lunes 31 de enero de 2011

Monsters

La historia no va muy allá, hasta es un poco bobalicona. A un joven fotógrafo le encargan que devuelva a casa a la hija del jefe de la agencia donde trabaja; se encuentran en San José de Costa Rica, tras un desastre que se abate sobre Centroamérica. En la peripecia, a través de diversos y peligrosos obstáculos, la pareja se irá conociendo e intimando. Nada nuevo, pues. ¿Qué me llama la atención? El relato de desarmante sencillez está situado en medio de un decorado que va descubriendo poco a poco lo extraordinario. Es una película modesta, de bajo presupuesto, con pocos actores, con muy limitados efectos especiales. Quizá lo llamativo proceda de que es una película joven, hecha por jóvenes con mentalidad nueva, menos atada a los códigos establecidos. Se la puede comparar, como ejemplo contrario, con The Town, que también he visto hace poco, con mucho dinero en la producción y que se olvida antes de traspasar la puerta de salida del cine.

Me llama la atención, pues, la ambientación, cómo transmite la amenaza latente, indefinida, a través de la música y el decorado. La pareja tiene que atravesar una zona contaminada -una sonda de la NASA de vuelta a casa se estrelló hace seis años en un lugar de México- antes de llegar a la frontera de EE UU, frontera, por cierto, protegida por una enorme e inútil muralla. Tampoco eso es nuevo, de cuarentenas e infecciones y epidemias y amenazas está la historia del cine llena. ¿Por qué destaca entonces? La actitud de los protagonistas, ingenua, despreocupada, hacia lo extraño que ha invadido el territorio conocido, cómo se han hecho a un mundo nuevo, lleno de peligros. También lo es, una vez que el espectador descubre de qué va la cosa, descubrir en qué consiste la amenaza, ese nuevo tratamiento de la ciencia ficción.

Es una peli que deja huella; a mí me ha rondado unos cuántos días, y no por preocupaciones metafísicas -¿o sí?-, sino por la novedad, porque se aparta de los caminos trillados en cuanto al decorado del mundo. Los críticos han sido duros con ella: se queda en la pura ambientación; efectos especiales hechos en el ordenador del director; actores muy limitados; falta de guionista cualificado. Pero es de esas carencias de donde procede su gracia; liberada de los códigos y obligaciones y expectativas lo que emerge de esta peli tan humilde es una metáfora nueva, llamativa, potente, veraz. El mundo por el que transitan los protagonistas es diferente al del cine de Hollywood y al cotidiano, pero no lo suficientemente extraño como para pensar que no sea el nuestro o el que tememos o el que se nos avecina o que quizá ya está ahí. A algunos les ha entusiasmado la escena final, amor entre seres extraños, a mi es lo que menos me ha gustado.

sábado 29 de enero de 2011

Noche de tormenta

Tras el tormentón de anoche, de tambores y fuegos, amanece un día limpio y algo fresco. Hago una de las cosas que más me gusta cuando vuelvo por Barcelona, husmear en las librerías de viejo. Tengo en las manos La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, de Siri Hustvedt. Comienza con unos versos de Emily Dickinson:
En la Mente sentí una hendidura- / Como si el Cerebro se me hubiera partido- / Traté de unirlo -Comisura a Comisura- / Pero no lo he conseguido.
Se que le gustará a mi hija y al tiempo la inquietará, pero puede resultarle de ayuda tras ser herida por el rayo. Oigo que alguien pregunta por un libro sobre Dalí, ese nombre del pleistoceno. Es Ignacio Vidal Folch, del que acabo de leer el artículo que esta mañana edita sobre las listas. Se lo digo, con ese temblor que aún profeso ante los nigromantes de la letra impresa. Me da las gracias por leerlo y le pregunto si conoce las listas que cada fin de semana hace Arcadi Espada o su alter ego Adrián Campos en su blog; me dice que no, aunque manifiesta ser su amigo y que no es reacio a internet como yo había supuesto, no sé sobre qué base. Quizá por los muchos apuros que tantos parecen sentir ante el abismo de internet, el abismo de la escritura descompuesta, sin caja y con una jerarquía nueva por definir. De eso va el pálpito de Babelia. Un abismo de infinitos (¿los infinitos de Banville?), en versos de Goethe:
"Todo lo concede la Fortuna a su favorito, / por completo. / Los gozos, los infinitos; / las penas, las infinitas, por completo".
La comida en casa de Javi es un dulce y suave cuscús que añoraba de mis pasados días de Marruecos. La expo del CCCB, que no puedo ver por falta de tiempo, invita a una larga y peripatética discusión sobre esa presunta deshispanización de España que los chicos de Ramoneda parecen propiciar. El barroco castellano y el noucentisme catalán; D'Ors y el chico Sostres, que comienzan donde no esperaban acabar, o quizá sí. Dalí, Boadella. Y luego Quevedo y Cèline. El Cèline sobre el que Francia no quiere hablar por ser un mal hombre, a pesar de ser un grandísimo escritor. ¿Terminaremos por quemar las obras de Quevedo por su resentimiento y odio a todo lo diferente?

A última hora un hombre convertido en pancarta humana, manifestante único, pasea un lema por el Paseo de Gracia, con el que muchos estaríamos de acuerdo: "Estic fins als nassos dels oscars".

viernes 28 de enero de 2011

Ciudades marroquíes: Marrakech


Rodeada de grandes fincas de olivos, la extensa ciudad de Marrakech se pierde en un horizonte plano en el que emerge una única referencia: la Kutubia, el minarete almohade del siglo XII.


Sin embargo todos sus caminos desembocan en el bullicio de la plaza de Jamaa el Fna, algo así como plaza de la muerte por las ejecuciones que allí había en otro tiempo. Es un lugar de esparcimiento, un circo al aire libre donde cualquier cosa puede suceder y como todo espacio abierto al público una promesa de libertad.


Orientado por el este al gran zoco y por el oeste a la Kutubia el interés de la plaza reside en el ir y venir de la gente, en su cosmopolitismo, en los pequeños sucesos que ocurren donde se encuentran el mirón desocupado y el hombre que lucha por ganarse la vida: encantadores de serpientes, echadoras de cartas, sanadores, arrancadores de dientes, tatuadoras con henna, malabaristas y acróbatas, aguadores, músicos y los cuenta cuentos del atardecer, gracias a los que Juan Goytisolo consiguió que la UNESCO declarase a la plaza patrimonio oral de la humanidad. Las terrazas elevadas de los cafés son el mejor sitio para observar y fotografiar. 


Lindando con el zoco, pequeñas paradas que ofrecen los frutos de la tierra y una serie de pequeños restaurantes llenos de color, olor y sabor comienzan a humear tras el rezo del atardecer, haciendo la atmósfera irrespirable y grasienta, poco apta para espíritus delicados. 


Por supuesto Marraquech, la ciudad rojiza, es mucho más:  mezquitas, palacios y mausoleos reales o el Mellah, antigua judería de Marrakech.


Las murallas almenadas -19 kilómetros- de arcilla rojiza, el color típico de la ciudad, que ciñen la medina o centro histórico, el zoco de curtidores o el jardín de la Menara con su estanque de 200 por 150 metros, creado en tiempos de los almohades, desde donde se puede ver el Atlas nevado. 


O el palacio de la bahia o "de la bella", dedicado por un visir, Ahmed ben Moussa, a la favorita de entre las 4 esposas y 24 concubinas de su harén, una sucesión de patios, jardines, salones -160 habitaciones- en una sola planta para facilitar el desplazamiento de un visir tan rijoso como obeso.


Los hoteles son modernos y agradables y la comida acepable en los restaurantes populares y buena en los lugares que se han adecuado al turismo occidental.

jueves 27 de enero de 2011

El discurso del rey

Los actores están espléndidos, no sólo el presumible óscar Colin Firth, los de primera fila y los secundarios, una pléyade de actorazos británicos; la escenografía reconstruye con un cuidado exquisito los interiores en que se movió Jorge VI, el vestuario, la técnica disponible en el momento; el guión está bien documentado, bien pautado, los diálogos combinan sabiamente la emoción con un ligero suspense; el contexto histórico añade las pinceladas adecuadas para que cualquiera se sitúe sin excesivo esfuerzo: la familia real y Churchill, Chamberlain y Hitler, Wallis Simpson y la declaración de guerra; se expone un tema de interés, progresista, a tono con nuestra época, que requiere el asentimiento del espectador por el que será premiado, aunque sea de forma ligera y exiga poca implicación: la tartamudez, así como cualquier otro defecto, puede ser vencida si se pone empeño. Jorge VI, heredero inesperado de su hermano Eduardo, que abdica para casarse con una divorciada de Baltimore, le hace buscar la ayuda de un terapeuta de trastornos del habla para superar la tartamudez que le avergüenza desde los cuatro años: el terapeuta, Lionel Logue, intima con él y con técnicas poco ortodoxas logra que el rey recupere su correcta dicción.

Un trabajo digno, de buenos artesanos, cada cual experto en la labor que le toca; un producto que rendirá en taquilla y en las televisiones. Calidad y primoroso acabado, que dicen los críticos, ¿pero con eso basta, la suma de buenos oficios hace una obra maestra? ¿Qué fue del gran arte? ¿Dónde quedaron los pioneros, los innovadores o los que volvían a los temas clásicos que permitían que la gente volviese una y otra vez sobre las grandes cuestiones. Los trágicos griegos y Shakespeare, los grandes comediantes y Chaplin. Y si quieren jugar con la historia que nos cuentos los problemas de entonces, el drama que estaba llegando. El discurso del rey es un producto para una época sin ambiciones, pequeñito, conformista, cuando, justo ahora, necesitamos una reflexión urgente sobre lo que nos sucede. ¿Es que no hay creadores? Sí que los hay, pero no parece que estén en el cine europeo, tan mortecino, tan insignificante. No tiene valor alguno que le den premios, que los periódicos hablen de ella, que tenga éxito: las grandes creaciones son polémicas, molestan, inquietan, azuzan. Eso es lo que nos hace falta.

miércoles 26 de enero de 2011

La era de los descubrimientos negativos

Un giro importante en las últimas décadas con respecto al modo de enfocar el conocimiento ha sido contemplarlo desde el lado negativo. Tan importante o más que los avances ha sido despegarse de las sombras del pasado. De ello habla Daniel J. Boorstin en La nariz de Cleopatra. Los grandes descubrimientos de la modernidad han sido descubrimientos negativos, todo lo que ha ido eliminando las ilusiones del saber. Por ello, recoge la lista que Marc Davis, un astrónomo de Berkeley, hizo de los seis grandes hallazgos de la cosmología en los últimos 400 años:

Algo parecido defiende el filósofo Tomás Pollán, reacio a la atención pública, cuando habla del ¿Fin de la excepción humana? Recuerda las tres grandes "afrentas" que, según Freud, la ciencia ha infligido al "amor propio" de los seres humanos:
"cuando descubrió que la tierra no es el centro del universo; cuando la teoría de la evolución redujo a la nada el privilegio del hombre como un ser excepcional en la creación y cuando, con su teoría del inconsciente, el psicoanálisis sembró la sospecha de que el yo "ni siquiera es el amo en su propia casa".
Y señala,
Mientras el pensamiento occidental se centraba en dialogar con la física y la matemática, la biología le adelantaba por la izquierda a toda velocidad. Si la filosofía se resiste a asimilar del todo la lección de Darwin es porque, por remoto que parezca, existe un vínculo entre la vieja doctrina de la unicidad de Dios y la de la excepción humana. Esta tiene "el estatuto de una trascendencia". Liquidar esa teoría es liquidar el antropocentrismo, el esencialismo y la teleología (la creencia en la existencia de una causa final). A algunos les produce "zozobra" reconocer que el cosmos no emite señales, que es mudo e indiferente. Lo mismo que admitir que la evolución no supone necesariamente progreso: "No se supera nada con el hombre".

martes 25 de enero de 2011

A quién le importa

María Kodama tiene un mérito en la vida: seguir siendo la esposa póstuma de Jorge Luis. El periodista, tan crítico en otras ocasiones, le pasa el dorso de la mano por el pelo sedoso -"María Kodama es rotundamente dulce"- y le da cancha, por ser vos quien sos, señora, viuda del escritor argentino que no recibió el premio nobel:
"Algunos no me perdonan que yo quisiera a Borges".
La señora dice cosas que el periodista consiente en llevar al molde. Quizá crea que esas palabras estén a la altura del músico que ha estrenado una cantata inspirada en textos del escritor portugués que sí ha conseguido el premio nóbel. Veamos si valen ara un libreto:

"No me gusta comer. Para mí la comida es un pretexto para estar con los amigos. Tiendo a comer cosas malsanas".
"Ah, la fecha en que nací... Nadie la sabe. Ni yo la voy a decir. ¿Dicen? Dicen tantas cosas. Demasiadas. Hasta que yo comience a decirlas".
"Los editores insisten: 'Escribe, escribe, que se va a vender [sus memorias] más que El Código da Vinci". [Con este título:] La historia negra: novela gótica- para un volumen con tres partes: vida junto a Borges, "los monstruos" y la ley.
"Borges sabía que yo no creo en el matrimonio porque mis padres se separaron. Me dijo: 'Si el problema es el divorcio, casémonos antes de que yo muera".
"Su libro sobre Borges [Adolfo Bioy Casares] tenía una parte interesante, la literaria. La personal demuestra que nunca fue su verdadero amigo. Borges era ciego y Bioy cuenta que comía con las manos. ¿Quién tiene la culpa? Yo he comido con Borges en todas partes -desde comedores universitarios hasta con el marido de Isabel II cuando le dieron el doctorado en Cambridge-. Nunca nadie lo vio comer con las manos".
"Solo soy la mala de la película para los sinvergüenzas. Cumplo con mi deber porque sobre todas las cosas es mi amor. Algunos no me perdonan que quisiera a Borges".

lunes 24 de enero de 2011

La democracia, de Clístenes a ZP

Quizá Zapatero sea recordado por sus reformas póstumas: la reforma laboral y de las pensiones, la racionalización del sistema financiero y la ruptura del nudo gordiano de las cajas. Reformas necesarias para salvar al país de la ruina, pero haría un servicio mayor si emprendiese una reforma política que devolviese la soberanía al pueblo.

En la Atenas de finales del siglo VII se decía que el hombre más bello de la ciudad era Harmodio. Harmodio estaba muy unido a su amante Aristogitón, pero alguien le había echado el ojo, uno de los dos tiranos que tras la muerte de Pisístrato reinaban en Atenas, Hiparco. Hiparco hizo lo posible por separar a los amantes porque deseaba a Harmodio. Parecía imposible quebrar o dasatender la voluntad de los tiranos. Pero el día en que los atenienses se preparaban como cada año en el barrio del Cerámico para iniciar la procesión de las panateneas, aprovechando el descuido general, cuando Harmodio y Aristogitón vieron llegar a Hiparco al Ágora, salieron a su encuentro y lo cosieron a puñaladas. Muchos lo celebraron, sin levantar demasiado la voz. Hipias, el otro tirano y hermano de Hiparco, perdió la templanza que hasta entonces había caracterizado la tiranía y comenzó a interrogar a muchos atenienses, empezando por los propios amantes, intentando averiguar quién había detrás de aquel crimen. No sacó nada en claro, pero mató a Harmodio y Aristogitón y consiguió que la tiranía fuese más odiada que nunca y la libertad más deseada. Todo el mundo sabía que aquel había sido un crimen pasional, no político.

Durante décadas, Atenas había sido gobernada por dos grandes familias, que en los momentos de crisis se arrebataban el poder la una a la otra, los almeónidas y los pisistrátidas. Clístenes, un alcmeónida, aprovechando la situación de cabreo de los atenienses, buscó una alianza con los espartanos, para desde su exilio volver a la ciudad. Al rey Cleomanes de Esparta no le costó mucho tomar la ciudad, masacrar las falanges de Hipias y enviar a este al exilio. Pero tras la victoria, Clístenes no estaba muy dispuesto a que el Ática se convirtiese en una región clientelar de Esparta, por lo que no cumplió con lo pactado con Cleómanes. Sin embargo, las falanges espartanas eran temibles, toda Grecia estaba atemorizada, ¿quién osaría enfrentarles? Entonces, en el 507 ac., a Clístenes se le ocurrió una idea brillante, revolucionaria. Todos los asuntos importantes habrían de pasar por la Asamblea de ciudadanos, varones mayores de edad. Los magistrados se elegirían de forma popular: las magistraturas eran anuales y no se remuneraban; los más importantes eran elegidos entre los ricos, los demás eran elegidos por sorteo entre todos los ciudadanos. Para la representación en el Consejo, dividió a toda la población del Ática en tercios, y de tres en tres en tribus; pero para que las antiguas familias dominadas por la aristocracia no se pudiesen imponer, hizo que los tres tercios de cada tribu procediesen de lugares alejados, por ejemplo, una del campo, otra de la costa y otra de la ciudad. La configuración de la tribu era artificial. Clístenes había inventado la democracia, nunca antes, ningún estado se había regido por un sistema semejante. La soberanía, pues, residía en el pueblo. Los aristócratas se rieron del invento, aquello no podía funcionar.

La prueba de fuego no tardaría en llegar. Cleómanes y sus espartanos entraron en Atenas para exigir que se cumpliesen los términos del pacto. No encontraron resistencia y ocuparon la Acrópolis, el lugar donde se mostraba el poder. El invento de Clístenes parecía acabado antes de ponerse a funcionar. Fue entonces cuando el pueblo de Atenas llegado desde los barrios populares se rebeló y empezó a gritar bajo la Acrópolis contra la tiranía y contra los espartanos. Cleómanes quedó sitiado, sin comida, sin agua y sin afeitar. Al cabo de seis días, pidió una tregua y negoció la marcha de la ciudad. La democracia ateniense no sólo derrotó a los espartanos, sino que poco después sería capaz, con ayuda de los demás griegos, de derrotar a todo un gigantesco imperio, el imperio persa de Darío. Clístenes completó su obra instituyendo el ostracismo: el pueblo podía decidir cada año expulsar de la ciudad a los políticos resentidos que no habían logrado una magistratura, y que por ello eran un peligro, escribiendo en un trozo de cerámica el nombre del más detestado.


Es posible que una parte importante de nuestra actual postración se deba a la imperfección de nuestra democracia. Tenemos grosso modo dos partidos, dos grupos mediáticos, una estructura financiera y un sistema electoral hecho a su medida. ¿Realmente la soberanía reside en el pueblo? ¿Cuánta democracia cabe en un sistema representativo, tan indirecto, tan lejano del elector, con una participación ritual cada cuatro años? ¿Qué opciones tienen las ideas no representadas por los dos grandes partidos; quién las difunde; quién las financia? ¿Quién configura las listas de esos partidos; quién elige a los líderes; quién los financia? ¿Quién controla las relaciones que se establecen entre los partidos y sus financiadores; entre los políticos y los media que hablan de ellos y a los que subvencionan? ¿Por qué los cargos públicos no tienen limitados sus mandatos? ¿Por qué el pueblo no puede echar a los malversadores, prevaricadores, nepotistas y demás corruptos, en vez de esperar a que por propia voluntad dimitan de sus cargos?

La democracia es el mayor factor contra la desigualdad, pero para que eso suceda el pueblo debe ser de nuevo soberano. 
Por poner un ejemplo, la mayoría de los españoles preguntados en una encuesta reciente dice que, cuando escucha a su presidente del Gobierno hablar de economía, piensa que este sabe poco o nada de lo que está hablando (para ser exactos, un 62,4%). El dato es un poco penoso, si se piensa en la situación económica actual. Pero miremos al futuro. Ese reconocimiento de desconfianza puede tomarse como un punto de partida, y a partir de él los españoles pueden hacer varias cosas. Una es quejarse amargamente, y otra es aprender economía ellos mismos.

domingo 23 de enero de 2011

De Herreros a Abejar, por los pinares de Soria

5:45. Suena el despertador como el ruido chirriante que escupe el primer premio de un tragaperras de bar. Me bailan, imágenes rotas de la noche, los 250.000 euros que gana Tedy Bautista de la SGAE. La noticia del día anterior. Esa desproporción. La suma de tantos como él, a quienes se paga no por lo que producen sino por las expectativas de ganancias. La deuda. La implosión de la deuda. La ruina común.
6:39. No parece que haga un frío excesivo. Los termómetros de la calle desvarían: uno marca 0º, otro, al lado, -4º y otro, un poco más allá, -7º.
6:45. Un zorro grande, peludo, los ojos brillantes, atraviesa la avenida. ¿Qué busca en la ciudad?
7:30. Conversaciones somnolientas sobre mujeres y hombres: pícaros, interesadas, amistades a contrapelo, fiestas.
8:17. Siguen las conversaciones sobre lo mismo. Tan interminables como el viaje en autocar.


9:29. Burgo de Osma: el sol resbala sobre suelos escarchados, blanquea las columnas humeantes de las chimeneas. Nadie en la calle. Abierta la cafetería de la estación.


10:56. Herreros, -7º. Comienza la ruta.


11: 03. Embutidos en prendas de abrigo, con apenas una rendija para los ojos, miramos las casas del lugar, atisbando si alguna responde al modelo de la arquitectura pinariega, estructura de madera, muros de mampostería de piedra en la planta baja y de tierra en la planta alta, tejado de teja árabe, chimenea cónica. Y un poco las vacas, intrigadas.


 10:32. El suelo, duro, resuena bajo las botas como un tambor, la arena apelmazada, los bastones metálicos van agujereando al paso los charcos de hielo. Curiosas formas en espiral.


12:15. El sol se filtra entre los pinos, robles y enebros. También las vacas, una gran vacada con machos al acecho, se arriman al sol.


12:43. Alcanzamos altura, junto a una majada, baja, triangular. En frente, Abejar, declinantes laderas de pinos resineros sobre la cañada real soriana, detrás la sierra de Cabrejas; al otro lado, el Embalse de la Cuerda del Pozo, pinos madereros, y al fondo la nieve en las cumbres de los picos de Urbión y la Sierra de Cebollera.


13:25. La pista va ganando en altura, siguiendo la cuerda del cerro que vigila los dos valles. Las majadas, que remontan su origen a la época de las grandes transhumancias, de cuando la Mesta dominaba el campo castellano, se suceden. La mayoría en buen estado, otras en trance de restauración.
 

14:10. Descendemos entre pinos madereros, troncos apilados, la arena que se va calentando y cobrando su forma, el riachuelo con remansos helados y praderas donde las vacas pastan al sol.


14:24. En un aprisco, junto a una ancha pared de un lavadero, que tiene una forma parecida a la de las majadas, buscamos acomodo para comer el bocadillo, entre bostas, el murmullo del arroyo cercano y el sol del sur que a resguardo aprieta.


15:26. Remontamos la ladera que lleva a Abejar. Bajo el puente del camino cruza el río helado, en sucesivas capas de hielo; el agua se filtra con un sonido luminoso. Edificios de adobe, piedra y madera y alguna chimenea de teja. Fin de la ruta. A reseñar, la Feria de la trufa negra a finales de febrero.


16:40. Frío en las calles abandonadas de Oxama. ¿La calle más hermosa de España? La espléndida catedral. Un café para afrontarlo.
17:50. En el autocar cantos y repicar de cantos.

viernes 21 de enero de 2011

El complejo del dinero

Hay una profusión de títulos nuevos que vienen del pasado. Ediciones de libros olvidados que alguna vez tuvieron algún éxito. Se piensa que puede haber grandes autores desconocidos. Salvo excepciones, no se descubre nada nuevo. Es mera necesidad de llenar catálogo de las nuevas editoriales que contra el pronóstico del fin de la letra impresa siguen apareciendo.

El complejo del dinero en una novela que apareció en 1916 y la edita una de esas pequeñas editoriales. Su autora, Franziska Von Reventlow, parece saber de qué habla. Al igual que su protagonista innominada se casó con un rico heredero por pura conveniencia. La herencia dependía de ello. Alojada en un sanatorio psiquiátrico, por un supuesto complejo de dinero, conoce y describe a una suma de personajes pintorescos cuya peculiaridad estriba en que les falta ese objeto que hace mover el mundo o que teniéndolo necesitan moverlo de un lado para el otro, así como en una liberalidad moral propia de una clase social con escasas obligaciones. La protagonista escribe cartas a una amiga, una tal María, de la que no sabemos más que el nombre, a la que va dando a conocer sus amistadas y sus peripecias, así como la evolución de su complejo, que en su caso consiste en la carencia, aunque espera que mediante el matrimonio que ha concertado pueda cambiar su situación y colmar esa carencia.

El tono de la novela es la de un humor suave, irónico, que se cultivaba en aquellos años, que conocemos por las comedias centroeuropeas de entonces y que quizá ahora nos pille a trasmano. En todo caso se agradece la burla blanda del psicoanálisis, de la pérdida de tiempo de los ricos ociosos, del sinsentido de los afanados hombres de negocios o de ese sanatorio, en algún lugar del norte de Italia, que tan poco se parece al más famoso que describe Thomas Mann en su Montaña Mágica. Otros autores que escribieron obras parecidas: Arthur Schnitzler, Stefan Zweig o Joseph Roth.

jueves 20 de enero de 2011

La cosecha de hielo, peli

Veo la peli que sigue, es un decir, la novela La cosecha de hielo, de Scott Philips, y me pregunto, ¿por qué el esfuerzo tan grande que supone producir una película para un resultado tan mediocre?

Los actores principales no dan el pego, tanto John Cusack como Connie Nielsen están blandos, muy blandos, ni la sombra de los personajes que uno imagina leyendo la novela. Están muy bien, sin embargo, Billy Bob Thornton y Oliver Platt, a quienes dan mucha más cancha de la presumida.

El guión -que mal lo han hecho Richard Russo y Robert Benton- sustrae lo más interesante de la novela, la parte sórdida: los baretos, los salones de streptease, sucios, feos, cutres, se transforman en lugares modernos y a la moda y los frikis no lo son tanto; las duras escenas familiares de la noche de navidad no alcanzan ni de lejos la dureza del libro; por no hablar de sexo, órganos sexuales y erotismo de usar y tirar que en la peli está envuelto en cuidadoso celofán; parece que todavía no se puede contar con imágenes lo que se puede decir con palabras. Sólo el decorado de nieve y hielo responde a las expectativas. También se despacha el suspense, el lento aparecer del asunto: aquí desde el principio sabemos que hay un robo y junto al robo sangre, violencia y una mujer fatal, todo previsible. El supuesto humor que caracteriza a Harold Ramis, el director, brilla por su ausencia o yo no lo he sabido ver.

miércoles 19 de enero de 2011

La cosecha de hielo

En muchos aspectos, este poscapitalismo que estamos viviendo es un tiempo sórdido, con muchas extensiones tecnológicas que nos hacen la vida más fácil, más larga, más sana, que amplían mucho nuestras capacidades, expectativas y ocio, pero que sin embargo nos dejan insatisfechos. Vivimos mejor que nunca, pero querríamos ser algo más felices, que las relaciones interpersonales fuesen más completas, honestas, sinceras. ¿Es posible? Quizá tengamos más tiempo libre que antes, pero lo ocupamos en cosas que no nos satisfacen: comprar, charlar con personas virtuales, ver fútbol por la tele o programas basura.

Hay un tipo de literatura que se acomoda a este tiempo: la literatura de género. Esa eclosión de novela negra e histórica, cromos de otro tiempo que nos suenan del bachillerato y cromos de ambientes sociales con los que no rozamos en nuestra vida diaria, que se lee de un tirón, como un polvo en un club de carretera o un sandwich en un macdonald o una blusa en un zara. Usar y tirar, y el barniz para dejarnos pasablemente satisfechos.

La cosecha de hielo, de Scott Philips, es una de esas novelas de la serie negra que cumple con todos los requisitos del género. En una noche fría de nieve y hielo, aparece un hombre, Charlie, del que poco a poco, muy poco a poco, vamos sabiendo cosas: que se va a ir de la ciudad, que es un abogado que trabaja para un grupo mafioso, que controla una serie de garitos de bailarinas, cabinas de sex shop y masajes, que estuvo casado y tuvo hijos, que se trae entre manos alguna cosa no muy legal, que en algún momento la acción se va a disparar. El suspense está muy bien llevado, así como el decorado navideño en que se desarrolla -canciones del día, árboles, adornos de plástico y figuras de papa noel de lo más cutre- y la manera sórdida en que los personajes que van apareciendo viven esa cosa impostada de la navidad. Hombres salidos de madre, duros y blandos, muchas prostitutas y una mujer fatal.

Tiene algo la novela con la que consigue destacar: el naturalismo, los hechos narrados como si el escritor hubiese tomado los pinceles de Cararavaggio: dedos quebrados -piel a girones, huesos astillados, sangre-, pollas al aire, desnudos femeninos sobre el linóleo gastado, botellas vaciadas y rotas, cenas de navidad pintadas en azul crudo. Todo sucede en la noche de navidad, de un lado para el otro, en un Lincoln primero y en un Mercedes después -¿cuál es mejor coche, el americano o el europeo?-, patinando sobre el hielo, con caídas y golpes y la cadera de Charlie de mal en peor. Suspense, suciedad, sordidez, alguna sorpresa y mucho hielo.

¿Hay algo más que el naturalismo que propicia el género? No, nada que nos libere del desasosiego.
Existe una peli con el mismo título, dirigida por Harold Ramis y protagonizada por John Cusack, Billy Bob Thornton, Connie Nielsen y Oliver Platt. Si la SGAE no se entera se puede bajar de aquí.

martes 18 de enero de 2011

Por no irse a tiempo


1. Cada uno de nosotros tiene su tiempo, con principio y final; es duro aceptarlo, pero incluso los políticos lo tienen. Especialmente duro para quien lo ha sido todo en la vida pública: Presidente de Andalucía durante 19 años, 19 años; presidente respetado y conciliador en su partido, el PSOE; dominador de todos los resortes, pensando que todo es posible, que todo está de su mano, incluso conceder una subvención injustificada, incontrolada, a la empresa de su hija.
Cuando todo se acaba y el tiempo tiene fauces de perro rabioso, cuando ya no se dominan los resortes, cuando los periódicos chillan sin poder atajar la noticia, cuando los compañeros se le enciman, ese tiempo ya no es el suyo.
Ahí está, en el gesto de la foto, mirando disimuladamente el tiempo que transcurre, que se acaba, que debiera ir más rápido para pasar el mal trance cuanto antes.

Todo eso lo solucionaría el tiempo contado: ¿dos legislaturas para cada mandato? ¡Con una basta!. El poder no es suyo, lo tienen de prestado; los romanos y los griegos concedían tan solo un año a sus magistrados.

2. Tampoco quieren irse Felipe y Aznar ¿Por nuestro bien? No, por el suyo. No harán con sus bien remurados cargos en Endesa y en Gas Natural que las tarifas nos resulten más baratas, sino más caras.

3. Murcia, Arizona: Violencia verbal y violencia física: "Sobrinísimo, hijo de puta". Aquí, un resumen de la cuestión.

4. ¿Por qué habríamos de esperar el final de ETA?
 ¿Por qué no pensar el final del terrorismo como un proceso largo, confuso y sucio, carente de momentos estelares y de comunicados determinantes? Un proceso en el que es el Estado de derecho el protagonista único, y ETA la materia inerte sobre la que caen sus golpes. Un proceso que no busca reintegrar a nadie a la democracia, porque la democracia se siente tan superior como para saber que ya vendrán tarde o temprano. Una democracia que no se siente incompleta ni defectiva porque falten algunos, sino que se siente cualitativamente superior precisamente porque les excluye. En ese proceso no se espera de ETA nada, ni siquiera que asuma su derrota, porque no es ella la protagonista de su final, ni desde luego lo va a escribir ella.

lunes 17 de enero de 2011

La pedriza del Manzanares


Hay que escapar de esta niebla meona que empapa los cuerpos. Estos días se anda a tientas, estirando los dedos por paredes húmedas, farolas vaporosas y piso deslizante. Una niebla que cala los huesos, de la que algunos se guarecen con inútiles paraguas. Qué mejor que subir a la sierra de Guadarrama para encontrar un día soleado, sin viento, cálido, en estos días de enero.



Es el Parque Natural de la Pedriza o Pedriza del Manzanares, en la vertiente sur del Guadarrama. Desde el aparcamiento de Canto Cochino, 1000 metros de altitud, se cruza un pequeño puente sobre el Manzanares, entre sauces, fresnos y avellanos, se sigue un sendero entre pinos que fueron plantados en los años cincuenta y sesenta: laricio, resinero y silvestre y algunos cipreses, hasta llegar al refugio Giner de los Ríos.


Entre los pinares se ven los riscos de la Prediza, en el mayor conjunto granítico de Europa: el Cancho de los Muertos, el Pájaro, las Torres, el Elefante.


Después se sigue una senda, aveces abrupta, entre jaras y piornos, con los riscos, cada uno con su propio nombre, como el Tolmo o esta Damas de la Pedriza, con las cabras hispánicas asomando y desapareciendo de la vista, hasta llegar al collado de la Dehesilla donde la vista es magnífica.


Qué sorpresa esta sierra medio desconocida por mí. Los dedos de la piedra lisa de Monserrat repetidos en este paisaje.


No es día para atribuir historias fantásticas a las piedras, en el aire transparente se ven los picos de alrededor, la nieve no muy abundante, inútil para esquiar, pero vistosa para el senderista. 


Los escaladores disfrutan en las paredes orientadas al sur.

 
Al fondo el embalse de Lozoya y los pueblos que lo circundan, con Manzanares el Real y su castillo en primerísimo plano. Aquí el album.

domingo 16 de enero de 2011

Mentiras y lágrimas


1. Esos chicos de Túnez muertos. ¿Quién les devolverá la vida? ¿Quién les ha incitado, a qué causa obedece su muerte? ¿Así de fácil caen los tiranos? El ejército tenía en sus manos la represión y no ha intervenido. Ocurrirá lo que siempre ocurre, una parte de la clase política se renueva, se admitirán a unos pocos más en el poder, se apartará a otros, con la comedia de las elecciones y los partidos de por medio. Unos pequeños cambios para que todo siga igual. Ya hemos visto qué sucedió otras veces: Romanía, Irán, Revolución Naranja. Ese titular del periódico tan impúdico, tan mentiroso -no puede ser ingenuidad: "¡El poder es nuestro!", hace decir a los jóvenes, o La revuelta de los descamisados, dice un columnista, sin el menor rubor.

2. No salvarán al PSC de su irresistible declive sus intelectuales. Precisamente sus intelectuales son quienes le han puesto los opacos espejuelos con que mira la realidad. Esa retahíla de los dos nacionalismos, el catalanista y el españolista, como si actuasen a la par en Cataluña, con la misma fuerza, algo así como si en la época de Franco alguien hubiese dicho que estaba en contra de los dos nacionalismos. Qué pesadez, un cansancio que dura décadas: "quienes padecimos en carne propia la escuela franquista catalana..., nosotros salimos de la escuela franquista sin saber una sola palabra de catalán...";  En cambio, ahora: "los abusos lingüísticos concretos"). Tan aprensivos con el nacionalismo que dicen criticar, tan blanditos en la crítica a los nacionalistas: ese guiño de ojo -concretos- que les dice yo no soy como esos "del PP y de partidos de espontáneos, demagogos y boy scouts de la política". Tan cobardes.

3. ¿No tienen otra arma contra Berlusconi que la del puritanismo? Es patética la búsqueda de mujeres que se hayan acostado con él. Menores, dicen. No confían en que la superioridad de sus argumentos convenzan a los electores. Sus perseguidores no son moralmente mejores.

viernes 14 de enero de 2011

El sueño del celta

¿Por qué los críticos la han situado entre las mejores novelas del 2010, cuando no lo merecía, acaso predispuestos por la seriedad del tema: la explotación colonial a que Leopoldo II de Bélgica sometió al Congo o el trato salvaje que las compañías caucheras dieron a los indios en la amazonía peruana, quizá por el prestigio de Joseph Conrad y su El corazón de las tinieblas, acaso por razones de empresa editorial?

¿Por qué Vargas Llosa no se ha conformado con hacer una biografía, teniendo los datos, el tema, la apasionante historia del personaje central, Roger Casement? No creo que sea por el dinero que proporciona una novela, muy por encima de cualquier biografía o ensayo, se supone que el nóbel peruano no necesita más dinero del que ya tiene, quizá haya pesado el prestigio de la literatura, lo que le ha encumbrado, lo que ha hecho de él una figura pública universal, lo que le ha dado el nóbel.

Desde el comienzo de la lectura la promesa de deleite que todo libro nuevo alberga no se ha cumplido, sin embargo he persistido por la confianza en Vargas Llosa, porque me ha dado muchas tardes placenteras. He seguido junto al autor los viajes de Roger Casement por el Congo colonizado y vilmente expoliado por Leopoldo II; por la Amazonía peruana, donde para extraer el caucho la Peruvian Amazon Company creada por el peruano Julio César Arana, pero de capital británico, explotaba sin piedad a los indios; por su aventura irlandesa, cuando el diplomático y agente del Foreign Office se revolvió contra Gran bretaña por la causa de la independencia de su país; he leído los diálogos que Roger Casement mantenía en prisión mientras esperaba el cumplimiento de la sentencia de muerte y luego el momento de su ejecución, en esa alternancia de dos planos narrativos tan propia de Vargas Llosa, la peripecia del personaje y su estancia en la cárcel, pero no he visto evolucionar al personaje, no he visto sus mutaciones, sus contradicciones, las luces públicas, las sombras privadas. Es una novela plana, cansina, donde el esfuerzo lo pone el lector, no el autor.

Mis ojos han ido de la primera página a la 455, hasta el final del libro, sin sentir la emoción que proporciona una historia bien contada, sin llegar a interesarme por lo que iba leyendo, como me sucede ante un buen ensayo biográfico o histórico. He leído todas esas páginas por fidelidad al autor, sin que Vargas Llosa me haya compensado por mi constancia. En su esfuerzo por construir esta novela no ha tenido la fértil imaginación de otras veces en la parte de ficción, ni ha expuesto los hechos con la pasión que merecían.

 
El sueño del celta no es una gran novela. Es larga, aburrida, desprovista de tensión dramática, con escasos destellos de imaginación, una novela fallida. Y bien que me duele, porque sigue siendo uno de mis autores favoritos. Estoy seguro, por el contrario, que si Vargas Llosa hubiese adoptado el estilo y el ímpetu de sus mejores artículos dominicales estaríamos hablado de un gran libro. Una lástima.

jueves 13 de enero de 2011

Cuando estamos solos, estamos siempre en mala compañía

Más citas para comenzar el año.

Unas que firmaría, si mi firma sirviese para algo:

"La libertad va unida a la igualdad y no puede desligarse de ella" (Rawls).
"Cuando estamos solos, estamos siempre en mala compañía" (Paul Valery).
Otra que me hace volver al libro de donde la saqué para tratar de entenderla:
"La zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa" (Arquíloco a través de Isaiah Berlin).
 Otras que me hacen pensar, sin llegar a una conclusión fiable:
"Estoy entre el vacío y el suceso puro". (Paul Valery).
"Y me veo como un término medio entre Dios y la nada, esto es, colocado de tal suerte entre el ser supremo y el no ser" (Descartes).

Y una resultona, pero con la que no puedo estar de acuerdo:
"Hacer hablar al sufrimiento es la condición de toda verdad" (Adorno).

miércoles 12 de enero de 2011

La hora del rezo


En este paisaje llano, verde y húmedo de la costa atlántica, donde aún se ven remansos de agua de las lluvias de las últimas semanas, emergen los minaretes que siempre responden a la misma forma de prisma rectangular, con decoración abstracta de tipo geométrico y colores ocres, verdes o blancos. Lo mismo sucede en los pueblos secos del Atlas bebeber o en las zonas de los oasis. En torno a la torre y su mezquita se agrupan las aldeas de parecida forma a como en Europa el caserío rodea a la iglesia y su campanario. 


Desprovistos del color local, de las chilabas y las babuchas peliculeras, del habla particular y de los prejuicios, del gran prejuicio de la religión, los hombres son iguales por doquier, con parecidas ganas de amistar, compartir y ganarse la vida. En las grandes ciudades las mezquitas agrupan a los diferentes barrios. El muecín ya no sube a lo alto de la torre para llamar a la oración, su voz se ha metalizado y suena algo estridente en los altavoces que asoman en lo más alto, junto a esa especie de mástil con polea que han añadido para señalar hacia la Meca y que tanto afean la elegancia secular de los minaretes.


A la hora de los rezos, sólo algunos hombres atrancan sus puestos con un par de estacas cruzadas en el zoco para acudir a la mezquita o tender su alfombra en dirección a la Meca. Las puertas están abiertas y aunque los turistas no pueden entrar miran con curiosidad lo qué sucede dentro o fotografían sin traba alguna las zonas separadas para hombres y mujeres, las anchas y mullidas alfombras, el desajuste entre entradas y salidas y la desigual atención de los fieles.


Pero la mayor parte de los marroquíes sigue a lo suyo, a sus agitados negocios, esa electricidad que recorre los pasadizos angostos, con burros o motocarros cargados de mercancías por aquí y por allá con unas pocas voces para que la gente se aparte, un caos extrañamente ordenado que rara vez da lugar a discusiones o enfados.


En los pueblos y ciudades antiguas el minarete sigue siendo el punto más alto del lugar, algunas coronadas con tres, cuatro o cinco bolas doradas a las que se da distintas interpretaciones. No hay mejor sistema para la orientación cuando se está perdido en las callejuelas de las medinas.


En Marraquech, por ejemplo, ningún edificio nuevo puede superar los setenta metros de la hermosa Kutubia, hermana almohade (siglo XII) de la Giralda de Sevilla y de la torre Hassan de Rabat, sabio dictamen que impide el desorden urbanístico de otras partes.


Y en Casablanca, donde la administración francesa construyó edificios altos a la europea, la solución ha sido construir posteriormente una torre mayor que los preexistentes edificios, de 200 metros, que hará difícil que pueda ser sobrepasada.


Contra el tópico los marroquíes no viven apasionadamente su religión, de hecho la mayor parte parece vivir de espaldas a ella. En la plaza de Jmaa el Fna, sólo tras la llamada a la oración en la caída de la tarde cesan las gaitas encanta serpientes y los tambores de los danzantes durante breves minutos, aunque no cesa el bullicio y el alocado movimiento de los transeúntes. Muy pocos extienden sus alfombras lejos de las mezquitas y los pañuelos, cuando las mujeres los llevan, no parece que sean en su mayoría signo religioso, sino costumbre o forma de medio ocultar el pelo.


Los prejuicios europeos quizá tengan que ver con cómo viven los inmigrantes su religión en Europa. Procedentes en su mayoría de las zonas rurales, con escasa alfabetización, el choque con un mundo extraño les lleva a una afirmación de una identidad que en su país de origen está desde hace tiempo en cuestión. A muchos marroquíes urbanos si atravesasen el estrecho les llamaría la atención el tipo de conducta que adoptan sus compatriotas al llegar a Europa.