Un puñado de
vecinos malviven en un barrio de Barcelona, Vallbona, encajonado entre
autopistas, vías férreas y el río Besós, alrededor de un canal, el
Rec Comtal. José Luis Guerín ha puesto su cámara delante como un espejo. Las
casas, los huertos y los rincones de encuentro se han ido creando por las
necesidades de la inmigración.
La película muestra a representantes de las dos oleadas inmigratorias: los viejos que llegaron a finales de los 60 y 70 de otras regiones españolas, más catalanes propios, y el mosaico de nacionalidades de las últimas décadas. Los vecinos ante el espejo añoran el paisaje de su infancia verde, el monte, los baños veraniegos en el Rec, el agua pura del pozo de un vecino con una anguila blanca dentro. Fisonomías y hablas, costumbres y supersticiones, recuerdos y proyecciones.
La pobreza
tiene su poética, y hasta la miseria - Guerín la capta en forma de naturaleza
muerta, la dignidad que Velázquez pintaba en sus retratos - a condición de que
no quieras usarla en tu beneficio, estético o político. De ahí lo del espejo:
el espectador ve a sus iguales, no puede hacer otra cosa que emocionarse con
ellos, en los momentos malos y en los buenos. El anciano que aviva sus
recuerdos: fue joven, se enamoró - vemos las fotos antiguas - y, avanzada la
película, lo despedimos en la iglesia con el canto desafinado de los vecinos a
modo de responso. Los gitanos, sus palmas y su rumba; los indios y sus cañas de
azúcar condenadas por la excavadora; los niños bañándose en la charca
prohibida; los marroquíes malmirados; los portugueses y sus plantas; la
brasileña que tiene en piano que no puede tocar y un marido que ha perdido la
memoria. Un mosaico de familias mal encajadas en un barrio que es imposible que
encaje en la gran ciudad. Un barrio inhóspito rodeado de autopistas y vías
férreas, ruido de coches y trenes, pero donde la vida viven, las alegrías y
las penas (Bourdieu explica los porqués en La distinción). ¿Por qué
llevas tanta pena?, cantan los gitanos con gran contento.
Solo hacia
el final hay una escena en la que la película se hace explícitamente política.
Una asamblea en la que un capitoste de Adif escucha las quejas de los vecinos
ante el derrumbe y el apaisamiento que se anuncia. Ante las quejas torpemente
expresadas de los vecinos, el de Adif no dice nada relevante, balbucea como
ellos. Ninguno entre los vecinos tiene el don de la palabra, su habla está tan
desarticulada como la del propio barrio.
Yo diría que
solo hay un momento en que el poder no es corrupción, el instante previo a su
ejercicio, cuando como promesa ha galvanizado a la población y se dispone a
pisar moqueta. En ese instante la promesa se vaporiza y el poder solo se ocupa
de sí mismo.
La poesía
nos procura emoción porque nos sitúa en un espacio intemporal. Antes y después
de cualquier cosa - como ha proclamado León XIV en el Congreso - está el hombre
desnudo de pertenencias, la vida que se manifiesta.
"Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero
hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando puede comparecer
ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse".

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