los portugueses y sus plantas; la brasileña que tiene en piano que no puede tocar y un marido que ha perdido la memoria. Un mosaico de familias mal encajadas en un barrio que es imposible que encaje en la gran ciudad. Un barrio inhóspito rodeado de autopistas y vías férreas, ruido de coches y trenes, pero donde la vida viven, las alegrías y las penas (Bourdieu explica los porqués en La distinción). ¿Por qué llevas tanta pena?, cantan los gitanos con gran contento.

 

Solo hacia el final hay una escena en la que la película se hace explícitamente política. Una asamblea en la que un capitoste de Adif escucha las quejas de los vecinos ante el derrumbe y el apaisamiento que se anuncia. Ante las quejas torpemente expresadas de los vecinos, el de Adif no dice nada relevante, balbucea como ellos. Ninguno entre los vecinos tiene el don de la palabra, su habla está tan desarticulada como la del propio barrio.

 

Yo diría que solo hay un momento en que el poder no es corrupción, el instante previo a su ejercicio, cuando como promesa ha galvanizado a la población y se dispone a pisar moqueta. En ese instante la promesa se vaporiza y el poder solo se ocupa de sí mismo. 

 

La poesía nos procura emoción porque nos sitúa en un espacio intemporal. Antes y después de cualquier cosa - como ha proclamado León XIV en el Congreso - está el hombre desnudo de pertenencias, la vida que se manifiesta.

 

"Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse".

 


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